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APUNTES PARA UNA RECEPCIÓN ECLESIAL DE

LOS MARTIRIOS DE ROMERO Y ANGELELLI/2

   

 

  

3. Martirio in odium fidei

La noción de odium fidei viene de considerar la realidad del martirio desde el derecho canónico. Su origen se remonta a 1737, en el tratado de Benedicto XIV sobre las canonizaciones. Es importante precisar el concepto, porque una lectura literal de la expresión puede llevar a equívocos.

El mártir siempre muere por odium fidei. Es mártir quien, como Cristo, muere agredido por el odio que inspira el amor que encarna en su vida. Benedicto XVI explicaba, en un discurso a la Congregación para la Causa de los Santos, que "es necesario que aflore directa o indirectamente, aunque siempre de modo moralmente cierto, el odium fidei del perseguidor. Si falta este elemento... no existirá un verdadero martirio, según la doctrina teológica y jurídica perenne de la Iglesia".

Al presentar la noción conciliar de martirio, habíamos dicho que el acento está puesto en el amor del testigo, no tanto en su profesión de fe. Más aún, el planteo no apunta exclusivamente a los motivos del que mata, sino a los motivos del que muere. Mira más a la víctima que al verdugo. Por eso, odium fidei no es solo odio a la profesión de la fe, al hecho de ser cristiano (como era el caso de los primeros mártires del cristianismo u hoy frente a cierto fundamentalismo islámico). Es también odium fidei, el rechazo hacia conductas que son consecuencias de la fe. Como explica Rahner, "el término 'fe' incluye también la moral cristiana".

Esto ya podía encontrarse en la doctrina clásica, cuando Santo Tomás se pregunta "si solo la fe es causa del martirio". Allí explica que, "a la verdad de la fe le pertenece no solo la creencia del corazón, sino también la confesión externa, la cual se manifiesta no solo con palabras por las que se confiesa la fe, sino también con obras por las que se demuestra la posesión de esa fe". Ilustra la afirmación con el ejemplo de Juan el Bautista, quien es considerado mártir y no murió por defender la fe, sino por reprender un adulterio (argumento similar al de Rahner respecto de María Goretti). A lo que agrega que la muerte por "cualquier bien humano puede ser causa de martirio en cuanto referido a Dios" y que "el bien de la República es el principal entre los bienes humanos". Es claro que la justicia es un valor que contribuye al "bien de la República". Más explícitamente lo señala en el comentario a la Carta a los Romanos cuando afirma: "Padece por Cristo no solo el que padece por la fe de Cristo, sino por cualquier obra de justicia, por amor de Cristo". En el mismo sentido puede citarse la expresión de Juan Pablo II, en Sicilia, al referirse a un juez asesinado por la mafia y a otros como él diciendo: "Son mártires de la justicia e indirectamente de la fe".

Mostraría una concepción demasiado intelectualista de la fe pensar que el odium fidei solo puede aplicarse, cuando la agresión se produce explícitamente contra la doctrina cristiana. Además, como bien señala J. González Faus, llevaría a la paradoja de sostener que "solo un no cristiano podría provocar mártires. Solo un emperador Juliano, o un Gobierno ateo. Un cristiano, por cruel que fuese, no podría provocarlos, porque, si se confiesa cristiano, no odiará la fe".

Por eso, puede decirse que el odium fidei debe entenderse como un odium amoris. Esto es, una aversión criminal hacia las actitudes con las que el mártir testimonia su amor a Cristo.

En la causa de beatificación de monseñor Romero, se optó por establecer este odium fidei indirecto. Para ello, la Positio entabló tres puntualizaciones: 1) hubo persecución en El Salvador; 2) su violencia fue dirigida hacia miembros de la Iglesia; 3) la misma persecución agredió a monseñor Romero. Los postuladores de la causa de beatificación plantearon que el obispo mártir optó por ser fiel totalmente a lo que la Iglesia proclama en su magisterio, y esa fidelidad específicamente provocó a sus perseguidores a asesinarlo. Al hacerlo, dejaron entrever su odio a la fe cristiana.

Estas precisiones sobre el modo de entender el odium fidei son importantes, para entender los martirios de Óscar Romero, Enrique Angelelli y tantos otros en América Latina. Sus verdugos fueron, muchas veces, militares católicos, que actuaban pretendidamente en defensa del cristianismo, y con la anuencia de algunos sectores de la Iglesia. No puede decirse de ellos que "odiaban" la fe cristiana. Más bien, lo que tenían era una fe enajenada. Muchos de ellos se sentían los verdaderos representantes de la fe católica, y creían que estaban llamados a purificar a la Iglesia de los obispos "rojos", que tenían una fe corrompida por el marxismo. En Argentina, por ejemplo, esto puede verse claramente en un informe secreto que el coronel Saint Amant eleva a las autoridades militares, sobre la conducta del obispo Carlos H. Ponce de León, muerto en un dudoso accidente, a pocos meses de este lapidario informe. Solo alguien con una fe desquiciada puede escribir un párrafo como el siguiente: "Según la Doctrina Católica, el Obispo es el sucesor directo de los Apóstoles; la unión de la Iglesia se hace mediante la unión con el Obispo y fuera de la Iglesia 'no hay salvación'. De modo que los católicos de convicción, sacerdotes o no, al cuestionarse la actuación del Obispo, de los sacerdotes o del Papa, piensan que ponen en juego su salvación eterna. Hace falta lucidez intelectual y cierto coraje para entender que un Obispo es traidor a la Iglesia, y para obrar sin el respeto que la doctrina enseña para con el sacerdote, cuando este está destruyendo su patria y su fe".

Al parecer, no fueron pocos los militares que en América Latina se creyeron con la "lucidez intelectual", para obrar "sin el respeto que la doctrina enseña para con el sacerdote". Se sentían custodios de la verdadera fe, e identificaban naturalmente lo que consideraban "herejía" con la "subversión" que ponía en riesgo la "seguridad nacional". Angelelli lo había denunciado en una carta al episcopado en que decía: "No dejemos que Generales del Ejército usurpen la misión de velar por la Fe Católica". La misiva, fechada el 25 de febrero de 1976, concluía con un dramático pedido de apoyo a sus hermanos, que terminó convirtiéndose en una profética premonición de su martirio: "Por ahí se me cruza por la cabeza el pensamiento de que el Señor anda necesitando la cárcel o la vida de algún obispo, para despertar y vivir más profundamente nuestra colegialidad episcopal".

4. Dimensión política de estos martirios

Decíamos en la introducción que para muchos resulta una piedra de escándalo el contexto político de estos martirios. Debemos reconocer que la memoria de estos obispos está, muchas veces, envuelta por la bruma de sospecha de lo que podríamos llamar un prejuicio ideológico. Creer que sus muertes tuvieron que ver exclusivamente con la política, que pagaron el precio de ser agitadores políticos en tiempos difíciles. Lo decíamos al referir lo que cuenta Maccise sobre el cardenal romano, que pensaba que Romero "se la había buscado". Otro testimonio contundente sobre este prejuicio, que flotaba sobre Romero, lo da el Papa Francisco cuando explica que el obispo salvadoreño siguió siendo mártir después de morir: "El martirio de monseñor Romero no fue puntual en el momento de su muerte, fue un martirio-testimonio, sufrimiento anterior, persecución anterior, hasta su muerte. Pero también posterior, porque una vez muerto yo era sacerdote joven y fui testigo de eso fue difamado, calumniado, ensuciado, o sea, que su martirio se continuó incluso por hermanos suyos en el sacerdocio y en el episcopado. No hablo de oídas, he escuchado esas cosas".

Las actitudes de estos mártires, si bien podían ser políticas, en el fondo, tenían motivos de fe. La dimensión política del martirio arraiga en la dimensión social del Evangelio. Nuestra fe nos pide que amemos al prójimo, y eso es ya un hecho político. El llamado de Jesús a vivir como hermanos, en una sociedad donde muchos sufren la opresión, tiene como consecuencia natural el compromiso por la justicia social y la defensa del oprimido. Sería un reduccionismo desencarnado pretender que un mártir solo haya actuado en el terreno religioso. Expresa una falsa dicotomía la pregunta: ¿Murió por la fe o por la política? Hay motivos políticos ciertamente. Pero esos motivos políticos se unen y cabalgan sobre los motivos de fe.

