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Perfiles misioneros y espirituales    



La fuerza débil del evangelio/2

Perfiles de la misión de nuestro tiempo: Andrea Riccardi


Un sueño universal

Andrea Riccardi expresa, en sus escritos, una gran pasión por la evangelización del mundo contemporáneo. Él dilata al máximo el concepto de evangelización mismo, que, como es notorio, desde la Evangelii nuntiandi de Pablo VI, indica una realidad compleja y dinámica[1]. En esta línea, para Riccardi, la evangelización no es solo anuncio, sino también diálogo con las culturas y las religiones, construcción de la justicia y de la paz.

La aproximación no es, pues, ideológica. Es la relación con rostros concretos de pobres conocidos en África, y el reconocer la guerra como "madre de todas las pobrezas", lo que empuja a Riccardi y a su comunidad a mediar para la paz, sin hacer de esto una opción exclusiva. Los miembros de San Egidio, en efecto, se ríen divertidos cuando alguien define a su Comunidad "la Onu de Trastevere". El objetivo perseguido por ellos no es la realización de una estructura permanente de diplomacia paralela. Es, más bien, la apertura al pobre y al diverso la que los conduce al diálogo de "frontera" con las culturas, las religiones, los no creyentes y las poblaciones en conflicto.

Por otra parte, subraya Riccardi, tales aperturas se arraigan en un aflato evangelizador, que hace entrar en diálogo a partners profundamente diferentes[2], sin hacer sincretismos. Misión y diálogo no se oponen; se trata, al contrario, de reavivar el espíritu misionero, rechazando la cultura del enemigo, edificando, más bien, una cultura de la paz y a comunidades cristianas que sepan convivir con un mundo plural[3], que de este último sean el alma de unidad, a través del signo de la fraternidad que supera cada barrera[4].

Para Riccardi, aunque siendo miembros de una pequeña comunidad, es importante, en efecto, tener un sueño universal. El cristiano contemporáneo no puede ser sino un cristiano universal. Y esto, no tanto en el sentido de la información mediática y de los viajes, porque estamos todos sumergidos en esta compresión del tiempo y del espacio por la mundialización dominante, sino en el sentido de que el cristiano entra en contacto con el lejano, a través de una relación personal y afectiva. Él no se limita, en efecto, a denunciar el mal, las guerras y las injusticias, cuyas imágenes son vertidas por los medios de comunicación en nuestras casas, sino que crea una comunicación viva y real "de corazón a corazón"[5].

"La fuerza débil del Evangelio"

La caridad nace de la participación en la compasión de Jesús para las muchedumbres, es amistad hacia el pobre, considerado "el sacramento del hermano"[6].

Caridad y comunidad, originadas ambas de la fuerza débil del Evangelio, constituyen, pues, las claves de bóveda de una evangelización, que insiste en la acogida y la comunicación personal, en la importancia de la oración y de la vida litúrgica. Esta última es considerada manifestación de la belleza que salva al mundo, y acoge varios elementos de la espiritualidad ortodoxa.

En este mundo que cambia vortiginosamente, marcado en el siglo pasado, primero por el proceso de secularización, luego por el de la mundialización, el cristiano no tendrá miedo solo si se arraigará en la fuerza débil del Evangelio, que pone en el centro el escándalo de la Cruz, la debilidad y la pobreza, en un mundo que privilegia valores opuestos.

En este sentido, insiste Riccardi, es importante volver a llevar, para las nuevas generaciones, el tema mismo de la caridad al cauce eclesial, para distinguirlo de otros tipos de intervención humanitaria. Hoy, además, los jóvenes no tienen un pedido de compromiso, como era en el 68, sino que buscan ante todoDetalle del icono de los mártires de los siglos XX y XXI, de la Basílica de San Bartolomé, en la Isla de Roma "espiritualidad"; la caridad podrá expresar una madurez de esta última, más que ser un punto de partida.

Esta necesidad de una radicación religiosa del compromiso por los pobres es aún más urgente para África, donde la pobreza es una condición "normal" de la cual se desea salir. En África, es importante que los jóvenes descubran que hay personas aún más pobres y en la necesidad, yendo más allá de los límites del clan, en una visión auténticamente evangélica[7].

Frente a la crisis del sentido de la acción misionera, que ha afectado a muchos sectores eclesiales, Riccardi ofrece la inquietante fuerza débil del Evangelio, que se ha manifestado a través el martirologio de 1900. Su profundizado estudio histórico, que ha analizado numerosos documentos que abrazan las situaciones más diferentes, de la resistencia al nazismo, a la misión en los varios continentes, nos restituye las historias de hombres y mujeres, quienes no eran héroes, sino testigos fieles y coherentes de su fe y del sentido de la misión, hasta el don cruento de la vida. El contenido de este voluminoso texto es una auténtica mina de esperanza, frente a los desafíos de la evangelización en el nuevo milenio, e invita a recoger la herencia de estos mártires[8].

¿Un nuevo comienzo?

La apertura a nuevos horizontes de la evangelización procede de la convicción de que la misión, después de dos mil años, se halla todavía en los comienzos.

Así afirmaba ya Juan Pablo II en la introducción de la encíclica Redemptoris missio[9], para la cual, aunque la misión se haya vuelto mundial, tiene que alcanzar todavía a muchas poblaciones y areópagos modernos.

Riccardi, más que en la dimensión geográfica o en las diferentes situaciones misioneras, insiste en el hecho de que si la Revelación cristiana ha terminado, su compresión profunda es todavía grávida de futuro.

"La historia del cristianismo no hace sino comenzar", es su cita frecuente de Aleksandr Men, un sacerdote ortodoxo muerto en circunstancias oscuras en la URSS en 1990, que expresa mejor esta necesidad de profundizar y escudriñar ulteriormente la riqueza espiritual, y de experiencia humana del cristianismo[10].

Aunque vivamos en una sociedad compleja y en un tiempo difícil, debemos ser orgullosos de pertenecer a estos, y vivir la evangelización en su dimensión agónica, de lucha y de apertura de nuevos horizontes y dimensiones espirituales y culturales.

En este sentido, para Riccardi, la evangelización es una llamada a tener cada vez más pasión por el hombre contemporáneo; es una realidad transversal que impregna todas las actividades de la Iglesia, de Roma al mundo entero.

La relación de la evangelización del Occidente, del norte del mundo, con la de las Iglesias del sur del mundo es una necesidad absoluta de apertura, para superar el riesgo de autoreferencialidad; estas realidades misioneras juntas subsisten o juntas caen[11].

De los arrabales romanos a la misión universal. Una intuición y un recorrido en pleno desarrollo para el movimiento fundado por Riccardi.

El impacto con la misión siempre cambia los rasgos de una Comunidad, religiosa o laica que sea. Esta se encuentra ante preguntas y búsquedas religiosas y sociales profundamente diferentes, y está llamada a inculturar en los diversos contextos la búsqueda de autenticidad evangélica de los propios orígenes. Un verdadero desafío de adaptación y coherencia para la Comunidad de San Egidio, que es un movimiento cuya estructura laical es bastante fluida.

Indudablemente, este movimiento ha sido y es todavía una semilla y una levadura de gran valor, en la historia, y manifiesta la riqueza de los dones que el Espíritu suscita para la evangelización del mundo contemporáneo.

Antonietta Cipollini

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)



[1] Cf. Paolo VI, Evangelii nuntiandi, n.17.
[2] Cf. A. Levi, Dialoghi sulla fede, con Vincenzo Paglia e Andrea Riccardi, il Mulino, Bologna 2000.
[3] Cf. A. Riccardi, Convivere, Editori Laterza, Bari 2006.
[4] Cf. A. Riccardi, Paolo. Uomo dell'incontro, Paoline, Milano 2008, 59ss.
[5] Cf. A. Riccardi, Dio non ha paura. La forza del Vangelo in un mondo che cambia, Ed. San Paolo, Milano 2003. Todo el texto es de gran interés para la evangelización, y de él tomamos los datos para nuestras reflexiones. Cf., en particular, el capítulo "Una Iglesia en misión", págs.189-205.
[6] Cf. A. Riccardi, Uomo e donna. Sogno di Dio, Paoline, Milano 2009, 27-28.
[7] Cf. A. Riccardi, Sant'Egidio. Roma e il mondo. Colloquio con Jean-Dominique Durand e Régis Ladou. Prefazione di Carlo Maria Martini, Ed. San Paolo, Milano 1997, 67.
[8] Cf. A. Riccardi, Ils sont morts pour leur foi. La persécution des chrétiens au XX siècle, traduit de l'italien par Julien Gayrard, Plon-Mame, Mesnil sur l'Estrée 2002.
[9] Cf. Giovanni Paolo II, Redemptoris missio, n. 1.
[10] Cf. A. Riccardi, Dio non ha paura..., 14-17, 190-191.
[11] Cf. A. Riccardi, Dio non ha paura..., 204.

28/03/2011

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis