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¿QUÉ MISIÓN EN NUESTRO TIEMPO DE CRISIS?/2

   Releyendo al teólogo de la liberación Segundo Galilea

 

 

 

La opción por los pobres

Con estas premisas, se pone en tela de juicio también la idea de promoción humana y de desarrollo, a los que frecuentemente los cristianos se dedican. El modelo no tiene que ser el de construir un mundo de opulentos, sino un mundo sin excesos, donde la sobriedad, o sea, la austeridad y una pobreza humanizada sean el modo común de vivir[23].

Es una filosofía a-religiosa (marxista, capitalista) la que piensa que, para superar la pobreza, solo hay que enriquecer a las gentes (con una riqueza, entre otras cosas, inalcanzable para la gran mayoría de los pobres del planeta). Es más cristiano el discurso de reducir los consumos y frenar las necesidades, para una auténtica liberación también socio-económica.

El nivel de vida que debemos buscar no es el que nos da placer y comodidad, sino el que nos hace crecer, autocontrolar y poder servir mejor a los demás. En una palabra, toda vía válida hacia el desarrollo y la liberación social o personal debe ser coherente con el sentido y el motivo últimos de la vida humana[24]. En efecto, la pobreza cristiana no se caracteriza por la renuncia en sí misma, sino por las razones de ella: la confianza en Dios y la realidad de su Reino, de cuya riqueza ya se participa[25]. He aquí por qué también a los pobres se tiene que proponer la elección que vale para todos, la así llamada "opción por el pobre"[26], llamándolos a la conversión y a dar de su pobreza. Para Galilea, pensar que los pobres son "buenos" y los demás "malos" es ideología pura[27].

La renuncia cristiana es para la libertad y la libertad, para la caridad[28]. Pero la caridad es para la felicidad: más grande es el amor, mayor es la felicidad[29].

No se debe olvidar que Jesús se ha identificado con todo ser humano, pobre o rico, y de una manera privilegiada con el prójimo necesitado[30] (cf. Mt 25, 31-46). Sin embargo, Galilea especifica también que la miseria del pecado es más radical que la miseria de la pobreza, porque la falta de Dios y del amor es ya una muerte anticipada y el más grande fracaso de la vida. Cristo no ha venido para solucionar, en primer lugar, el problema de la pobreza (si así fuese, el fracaso suyo y de la Iglesia serían evidentes), sino el problema del pecado (cuya superación se deja libremente en nuestras manos). Solucionando en su raíz el problema del pecado, Jesús contribuye a abatir también aquellas causas de la pobreza que dependen de él.

Permanece siempre fundamental, sin embargo, para Galilea, reconocer que los pobres y los oprimidos tendrán que ser privilegiados en la vida del cristiano y de la pastoral de las comunidades eclesiales, ya que Cristo ha venido a convertir a los pecadores (cualquiera que sea su situación social) a través de una actitud de predilección e identificación con los pobres y la pobreza. Así como ha querido sanar, con el mismo cuidado, la miseria de la "ceguera" que deshumaniza, porque no permite distinguir la verdad acerca de la concepción del hombre y acerca del valor de las realidades materiales. Se trata de aquellas tinieblas, que la luz de Cristo viene a esclarecer, que engendran distorsiones en las relaciones humanas: es el drama de los que, a pesar de que viven una falsa humanidad, sobre todo en los países ricos, se sienten incluso satisfechos, porque buscan el contentamiento y no la felicidad. Para Galilea, "no es posible evangelizar ni liberar, sin poner juntas y al mismo tiempo estas grandes preocupaciones de Cristo: los pecadores, los pobres, los ricos (los ciegos). ... Una liberación integral no es posible excluyendo a algunos de ellos"[31]. Esto porque la evangelización es una tarea que nace de una experiencia religiosa, de la contemplación del corazón de Dios, donde todos están presentes.

El verdadero cristiano es un místico

Para Galilea, sin una irrupción de lo trascendente en la vida personal del creyente, que se realiza a través de la oración, podemos también seguir una ética, pero, nos revelamos peores que los no creyentes. En la oración se capta lo que Dios quiere para el otro, y esto se transforma en la causa decisiva para un compromiso que mantenga la universalidad de la caridad, sin renunciar a la preferencia por los oprimidos[32].

Todo trabajo de evangelización tiene que proceder de Dios y de su Palabra, y debe llevar a una experiencia de Dios; esto pone en cuestión la vida mística del misionero, pues no puede provocar una experiencia quien no la tiene[33]. Por esto, el cristiano tiene que alimentar su relación personal con Dios, por medio de la oración y también de la Eucaristía, que es el momento en que la comunidad eclesial se reviste, en Cristo, de las exigencias de la fraternidad cristiana. Toda Eucaristía auténtica, conscientemente celebrada, puede considerarse como el acto de denuncia y de liberación más radical y absoluto. Un anuncio que inquieta las conciencias y despierta responsabilidades sociales y políticas[34]. (Galilea es extremadamente claro en el considerar el compromiso directo en política una tarea de los fieles laicos y no de sus pastores, los cuales tienen que ser no tanto militantes políticos sino místicos políticos[35]). "Por su índole religiosa, la fe se nutre de medios religiosos. ... De ahí la vigencia permanente de la oración, de los sacramentos, del contacto con la Biblia, en toda experiencia cristiana"[36].