Si Romero y Angelelli se enfrentaron a los Gobiernos terroristas no fue por diferencias ideológicas, sino por ponerse del lado de los que estaban siendo asesinados por el terrorismo de Estado. La historia los puso en la encrucijada de tener que decidir entre encarnar como obispos, hasta el fondo, lo que enseña la Iglesia o salvar sus vidas ("el que encuentre su vida la perderá..." Mt 10,39). Plena conciencia de esta dramática opción tenía Romero cuando, en una carta dirigida a la Congregación para los obispos, en 1978, escribía: "¡Qué difícil es querer ser fiel totalmente a lo que la Iglesia proclama en su magisterio, y qué fácil, por el contrario, olvidar o dejar de lado ciertos aspectos! Lo primero conlleva muchos sufrimientos; lo segundo trae mucha seguridad, tranquilidad y la ausencia de problemas. Aquello suscita acusaciones y desprecios; este último, alabanzas y perspectivas humanas muy halagüeñas".

Un último apunte sobre martirio y militancia partidaria. Ni Romero ni Angelelli "militaron" en opciones político-partidarias. Pero muchos otros sí lo hicieron desde su compromiso cristiano, como modo de tomar partido por las víctimas. Pensemos, por ejemplo, en Carlos Mugica asesinado en 1974 al salir de celebrar Misa, y cuya militancia en el movimiento peronista es por todos conocida. En estos casos, no hay por qué decir, a priori, que sus opciones partidarias los impugnen para que sus muertes sean interpretadas como un martirio. Como tampoco hay que sostener lo contrario, que cualquier muerte inspirada por odio político pueda ser considerada por la Iglesia estrictamente como martirio. Para examinar estos casos debemos ir a la enseñanza de la Lumen gentium, donde se señala que lo que cualifica al martirio es el testimonio de amor. Por eso, aun cuando puedan ser discutibles algunas de sus opciones partidarias, puede decirse que, si el odio que los mató fue incubado por el testimonio de amor de estos militantes, estamos ante un verdadero martirio. La clave hermenéutica de todo martirio es el amor.

Conclusión: construir desde los mártires

Entre mártires y confesores, la Iglesia latinoamericana cuenta con una verdadera nube de testigos del Reino. Estos son un regalo de Dios para sus pueblos. Pero un regalo conflictivo, una bandera discutida que se levanta para exhibir un amor insoportable, en un mundo que sigue estructurado sobre la injusticia. Taparse los oídos frente al grito de esa sangre derramada, no escuchar el clamor de las multitudes que sufren, es cerrarle el corazón a Dios.

Poco antes de su muerte, Romero gritaba proféticamente: "Sería triste que, en una Patria donde se esté asesinando tan horrorosamente, no contáramos entre las víctimas también a los sacerdotes. Son el testimonio de una Iglesia encarnada en los problemas del pueblo". Su sangre esparcida sobre el altar rubricó que la Iglesia salvadoreña no sufrió esa tristeza. Tampoco la Iglesia argentina vivió esta aflicción, que, en tiempos de dolor y marcada con el estigma de la traición de algunos, conoció también la gloria de los testimonios de Angelelli, Ponce de León, Carlos Mugica y tantos otros.

Ahora es el tiempo de recoger lo que ellos sembraron. En los mártires Dios nos habla. La sangre de Angelelli y de Romero tiene aún mucho que decirnos. Sus martirios nos hablan de un Dios cercano al pobre, amante de quien paga con su carne la voracidad de las estructuras de pecado. En América Latina, seguimos teniendo millones de hermanos así crucificados. Con sinceridad, debemos reconocer que como Iglesia nos falta mucho, para estar a la altura de ese encuentro entre tanto dolor y tanta misericordia. Una Iglesia que brote de la semilla de la sangre de Angelelli, de Romero, y de tantos que se jugaron la vida por el pueblo, será una Iglesia encarnada en el pueblo, que comparte su cruz y también sus alegrías, sus esperanzas y sus luchas. Será una Iglesia mártir de la salvación que Dios está realizando en su pueblo crucificado.

Enrique Ciro Bianchi

   

© Vatican Insider - 10 ottobre 2018
    Foto a cura della redazione di www.missionerh.it

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16/10/2018
 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis