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EL AMOR QUE HACE VOLAR ALTO/1

La vida como misión


El Sínodo sobre el tema: "Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional" ha invitado a toda la Iglesia a reflexionar sobre numerosos aspectos socio-antropológicos y teológico-pastorales, con respecto a las generaciones actuales de los jóvenes. En el ahondamiento en el tema propuesto, nuestra reflexión con los jóvenes no podía sino volverse testimonio, un relato de la vocación personal y de las razones profundas de la propia elección, vivida como don y misión.


    

Adultos y testimonio de vida

Después de decenios de vida misionera en África, mi testimonio es guiado por la convicción profunda de que tan solo en la fidelidad a las elecciones fundamentales que están en los orígenes de la vocación personal, nos podemos dedicar con autenticidad a la evangelización de los jóvenes y de los pobres, en el contexto actual.

Más allá de los condicionamientos históricos, nosotros estamos llamados, efectivamente, a volvernos contemporáneos del sueño de Dios sobre el hombre. Para hacer esto, tenemos que seguir las aspiraciones más profundas que Dios ha puesto en nuestros corazones, y que nos permitirán estar en sintonía con los jóvenes de hoy y de cada tiempo, porque "Dios es joven, es siempre nuevo", como afirma el Papa Francisco.

Por otra parte, en el mundo juvenil no hay solo la dificultad de parte de los jóvenes mismos de hacer elecciones duraderas, como emerge del análisis de la sociedad contemporánea; existe también la ausencia de figuras adultas de referencia. Faltan, frecuentemente, personas que les enseñen que se puede amar fiel, libremente y con responsabilidad; que se puede luchar y lograr superar las dificultades, caer y levantarse, vivir, en definitiva, para un Rostro que te abre al amor por otros rostros.

Por lo tanto, es muy importante transmitir la propia experiencia, para dar a los jóvenes la gana de construir con convicción y fuerza el propio sueño.

Ser joven es soñar

Recuerdo bien la belleza y también el ardor de mis quince años. Era la primavera de 1972 y sentía en mis manos la vida que se me habría delante. Era consciente de que me esperaban elecciones importantes: escuela, amistad, amor, trabajo: elecciones que habrían determinado mis posibilidades de apertura a los demás y mi felicidad. La escuela, para mí, era muy importante porque era una ventana abierta sobre el mundo. Era estudiosa, tenía buenos resultados y leía mucho.

Vivía con mi familia en Roma: habíamos llegado allí después de un peregrinar a diversas ciudades de Italia, a causa de los traslados de papá que era funcionario de los ferrocarriles. Mis padres eran originarios del sur de Italia, tierra de la que habían conservado la mentalidad rígida, sobre todo por lo que se refiere a la educación de los hijos. La gran capital, desconocida y considerada peligrosa, los hacía más protectores aún respecto a las hijas. Y todo esto me quedaba "estrecho", porque chocaba con mi deseo de conocer nuevas realidades y de tener nuevas amistades.

Me decían, a veces, que estaba más madura con respecto a las muchachas de mi edad, y que tenía un carácter independiente. No soportaba, en efecto, la obsesión del parecer, de la moda, del juicio de los demás. Rechazaba, sobre todo, explícitamente vivir una vida como un copión ya escrito por otros.

Mis padres pertenecían a la generación salida de la guerra, que había hecho del éxito económico de la familia el sentido de la propia vida; querían ofrecer a los hijos las oportunidades y los bienes de los que ellos habían sido privados o que habían obtenido con sacrificios. Su realismo utilitarista chocaba con mis sueños y con las elecciones de mis estudios futuros o de mis amistades, que estaban basados en la autenticidad de las personas y no en sus situaciones sociales.

A través de un docente había conocido a algunas muchachas de una escuela para hipovidentes: las frecuentaba de buena gana porque eran muy sensibles. La incomprensión de mis padres hacia esta amistad y el hecho de que me habían impedido de visitarlas cuando falleció una de ellas, me hicieron comprender que la protección de los padres se puede volver también una trampa de la cual hay que salir, para no crecer como una especie de prolongación de su vida.

Comprendí que cada joven, en un momento determinado, tiene que ser capaz de cortar el "cordón umbilical" con su familia y construir su vida, sin hacerse condicionar por sus padres. Comencé a conquistar mi libertad interior y algunos espacios de compromiso, sin saber bien a qué esto me habría llevado.

Soñaba también con viajar y hacerme periodista, para contar y cambiar la realidad, o médico, para ayudar a los demás y aliviar sus sufrimientos... Rechazaba la idea de pasar la vida poniendo en columna números, como me proponían en familia, con estudios de contabilidad, con vistas a un trabajo con perspectivas más seguras.

Aunque el mundo del trabajo para los jóvenes entonces no era dificultoso como el de hoy, sigue siendo verdad que la orientación escolar y profesional es en todo momento una pieza fundamental, y tendría que constituir un acompañamiento respetuoso de las aptitudes de un joven.

Los jóvenes han dicho al Papa Francisco, con ocasión del primer encuentro presinodal, que tienen miedo a soñar. ¡Cuántas veces, yo misma he escuchado a jóvenes que me parecían cínicos, ya viejos...! Y, en cambio, ¡es tan importante soñar! Un joven sin sueños es como una embarcación en mar abierto sin timón...

San Juan Pablo II recordaba a cada joven que debería tener un sueño que transformar en maravillosa realidad, que la vida es "la realización de un sueño de juventud". La vida, subrayaba, en efecto, es una obra de arte que cada uno tiene que realizar.

Si la vida y sus exigencias pueden cambiar nuestros proyectos, sin embargo, es por el camino de aquel sueño que Dios ha puesto en nuestro corazón y por el sendero de nuestras aspiraciones más profundas, por los que Dios mismo sale al encuentro de nosotros, para invitarnos a la aventura de la fe.

La libertad de elegir y de amar

La decisión firme de conservar algunos espacios de libertad para comprometerme en algo de provecho a los demás, me permitió conocer las actividades a favor de los más pobres desarrolladas por el primer núcleo de la comunidad Redemptor hominis, que estaba en sus albores en una fase de "movimiento", y de participar en ellas. Se me abrió una perspectiva inesperada.

Conocí a Emilio quien vivía en el Borghetto Alessandrino, un chabolismo en la periferia de Roma, anunciando y testimoniando con su vida el Evangelio a los pobres.

Había creado también "La Escuela de la libertad" para los niños y los muchachos. Inmigrados del sur de Italia, ellos hablaban solo su dialecto y estaban marcados por la vida dura del suburbio: no lograban, pues, insertarse y progresar en la escuela. "La Escuela de la libertad" no era solo un programa para después de la escuela, sino una escuela popular, una verdadera formación integral, humana y cristiana.

La "Escuela" se volvió, gradualmente, el punto de referencia para todo el suburbio. Alrededor de ella, los jóvenes que Emilio había formato como grupo, en la primera parroquia en el barrio popular del Tiburtino en la que había sido vicario parroquial, profundizaban en su fe y maduraban una elección definitiva. Algunos de ellos decidieron seguirlo en esta vida para los últimos, en una aventura de radicalidad evangélica.

La Comunidad naciente era hija de su tiempo, de las instancias innovadoras de 1968; a diferencia de otros itinerarios contemporáneos de contestación de la sociedad y de la Iglesia, se enfrentaba con la concreción de la vida de los pobres y la radicalidad de elección por el Evangelio.

El desafío que nos fue propuesto por Emilio era el de cambiarse a sí mismos para cambiar al mundo. En aquel contexto, el Evangelio nos llamaba a una vida plenamente donada. El primer núcleo de jóvenes decidió continuar conjuntamente la vida de consagración elegida, también cuando la experiencia entre las chabolas terminó, constituyendo a la Comunidad más tarde reconocida con el nombre de Redemptor hominis.

Yo era todavía demasiado joven para poderme transferir, pero la visita al suburbio me gustó mucho y me hizo descubrir de nuevo la belleza de la fe. Había dejado desde hace tiempo, en efecto, de ir a la parroquia, porque no me hallaba con una rutinaria práctica dominical distraída, hecha de exterioridad y de hipocresías. Y tantas preguntas sobre la injusticia del mundo, sobre el porqué del mal, permanecían en mí sin respuestas satisfactorias.

Allí en el suburbio se respiraba, en cambio, la autenticidad y la profundidad de las relaciones. Durante la Misa, en la pequeña iglesia-chabola rellena, Emilio pronunciaba su homilía, dialogando e interpelando a cada uno por nombre: hombres, mujeres, niños, todos escuchaban atentos su enseñanza. Percibían que se sentían amados y lo que Emilio decía tocaba su vida, por él mismo compartida.

Yo descubría que allí no existía solo la libertad de todo lo que obstaculizaba la realización de mis sueños, de mis proyectos de vida. La libertad consistía, sobre todo, en amar a unos rostros concretos, era la del Evangelio vivido. La libertad era anunciar la verdad y arriesgar para defender a personas concretas. ¡El Evangelio me hablaba de tradiciones hechas para el hombre y no lo contrario! Descubría cuánto Jesús y sus discípulos eran una alegre compañía que arrancaba las espigas en el día de sábado.

Éramos felices, en efecto, de encontrarnos de nuevo, de estar juntos. Profundizábamos y cantábamos la palabra de Dios y soñábamos ya la misión, África, como horizonte de un compromiso por toda la vida.

La historia de la gaviota Jonathan Livingston, novela de Richard Bach entonces en boga, se volvió una canción nuestra. Cantábamos con entusiasmo aquella gaviota que rechaza volar alrededor de los pesqueros, no lejos de la orilla, para nutrirse de los pequeños peces arrojados de vuelta al mar por los pescadores, antes de regresar. Jonathan no acepta sobrevivir... quiere, en cambio, volar alto y lejos. Incomprendido, deja la bandada y es desterrado por ella. Una vez descubierta y vivida en la soledad la embriaguez del vuelo, volverá a la bandada para enseñar también a los demás la libertad del vuelo en el gran cielo.

Era, para nosotros, una imagen del Cristo y de la misión...

Mi corazón eligió, sin dilemas, con impulso. Había hallado el Amor que te hace vivir, abrir a los demás, alegrar, enfrentar las dificultades... el Amor que te hace volar alto.

Antonietta Cipollini

(Continua)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

28/11/2018
 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis