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CREER, A PESAR DE TODO

El itinerario del Cardenal François-Xavier Nguyên Van Thuân/3

 

El porqué de la cruz

“La fe es la aceptación incondicional de Jesucristo, y la decisión de vivir y morir con Él”. Pero, ¿por qué morir, por qué la cruz? Si no se comprende el porqué de la cruz en todo su dramatismo, no se puede comprender el misterio cristiano y el humano. Nos explica Van Thuân: “Al final de su vida, Jesús había sido traicionado por los hombres, los suyos ya no estaban con Él, y ahora Dios, aquel Dios a quien Él llamaba Padre, Abbá, se calla. El Hijo experimenta el vacío de su ausencia, pierde la sensación de su presencia. … Parece, entonces, oscurecerse lo que era más suyo: su íntima unión con el Padre, tanto que Él ya no se siente Hijo: 'Dios mío, Dios mío’ Él grita y ya no ‘Padre’. … ‘Puede decirse escribe Van Thuân citando la Carta Apostólica de Juan Pablo II Salvifici doloris que estas palabras sobre el abandono nacen en el terreno de la inseparable unión del Hijo con el Padre, y nacen porque el Padre cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros. … A quien no conoció el pecado, lo hizo pecado por nosotros. Junto con este horrible peso, midiendo todo el mal de dar las espaldas a Dios, contenido en el pecado, Cristo, mediante la profundidad divina de la unión filial con el Padre, percibe de manera humanamente inexplicable este sufrimiento que es la separación, el rechazo del Padre, la ruptura con Dios’ (Salvifici doloris, 18)”.

A los ojos humanos, la vida de Jesús es un fracaso, una frustración, es inútil, pero, a los ojos de Dios, precisamente cuando Jesús ya no puede predicar, sanar a los enfermos, hacer milagros, en aquel entonces cumple, en la inmovilidad absoluta de la cruz, la acción más importante de su vida, derramando su sangre para salvar al mundo. En la hora extrema en la que el Hijo se siente abandonado por el Padre, también el Padre vive la misma pasión de amor del Hijo. Donando al Hijo, dejando que Él recorra hasta el final toda la distancia de Dios provocada por el pecado, también Él entra, en cierto modo, en comunión con todo el sufrimiento humano: a este punto lo lleva el amor que tiene por el hombre. La experiencia de la más grande separación de Dios encierra en sí, misteriosa pero realmente, la experiencia de la más plena unidad con el Padre. En esta estupefaciente dinámica de amor, todo nuestro dolor está transformado, todo vacío llenado, todo pecado redimido, nuestra lejanía de Dios superada.

Sin embargo, todo esto no se realiza sin nuestra participación. Si, empujados por el amor extremo de Jesús, no nos alejamos de Él, sino que vivimos como Él y en Él todo nuestro dolor; si nos proyectamos hacia lo que Dios nos pide en el momento presente, por medio de aquellos que Él nos pone delante, tendidos solo a amar, volveremos a encontrar en nosotros una nueva y más plena presencia de Dios: “Recuerdo mi experiencia durante los años oscuros del cautiverio. En aquel abismo de mis sufrimientos, algunos sentimientos me daban la paz del alma: no he dejado nunca de amar a todos, no he excluido a nadie de mi corazón. Es Dios amor el que me juzgará he dicho para mis adentros no el mundo, no el Gobierno, no la propaganda”.

No se vive sin Misa

Hablando de él, el Card. Vallini ha subrayado que Van Thuân logró superar el desánimo y la angustia, que varias veces estaban a punto de hacerlo caer en el abismo de la desesperación, porque se asió fuertemente a la palabra de Dios y a la Eucaristía. No teniendo en la cárcel la Biblia, escribió sobre pedacitos de papel más de trescientas frases del Evangelio, del cual sacaba luz y fuerza. Pidió un poco de vino como remedio para el estómago, y algunas hostias le llegaron ocultadas en una antorcha. Con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano celebraba la Misa, dando a escondidas la Comunión a sus compañeros, cuando le era posible. Guardaba el Santísimo Sacramento en el papel de los paquetes de los cigarrillos y, durante las sesiones de adoctrinamiento, lo distribuía a los presos, quienes, de noche, se alternaban en turnos de adoración.

Los santos mártires vietnamitas

Como los mártires de los primeros siglos, él decía: “No podemos vivir sin la celebración de la Eucaristía”. La historia de la Iglesia está llena de conmovedores relatos de celebraciones clandestinas de la Eucaristía, porque sin ella no se vive la vida de Dios. Cada vez que tenía esta oportunidad de extender las manos y de clavarse en la cruz con Jesús, de beber con Él el cáliz más amargo, confirmaba un pacto eterno con Él, mezclando su sangre con el del Señor.

¿Por qué, comentaba Van Thuân, en Ars los peregrinos se apretaban, como un solo corazón y una sola alma, alrededor del altar sobre el cual celebraba la Eucaristía san Juan María Vianney? Porque veían delante de ellos a un sacerdote totalmente identificado con Jesús en la cruz. En cada Misa, tenemos alrededor de nosotros el mundo entero con todos esos lugares en los que Dios llora, con todos los pecados y la totalidad de los sufrimientos de la humanidad. Todo lo podemos unir a Jesús crucificado, quien está allí sobre el altar: es nuestra esperanza, en Él llegamos a la resurrección. Para Van Thuân, la crisis en la Iglesia no está determinada por el hecho de que ella se mueva con lentitud, esté fuera de moda o recargada por las estructuras, sino “por la devaluación de la oración, por el comportamiento de los cristianos, quienes ya hablan y actúan como los demás (está faltando lo sobrenatural), y por la no aceptación de la locura de la cruz del Señor”.

Ha afirmado papa Francisco, en su primera homilía después de la elección: “Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor. Quisiera que todos, después de estos días de gracia, tengamos el valor, precisamente el valor, de caminar en presencia del Señor, con la cruz del Señor; de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor, derramada en la cruz; y de confesar la única gloria: Cristo crucificado. Y así la Iglesia avanzará” (Santa Misa con los Cardenales, 14 marzo 2013).

Dos o tres reunidos en el nombre de Jesús

Por medio de pequeños grupos, la Iglesia en Vietnam ha sobrevivido

“Por la gracia del bautismo y particularmente por la Eucaristía somos insertados en Cristo, pero es en la fraternidad vivida en que la presencia de Jesús en la Iglesia se manifiesta y se hace operante, en la existencia cotidiana. En el silencio, dos o tres creyentes pueden testimoniar en el amor recíproco lo que constituye su identidad profunda: el ser Iglesia en el cuidado de los más débiles, en la corrección fraterna, en la oración en unidad, en el perdón sin límites”. Recuerda Van Thuân que es sobre todo por medio de pequeños grupos, que experimentaban y testimoniaban en la cotidianidad la presencia de Cristo, por los que la Iglesia en Vietnam ha sobrevivido. “Precisamente cuando faltaba todo, Jesús ha vuelto a andar por los caminos de nuestro país. Ha salido de los tabernáculos y se ha hecho presente en las escuelas y en las fábricas, en las oficinas y en las cárceles”. “Si en cada parroquia te empeñaras a formar aunque solo cinco auténticos apóstoles laicos, estaría asegurado un fiel servicio, también a tus sucesores”.

Caridad, para él, significa volverse una comunidad capaz de hacer nacer nuevas relaciones y, por consiguiente, un nuevo mundo. En muchas situaciones la Iglesia es una minoría en cuanto a números, posibilidades y medios, pero esto no anula su fuerza de tener incidencia, si ella se abandona a la voluntad del Señor. En las parábolas evangélicas emergen los pequeños números y las cosas diminutas, que indican la atención a las personas individuales, a lo que es humilde y esencial. La minoría cualitativa hace pensar en el modo en que el Señor ha actuado, indicando siempre los mismos instrumentos para enfrentar las dificultades y las amenazas: la oración y la conversión.

Cuando tenemos lo esencial en el corazón, es decir, a Dios y su voluntad, no sentimos la necesidad de otro, pero la fidelidad al Señor debe ser renovada cada día. En esto, la oración es fundamental: se puede aprender mucho sobre el genuino espíritu de oración precisamente cuando se sufre por no poder orar, con la sensación de sentirse abandonados por Dios, y tan lejos de Él hasta no poderle dirigir la palabra. En esos momentos se descubre la esencia de la oración: que toda nuestra vida y cada moción de nuestro corazón se vuelvan una oración única e ininterrumpida.

Para Van Thuân, sin Dios estamos completamente vacíos, solos y pobres. La plenitud de la felicidad humana depende del grado de unión con el Señor, y él veía todo esto en María. La única cosa que llevó a la cárcel, en el momento de su detención, fue el rosario. María había marcado tantos momentos de su vida. Él vislumbraba en ella una mujer completamente orientada hacia Dios y su voluntad, en que resplandecía el modelo de creatura en el cual Dios había pensado ya desde la eternidad, para cada hombre. Es en María en la que se manifiestan claramente todos los atributos de la belleza de Dios. "Si amas la aventura, imita a María. Su vida fue una verdadera aventura de la fe. Todo lo puso siempre en manos de Dios y siguió su voluntad, sea en la gruta de Belén, sea en Egipto, en Nazaret y en el Gólgota. Siempre y por todas partes creyó y perseveró en la fe, arriesgándolo todo, pero confiando con certeza que Dios habría permanecido fiel a sus promesas”.

Mariangela Mammi

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 


Las citas son tomadas de las siguientes obras de F.-X. Nguyên Van Thuân: Il cammino della speranza. Testimoniare con gioia l’appartenenza a Cristo, Città Nuova, Roma 2000; Cinque pani e due pesciDalla sofferenza del carcere una gioiosa testimonianza di fede, San Paolo, Cinisello Balsamo (MI) 2001; Testimoni della speranza. Esercizi spirituali tenuti alla presenza di S.S. Giovanni Paolo II, Città Nuova, Roma 2001; El gozo de la esperanza. Último retiro espiritual dado por el Card. Van Thuan, Fundación Logos-Ciudad Nueva, Madrid 2004; y de A. Nguyen Van ChauCardenal F.-X. Nguyen Van Thuan. Prisionero político, profeta de la paz, San Pablo, Madrid 2003; A. ValleIl Cardinale Van Thuân. La forza della speranza, Cantagalli, Siena 2009; A.ValliniIl Cardinale Van Thuân. Martire della speranza, Tau, Todi (PG) 2011; J. RatzingerMirar a Cristo. Ejercicios de Fe, Esperanza y Amor, Edicep, Valencia 2005. 

 


27/09/2013

 

 

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