El camino de la espiritualidad que deriva de una contemplación (activa) es la secuela de Cristo. Como Cristo está ligado al Padre, así nosotros debemos estar ligados a Cristo. En medio de sus actividades, él encontraba el tiempo para pasar horas de intimidad con el Padre, para conocer Su voluntad. Esta comunicación con el absoluto de Dios es propia de la naturaleza humana, hace notar Galilea, tanto que quien no la alcance, no se realiza como hombre.

Frecuentemente se dice que en los pobres se halla a Cristo, pero esto es verdad si se lo ha encontrado primero en un "cara a cara". Para Galilea, es a través de la oración como podemos estar seguros de hallar a Cristo en el prójimo y en la historia. La capacidad de encontrarlo en los demás (siempre marcados por el pecado) no proviene de nuestro esfuerzo psicológico, sino de una gracia que es fruto de una fe nutrida por la oración, que nos da la experiencia de Cristo en su fuente[37].

Todos los instrumentos pastorales, de los que frecuentemente nos proveemos, no sirven para nada, si falta la experiencia mística en quien predica y obra. Por otra parte, sin embargo, la oración es efectivamente imposible, si uno no se conforma a Cristo en la vida. Galilea, que, además de tener una afinidad con san Ignacio de Loyola, la tiene también con los mayores místicos carmelitas, como san Juan de la Cruz y santa Teresa de Ávila, trae cuanto esta última dice a este propósito: "Vaya doblando la voluntad, si quiere que le aproveche la oración"[38].

Esta síntesis, como nos enseñan también los Padres del desierto, otra corriente espiritual querida por Galilea, no se realiza, sin estar enamorados de Dios[39]. De aquí desciende la conversión, el venderlo todo para adquirir un tesoro escondido, el dejarse arrancar el egoísmo, la injusticia, el orgullo[40], porque la opción por los pobres es sospechosa, si no hay la humildad, la abnegación, la justicia en todas las cosas, el amor fraterno, la misericordia y la capacidad de perdonar[41] a quien viva junto a nosotros. La oración no es un salvavidas que sustituye la responsabilidad del actuar humano, sino que es eficaz si nos revestimos de Cristo y liberamos a nosotros mismos y a los demás de las raíces del mal[42].

En su comentario a la décima estación del Vía Crucis del Viernes Santo 2010, en el Coliseo, el Cardenal Ruini ha escrito: "Jesús es despojado de sus vestiduras. ... Muestran a Jesús desnudo a la vista de la gente de Jerusalén y de toda la humanidad. ... Viendo a Jesús desnudo en la cruz, percibimos dentro de nosotros una necesidad imperiosa: mirar sin velos dentro de nosotros mismos; pero, antes de desnudarnos espiritualmente ante nosotros mismos, hacerlo ante Dios y ante nuestros hermanos los hombres. Despojarnos de la pretensión de aparecer mejores de lo que somos, para tratar en cambio de ser sinceros y transparentes. El comportamiento que, más que ningún otro, indignaba a Jesús era, en efecto, la hipocresía"[43].

El crisol de la purificación, de las crisis y de las contradicciones, si se vive en la pobreza de Cristo, nos dona una fe que se abandona y se funda en el amor de Dios y no en nuestro protagonismo. Todos, más o menos, somos esclavos de seudo-valores y corremos el peligro de fijarnos en esquemas de pensamiento y acción, a nivel personal o eclesial, que han acabado su tiempo o deben ser depurados. Para ser libres interiormente tenemos que estar dispuestos a dejarnos "desnudar", a aceptar muchas crisis[44], a fin de que se pueda decir de nosotros: "¡Por cuántas crisis tiene que haber pasado esta persona para llegar a ser tan libre!"[45].

Las experiencias positivas o negativas tienen valor si se incorporan a la vida de Cristo, a través de la fe y la oración. La comunidad cristiana no sufre ni más ni menos que las demás comunidades, pero, al dar también a los fracasos un sentido de misión de Cristo, en un sentido de verdadera humildad y no de autocomplacencia, puede representar, delante del Padre, el sufrimiento de las multitudes y redimirlo[46]. Sin contar el valor pedagógico que cada experiencia, también negativa, puede tener para otros.

Libertad interior y belleza comunitaria

La gran servidumbre del ser humano es el miedo a ser libre. Preferimos, dice Galilea, "pan y circo" y la seguridad de itinerarios ya trazados, a la responsabilidad y al riesgo de la libertad[47]. También en la misión hay el peligro de dar solo pan y circo, para tener más "usuarios". Se cae así en el grave error de restringir el horizonte de la esperanza cristiana, de secularizarla. Las promesas de Cristo en las que se basa la esperanza cristiana (la certeza de su amor, la victoria sobre la muerte) que hacen al hombre capaz de ser santo, o sea, realizado en su vocación auténtica[48], verdaderamente libre y digno en toda circunstancia, resistiendo al mal, se encuentran calladas y se promete un futuro social mejor, la superación de una enfermedad o de un problema, un tipo de liberación humana que, aunque legítima, no ha estado garantizada por Cristo en esta tierra. Se llega así a "engañar a la gente y a reducir el Evangelio a un mensaje ... que no tiene la certeza de la esperanza cristiana". Esto significa disolver el anuncio de la vocación del hombre a la santidad, que es el real motor de la liberación humana[49]. En efecto, la liberación social, sin libertad interior, lleva a otras formas de alienación[50].

Ahora bien, la libertad interior brota de la pobreza de espíritu, la primera de las bienaventuranzas evangélicas[51] (cf. Mt 5, 1-10), tan queridas por Segundo Galilea. Tenemos que aprender el desapego de las cosas, del éxito (del cual tenemos un culto, y que se ha transformado ya en sinónimo de libertad[52]), de honores, prestigios, proyectos e intereses personales (y también de ilusiones, alienaciones y de las mentiras que decimos a nosotros mismos). Galilea cita la vida monástica, como ejemplo de quien, en la castidad, la pobreza y la obediencia, para lograr una más grande libertad interior, renuncia voluntariamente a libertades exteriores, que son buscadas como fuente necesaria de felicidad por la mayoría de la gente. Podando la exterioridad, se crece con más fuerza en la interioridad y se experimenta la verdadera felicidad[53].

Entonces, es importante crear comunidades cristianas que se hacen libres de todo, para dar testimonio de una evangelización libertadora[54]. La libertad interior es la forma más hermosa de las libertades humanas, y el camino para cualquier reforma en la Iglesia y en la sociedad. "Un santo anónimo vale más para la liberación del mundo que muchos cristianos mediocres"[55]. Actualmente, hablar de oración o de los pobres tal vez no convenza a nadie, pero, el hecho de un cristiano libremente pobre y orante no se puede ignorar[56].

Galilea insiste en el testimonio de la caridad, porque muchas veces es la única vía por la que los hombres pueden ser atraídos por la belleza de la fe y entrever la luz del amor y la belleza de Dios. Galilea responsabiliza en esta línea a las comunidades de vida consagrada, porque esta última es, cita, "una de las huellas concretas que la Trinidad deja en la historia, para que los hombres puedan descubrir el atractivo y la nostalgia de la belleza divina" (Vita consecrata, 20)[57]. La "Belleza" salvará al mundo a través del corazón de los hombres que han hecho de la atracción para ella la pasión y el amor de su vida[58].

La Iglesia ha promovido siempre la belleza como elevación del ser humano en la verdad y en el bien, con el testimonio, pero también con la liturgia. La liturgia es una de las formas eminentes de la belleza en la Iglesia, por la capacidad de revelar el misterio de la fascinación de Dios, comunicado en Cristo, a través de la fuerza de los símbolos y de las palabras[59]. Por esto, debe ser cuidada y privilegiada, en la pastoral.

Para Galilea, el cristiano tiene que vivir armónicamente entre dos polos: el desierto de la dura lucha de la vida humana y cristiana, y la gratuita plenitud de la fiesta de Dios; entre el despojo de la ascesis y el gozo de la celebración o del sacramento; entre la soledad del desierto y la fraternidad eclesial[60]. He aquí el sentido de la belleza, a la que somos llamados y tenemos que llamar a los demás, porque evangelizar es ayudar a nuestros hermanos a crecer en la belleza interior[61].

Volviendo a las preguntas hechas en el principio (¿Qué misión para una Iglesia minoritaria y en dificultad?), nos parece que todas estas reflexiones de Galilea pueden aplicarse al camino misionero en Italia y en muchos otros países. Si el horizonte de una sociedad cristiana se ha desmoronado y se han perdido las seguridades de un tiempo, permanece el sentido profundo del silencio de Dios y sobre Dios, que experimentamos. La entrega desnuda a Cristo desnudo y, en ella, la apertura a los demás y a los más pobres deben llevarnos a un anuncio humilde, que asume la vocación de un "resto", y no a la obsesión del número y del aparecer; al cuidado de la liturgia, y no a la multiplicación de distribuidores automáticos de prácticas insignificantes para la mayoría; al testimonio de la única Verdad, y no a nuevas artes circenses, que malvenden la esperanza cristiana.

