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UNA MISIÓN SINGULAR/1

La limpidez inerme del testimonio del P. Andrea Santoro


El P. Andrea Santoro nace en Priverno (Italia) el 7 de septiembre de 1945. En 1956, se transfiere con la familia a Roma, en el barrio Quadraro. En 1958, entra en el Seminario Menor de Roma. Una vez completados los estudios de teología en la Pontificia Universidad Lateranense, es ordenado sacerdote el 18 de octubre de 1970.

Desarrolla su actividad pastoral como vicario parroquial en las parroquias de los Santos Marcellino e Pietro ad Duas Lauros (de 1970 a 1971), y de la Transfigurazione (de 1972 a 1980). En 1980, pide pasar seis meses en Tierra Santa, antes de empezar su actividad como párroco en el nuevo barrio de Verderocca, donde permanece de 1981 a 1993, y luego, de 1994 al 2000, en la parroquia de los Santos Fabiano e Venanzio. El 11 de septiembre del 2000, parte para Turquía. El 5 de febrero del 2006, es asesinado en la iglesia de Santa María, en Trabzon, mientras rezaba con la Biblia en lengua turca en sus manos.  



Por la tarde de domingo 5 de febrero del 2006, mientras el P. Andrea Santoro estaba rezando en la pequeña iglesia de Santa María de Trabzon, en Turquía, un hombre entró en la penumbra e hizo fuego contra él, casi a quemarropa, con una pistola. El P. Andrea murió casi inmediatamente.

Han pasado diez años desde aquel día, y el recuerdo de este sacerdote romano está vivo todavía. Para nosotros, hoy, es importante comprender cuál es el mensaje que el P. Andrea ha querido donar a la Iglesia, con su testimonio.

Un hombre del mañana

Podemos preguntarnos si su historia no ha sido una llamada a desarrollar una misión singular, particularmente ejemplar y elocuente para la Iglesia. ¿Qué designio divino se revela en este caso personal de testimonio? ¿Qué ha querido decir el Espíritu a su Iglesia a través de esta persona?

En su Diario di Terra Santa, el P. Andrea parece percibir esta vocación particular suya. "Es necesario el que precede, anuncia y encarna el futuro: los profetas, los santos, los anticipadores del mañana, los exploradores de la tierra prometida enviados por Moisés... Son necesarios estos exploradores, estos hombres del mañana plantados en el hoy"[1].

"Vida y muerte del P. Andrea están ahora en nuestras manos, como un don que no podemos guardar para nosotros mismos, sino que tenemos que hacer conocer a los demás, proporcionándoles la clave de interpretación de la vocación que Dios le ha dado"[2].

Hay que descubrir de nuevo su vida, como una de aquellas formas de testimonio, que Dios mismo pone como signos distintivos y explicativos del propio Evangelio para hoy y, tal vez, también para el futuro. Su vida no es solo un ejemplo, sino que contiene también una enseñanza. Se necesita preguntarse cuál era la misión que Dios le había confiado, buscando no un simple interés por su persona, sino la repercusión eclesial que Dios ha querido revelar con su existencia. Para Von Balthasar, la santidad es algo esencialmente social y, por eso, sustraído al albedrío del individuo. Los santos, en efecto, mejor que cualquier otro han sabido contemplar, comprender y expresar con su vida el misterio inagotable de Dios. Ellos son como un "Evangelio viviente", "la ilustración y la ejemplificación del Evangelio en nuestros días". Ellos comunican lo que el Espíritu divino, quien está vivo y espira donde quiere, entreabriendo aspectos siempre nuevos de su Revelación inagotable, quiere manifestar precisamente en nuestros días.

Para penetrar esta misión particular del P. Andrea en su nacer, es determinante la experiencia que él hizo al umbral de los treinta y cinco años. "Después de diez años de mi sacerdocio –escribía–, percibía una fuerte necesidad de un largo tiempo de oración, de silencio, de escucha de la Palabra de Dios. Sentía la necesidad de un tiempo de reflexión y de revisión de mi vida personal, además de que pastoral"[3].

Convocado por el Cardenal Poletti para verificar la posibilidad de confiarle una parroquia, el P. Andrea revela su intención de tomar un período de reflexión que pasar, posiblemente, en Tierra Santa. Ha madurado la exigencia de volver a las raíces de su fe y de comprender cuál es su misión.

Sale a la luz en él una dimensión de su vocación que lo llevará, luego, a pedir con insistencia partir para Turquía. Obtendrá el permiso de partir solo en el 2000. Mientras tanto, busca el sentido de su misión en la proximidad a Dios, y el camino que individúa es el de la proximidad física a los lugares donde Su Palabra se ha hecho carne. "Era un tiempo en que estaba tratando de hacer claridad en mi vida. Buscaba un lugar donde bajar a las raíces de mi corazón y de las razones de la vida. Buscaba un lugar donde 'vivir con Dios' y tener el tiempo para escucharlo, para hablarle, para comprenderlo, para hacerme tomar en custodia por Él. Lo he encontrado y esto me ha dejado un signo indeleble, que vuelvo a encontrar intacto cada vez que me miro por dentro"[4].

 A la escuela de Nazaret

Podemos intentar profundizar en un aspecto de su misión, partiendo de su Diario di Terra Santa 1980-1981. El P. Andrea pasa seis meses en el Oriente Medio. Recorre a la inversa las etapas de la vida de Jesús: de Jerusalén, a través de Samaria, vuelve a subir Galilea hasta Nazaret. Es un tiempo de búsqueda: "Señor, te busco, ¿dónde estás? ¿Dónde te he puesto hasta ahora? Muéstrate. Llámame por nombre. Hazme oír tu voz"[5].

Y es Nazaret la que deja en su vida una huella profunda. Nazaret es el lugar donde el Verbo se hizo carne y puso su morada en medio de los hombres. "NAZARET-GALILEA: el silencio más elocuente, más escandaloso de Dios, el más capaz de interpelarnos, el más urgente. ¡El interrogante más candente, el rostro escondido, la raíz del mundo nuevo, el LIEU DE DIEU en Jesus!"[6]. "Percibo que Nazaret es el corazón de tu misterio, es tu revelación, es la manifestación de tu gloria. Es el silencio, el no existir, el no tener valor. Nazaret es tu estar bajo la mirada de Dios y no tener otros ojos. Es el silencio que garantiza tu Palabra. Es tu estar delante del Padre que garantiza tu estar delante de los hombres"[7]. Nazaret es la pobreza, la normalidad, la cotidianidad vivida, atravesada, asumida, transfigurada, rescatada y divinizada por el Cristo"[8].

Aquí su llamada especial se madura y se fortalece. Él quiere encomendarse totalmente, someterse totalmente, dejarse habitar totalmente. "Hace diez años que soy sacerdote, que manejo red, barca y peces. Pero, me he pescado solo a mí mismo. Me he afanado por mí mismo, alrededor de mí mismo. Señor, si quieres, ¿podemos empezar de nuevo?"[9].

Antes de él, había sido Charles de Foucauld quien había encontrado de nuevo su camino en Nazaret. En Nazaret había encontrado su escuela y su modelo en la vida escondida de los años oscuros de Jesús. Había buscado el escondimiento, como el humilde carpintero, por los mismos caminos pisados por él. "Alguien ha recordado que el P. Andrea vivió un año sabático con los Pequeños Hermanos de Charles de Foucauld. Me parece intuir que aquella experiencia lo ha marcado profundamente: vivir como luz escondida... precisamente como Jesús en Nazaret. El P. Andrea ha tomado este misterio de la vida de Jesús verdaderamente en serio, con toda su carga de pregunta y de inquietud"[10].

También el Beato Pablo VI había hablado de la "escuela" de Nazaret. La casa de Nazaret es la escuela donde uno se inicia en la comprensión de la vida de Jesús, o sea, de la escuela del Evangelio. Aquí se aprende a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar el sentido, tan profundo y tan misterioso, de aquella manifestación del Hijo de Dios tan simple, humilde y bella. Se comprende la importancia de tener una disciplina espiritual, de quedar firmes en los buenos pensamientos, concentrados en la vida interior, listos para escuchar bien las secretas inspiraciones de Dios y las exhortaciones de los verdaderos maestros, y para percibir la necesidad del trabajo de preparación, del estudio, de la meditación, de la interioridad de la vida y de la oración"[11].

Achille Romani

(Continúa)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)


 


[1] A. Santoro, Diario di Terra Santa. 1980-1981, San Paolo, Cinisello Balsamo (MI) 2010, 64.

[2] V. Salvoldi, Don Andrea Santoro. La steppa attraversata con amore, Editrice VELAR, Rivoli (TO) 2006, 26.

[3] A. D'Angelo, Don Andrea Santoro. Un prete tra Roma e l'Oriente, San Paolo, Cinisello Balsamo (MI) 2016, 51.

[4] A. D'Angelo, Don Andrea Santoro..., 54ss.

[5] A. Santoro, Diario..., 57.

[6] A. Santoro, Diario..., 47.

[7] A. Santoro, Diario..., 112.113ss.

[8] A. Santoro, Diario..., 104.

[9] A. Santoro, Diario..., 134.135ss.

[10] V. Salvoldi, Don Andrea Santoro..., 20.

[11] Cf. Paolo VI, Discurso pronunciado en Nazaret (5 de enero de 1964).







21/02/2017
 

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