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El P. Divo Barsotti: cómo lo he conocido/2


   

 

Se ha dicho que el mundo en que vivimos está desprovisto de vida espiritual; él era un verdadero maestro de vida sobrenatural. Lo ha sido siempre, también en los momentos difíciles, en el período de la novedad del 68, cuando se proponía una eclesiología social y la transformación de la sociedad a través de la justicia. Él siempre ha sostenido que el verdadero y único salvador del hombre es Cristo, y que la salvación de la sociedad se realiza a través de la inserción del hombre en Cristo. Con su fe cristalina y clara ha hecho tanto bien, ha salvado a muchos de nosotros los sacerdotes que hacíamos referencia a él y a Giorgio La Pira. En aquellos tiempos, ha restituido el coraje de hablar de la primacía de Dios, de la dimensión religiosa de la fe, de la absoluta necesidad de la oración. Los místicos eran sus mayores maestros y la suprema experiencia humana era la experiencia de Dios. Los cristianos de mañana o serán místicos o no serán cristianos escribía Rahner y el P. Divo estaba profundamente convencido de esto. Él no había cursado estudios académicos, pero tenía una cultura extraordinaria y reconocida también por personas de paladar fino. Recuerdo, a este propósito, al padre Alonso Schökel SJ, docente en el Pontificio Instituto Bíblico, quien, al regreso de sus ejercicios anuales, me contó que los había hecho sobre el libro de Barsotti “La Revelación del Amor”, y que lo había considerado tan extraordinario hasta aconsejar a la Editorial AdP que cuidara una nueva edición, lo que luego ocurrió. Si me puedo atrever, pienso que su especialización era la experiencia de Dios. Sus puntos de referencia eran claros: la Biblia, Los Padres y la liturgia.

Él ha comentado casi todos los libros de la Biblia, y en sus comentarios no h abía nada exegético, pero nada que no fuera cierto. Todos sus comentarios han nacido durante la liturgia eucarística de la mañana, cuando, después de rezar por varias horas se levantaba poco después de la tres, cada noche, para permanecer en oración hasta la Eucaristía, comentaba la primera lectura escogida como lectio continua, que sus hijos diligentemente grababan y publicaban para el nutrimento de todos nosotros. Lo suyos eran y son comentarios rezados, y se percibe bien que calientan el corazón, que favorecen la unión con Dios. En aquellos libros no hay nada copiado o abstracto, nada sabihondo, son la palabra de Dios metabolizada por el Padre para sus hijos.

Los Padres eran su pasión, eran los que no habían separado la teología de la oración y de la contemplación y, por eso, eran sus verdaderos maestros. Su particular atención al mundo oriental era debida sobre todo a esto: son autores verdaderamente espirituales. En efecto, de los autores le interesaba sobre todo su experiencia de Dios. Él no conocía solo a los grandes santos, sino que se interesaba también en los más modestos, en aquellos de los cuales, con curiosidad, leía la biografía en “El Observador Romano”, con ocasión de su canonización. Tenía un olfato particular, me atrevería a decir un sentido espiritual, para reconocer lo que venía de Dios y lo que era fruto de pasión humana o hasta ostentación de sí. Y entonces no hacía descuentos a nadie, era mundanidad, y no valía la pena tomarlo en consideración. Sobre todo si estaba de moda. No había leído solo muchos libros su biblioteca da testimonio sobre esto, sino también tantas almas, y esto era un elemento central de su cultura. Escucharlo hablar sobre Candia, sobre La Pira, sobre el Card. Dalla Costa, sobre Mons. Facibeni y también sobre su Obispo Giubbi, del cual no compartía las ideas sobre todo políticas, pero “cuando entraba en Catedral se veía que era un hombre de Dios”. Tenía una sensibilidad particular para reconocer la vanidad, la búsqueda de publicidad, lo mundano que se vestía de lo espiritual. Hablando sobre esta absoluta dimensión sobrenatural de la vida, sin concederse nada que no fuera para Dios o de Dios, el Cardenal Biffi me dijo un día: “Se ha quedado solo él”. Esperemos que no, pero ciertamente hombres así son de veras raros.

La otra fuente, junto con la Biblia y con los Padres, era la liturgia. Es suficiente recordar “El misterio cristiano y el año litúrgico” y "Misterio cristiano y Palabra de Dios ", para comprender el nutrimento de su alma y el pan que nos partía. Todos hemos participado en su Misa y, por experiencia, sabemos qué transparentaba de él en aquel momento.

Los maestros sirven, pero se escuchan solo si son testigos, y el P. Barsotti lo era. Testimoniaba lo sobrenatural muy naturalmente. “Era de veras naturalmente sobrenatural y supernaturalmente natural”. Nada de poses, nada de oropeles, nada de actitudes que pudieran hacer pensar en un santón, como van de moda.

Si tuviera que decir cuál era su virtud ejercitada en grado heroico, no tendría duda  de decir: la fe. Al escucharlo hablar de fe y de la fe pura, se percibía que estaba en su mundo, en sus vacíos, en sus silencios, en sus sufrimientos, y seguramente en sus tentaciones en las que el Señor se había hecho encontrar. Parecía que, por el hecho de que había pasado por ahí el Padre, fuera más fácil que pasáramos también nosotros, él había hecho camino. Nos ha comunicado el gusto de la fe y lo absoluto de la experiencia de Dios como la suprema experiencia humana.

Era un místico y orientaba hacia la mística más que hacia la ascética que era, para él, un camino a la mística. De la santidad tenía una lectura teologal no moralista, una santidad hecha de fe, de esperanza y de caridad. El misterio de la Presencia, vivir en su Presencia, para volverse signo de su Presencia. El místico es quien misteriosamente experimenta aquello en que cree y, por eso, su anuncio es un relato que adquiere una fuerza extraordinaria. “Lo que hemos visto con nuestros ojos y palpado con nuestras manos –me refiero a la Palabra que es vida– se lo anunciamos también a ustedes para que estén en comunión con nosotros” (1Jn 1, 1-3). Cuando hablaba, era evidente que era así y no podía ser sino así: era el testigo.

Debo decir que, a veces, me he puesto el problema si tuviera algunos dones particulares de visión, pero nunca me he atrevido a pedírselo. Me sorprendería si se descubriera algún testimonio de este tipo, habiéndolo siempre considerado un testigo de la pura fe. Lo ha escrito en su diario:

Es necesario que yo viva un ideal monástico, aunque el ideal monástico exija para mí la muerte… Tú ya no ves nada, ya no sabes nada, es un entrar en la oscuridad, un caminar en la oscuridad. Y percibes que siempre será así; un ir adelante sin garantías, sin aprobaciones, sin prisa, porque el camino es un camino en la oscuridad, un hundirse en la oscuridad. Ir adelante quiere decir, al fin y al cabo, estar parado; parado en esta vida tuya, porque no eres tú el que camina: es esta vida tuya la que tiene que llevarte.

“Al término de la vida, el Señor me ha dado el gozo de los hijos”, me dijo un día cuando me cumplimentaba con él al ver a rostros nuevos en Casa San Sergio. “Pero, al término de la vida”.

La comunión con Dios siempre es fecunda en gracia, el matrimonio con Cristo nunca es estéril, y fue Padre de muchos hijos. Lo llamamos verdaderamente Padre, porque lo es. Sobre este tema, pienso en el P. Barsotti con envidia.

El P. Barsotti ha trabajado solo en las almas, su trabajo permanecerá para siempre, habrá, como Abraham, varias generaciones de hijos porque ha trabajado en las almas; no hay razón en él de una “damnatio memoriae”, sino que “memoria eius in benedictione est”, y estamos aquí para testimoniarlo; todos somos aquel libro que él ha escrito con las letras de su vida, y que representa seguramente su carta de recomendación. No tiene solo hijos, sino también nietos y bisnietos. Al menos yo, a él le he procurado muchos.

Un simple sacerdote que no ha hecho ninguna carrera eclesiástica, que sobre todo ha predicado ejercicios espirituales, que ha escrito libros de espiritualidad, y que ha vivido escondido en un chalé de Settignano, podría hacer pensar en una visión restrictiva de la vida cristiana, limitada a las religiosas y a los místicos de profesión. Es verdad absolutamente lo contrario. Su propuesta ha sido para todos, la santidad es para todos. Se puede vivir la unión con Dios, ser signo de su presencia en la propia profesión, en el mundo, en el compromiso.

Se ha dicho que esta es una generación sin padres, y es por eso por lo que sentimos la nostalgia de él. Sin padres espirituales la Iglesia es una asociación no una familia, los seminarios a menudo ¡ay de mí! comunidades terapéuticas, las comunidades religiosas sin certezas. Los padres no se improvisan, y tengo que decir que son un don que, como todos los dones de Dios, nos debemos merecer y preparar.

+ Giuseppe Mani
Arzobispo emérito de Cagliari


Roma, 15 de febrero de 2016
En el décimo aniversario de la muerte del Padre


(Traducido del italiano por Luigi Moretti)






28/06/2016

 

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