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EL AMOR QUE HACE VOLAR ALTO/2

La vida como misión

 

 

    

Las dificultades y la "puerta estrecha"

La irrupción de la verdad y de la libertad evangélica fue también piedra de contradicción; en los conflictos que surgían en nuestros ambientes, estábamos llamados a profundizar en la elección hecha y a asumir plenamente la responsabilidad de ella.

Yo misma encontré muchas dificultades de parte de mi familia, que intentó obstaculizar pesadamente mi elección y cualquier contacto con mis amigos. Me dirigí a los servicios sociales para los menores de edad, que me permitieron esperar con serenidad la mayoría de edad en un internado de acogida. Salí de allí el día del cumplimiento de mis 18 años, para ir a la Comunidad.

Esta espera, en compartir la vida de muchachas que llegaban de situaciones familiares desastrosas, había sido, para mí, una experiencia humana y religiosa muy importante, que me había dado una más profunda certeza y gratitud por la vocación recibida.

La Comunidad entera, con sus elecciones radicales por los pobres, encontró muchas dificultades a causa de algunas familias que se opusieron a los proyectos de vida de sus hijos y sus hijas, decididos a compartir las elecciones de la Comunidad misma.

Pasamos a través de estas pruebas ensanchando el debate social y enfrentando una larga batalla civil y penal de afirmación de nuestra libertad, una libertad laica todavía antes de que religiosa. Logramos, en fin, hacer borrar por la Corte Constitucional un artículo del Código Penal que preveía el delito de plagio, cuyos contornos jurídicos indefinidos, al límite de una visión mágica, habían sido usados varias veces como medio para acusar a quien pensaba o vivía de modo diferente. Era, en efecto, un instrumento ideológico, un residuo del Código fascista.

Es un caso en que profundicé, luego, desde un punto de vista socio-antropológico, cuando retomé mis estudios en Comunidad; después de tantos años, vuelvo a ver todavía cómo aquellas acusaciones no eran sino la resistencia a una novedad evangélica, que había hecho irrupción en nuestra vida y en la de nuestras familias.

Después del doctorado en Sociología por la Universidad "La Sapienza", conseguí también el doctorado en Misionología por la Pontificia Universidad Gregoriana. Partí para Camerún a finales de 1992. He trabajado, desde entonces, en la enseñanza en la Universidad Católica de África Central y para nuestras actividades editoriales, pero, sobre todo, en el territorio en las misiones confiadas a nosotros. Todavía estoy comprometida en la formación de los laicos, en el Cáritas y, sobre todo, en la catequesis y en la animación cultural de los jóvenes.

Durante estos decenios de misión, en un contexto en que la gran familia africana asume una función de solidaridad social ineludible, he podido constatar cómo, frecuentemente, las presiones de los cabezas de familia, respecto a los jóvenes, son fuertes cuanto las que conocí, aunque aquí permanezcan en el ámbito particular y los jóvenes difícilmente se opongan a ellas.

He constatado cuánto es necesaria una evangelización en profundidad, a fin de que los padres puedan considerar a los hijos como un don de Dios, recibido para acompañarlos a una elección libre y responsable y no, absolutamente, una propiedad suya o una inversión.

El Evangelio llama todas las culturas a conversión, en Italia como en África. Que se hable de plagio en Occidente o de brujería en África, siempre es la misma manifestación de rechazo de la libertad del otro, cuando no entra en los propios esquemas y proyectos.

Para volar alto

La libertad es el fundamento, la posibilidad de una elección de fe; por lo tanto, debe ser educada. No es libertinaje o relativismo, y tiene que conjugarse con la responsabilidad personal.

A menudo, los jóvenes buscan algunos atajos para evitar los obstáculos de la vida; por consiguiente, deben ser ayudados a desarrollar la capacidad de aceptar y llevar su cruz en las dificultades que se presenten por el camino.

La experiencia de los orígenes de la vida de la Comunidad permanece, para mí, un patrimonio inestimable que me hace comprender -en la evangelización, en general, y con los jóvenes, más en particular-, que Dios no viene para bendecir siempre lo que el hombre busca y construye; la fe requiere una salida, un éxodo que provoca, a menudo, rupturas y conflictos también dolorosos que, sin embargo, se vuelven un itinerario de purificación y de liberación.

Retomé las relaciones con mi familia algunos años después, solo cuando mis padres respetaron y aceptaron mi elección; cuando el diálogo sereno, la confianza y el afecto retomaron el lugar de la sospecha y de las vías judiciales. Ellos habían comprendido, finalmente, que la libertad es una e indivisible, sin posibilidad de negociar con el Señor nuestros planos de vida.

Emilio y la Comunidad, para respetar mi libertad y la de los otros que encontraron este tipo de dificultades en familia, para permitirnos vivir nuestro sueño, han pagado un duro precio y han atravesado muchas dificultades que, por otra parte, he compartido y enfrentado con ellos.

Aquellas dificultades de la Comunidad constituyeron las bases en las cuales verificar, al principio, mi elección. A menudo, me han vuelto a llamar a una coherencia con mi camino de vida, a no canjear la dignidad tan duramente adquirida por una falsa tranquilidad y a conservar, a toda costa, la dimensión profética de nuestros orígenes.

Mil veces haría aquella elección de la "primavera" de mi vida.

Aquello de lo que soy más consciente, después de tantos "veranos" de madurez de mi vida -hecha de días radiosos o a veces oscuros, de vida comunitaria y de misión-, es que las dificultades más grandes no se encuentran tanto fuera de nosotros. Las más grandes resistencias provienen del propio corazón, y es del corazón librado de ellas y crucificado de donde nace el Reino de Dios.

Por eso, trato de comunicar a los jóvenes que encuentro en África, en un contexto diferente, que el Reino de Dios siempre sufre violencia y la puerta para entrar en él es estrecha, y no tan solo al principio del camino.

En las diferentes vocaciones y estados de vida, solo aceptando la cruz que encontremos de tantas formas podemos amar y realizar el sueño de Dios para nosotros y nuestra vida, como una misión que Él nos ha confiado.

Podemos, entonces, en la alegría auténtica, como la gaviota, volar alto... en el tiempo y por la eternidad.

Antonietta Cipollini

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

 

30/11/2018
 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis