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EL CRISTO BAJO EL VELO DEL ISLAM/4

Louis Massignon y los musulmanes

 

       

 

¿Una doctrina cristiana?

Hay que señalar, sin embargo, que esta explicación de la inevitabilidad de la muerte de al-Hallâj se sitúa en un plano de profundidad teológico-mística.

En el plano de las dinámicas socio-religiosas, se debe decir que, para el islam, la doctrina de la identificación con Dios que al-Hallâj predicaba no podía sino ser considerada herética. La acusación presentada contra al-Hallâj fue la de haber abrazado la doctrina cristiana de la Encarnación, tachada de hulûl en el Islam, una forma de profanación de la majestad de la divinidad. Algunos de sus versos podían hacer pensar en esto:

"Alabanza a Quien ha manifestado su humanidad como glorioso secreto de divinidad resplandeciente, y que luego aparece en su creación bajo forma de uno que come y que bebe".

La herejía vislumbrada es la de una copresencia, en el mismo individuo, de divinidad y de humanidad. Es verdad que cuando al-Hallâj proclama: "Yo soy la verdad", su yo humano, psicológico, ha dejado lugar al yo de Dios, en un juego de disfraces, y que por tanto, para los místicos islámicos sucesivos, al-Hallâj es disculpable de lo que ha dicho, porque en el momento en que pronunciaba las expresiones hablaba en nombre de Dios, pero permanece también verdad que Dios y el hombre se han tocado y se han intercambiado las partes.

El islam y el misticismo

Es aquí donde se entra en lo que Henry Corbin, filósofo e islamólogo francés, discípulo de Étienne Gilson y del mismo Massignon, ha definido "la paradoja del monoteísmo".

Decir que Dios es Uno, como hace el islam, no puede querer decir que Dios lo sea todo. Una anécdota de un místico contemporáneo de al-Hallâj explica bien este dilema: "Si uno entra en una casa y ve a otro que reside allí, y le dice: 'Estás solo tú en esta casa', el otro le puede responder: 'Tu expresión sería correcta si tú no existieras'".

Los sufís, pues, se dan cuenta de que, cuando un hombre proclama que Dios es Uno, como hace la teología islámica, se trata de una mentira, porque en realidad son dos: el hombre que proclama y Dios que es proclamado.

Empujando hasta el final esta lógica, el único misticismo posible en el islam es aquel en el cual el hombre desaparece anonadándose en Dios, para dejar lugar solo a Él.

Esto era, para Louis Gardet, eminente discípulo de Massignon, el éxito ineluctable de la mística islámica. En estudios rigurosos, Gardet ha mostrado que la mística islámica, enfrentando este dilema, ha llegado a dos opciones posibles.

La primera es la de la "unicidad del testimonio": Dios da testimonio de sí mismo en el corazón del místico, que se transforma en el lugar donde se desarrolla el diálogo de amor entre Dios y el hombre, hasta el intercambio de los corazones, por usar una imagen conocida por la mística cristiana.

La segunda corriente es la de la "unicidad de la existencia", del "monismo existencial": existe solo Dios y el mundo que pasa no es sino su reflejo. La creatura tiene que anularse en Dios, quien solo permanece.

Exponente de la primera corriente fue al-Hallâj. Máximo representante de la segunda, en cambio, fue el ya citado Ibn Arabî, que ha vivido casi tres siglos después. Ahora bien, mientras que la primera conduce a afirmaciones inaceptables para el islam porque el individuo adquiere una densidad suya delante de Dios y, sobre todo, porque en el corazón del místico se realiza cierta forma de inhabitación de lo divino, casi una encarnación, la segunda corriente salvaguarda plenamente el dogma de la unicidad divina.

En espera del Cristo

Sin embargo, Massignon se da cuenta de que, a pesar de las condenas formales, no obstante la damnatio memoriae respecto a al-Hallâj y a todos sus numerosos discípulos, su figura había continuado siendo objeto de estudio y de veneración. Y las madres seguían invocando su nombre por los niños enfermos.

Massignon ha visto en el islam una esperanza, inconsciente, del Cristo, también fundándose en esta supervivencia de al-Hallâj, de su enseñanza y de su historia con sus rasgos tan claramente crísticos.

La aproximación de Massignon al islam permanece determinada por la convicción de que su regreso al seno de la Iglesia "es hijo de las oraciones de los santos del islam". Esta conciencia lo lleva a dilatar enormemente las fronteras. En la línea de Maritain, entre sus amigos más íntimos, declara: "La gracia de Cristo se mueve por todas partes. Cristo está presente en todas las almas vivientes... no es monopolio de un pequeño número de hombres; por todas partes donde está una vida cristiana, allá Cristo está presente".

