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Perfiles misioneros y espirituales  
 

FRANCESCA SAVERIO CABRINI


Cuando eran los italianos quienes emigraban



 

El 15 de julio de 1850 nacía, en Sant'Angelo Lodigiano (LO), Francesca Saverio Cabrini, una religiosa misionera naturalizada estadounidense, Fundadora de la Congregación "Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús". En 1946, fue proclamada santa.

Publicamos, en esta ocasión, el artículo de Michele Chiappo, en el cual él traza algunos aspectos de la obra de la santa, para que podamos reflexionar ulteriormente sobre el fenómeno de la inmigración, que también en estos días está viviendo momentos dramáticos, que implican a nuestro país.

 


Volver a recorrer con el pensamiento la vida de Francesca Saverio Cabrini, nacida en 1850 y proclamada  "Patrona de los emigrantes" en 1950, significa una vez más revivir la historia de la emigración italiana. Se asoman, entonces, recuerdos incómodos, aquellos de los tiempos en los cuales los italianos se veían obligados a emigrar, sufriendo discriminación y desprecio. La Madre Cabrini ha vivido esta historia hasta el fondo. Para muchos emigrantes italianos, su presencia al lado de ellos, en New York, Chicago, New Orleans, Buenos Aires y San Pablo, fue la señal de que la Iglesia no los había olvidado, además de ser la primera condición para un rescate.

Frente a la complejidad del problema de la emigración, que pone en crisis a la sociedad italiana, no es inútil mirar hacia atrás y reconsiderar un acontecimiento, de los contornos a menudo sorprendentes, que se ha desarrollado en una época dramática. Una solución que quiera ser adecuada, en efecto, deberá inspirarse en aquella visión más amplia de la vida, que únicamente la memoria puede proporcionar.


"Italianos, esclavos blancos"

"El éxodo de los italianos hacia los Estados Unidos tiene todas las características de una trata de esclavos blancos". Quien escribía estas palabras, a finales de 1887, no era un periodista que quería crear sensaciones con frases que suscitan impresión. La afirmación estaba en un largo y serio informe, el más extenso y documentado jamás escrito hasta entonces sobre las condiciones de vida de los italianos en América. Lo había redactado la Propaganda Fide, a petición del papa León XIII, preocupado por las noticias que le llegaban de los Obispos americanos o de Mons. Scalabrini, Obispo de Piacenza, quien con sus folletos informaba periódicamente también al Parlamento. Propaganda había recogido estadísticas y testimonios, entrevistando a gente de ambos lados del Océano, investigando en los puertos de embarque y desembarque. De esto había surgido un cuadro desolador. Eran entre cincuenta y cien mil los italianos que desembarcaban en New York, cada año. Casi todos ilegales. Eran llamados despectivamente wop, without passport, "sin pasaporte". Una vez llegados a América con grandes esperanzas, terminaban —así se expresó el Papa ante el informe de Propaganda— "expuestos a las  asechanzas de los tristes y de los más poderosos", quienes los hacían trabajar como jornaleros por pocos centavos, a fin de hacerse reembolsar los gastos de viaje que habían anticipado. Muchos eran niños. Se los "comisionaba" directamente en Italia, para incluirlos en el racket de la prostitución o de la mendicidad. Y muchos eran los que morían, tanto niños como adultos. "Estamos aquí como animales; se vive y se muere sin sacerdotes, sin maestros y sin médicos", escribía a sus familiares, en esos años, un inmigrante véneto.

Un año y medio después del informe de Propaganda, el New York Sun aparecería con este pasaje:

"En las últimas semanas, mujeres de piel oscura, vestidas como Hermanas de la Caridad, han sido vistas recorriendo los barrios italianos de Bend y de Little Italy, subiendo escalinatas empinadas y estrechas, bajando a sótanos sucios y cuevas en donde ni la policía se atrevería a entrar sin protección. Visten hábito y llevan un velo diferente de las usuales piadosas. Pocas hablan inglés. Es un instituto que se ocupa de los huérfanos, y todas las hermanas que lo componen son italianas. Las cinco o seis que se han establecido en esta ciudad son las pioneras de la Congregación en los Estados Unidos. La dirige la Madre Francesca Cabrini, de ojos grandes y de sonrisa atractiva. No conoce el inglés, aunque es una mujer de fuerte determinación".

Francesca Cabrini había llegado a New York menos de tres meses antes. Su vicisitud personal había interceptado, por casualidad, el destino de aquellos millones de italianos que dieron origen al "más grande movimiento migratorio en la historia moderna". De esto surgió una historia, que hizo de Francesca una de las figuras más brillantes del siglo XIX religioso italiano, digna de codearse con Don Bosco o el Cottolengo.

El desafío de una situación inédita

Cuando sale para Estados Unidos, Francesca tiene treinta y ocho años. Cuando era muchacha quería hacerse monja, pero su salud era demasiado delicada y dos Congregaciones las rechazaron. Se volvió profesora, y después de un par de años de enseñanza, su párroco y director espiritual le confió la responsabilidad de dirigir a un orfanato. Una vez concluida dicha experiencia, ella presentó sus planes al Obispo de Lodi, quien le respondió: "Tú quieres ser misionera. El tiempo es maduro. Yo no conozco a un Instituto de misioneras, hazlo tú uno". Así nacieron las Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús, la primera Congregación femenina italiana, la segunda en el mundo en llevar el título de "misioneras".

 Las misiones que Francesca soñaba eran las del Oriente. Cuando era niña, escuchaba leer en casa, de tarde, los Anales de la Propagación de la Fe. Las historias de la vida de los misioneros en China la impresionaban, y deseaba imitarlos. Cuando, muchos años después, ya a la cabeza de una Congregación joven, pero ya desarrollada, llegó a Roma con el objetivo de organizar, junto con Propaganda, las modalidades de una salida para China, escuchó hablar, también por parte del mismo Scalabrini, de la nueva frontera americana. León XIII, quien la recibió en audiencia y al cual ella le habló de sus planes, le dirigió esta invitación: "No a Oriente, Cabrini, sino a Occidente".

La misión que el Papa le confiaba era ciertamente difícil. Se trataba de un campo inexplorado, de un desafío que entraba entre las "cosas nuevas" surgidas durante el pontificado de León XIII. Los emigrados italianos en América, acostumbrados a un cristianismo tradicional y a la constante presencia de los religiosos, se encontraban, de un día para otro, catapultados hacia una sociedad pluralista, sin ningún punto de referencia. A menudo, sufrían discriminación dentro de la propia Iglesia. En el barrio de Manhattan, donde llegó la Madre Cabrini, los italianos podían participar de la Misa solo en el sótano. Porque "no son muy limpios y los demás no los quieren cerca". Porque no tenían dinero para contribuir a los gastos, y los demás católicos, irlandeses y alemanes, que habían llegado una generación antes, los consideraban como parásitos, que utilizaban los servicios de un sacerdote pagado por ellos. El párroco irlandés conocía la situación de los italianos. "Duermen en cualquier lugar", señalaba. "Si no hay sillas, se conforman con sentarse en el suelo, apoyando las espaldas contra la pared: se apretujan en las habitaciones como las sardinas en el barril". Además, casi siempre eran considerados criminales. "La disposición al asesinato" —escribía el diario Baltimore Sun—, es uno de los rasgos distintivos de esta raza impulsiva e implacable".

Desde el punto de vista material, la miseria de los italianos, pues, era total. Desde el plano religioso, la situación que Francesca tenía que enfrentar era la de una avanzada descristianización. Muchos, lejos de las costumbres de su patria, habían perdido también las últimas chispas de la fe.

La fundación en New York

Es en el marco de estas dificultades donde se destaca la figura de Francesca. Los resultados que obtuvo fueron sorprendentes, tanto por el modo en que logró, a través de una impresionante serie de iniciativas, aliviar las penas de los emigrantes, promover su integración y modificar su imagen, como por lo que hizo para reanimar la fe.

 Partió de cero. El coraje que mostró, aquella manera de atreverse sin cálculos, aquel modo de exhibir su propia fragilidad para dejarse dominar por la potencia de Dios, son rasgos auténticamente evangélicos.

Cuando llega a Nueva York, acompañada de otras seis compañeras, no tiene ni un centavo. Solo una de ellas sabe algo del inglés escolar. La primera noche, los Padres Scalabrinianos que las acogen, les anuncian, avergonzados, que la casa que habrían debido ocupar no existe: se trataba solo de una exageración, para acelerar su salida. Las llevan a un hotel, donde las camas están tan sucias que ellas no se atreven a acostarse; así pasan la noche sentadas en sillas y sillones. Incluso los apoyos eclesiales entran en crisis: el Arzobispo, a quien encuentran al día siguiente, a pesar de que las había invitado, les comunica que las cosas no han se han arreglado, y que deben volver a partir utilizando el mismo barco por medio del cual habían llegado.

Pero Francesca, dócil por carácter y obediente por educación, sabía ser sorprendentemente autónoma e independiente, cuando estaba en juego la fidelidad a algunos núcleos fundamentales. Al Arzobispo ella, tranquila pero irremovible, responde: "No, Excelencia. No volvemos atrás. Aquí me ha enviado el Papa y aquí me quedo". Y sale con la suya, yendo adelante, en un momento en que todo invitaba a dejarlo pasar todo.

En muchos otros casos, ha demostrado una determinación excepcional, en situaciones que parecían sin salida. Entonces salía de ella -enferma y débil desde el nacimiento, condenada por los médicos, desde joven, a vivir solo pocos años - una fuerza tan grande, que infundía sumisión, incluso a los banqueros muy ricos, hasta el punto que Francesca parecía naturalmente dotada para la organización, la gestión y la búsqueda de financiaciones. Sus sueños eran grandes y, de la nada, ha construido hospitales en New York, Chicago, Seattle, que no solo han acogido a esos italianos quienes, de otra manera, habrían muerto sin tratamientos, sino que se transformaron en un punto de referencia importante para el mundo médico.

La dignidad de los emigrantes

Estas auténticas capacidades de gestión se enraizaban en una convicción que nunca abandonó a Francesca y nunca la hizo volver atrás: el dinero que administraba era el dinero de los pobres. Dinero de verduleros italianos que recorrían Brooklyn con sus carritos y se quitaban el pan de la boca, para ayudar a las Hermanas. Dinero de irlandeses que, cuando encontraban a las Hermanas, se arrodillaban en la calle, porque ellas llegaban de Roma y era el Papa quien las había enviado.

Con aquel dinero, la Madre Cabrini no permitía ligerezas o banalidades ni mucho menos estafas. Más de una vez, comprometida en construcciones ambiciosas, encontró a empresarios quienes pensaban que con Hermanas buenas, pero crédulas e ingenuas, se pudiese faltar de respetar los plazos de entrega o se pudiese inflar los presupuestos. Las reacciones de Francesca fueron siempre a la altura de las circunstanc ias. En una ocasión, un albañil, que había visto cómo se defendía el dinero de los pobres, pidió hacerse católico.

Es porque tiene esta dignidad profunda, que no malvende frente a nadie, Arzobispo, banquero o empresario que sea, por lo que Francesca puede luchar, por toda la vida, para devolver la dignidad a los italianos. Es esta dignidad la que explica el porqué de una determinación que, por todo otro lado, estaba en contraste con su temperamento.

Sin duda, para ella, la palabra "imposible" no existía. "Todo lo puedo en Él que me da la fuerza", era la frase de San Pablo que le gustaba repetir, y los resultados que obtuvo son la demostración irrefutable de esto. La desproporción entre su índole y las elecciones de las que mostró ser capaz deja admirados, porque es un claro testimonio de la radicalidad evangélica, de la valentía sencilla de quien contempla las flores del campo y busca primero el Reino de Dios y su justicia.

En este momento en que la situación histórica se ha invertido, y que Italia se ha trasformado ella misma en "América"; ahora que la cuestión de la emigración plantea nuevamente interrogantes dramáticos a las conciencias, estas actitudes de Francesca Cabrini conservan todo su poder inspirador. De ellas nos llega al menos una indicación precisa, que vale en toda situación de misión, allá donde las antiguas respuestas y los antiguos esquemas ya no funcionan: frente a los grandes problemas, no podemos medir las dimensiones de nuestro compromiso según nuestros límites y nuestras incapacidades. De la dignidad, cuando es auténtica, brota la audacia.

Michele Chiappo


(Traducido del italiano por Luigi Moretti)





14/07/2012

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis