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Perfiles misioneros y espirituales 
 

Guido Maria Conforti


OBISPO EN ITALIA, MISIONERO EN EL MUNDO


Con ocasión de su reciente canonización, presentamos la figura de Guido Maria Conforti (1865-1931), un Pastor que consagró la vida a la evangelización, viviendo en plenitud las tres situaciones en las que se desenrolla la única misión evangelizadora de la Iglesia: la cura pastoral de la Iglesia local, el compromiso por la misión ad gentes y la evangelización de quienes han perdido el sentido de la fe (cf. Redemptoris missio, 33).

Obispo de la Diócesis de Parma y Fundador del Instituto misionero de los Javerianos, inicialmente creado para la evangelización de China, contribuyó a abrir los horizontes pastorales de la Iglesia italiana, en los comienzos del siglo XX, preparando, de este modo, la primavera misionera y universalista del Concilio Vaticano II.

Su figura permanece de gran actualidad para toda la Iglesia. En el momento en que se prepara para el Sínodo sobre la "nueva evangelización", ella está llamada, en efecto, a una conversión pastoral al sentido misionero de su acción y de sus estructuras.




Un Pastor, dos rebaños

 Estaba fascinado por la figura de Francisco Javier, pero, una salud inestable no permitió al joven Conforti partir para la misión. De todos modos, a pesar de las dificultades sociales de Italia y de la escasez del clero diocesano de esos años, él tuvo la temeridad de concretar su deseo de servir la misión a través la fundación, en 1895, del Instituto Javeriano, una familia religiosa consagrada al servicio de la evangelización de los pueblos, bajo el patrocinio de san Francisco Javier, el gran apóstol del oriente.

Habría querido dedicarse únicamente a la formación de sus jóvenes misioneros, pero, en obediencia a sus superiores, muy pronto, tuvo que aprender a conjugar este compromiso misionero con el de Pastor de la Iglesia local. En efecto, fue llamado por el papa León XIII a conducir a la Archidiócesis de Ravena (1902-1904) y, después, en 1907, fue nombrado por san Pío x como Obispo de Parma, su ciudad natal, donde permanecerá hasta la muerte.

Todo esto contribuyó a hacer de él "un Pastor con dos rebaños", y le permitió vivir au maximum de urgence las palabras del Evangelio: "Y tengo otras ovejas que no son de este corral. A esas también las llevaré" (Jn 10, 16).

Obispo de Parma por 24 años, se ocupó con abnegación de la cura pastoral de su Diócesis. Las visitas pastorales, la instrucción religiosa de su pueblo, amargado y exasperado a causa de la hipocresía burgués y del socialismo ateo, la preocupación por la formación y la santidad del clero fueron los aspectos fundamentales de su acción.

Fue también muy atento a la evangelización de quienes habían perdido el sentido de la fe. Hizo esto mostrándose cercano a la gente común, y sobre todo a los más pobres, en los momentos difíciles del comienzo del siglo XX, marcado por las luchas sindicales y las huelgas de los agricultores. Más tarde, en el momento de la subida del Fascismo, fue determinante su mediación para evitar una guerra civil en la ciudad de Parma, que resistía a ultranza al avance de las "camisas negras".

Supo comprometerse en la actividad misionera no solo a través de la fundación de su familia religiosa, sino también emprendiendo iniciativas de animación misionera en Italia y en el mundo, con la creación de la Unión Misionera del Clero (transformada, en 1956, en Pontificia Unión Misional), de la cual fue el primer presidente. Según Conforti, el problema misionero concernía a toda la Iglesia y especialmente a quienes eran su cabeza, como los Obispos y los sacerdotes, a partir de los cuales todo el pueblo de Dios podía ser conquistado a la causa misionera.

La capacidad de Conforti -Pastor de una porción del pueblo de Dios, en una zona donde se registraba un preocupante abandono de la fe-, de conjugar las dos dimensiones de la Iglesia, "local" y "universal", nacía de la convicción de que el camino de la misión para anunciar el Evangelio a quienes no lo conocían fuese un camino providencial para fortalecer también la fe en las tierras de antigua cristiandad. "¡La fe se fortalece dándola!" escribirá el beato Juan Pablo II (Redemptoris missio, 2).

San Guido Maria Conforti nos interroga hoy sobre la madurez de nuestra fe. Nos invita a renovar nuestro ardor y nuestra creatividad en el anuncio del Evangelio, evitando replegarnos sobre nosotros mismos, y superando la mentalidad del statu quo.

Bondad, pero, no debilidad

 Lo que más impresionaba de su personalidad era la bondad. Son numerosos los episodios que lo atestiguan: la paciencia de escuchar a un pobre obrero antes de ir a la catedral para una ceremonia litúrgica, sus visitas a domicilio a los enfermos, el entretenerse con cualquiera que encontraba en sus paseos diarios.

En la época en que era Vicario general de la Diócesis, su Obispo, Mons. Francesco Magani, decía: "Yo tengo un carácter fuerte y esto le conviene al padre de la Diócesis. Pero, es necesaria también una madre. Y Mons. Conforti es la madre de mi clero". En otros momentos, a Mons. Magani le gustaba compararse con Saúl, con sus iras repentinas, y decía: "Conforti es mi David". Los sacerdotes de Parma, en esta época de muchos contrastes y difícil, solían decir: "Es mejor un no de Conforti que un sí de Magani".

Algunas semanas antes de su muerte, poniendo en práctica la frase del Evangelio: "Por eso, si tú estás para presentar tu ofrenda en el altar, y te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti..." (Mt 5, 23), Mons. Conforti decidió encontrar a uno de sus sacerdotes, quien, amargado por cierta actitud de la Curia, estaba irritado también contra su Obispo. "Me hizo entrar en su pieza -testimonió el sacerdote-, me mostró las piernas hinchadas por la enfermedad y, con aspecto cansado y afable, me dijo: 'No lleve rencor contra su Obispo, a quien pronto ya no tendrá...'. Permanecí conmovido hasta llorar. Caí de rodillas, y el Siervo de Dios me hizo levantar y me abrazó de nuevo".

La bondad de Conforti no le impidió mostrarse severo y determinado, en el momento oportuno. Impresionó su firmeza en la condena del Modernismo, el movimiento cultural-religioso, que, apuntando a la adecuación de la cultura eclesiástica a la evolución de los tiempos, acabó por degenerar en doctrinas y en reglas ajenas a la tradición de la Iglesia. Causó sensación también la intransigencia de sus posiciones con respecto al régimen fascista. En 1923, rechazó bendecir los gallardetes, en una ceremonia pública. Algunos años después, con ocasión de la visita a Parma de Mussolini, entonces primer ministro, no quiso ir con las demás autoridades ciudadanas para recibirlo en la estación ferroviaria, ni para rendirle homenaje en la gobernación civil.

La bondad de Conforti no es la actitud de quien se amolda a todo y a todos, para evitar las dificultades y la verdad, para ganarse el consenso de las muchedumbres o de los poderosos. En efecto, en él, la bondad se une a la determinación de afirmar siempre sus convicciones más profundas.

El Crucifijo, el gran libro

 Conforti plasmó su personalidad en la contemplación de la Cruz, desde niño, cuando permanecía extasiado ante un gran Crucifijo, en el oratorio adonde iba cada día antes de ir a la escuela. "Yo lo miraba y Él me miraba, y parecía que me dijese tantas cosas...", dirá más tarde. Cuando fue elegido como Obispo, hizo buscar aquel Crucifijo y lo puso cerca del altar, en la Catedral; ahora está guardado en el Santuario dedicado a él, en Parma.

Escribirá en 1925: "El Crucifijo es el gran libro. Todas las enseñanzas contenidas en el Santo Evangelio se encuentran resumidas en el Crucifijo. Este nos habla con una elocuencia sin igual: con la elocuencia de la sangre... Ningún otro libro puede hacernos concebir propósitos más generosos y despertar en nosotros todas las energías necesarias para realizarlos. Por esto, al misionero que parte para anunciar la Buena Noticia no se le da otra arma sino solo el Crucifijo, porque este posee la potencia de Dios, por medio de la cual el misionero triunfará sobre todo y sobre todos, después de haber triunfado sobre sí mismo".

Es precisamente en la contemplación y en el diálogo constante con el Crucifijo como Conforti sintió fuerte la urgencia de anunciar la cáritas Christi, a quienes todavía no la había conocido. Por esto, eligió el lema "Caritas Christi urget nos" (cf. 2Co 5, 14) para su Instituto, maduró una fuerte convicción de la importancia capital del tiempo en la vida cristiana, y siempre aconsejó a los que se acercaban a él dos cosas: "el Crucifijo y el reloj. El primero, porque es el gran Maestro de toda perfección; el segundo, para medir con diligencia el tiempo, a fin de no perder un solo instante".

Conforti tuvo la capacidad de mantener esta tensión misionera, junto con las muchas pruebas de la vida, también graves, que aceptó con docilidad. También en las derrotas más humillantes −como la renuncia a la Archidiócesis de Ravena por motivos de salud o la muerte de su primer misionero enviado a China, apenas dos años después de su salida−, supo reconocer el designio de Dios, quien lo guiaba para edificar su Reino sobre todo en la renuncia a sí mismo y en la aceptación diaria de su voluntad.

Franco Paladini

 (Traducido del italiano por Luigi Moretti)



24/11/2011
 

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