Si solo un Dios en agonía podía darnos la clave para iluminar el mal[62], la comunidad cristiana está llamada a hacer fecundas misionalmente sus crisis. Tiene que construir, en la pobreza, pequeñas comunidades que, empezando por el ámbito limitado de las propias relaciones internas, den testimonio, al exterior, de la riqueza mística de la Iglesia, haciéndola atractiva y libertadora para todos.

 

 


[23] Cf. S. Galilea, Espiritualidad de la esperanza..., 49.

[24] Cf. S. Galilea, El reverso misterioso de la vida, Indo-American Press Service, Bogotá 1984, 51-57.

[25] Cf. S. Galilea, El camino de la espiritualidad..., 195.

[26] Cf. S. Galilea, El camino de la espiritualidad..., 188.

[27] Cf. S. Galilea, Religiosidad popular y pastoral..., 221-222.

[28] Cf. S. Galilea, El ascenso a la libertad, Ediciones Paulinas, La Florida (Santiago del Chile) 1989, 35.

[29] Cf. S. Galilea, Tentación y discernimiento, Narcea, Madrid 1991, 119.

[30] Cf. S. Galilea, El camino de la espiritualidad..., 185.

[31] Cf. S. Galilea, El reverso misterioso de la vida..., 44-46.

[32] Cf. S. Galilea, Religiosidad popular y pastoral..., 150-151.

[33] Cf. S. Galilea, El reverso misterioso de la vida..., 48; S. GalileaEl camino de la espiritualidad..., 23; 154.

[34] Cf. S. Galilea, Religiosidad popular y pastoral..., 214-215.

[35] Cf. S. Galilea, A los pobres se les anuncia..., 51-52.

[36] S. Galilea, El camino de la espiritualidad..., 25.

[37] Cf. S. Galilea, Religiosidad popular y pastoral..., 259; 292.

[38] Teresa de Ávila, Moradas, VII, 4; Conceptos del amor de Dios, VII, 3ss.; Camino de Perfección, XXXVI, 8, cit. en S. Galilea, El futuro de nuestro pasado. Los místicos españoles desde América Latina, Narcea, Madrid 1985, 39.

[39] Cf. S. Galilea, El alba de nuestra espiritualidad. Vigencia de los Padres del desierto en la espiritualidad contemporánea, Narcea, Madrid 1986, 90-91.

[40] Cf. S. Galilea, Religiosidad popular y pastoral..., 245.

[41] Cf. S. Galilea, La música de Dios..., 83; S. Galilea, El futuro de nuestro pasado..., 67-68.

[42] Cf. S. Galilea, El camino de la espiritualidad..., 158.

[43] C. Ruini, Meditaciones y Oraciones (Vía Crucis en el Coliseo. Viernes Santo 2010), en www.vatican.va/news_services/liturgy/2010/via_crucis/sp/station_10.html

[44] Cf. S. Galilea, El camino de la espiritualidad..., 133-137; S. Galilea, El poder y la fragilidad. Vida de santa Francisca Javier Cabrini, fundadora de las Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús y patrona de los emigrantes, Ediciones Paulinas, Buenos Aires 1992, 29-30; S. Galilea, El ascenso a la libertad..., 77.

[45] Cf. S. Galilea, Religiosidad popular y pastoral..., 322.

[46] Cf. S. Galilea, Religiosidad popular y pastoral..., 213.

[47] Cf. S. Galilea, El ascenso a la libertad..., 8.

[48] Cf. S. GalileaEl pozo de Jacob..., 12-13.

[49] Cf. S. Galilea, Tentación y discernimiento..., 46-47.

[50] Cf. S. Galilea, El ascenso a la libertad..., 31.

[51] Cf. S. Galilea, El ascenso a la libertad..., 66-68; S. Galilea, El futuro de nuestro pasado..., 67-69.

[52] Cf. S. Galilea, El ascenso a la libertad..., 19.

[53] Cf. S. Galilea, El ascenso a la libertad..., 27.

[54] Cf. S. Galilea, El ascenso a la libertad..., 30.

[55] S. Galilea, La música de Dios..., 76.

[56] Cf. S. Galilea, El camino de la espiritualidad..., 55.

[57] Cf. S. Galilea, Fascinados por su fulgor. Para una espiritualidad de la belleza, Narcea, Madrid 1998, 88-89.

[58] Cf. S. Galilea, Fascinados por su fulgor..., 52.

[59] Cf. S. Galilea, Fascinados por su fulgor..., 19-20; 93.

[60] Cf. S. Galilea, El alba de nuestra espiritualidad..., 44-45.

[61] Cf. S. Galilea, Fascinados por su fulgor..., 114.

[62] Cf. S. Galilea, La música de Dios..., 16.

 


01/06/2018
 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis