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UNA MISIÓN SINGULAR/2

La limpidez inerme del testimonio del P. Andrea Santoro



Su muerte explica su vida

El P. Andrea había comprendido que su llamada especial era la de ponerse a esta escuela. "Que sepa vivir en el escondimiento con sinceridad, y pagar con la sangre, con el sufrimiento silencioso y con las rupturas evidentes y dolorosas, esta apertura de corazón, esta anchura de mente, esta amplitud"[1].

El Cardenal Ruini, en su homilía en el entierro del P. Andrea, notaba cómo su elección, para él, ciertamente no fue fácil: "Al comienzo, su pedido de partir para Anatolia me ha dejado perplejo y ha encontrado en mí cierta resistencia: lo sentía privar Roma de un óptimo párroco, y temía que el P. Andrea, hombre lleno de iniciativas, no resistiera por largo tiempo en una situación que, en cambio, no permitía muchos márgenes de acción y ni siquiera una riqueza de relaciones"[2]. Por otra parte, el P. Andrea era consciente de que "uno puede ser llamado a cambios radicales y a inversión de rumbo, a proyectos impensados, a caminos insospechados, a aventuras fuera de programa, en cada edad"[3].

Es necesario comprender cómo el Señor lo ha guiado y conducido, año tras año, paso a paso, por caminos que, tal vez, ni él lograba vislumbrar con claridad, que, sin embargo, pueden volverse claros si se quedan iluminados por su muerte. Su muerte ilumina y explica su vida. Y él se ha dejado plasmar con docilidad y disponibilidad en seguir este camino suyo, en competir cara a cara en una relación con Dios, donde Él toma las riendas de su vida. "¿Qué quieres de mí, Señor? Estoy dispuesto a devolvértelo todo... Nada me pertenece, sino que todo es tuyo. Acepto cambiarlo todo... Acepto deber empezar de nuevo, tener que partir, deber cambiar en algo, en poco, en tanto, en todo... Me someto a ti, me abandono a ti"[4].

"La vida del P. Andrea escribía Mons. Vincenzo Paglia estaba como marcada por una tensión interior, por un impulso a ir más allá de lo ordinario, hasta la muerte en Trabzon"[5]. Cada vez más, se convencía de que su misión no podía quedar cerrada en la parroquia, tenía que abrirse a confines más amplios.

Esta apertura suya empieza a concretarse con el período de seis meses pasados en Tierra Santa. Aparece en él la convicción de que su referencia de vida y de pensamiento es el Oriente, aunque deban pasar veinte años antes de que su pedido de ir a Oriente sea acogido. El permiso deseado ardientemente por el P. Andrea llega en el 2000, cuando el Cardenal Ruini le permite partir para Anatolia, por un trienio, no a título personal, sino en nombre de la Diócesis de Roma, como sacerdote fidei donum.

Una chispa de diálogo y de intercambio

La primera destinación del P. Andrea es Urfa (Jarán), una verdadera encrucijada de culturas y de religiones, del hebraísmo, al islam, al cristianismo. Es también la ciudad donde Dios llamó a Abraham prometiéndole una descendencia y una tierra. En el 2003, al caducar del primer trienio de compromiso, el mandato es confirmado con una pequeña modificación: manteniendo también contactos y presencia en Urfa, gran parte de la misión del P. Andrea tendrá que desarrollarse en Trabzon (Trebisonda), ciudad portuaria en la costa del mar Negro.

En un escrito preparado para la Obra Romana de Peregrinaciones, él escribirá: "He partido para residir en la ciudad de Abraham (Jarán) y vivir un amor lleno de gratitud y respeto hacia esta tierra; para estudiar y absorber lo mejor del patrimonio antiguo y contemporáneo aquí presente; para encender una muy pequeña y muy humilde chispa de diálogo, de buenas relaciones e intercambio de dones espirituales entre hebraísmo, cristianismo e islam"[6].

Su finalidad es la de abrir una "ventana", aquel paso de luz que permite comunicar y acoger, en un intercambio recíproco, lo que de más precioso tienen sea el Occidente, sea el Oriente: "Nosotros tenemos necesidad de aquella raíz originaria de la fe, si no queremos morir de bienestar, de materialismo, de un progreso vacío e ilusorio; ellos necesitan de nosotros y de esta Iglesia nuestra de Roma para volver a encontrar impulso, coraje, renovación, apertura universal"[7].

El P. Andrea parte para encender un pequeña llamita, precisamente allí donde había estallado el fuego del cristianismo. Aquel fuego nunca se ha apagado, pero ha pasado a través de sufrimientos, persecuciones, pecados, vicisitudes oscuras y complejas que lo han dispersado y reducido debajo de la ceniza. Aquel fuego está todavía en condiciones de iluminar, porque contiene la chispa originaria que lo ha engendrado. El Oriente Medio puede ayudar a evangelizar de nuevo y a devolver un alma a Europa, y Europa puede devolver luz y apertura al Oriente Medio. Pero, el Oriente Medio tiene sus oscuridades, sus problemas a menudo trágicos y sus "vacíos". A su vez, tiene necesidad, pues, de que aquel Evangelio, que de allí ha partido, vuelva a ser sembrado allí, y aquella presencia, que Cristo realizó allí, sea propuesta de nuevo allí. Es una recíproca "nueva evangelización" y enriquecimiento que los dos mundos se pueden intercambiar[8].

¿Qué dialogo y a qué precio?

El P. Andrea va a vivir al mundo musulmán, en el momento en que se ha afirmado y difundido la lectura de Huntington, que interpreta el presente a la luz del choque de civilización y de religión[9]. Poco después, los acontecimientos del 11 de septiembre del 2001 parecen confirmar aquella lectura, que desalienta a aquellos que se habían ocupado de diálogo, los acusa de ingenuidad y suscita escepticismo.

Pero, el P. Andrea ratifica de qué diálogo se hace promotor. "No basta la movilización política, diplomática o militar escribe el 28 de octubre del 2001 y tampoco un genérico debate cultural. Se necesita una movilización más profunda de las conciencias, haciéndose preguntas que tocan el corazón de nuestra fe y de nuestra relación con Dios, la realidad de nuestra alma, las prácticas habituales de nuestro modo de pensar y de vivir, las relaciones entre individuos, entre pueblos, entre culturas, entre historias, entre creencias religiosas diferentes"[10].

Antes de la política, de los intereses, de la economía y de la misma religión está el problema humano y espiritual de las personas: conocerse, acogerse, encontrarse, hablarse, respetarse, amarse, tomarse en serio, donarse algo, donarse a sí mismos. Este es también el sentido de una presencia cristiana en el Oriente Medio[11]. Se trataba de estar en humildad para vivir en una tierra desconocida, donde no podemos hacer mucho, sino que estamos llamados a ser solo presencia, dimensión posible solamente si nos quedamos arraigados en Dios[12].

Es un nuevo modo de diálogo que es antiguo, para el sacerdote como para cualquier cristiano: vivir cercano, ser sí mismo, abrirse a los demás con simpatía, buscar lo humano más allá de la jaula ideológica y psicológica de la religión. El P. Andrea "no se ocupaba de diálogo cultural, económico, político escribía el Cardenal Ruini y tampoco de diálogo teológico. A él le interesaba exclusivamente ser cristiano, y vivir como tal, quedando anclado, con la tenacidad y la confiada testarudez que le eran propias, en Cristo y en su Evangelio"[13].

En un tiempo en que se hablaba de choque de civilizaciones entre Oriente y Occidente, entre este y el islam, él ha respondido simplemente amando a aquellos dos mundos. "Yo creo escribía el P. Andrea el 28 de octubre del 2005 que cada uno de nosotros, dentro de sí, puede disminuir la lejanía entre estos dos mundos"[14].

El P. Andrea conoce bien el precio de este diálogo: "Asistimos, en estos días, a espectáculos de una ferocidad inhumana. Pero, la alternativa a la ferocidad es la caridad. La ferocidad destruye, la caridad vivifica... La ferocidad no teme de matar, la caridad no teme de dar la vida"[15].

Él, así, se deja conducir por el camino que lo llevará a dar su vida. "Me he dado cuenta de que el único camino de la unidad es precisamente este: hacerse servidor y ofrecer el propio cuerpo como sacrificio". "Jesús nos invita a acercarnos a su amor, a nutrirnos de él, a absorberlo, a vivirlo, a convertirnos en él, a dejarnos transformar por él hasta dar la vida por nuestros hermanos, hasta morir por los que nos hacen daño"[16].

Esto se le vuelve claro al final: "Volver a sembrar. Encender pequeñas luces. Volver aquí a Antioquia para tomar de nuevo el fuego inicial. Para aprender de nuevo cómo se siembra la Iglesia en el Espíritu de paz. Cómo se siembra, aquí, en contacto con realidades tan diferentes y a poco pasos de lugares en que fluye la sangre, en contacto con los musulmanes, en contacto con los hebreos, en contacto con las varias comunidades cristianas. Tenemos que mostrar nuestro amor que nos traspasa el corazón y se clava también en nuestras manos. No hay amor del Padre que no pase a través de una moneda: el don de nuestra vida, que significa amar más allá de toda medida, amando también a quien no nos ama, sirviendo a quien no nos sirve, dando la vida a quien a veces nos la hace imposible"[17].

A más de diez años de su muerte, resplandece de manera más clara el mensaje que nos llega de su llamada a revivir uno de los misterios centrales de la vida del Cristo: "A menudo me pregunto decía dos meses antes de su muerte: ¿Por qué estoy aquí? Entonces, me viene a la mente la frase de Juan: 'El Verbo se hizo carne y puso su tienda entre nosotros'. Estoy aquí para vivir en medio de esta gente, y permitir a Jesús hacerlo prestándole mi carne. En el Oriente Medio, Satanás se ensaña en destruir, con la memoria de los orígenes, la fidelidad a ellas. El Oriente Medio debe volver a ser habitado por Jesús, como lo fue anteriormente: con largos silencios, con humildad y simplicidad de vida, con obras de fe, con milagros de caridad, con la limpidez inerme del testimonio, con el don consciente de la vida"[18].

Achille Romani

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)




[1] A. Santoro, Diario..., 52.

[2] A. Santoro, Lettere dalla Turchia, Città Nuova Editrice, Roma 2006, 240.

[3] A. Santoro, Diario..., 80.

[4] A. Santoro, Diario..., 82ss.

[5] AA.VV., Don Andrea Santoro. Ponte di dialogo con la Turchia e il Medio Oriente. A cura di M.M. Santoro - M. Borrmans, Urbaniana University Press, Roma 2009, 59.

[6] A. D'Angelo, Don Andrea Santoro..., 203.

[7] A. Santoro, Lettere..., 15-16.

[8] Cf. A. Santoro, Lettere..., 15.143.109.191-192ss.

[9] Cf. S.P. Huntington, Lo scontro delle civiltà e il nuovo ordine mondiale, Garzanti, Milano 1997.

[10] A. Santoro, Lettere..., 62.

[11] Cf. A. Santoro, Lettere..., 72.

[12] Cf. AA.VV., Don Andrea Santoro..., 208.

[13] A. Santoro, Lettere..., 7-8.

[14] A. Santoro, Lettere..., 221.

[15] A. Santoro, Lettere..., 80.

[16] A. Santoro, Lettere..., 126.121ss.

[17] Cf. V. Salvoldi, Don Andrea Santoro..., 30-31.

[18] M. Zambon, "Fu come un chiodo che rimase nella sua carne...", in  http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/45578


 


25/02/2017
 

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