Italiano Español Nederlands Français
Home arrow Perfiles misioneros y espirituales arrow “Ciencia del amor”
Imprimir Enviar a un amigo






“CIENCIA DEL AMOR”

Teresa de Lisieux, Patrona de las Misiones y Doctora de la Iglesia



En el día en que celebramos la memoria de santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, proponemos la reflexión de Mariangela Mammi sobre algunos aspectos de la vida de la carmelita de Lisieux.

Una vez entrada, todavía adolescente, en el Carmelo de Lisieux en Francia, Teresa se transformó, por pureza y simplicidad de vida, en maestra de santidad en Cristo y “experta en la scientia amoris”, como la definió Juan Pablo II (Novo millennio ineunte, 42), enseñando el camino de la “infancia espiritual” para llegar a la perfección cristiana, y poniendo toda mística diligencia al servicio de la salvación del mundo y del crecimiento de la Iglesia. Concluyó su vida el 30 de septiembre de 1897, a la edad de veinticinco años.

Doctora de la Iglesia y Patrona de las Misiones, junto con san Francisco Javier, su figura nos ayuda a entrar con mayor compromiso en el mes misionero.


  

Juan Pablo II, anunciando el 24 de agosto de 1997, en París, la proclamación de santa Teresa de Lisieux como Doctora de la Iglesia, había destacado que su enseñanza, “verdadera ciencia del amor”, es la expresión luminosa de su conocimiento del misterio de Cristo y de su experiencia personal. Su mensaje es particularmente adecuado para los jóvenes, llamados, siguiendo la escuela del Evangelio, a una generosidad infinita, a “ser, en el corazón de la Iglesia, los discípulos y los testigos ardientes de la caridad de Cristo”.

Proclamándola Doctora, él había afirmado que es precisamente la convergencia entre doctrina y experiencia concreta, entre verdad y vida, entre enseñanza y praxis convergencia surgida de su relación de amor intensamente vivida, la que convierte hoy a Teresa en un modelo atractivo para quienes estén en busca del sentido auténtico de la existencia.

Con su figura, la Iglesia pone siempre de nuevo el acento sobre la propia dimensión misionera.

Teresa, dotada de una extrema precocidad, de alta sensibilidad y de una inteligencia viva, siente muy temprano la atracción por la vida de clausura del Carmelo, y entra en él a la edad de quince años, superando no pocas desconfianzas e incomprensiones; en su vida, tan breve como intensa, no hará sino seguir las intuiciones que, ya desde muy joven, experimenta en su relación personal y nupcial con Cristo. Es lo que vislumbramos a través de sus escritos, teniendo cuidado en traducir su particular lenguaje al contexto actual. 

Atracción y misión

Partiendo de la experiencia que ella indica como “el primer beso de Jesús”, Teresa descubre que es amada y que quiere vivir para siempre esta gozosa relación: “No hubo preguntas, ni luchas, ni sacrificios. Desde hacía mucho tiempo, Jesús y la pobre Teresita se habían mirado y se habían comprendido... Aquel día ya no fue una mirada, sino una fusión... Teresa quería unirse para siempre a la Fuerza divina” (Ms A 35r°)[1].

Esta atracción amorosa es, para Teresa, el comienzo de todo. Sin embargo, como es verdad que cuando uno ama se vuelve como aquel a quien se ama, así ella experimentará día tras día que una persona “abrasada de amor no puede permanecer inactiva” (Ms C 36rº); es ella quien indica como conversión completa su compromiso por los demás, el momento en que percibe que la caridad le invade el corazón y la necesidad de olvidarse de sí misma: “Y desde entonces fui feliz” (cf. Ms A 45r°-v°).

Para Teresa, el amor a Dios es amor al hombre y para cada persona la Encarnación no es totalmente eficaz hasta que se vuelva apostolado.

Su atención se polariza en la manera de amar de Cristo, y su vida se vuelve, según A. Combes, “teocéntricamente antropocéntrica, porque, aunque colocando a Dios en el centro, pone la mirada en Su amor a los hombres: “Para amarte como tú me amas, necesito pedirte prestado tu propio amor” (Ms C 35r°).

Precisamente en su amor único a Jesús está el secreto de su vocación misionera. El amor único crea en ella una vocación de carácter social.

En el corazón de la Iglesia

A pesar de los tiempos en que ha vivido, santa Teresa de Lisieux demuestra una notable audacia. No obstante su elección, siente en su interior también otras vocaciones: “Siento la vocación de Guerrero, de Sacerdote, de Apóstol, de Doctor, de Mártir. En una palabra, siento la necesidad, el deseo de realizar por ti, Jesús, las más heroicas hazañas... Quisiera recorrer la tierra, predicar tu nombre... Una sola misión no sería suficiente para mí. Quisiera anunciar el Evangelio al mismo tiempo en las cinco partes del mundo” (Ms B 2v°-3r°).

Reflexionando sobre la Primera carta a los Corintios, ella encuentra la solución a su inquietud: “Comprendí que solo el Amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia: que si el Amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio.... Comprendí que el Amor encerraba en sí todas las vocaciones, que el Amor lo era todo, que el Amor abarcaba todos los tiempos y lugares... En una palabra, ¡que el Amor es eterno!” (Ms B, 3v°). “Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, Dios mío, eres tú quien me lo ha dado: en el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el Amor... Así lo seré todo... Así mi sueño se verá hecho realidad” (Ms B, 3v°).

Y es cierto que cuanto más nos sumergimos en las profundidades de Dios, más nos dilatamos en la catolicidad de la Iglesia.

Símbolo nupcial, fundamento de una espiritualidad misionera

Aunque Teresa no haya llegado nunca a tocar físicamente los extremos confines de la tierra, su espiritualidad es misionera. Una espiritualidad fundada en la unicidad del amor por el único e indiviso Esposo, amado en el único tálamo del gozo y de la cruz, puede satisfacer la exigencia de un compromiso que dedique todas sus energías, hasta el sacrificio de la propia vida, al anuncio del único Señor y del único Evangelio que salva.

El símbolo nupcial tiene mucho que decir a la Iglesia, especialmente en África y en América Latina.

En África, donde el aspecto de la maternidad tiene una predominancia absoluta sobre el nupcial, la afirmación del carácter nupcial es particularmente importante. La mujer es considerada, en efecto, ante todo en función de su fecundidad. Es vista en primer lugar como madre, y esto le confiere una dignidad impersonal, es decir, más relacionada con la función que con la persona. Ciertos ritos matrimoniales tenderían a significar que la esposa no es sino una condición inferior respecto a la madre.

En América Latina, la cultura está fuertemente marcada por aquel fenómeno conocido con el nombre de machismo, que implica una sobrevaloración del hombre en el contexto social. La exaltación machista del varón vacía a la mujer de sus valores, convirtiéndola en símbolo negativo del varón. La mujer, lo femenino, es un antivalor o un no-valor, para el macho, es pura negatividad. Una vez roto este binomio, las exigencias del equilibrio propias de cada cultura exigen, en nuestro caso, salvar la dimensión femenina estableciendo un nuevo binomio original: macho (varón)-madre (mujer). Ser madre es el ideal y la salvación de una existencia femenina.

Teresa restablece la justa dimensión del ser esposa, de la mujer llamada a idéntica dignidad y responsabilidad en la familia como en la Iglesia, más bien, pone de relieve la importancia de lo femenino en la espiritualidad cristiana y misionera. Ella pone su atracción por el Esposo como modelo para los demás, como un torrente que arrolla y lleva consigo todo lo que encuentra (cf. Ms C 34rº); así acentúa la importancia de la santidad personal, porque más íntima es la comunión, más eficaz es la misión. Para Teresa, lo que compete a nosotros es únicamente crear una presencia operante de Dios entre los hombres, para ser plenamente corredentores.

Hans Urs von Balthasar

Según Von Balthasar, uno de los más grandes teólogos del siglo XX, la novedad de la enseñanza de Teresa está en el hecho de que ha modificado un concepto de misión, cuyo contenido era una obra, una fundación o una doctrina, y en el cual el Yo del misionero tenía que desaparecer, para ser verdaderamente cristiano. Para Teresa, en cambio, la misión que cumplir parece llamarse todavía Teresa, es decir, ella misma, el cuidado de su relación personal con el Esposo, la propia vida hasta en las fibras más íntimas. Todos sus pensamientos y sus gestos son examinados y evaluados cuidadosamente por ella, porque todo esto no es medio sino fin, y debe ser perfecto para poder ser un modelo para los demás. Existe en esto como una autocanonización, hecha con toda claridad y superioridad, conscientemente, y que no tiene precedentes, además de María, quien se proclama Beata, y de Pablo, quien llama a imitar a él mismo.

En efecto, el cristianismo se comunica cuando la nueva vida, que procede del encuentro con Cristo, pasa de una persona a otra como por contagio en fuerza del testimonio: evangelizar significa transmitir una vida, no palabras, la evangelización es un fruto de la santidad. De ahí la importancia de encontrar a testigos creíbles.

La vida de santa Teresa de Lisieux, apasionada de Dios y de los hombres, sigue fascinando hoy todavía en todo el mundo, porque revela, con su vida, al Único capaz de satisfacer la sed infinita de amor y de felicidad que se oculta en lo profundo del corazón de cada uno.

Mariangela Mammi

 

 

______________________

[1] S. Teresa Di Gesù Bambino e del Volto Santo, Opere complete. Scritti e ultime parole, Città del Vaticano 1997. Se trata de la traducción del texto francés Oeuvres complètes (Textes et Dernières Paroles), Paris 1992, fruto del trabajo de la "Edición del Centenario”, edición crítica realizada por un equipo de expertos, en base a los manuscritos originales. La abreviatura Ms es utilizada para indicar los tres Manuscritos autobiográficos de Teresa (A, B y C) y siempre es acompañada del número de la hoja (r° = recto, v° = vuelto).


29/09/2015


 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis