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APUNTES PARA UNA RECEPCIÓN ECLESIAL DE

LOS MARTIRIOS DE ROMERO Y ANGELELLI/1

  Publicamos una reflexión de Enrique Ciro Bianchi, en vista de
la canonización del arzobispo salvadoreño

 

 

  

Cuando Juan Pablo II, en 1994, convocaba a celebrar el Gran Jubileo para recibir el tercer milenio de cristianismo, nos hacía caer en la cuenta de que, así como la Iglesia del primer milenio nació de la sangre de los mártires, "al término del segundo milenio, la Iglesia ha vuelto de nuevo a ser Iglesia de mártires". Por eso, invitaba a las comunidades a hacer todo lo posible por no perder el recuerdo de quienes han sufrido la muerte por ser testigos de Cristo.

Hoy, con Francisco, la Iglesia de América Latina recoge dos frutos maduros de esa iniciativa al celebrar la canonización de Romero en El Salvador, y la inminente beatificación de Angelelli y sus compañeros mártires en Argentina. A los que presumiblemente se les podrían sumar otros en todo el continente.

Pero debemos ser realistas y aceptar que, en un cuerpo eclesial complejo como el de Latinoamérica, la recepción de estos nuevos santos tendrá sus particularidades. Habrá quienes los reciban prontamente y con entusiasmo, y otros que necesiten tiempo para entender e internalizar los argumentos en los que se apoya la Iglesia para reconocer estos martirios. En todos los casos, nos parece que puede resultar de utilidad una breve presentación de una noción teológica actual de martirio.

La Iglesia crece permanentemente en la profundización de lo que Cristo reveló, y la comprensión que esta tiene del martirio no es una excepción. En el siglo XX pudo verse claramente un progreso en esta dimensión del pensamiento teológico, y es lo que intentaremos presentar desde la perspectiva de la realidad latinoamericana. Para ello, lo primero que haremos es un breve esbozo de la noción posconciliar de martirio (1). Luego, diremos algo sobre el martirio en América Latina (2). En tercer lugar, explicaremos qué se entiende por martirio "en odio de la fe" (odium fidei) (3) y por último, haremos algunas puntualizaciones sobre la dimensión política de estos martirios (4).

Somos conscientes de que, para muchos, resulta una piedra de escándalo el hecho de que las muertes de estos obispos se hayan dado en el marco de convulsiones políticas que siguen sin resolverse del todo. Es una dificultad que resulta inevitable, y que cada uno afrontará según la lectura que tenga de los procesos históricos de América Latina.

No presentamos estas reflexiones desde una pretendida asepsia histórica. Cosa además imposible. Lo hacemos tomando partido por los perseguidos. Para esto, hay una razón de fondo que tiene que ver con una dimensión constitutiva de la Iglesia. Esta, enseña el Concilio, está llamada a comunicar los frutos de la salvación recorriendo un camino de pobreza y persecución como el de Cristo. En la medida en que ella da verdadero testimonio de Cristo, la persecución le resulta inevitable. Por eso, donde quiera que se dé una situación histórica de opresión, odio, muerte, la Iglesia, para ser fiel a sí misma, se pondrá del lado de las víctimas y verá en ellas la imagen de su Fundador. Desde ese lugar, intentamos pensar las muertes violentas de estos cristianos. Manteniendo la premisa de que se trate de una reflexión teológica. Esto es, una lectura de los desenlaces de las vidas de estos obispos desde la fe cristiana, en el marco de la Tradición de la Iglesia.

1. Martirio: el supremo testimonio de amor

La primera palabra que brota ante el martirio es el silencio. No estamos ante una abstracción. En cada mártir hay una vida tomada por la misericordia que se debate frente a un odio asesino. El martirio es siempre un drama. Delante de todo sufrimiento genuino, lo primero es el silencio. Como cuando contemplamos la Pasión de Cristo. Un silencio compasivo y adorante.

En este clima de Viernes Santo, abordamos la realidad del martirio, desde Cristo muerto en la cruz. Él es el mártir por excelencia. Él entrega voluntariamente su vida para dar testimonio del amor misericordioso del Padre. Muchos otros, en la historia, han dado su vida por Jesucristo o por encarnar sus enseñanzas. La Iglesia los considera mártires porque sus muertes están asociadas a la muerte de Cristo. También hay quienes sufrieron persecución por sostener sus convicciones de fe, pero no llegaron a morir y se los reconoce como confesores.

Etimológicamente mártir significa testigo (del latín martyr tomado del griego μáρτυρος). Como Cristo, que es el "testigo fiel" (Ap 1,5), digno de fe, que da fe del amor de Dios y este testimonio provoca en nosotros la fe. Del mismo modo, la sangre de los mártires mezclada con la de Cristo suscita nuestra fe, hace creíble la Buena Noticia que trajo Jesús y que la Iglesia transmite. Bien lo entendía Tertuliano cuando plasmó la inspiradora sentencia: "Sangre de mártires, semilla de cristianos".

El concepto de mártir, tal como lo conocemos, se encuentra formulado por primera vez hacia el año 155 con el Martyrium Policarpi. Allí se nos dice que Policarpo "no solo fue maestro insigne, sino también mártir excelso, cuyo martirio todos aspiran a imitar, ya que ocurrió a semejanza del de Cristo". Mártir es aquí el que da su propia vida por seguir a Cristo. Su testimonio lo hace más que un maestro. Su actitud al dar la vida es una especie de supremo magisterio, capaz de engendrar fe.

La existencia de los mártires da cuenta de dos realidades que despliegan su fuerza en la historia humana: la acción salvadora de Dios y el misterio de iniquidad. Esto es, el poder del Espíritu Santo que se encarna en personas concretas a tal punto que llegan a un grado de amor, en el que prefieren morir antes que resignar sus convicciones, y el pecado que sigue enquistado en la humanidad generando sistemas enfermos de relacionalidad, que son capaces de presentar como deseable la muerte de quien da testimonio de una convivencia basada en el amor y el respeto a la dignidad de cada persona.

Desde los primeros siglos de cristianismo hasta el presente, la noción de martirio ha tenido distintas acentuaciones. No nos proponemos aquí ofrecer una panorámica. Pero sí notar que el Concilio Vaticano II aportó una visión propia del martirio, presentándolo en una perspectiva claramente cristocéntrica. Según afirma R. Fisichella en el Nuevo Diccionario de Teología Fundamental, para el Concilio lo normativo es el amor de Cristo, por tanto, el acento no está tanto en la profesión de fe del mártir sino en el amor que está en la base del testimonio del santo. Esto se nota claramente en el párrafo de la Lumen gentium que aborda explícitamente el tema: "Dado que Jesús, el Hijo de Dios, manifestó su amor entregando su vida por nosotros, nadie tiene mayor amor que el que entrega su vida por Él y por sus hermanos (cf. 1 Jn 3,16; Jn 15,13). Pues bien: algunos cristianos, ya desde los primeros tiempos, fueron llamados, y seguirán siéndolo siempre, a dar este supremo testimonio de amor ante todos, especialmente ante los perseguidores. Por tanto, el martirio, en el que el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, y se conforma a Él en la efusión de su sangre, es estimado por la Iglesia como un don eximio y la suprema prueba de amor, y, si es don concedido a pocos, sin embargo, todos deben estar prestos a confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle, por el camino de la cruz, en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia".

La noción preconciliar insistía en que la muerte debía ser instigada por un rechazo a la fe del mártir. El límite de esta visión es que podía reducir el campo del martirio si se entendía la fe solo en su dimensión intelectual. En cambio, la Lumen gentium, al hablar de martirio, no nombra el odium fidei ni la profesión de fe, aunque ciertamente los supone, sino que prefiere hablar de martirio como "signo del amor que se abre hasta hacerse total donación de sí". Más adelante, volveremos sobre la expresión odium fidei, ya que entenderla correctamente resulta indispensable en una teología del martirio.

La clave está en el amor del que da testimonio el santo. Por eso, hoy se entiende más fácilmente que es mártir aquel que no solo profesa la fe frente a sus perseguidores, sino que da testimonio de ella luchando contra la injusticia. En palabras del prestigioso teólogo italiano: "Si se asume este horizonte interpretativo, resulta claro que el mártir no se limita ya a unos cuantos casos esporádicos, sino que se le puede encontrar en todos aquellos lugares en los que, por amor al Evangelio, se vive coherentemente hasta llegar a dar la vida al lado de los pobres, de los marginados y de los oprimidos, defendiendo sus derechos pisoteados".

El caso de Maximiliano Kolbe es un buen ejemplo de esta ampliación del concepto de martirio que se da después del Concilio. Este sacerdote franciscano polaco murió en Auschwitz, después de haberse ofrecido espontáneamente a reemplazar a uno de los prisioneros elegidos para morir de hambre. Tras sobrevivir dos semanas en la celda del hambre, se le quita la vida con una inyección mortal el 14 de agosto de 1941. En 1971, es beatificado por Pablo VI no como mártir sino bajo el título de "confesor" ya que, si bien su muerte fue un acto de caridad sublime al morir por otro, no fue interrogado directamente sobre su fe. Pero, en 1982, Juan Pablo II, en contra del juicio de algunos miembros de la curia romana, decide canonizarlo como mártir. En su homilía el día de la canonización no aparece la expresión "mártir de la fe" y está dedicada a mostrar el testimonio de amor que dio el padre Kolbe. De este modo, Kolbe se constituyó en el primer santo que cambió de categoría entre las dos etapas de la misma canonización.

2. El martirio en América Latina

En la segunda mitad del siglo XX, nuestro continente estuvo tristemente signado por la violencia guerrillera y el terrorismo de Estado. Eran los tiempos de la así llamada "guerra fría" entre Estados Unidos y la Unión Soviética, que entre nosotros fue bien caliente. Lo que en el Norte era una dialéctica entre capitalismo y marxismo, en el Sur se constituyó en un verdadero baño de sangre. En toda la geografía latinoamericana fueron apareciendo guerrillas revolucionarias y dictaduras militares que, bajo la excusa de luchar contra el marxismo y mediante el terrorismo de Estado, implantaron una economía de mercado que derivó, en pocos años, en una deuda externa astronómica. Hoy se sabe que el Gobierno de Estados Unidos articulaba y apoyaba esas dictaduras a través, por ejemplo, del Plan Cóndor.

En este escenario, fueron muchos los que murieron luchando, desde sus convicciones cristianas, por una sociedad donde todos tengan un lugar. Como a Jesús, los mataron no por profesar una fe, sino por hacerla vida poniéndose del lado de los sufrientes y ayudarlos a llevar su cruz. Esto hizo que la reflexión sobre el martirio se constituya en uno de los ejes de la teología latinoamericana. Especialmente en Centroamérica, donde abundó absurdamente la muerte por persecución: desde el arzobispo Óscar Romero acribillado mientras celebraba la misa, el teólogo Ignacio Ellacurría y sus compañeros mártires de la UCA, hasta las sangrientas masacres de campesinos como la de la aldea de El Mozote, donde en tres días fueron exterminados 936 campesinos, hombres, mujeres, ancianos y niños (430 menores de 13 años), con la sola finalidad de sembrar el terror en el resto de las poblaciones de la zona.

Esta dolorosa realidad se impuso a la teología latinoamericana y le dio su pathos específico. Los teólogos no cultivaron una teología del martirio por moda o como artículo de importación. Ellos no tuvieron solo conceptos ante sí para reelaborar una noción de martirio: estaban ante la realidad misma del martirio visceralmente palpable en la vida de su pueblo. Muchos de ellos contaban con la posibilidad cierta de su propia muerte. El caso más patente es el de Jon Sobrino, que salvó su vida porque no estaba en su comunidad la noche en que los militares salvadoreños entraron a la Universidad, y ultimaron a sus seis compañeros y a la cocinera junto con su hija menor de edad.

Incluso el propio K. Rahner, movilizado por el asesinato de Romero en El Salvador, escribió sobre la necesidad de ampliar el concepto tradicional de martirio, en uno de sus últimos artículos antes de morir. Allí se pregunta: "¿Por qué no habría de ser mártir un monseñor Romero, por ejemplo, caído en la lucha por la justicia en la sociedad, en una lucha que él hizo desde sus más profundas convicciones cristianas?". Buscando esa ampliación reflexiona sobre si puede ser mártir quien muere, no pasivamente sino luchando. Lo más común era pensar que el mártir debía recibir pasivamente la muerte. No ir activamente hacia ella como el soldado en guerra, sino recibirla por no apartarse del camino. Rahner explica que "las diferencias que existen entre una muerte por la fe después de una lucha activa y la muerte que se soporta pasivamente por la fe son demasiado inconsistentes y difíciles de precisar", por lo cual no se pueden separar en el plano conceptual. Hay que encontrar un concepto de martirio que englobe ambas realidades. "En ambos casos, la muerte es asumir la muerte de Cristo; un acto supremo de amor y valentía que realiza el creyente abandonándose a la voluntad de Dios". Sobre el trasfondo de voces que afirmaban que monseñor Romero no podía ser mártir porque no había muerto por odio explícito a la fe, Rahner se permite la ironía de explicar que Santa María Goretti es considerada mártir, siendo que murió por defender un valor de la moral cristiana como la virginidad. Queda suspendida sobre el lector la pregunta: ¿acaso lo que vale para la castidad no vale para la justicia?

El tratamiento del martirio representó un eslabón más en la larga cadena de desencuentros entre el Vaticano y la Iglesia latinoamericana. Un testimonio autorizado de esas diferencias lo encontramos en las memorias póstumas de quien fuera, en esos tiempos, el Superior General de la Orden Carmelita, el sacerdote mexicano Camilo Maccise. Allí da cuenta de los prejuicios con que miraban desde Roma la muerte de Romero. Un cardenal, al enterarse de su asesinato en el altar, comentó textualmente: "Lo siento, porque se cometió un sacrilegio. Por otra parte, él se lo buscó por haberse metido en política". También relata cómo medían con distinta vara, en la Santa Sede, a los cristianos muertos por resistir la opresión en América Latina de los que morían en sociedades gobernadas por el comunismo: "Tachaban de política partidista lo que no era sino defensa de los derechos de los oprimidos... cuando se trataba de América Latina. En cambio, la política partidista que obispos, sacerdotes y religiosos realizaban en algunos países europeos era considerada legítima".

Pone como ejemplo la exaltación que se hacía del "martirio" del padre Popieluszko, capellán de los obreros siderúrgicos de Huta (Polonia), torturado y asesinado por la policía por motivos políticos en 1985.

En el documento de Aparecida (2007), la Iglesia parece capitalizar parte de la reflexión latinoamericana sobre el martirio. En el número 98, si bien no se utiliza la palabra mártir, se habla de los "santos no canonizados" y "testigos de la fe" que fueron perseguidos y murieron por su compromiso con los más pobres, remarcando que se entregaron a Cristo, a la Iglesia y a su pueblo: "Su empeño [de la Iglesia] a favor de los más pobres y su lucha por la dignidad de cada ser humano han ocasionado, en muchos casos, la persecución y aún la muerte de algunos de sus miembros, a los que consideramos testigos de la fe. Queremos recordar el testimonio valiente de nuestros santos y santas, y de quienes, aun sin haber sido canonizados, han vivido con radicalidad el Evangelio y han ofrendado su vida por Cristo, por la Iglesia y por su pueblo".

El teólogo peruano Gustavo Gutiérrez, en una conferencia dada en el 2015 en el Vaticano, sostuvo que el hecho de que Aparecida incluya en la noción de martirio a quienes dieron su vida "por su pueblo" representa un verdadero enriquecimiento en la tradición de la Iglesia. No sorprende semejante afirmación, si consideramos que cuando el obispo Pedro Casaldáliga fue llamado en 1988 a la Santa Sede a un "diálogo" con la Congregación para la Doctrina de la Fe, entre otros reclamos, se le dijo: "Ustedes llaman mártires a monseñor Romero, a... Es bueno recordar a ciertos personajes que se dedicaron al pueblo, ¡pero llamarlos mártires!". A lo que el obispo brasilero respondió: "Nosotros sabemos distinguir entre los mártires 'canónicos' oficialmente reconocidos por la Iglesia y esos otros muchos mártires que llamamos mártires del Reino, que dieron su vida por la justicia, por la liberación... Sí, yo escribí un poema a San Romero de América. Así lo considero, santo, mártir nuestro".

Enrique Ciro Bianchi

(Continúa)

 
© Vatican Insider - 10 ottobre 2018
    Foto a cura della redazione di www.missionerh.it

Para profundizar en la figura de Mons. Óscar Arnulfo Romero, léase también:

 

 

13/10/2018
 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis