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El P. Divo Barsotti: cómo lo he conocido/1

   

 

 

Una vez llegado a los ochenta años, es hermoso volverse atrás y ver que "innumerables son estos testigos que nos envuelven como una nube. Depongamos, pues, toda carga inútil, y en especial las amarras del pecado, para correr hasta el final la prueba que nos espera, fijos los ojos en Jesús, que organiza esta carrera de la fe y la premia al final" (Heb 12, 1-2). La Iglesia está llena de testigos, y personalmente he encontrado a muchos de ellos. Tantos han sido los profetas a través de los cuales Dios me ha hablado. Recuerdo solo a los profetas mayores, los notorios a todos, los con quienes he tenido contactos personales, por lo cual puedo decir que me han hecho hombre, sacerdote, Obispo.

Entre todos estos, el P. Barsotti ocupa, para mí, un lugar particular: era el punto de comparación entre todos. No era un Obispo, no ocupaba un lugar de relieve en la Iglesia, no tenía ninguna autoridad, no era un religioso que vivía en un monasterio histórico, llevaba, hasta los últimos años de su vida, su hábito talar como el mío, no tenía nada humanamente considerable que pudiera atraer la atención, no preveía el futuro y todavía no resulta que hubiera tenido algunas visiones, sin embargo, era mi punto de referencia: buscaba solo a Dios y Dios lo había querido totalmente para sí. Lo escribe él mismo en los momentos en que no le faltaron las desilusiones: "Dios me quiere totalmente para sí. Es celoso de mí".

Yo era seminarista de los primeros años de bachillerato, cuando lo escuché por primera vez en el Seminario de Fiesole.

Cuando me volví director espiritual del Seminario Romano, pensé en él como a un punto de referencia seguro, y fue exactamente así. Cuando fui nombrado Rector del mismo Seminario, él se alegró de esto, me animó y yo lo invité a dictar los ejercicios espirituales a la Comunidad. Fue un éxito entre los seminaristas. Como cada año, fue el Papa quien concluyó los ejercicios, y fue la ocasión para presentarle al predicador. Era la primera vez que él encontraba a Juan Pablo II. Mis contactos continuaron cuando era Obispo Auxiliar de Roma. Subía a San Sergio cada vez que pasaba por Florencia, suscitando gran hilaridad cuando, como Ordinario Militar, llegaba a San Sergio con el coche de servicio escoltado por los Carabineros, como Pinocho entre las guardias, y se reían todos muy a gusto. Él estaba muy curioso por saber dónde habría ido a parar después del Ordinariato Militar, y me fui a comunicarle personalmente que el Papa me había nombrado Arzobispo de Cáller. Él fue feliz.

¿De qué hablábamos entre nosotros? Tengo que decir que de mí le interesaba solo una cosa: la oración, que fuera fiel a mis dos horas diarias. También yo quería saber acerca de él, mas lograba sonsacarle poco, pero algo sí.

La primera cosa se refería al modo con que había enfrentado la noticia del retiro del comercio de sus libros "Il Dio di Abramo", "Loquere Domine" y, sucesivamente, "Spiritualité de l'Exode". Personalmente, yo lo consideraba un momento espiritualmente épico. Lo veía como el luchador que, lleno de fe, había luchado contra el mal que le prohibía escribir, es decir, ejercer lo que él creía que representara gran parte de su vocación. En cambio, me lo describió como un momento lleno de sufrimiento, verdaderamente difícil. Me dijo estas palabras: "Se trataba de amar a la Iglesia más que a mí mismo o a mí mismo más que a la Iglesia. El Señor me ayudó a amar a la Iglesia más que a mí mismo. Pero fue muy duro". Fue, para mí, una lección inolvidable, y tengo que decir eficaz.

Yo tenía frecuentes contactos con el P. Giuseppe Dossetti y su Comunidad. Cuando, luego, leyendo el epistolario entre él y el P. Barsotti, he descubierto la humildad con que el P. Dossetti se confrontaba con el hombre de Dios y se humillaba delante de él, aumentó mi estima por los dos, y no me he equivocado.

Cuando yo hablaba al P. Barsotti sobre el P. Dossetti, él reía sarcásticamente, sonreía, pero no decía nada. Una vez se percató de que estaba insistiendo para sonsacarle algo, y se salió con esta expresión: "Cuando encuentras a una persona inteligente, tú ya no entiendes nada". Fue todo lo que logré hacerle decir.

La crónica de la Roma eclesiástica, era este el segundo argumento de nuestros encuentros: y tengo que decir que él siempre tenía cierta curiosidad. Yo contaba las cosas bellas, la actividad del Seminario, la escuela de oración, la llegada de las nuevas vocaciones, del crecimiento en la oración de los seminaristas y de las horas de adoración diarias, que representaban el alma de la formación al sacerdocio. Una vez Obispo, hablaba de los sacerdotes y de las actividades de las parroquias, de mi actividad en la pastoral familiar y del compromiso por la beatificación de la primera pareja de esposos, los cónyuges Beltrame Quattrocchi, en cuya causa él estaba muy interesado. Me impresionaba su participación espiritual en mi vida apostólica, y la atención continua para que no faltara nunca la dimensión sobrenatural a todo lo que yo hacía.

Luego, hablábamos también de las "vanidades espirituales", como diría el Papa Francisco, y era precisamente aquel el momento de las más sonoras carcajadas, también porque, como buen toscano, no dejaba a un lado nada y, además, ponía en esto algo suyo. La Iglesia es Cristo y el cristianismo el seguimiento de Él, el resto se acabará. "Sí, se acabará también todo este carnaval", dijo un día, y permanecerá solo Él. Cristo lo es todo.

Escribía el 13 de abril de 1968, en su diario:
"¡Cómo me da aburrimiento que la Pasión de Jesús sea solo motivo para hablar del sufrimiento! En este clima de desmitificación, no se hace sino mitificar. El Cristo se ha vuelto un mito, pretexto para hablar de todo. Si, alguna generación atrás, el pietismo reducía al Cristo a la medida de una persona humana, y el sentido concreto de una presencia suya parecía comprometer la universalidad del hecho cristiano, hoy la universalidad del Cristo cósmico destruye la singularidad concreta de su presencia. El cristianismo es, sobre todo, relación con Él. Esta noche me parecía tan verdadera la angustia de María Magdalena: '¡Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto!'. Era mi angustia y era la angustia del mundo de hoy. ¿Para qué nos puede servir el cristianismo y la Iglesia, la teología, la mística, la ascesis, cada apostolado y actividad social, si el Cristo está muerto y ya no sabemos encontrarlo? ¿Qué es el mensaje cristiano si no es el mensaje de su Resurrección? '¡Yo he resucitado y estoy de nuevo contigo!'. Si no se vive una relación con Él, si nuestra vida no es una relación personal con el Cristo, no se puede hablar de salvación. La salvación misma ya no es sino espejismo. ¿Qué es la salvación si no es la salvación de alguien? ¿Y cómo la persona humana puede estar salvada, si no como relación, mejor dicho, en su relación con un Dios hecho hombre y viviente para ti?
¡Como querría que todo se hundiera: el cristianismo, la Iglesia, la teología, la ascesis –todo, con tal de que permaneciera el Cristo! Mas, si Él permanece, todo permanece y está salvado– y solo con Él y en Él todo permanece y está salvado.
¡Cómo me da aburrimiento que la Pasión de Jesús sea solo motivo para hablar del sufrimiento humano, de su valor, de su sentido –de la necesidad de la paciencia!– ¡Cómo me da aburrimiento que la Resurrección sea pretexto para hablar de la alegría de la vida! La Pasión es la Pasión de Jesús, la Resurrección es su Resurrección".

+ Giuseppe Mani
Arzobispo emérito de Cagliari

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)






24/06/2016

 

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