Sin embargo, Massignon no da espacio a ningún sincretismo: "El islam no es sino una piedra de espera para una multitud de hombres".

Massignon ha intentado también captar el sentido del islam, preguntándose si es solo un accidente histórico o si contiene, en cambio, un mensaje a la humanidad, si en él está encerrada alguna expresión de la voluntad divina.

Ha podido así vislumbrar en él "una intimación" a los cristianos para "volver a encontrar a Dios en su Cristo para adorar en Él su trascendencia". Además, hablando de las tres religiones monoteístas, de las que evidenciaba la común descendencia de Abrahán, Massignon asignaba a cada una de ellas la exaltación de una de las tres virtudes teologales: sostenía que el hebraísmo corresponde sobre todo a la esperanza, el cristianismo a la caridad y el islam a la fe.

Islam, lanza evangélica

Pero, Massignon ha avanzado más allá aún, en este esfuerzo de escrutar el misterio del islam. En su prosa elegante y críptica, ha tomado las distancias de cada irenismo: "El islam es una espada llameante, santa lanza dirigida contra los privilegiados de Dios, llamado y amenaza contra la cristiandad, que la constriñe al heroísmo, el de los protomártires franciscanos de Marrakech, el de las cruzadas y de los misioneros... lanza evangélica que estigmatiza el cristianismo desde hace trece siglos".

Estas son afirmaciones muy audaces, que equivalen a decir que el islam es el enemigo. Pero, el enemigo, para un cristiano, debe ser amado porque es solo él quien nos permite llegar a la plena conformación a Cristo. De hecho, al-Hallâj murió perdonando a sus verdugos, y también Massignon aspiraba a morir mártir. Como al-Hallâj, como de Foucauld. Como Francisco de Asís cuando se presentó al sultán al-Mâlik al-Kâmil en Damieta y cuando, en La Verna, recibió los estigmas para la salvación de los musulmanes. El mártir reza y sufre por todos, en lugar de todos.

Es importante, sin embargo, ratificar que estas convicciones tan originales no nacen de deducciones, fruto de ahondamientos teológicos.

Al contrario, salen de la raíz de su experiencia: cuando él era culpable, Cristo se fue al encuentro de él por la intersección de algunas personas, que han pagado el precio por él.

Esta concepción explica también su compromiso en las cárceles, en los últimos siete años de su vida, entre los culpables: "No tenemos presencia de Dios en la Ciudad cristiana auténtica, excepto tal vez para quien visita a los encarcelados. He visitado a los encarcelados, y debo decir que he encontrado la presencia de Dios en prisión, mucho más que entre la gente libre y las personas en el poder. Este tipo de presencia de Dios en la ciudad, bajo forma paradójica, se realiza a través del pecado, con cierta solidaridad respecto a los pecadores, que los honestos nos reprochan".

La badaliyya

También por sus amigos musulmanes Massignon quería pagar el precio. Por eso, en 1934, en Damieta, junto con Mary Kahil, una cristiana egipcia, fundó la badaliyya, la asociación de oración de los cristianos en tierra de islam. Badaliyya significa precisamente "sustitución", y sugiere también el concepto de "rescate". "El amor aspira a la sustitución declaraba él; esto es particularmente verdad para la noche del espíritu". La vocación de los miembros de la badaliyya era la de ofrecer la propia vida por sus amigos musulmanes, sufriendo y rezando por ellos. Es lo que Charles de Foucauld llama "ser salvador con Jesús".

También sin martirio explícito, permanecía el camino del martirio incruento, la ascesis: "Es aquí donde reside el último recurso de la humanidad afirmaba Massignon. La ascesis no es un lujo solitario destinado a hacernos bellos para Dios, sino la más profunda de las obras de misericordia, la que sana los corazones quebrantados" con la ruptura que ella misma produce. Por eso, para él, la más hermosa forma de misericordiosa era el mártir. Y de aquí derivaba también su profunda devoción por las "estigmatizadas": Ana Katharina Emmerich, Catalina de Siena, Margarita de Cortona, Marie des Vallées...

La inspiración de la badaliyya reside, pues, en la conciencia de que las relaciones interreligiosas son, ante todo, un movimiento de amor apasionado que empuja a ofrecer la propia vida para que otros puedan vivir, y vivir en abundancia, en la escuela de Jesús que dio su vida en rescate por las multitudes.

Michele Chiappo

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)




26/07/2017
 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis