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Profundizaciones
   

¿APLAUSOS EN LA IGLESIA?/2


Las advertencias del Magisterio

Después del examen de los Padres de la Iglesia, pasando a textos más cercanos a nosotros, aparece de gran actualidad el monito del Cardenal Siri, del 27 de enero de 1950:Cardenal Giuseppe Siri

"Aflora, aquí y allá, el uso de aplaudir en la iglesia. El aplauso en la iglesia es, ordinariamente, contrario al carácter sagrado y recogido de la casa de Dios, donde los sentimientos también más vehementes de fe y consentimiento deben ser expresados de otra manera...

Acercándose, con la sagrada Cuaresma, el peligro de que el abuso de los aplausos en la iglesia encuentre ulteriores indecorosas confirmaciones, se amonestan sacerdotes, religiosos y fieles a abstenerse de ellos de manera absoluta.

Todos los Rectores de las iglesias tienen la obligación de reaccionar de manera decorosa, advirtiendo al pueblo, en el momento más oportuno, de la indecencia, cuando se diera el caso de aplausos en la iglesia. Esta obligación recae, e inmediatamente, sobre el orador sagrado, donde se lo aplaudiese durante la predicación"[1].

Esta advertencia, dirigida a quien predica, recuerda la de Benedicto XV - durísima, que, sin embargo, tiene que inducir a un serio autoanálisis -, en una encíclica de 1917 sobre la predicación, que muestra lo que se esconde detrás de la búsqueda de los aplausos:

"No todos los predicadores que se alejan de las buenas reglas buscan, en la predicación, solo los aplausos. La mayoría de las veces, los que usan manifestaciones de este tipo lo hacen para conseguir un fin todavía menos honesto. En efecto, olvidando las palabras de san Gregorio: 'El sacerdote no predica para comer, sino que debe comer para poder predicar', no son pocos quienes, sintiendo que no son idóneos para otras funciones, de las cuales podrían sacar provecho para vivir decorosamente, se han dedicado a la predicación, no para ejercer debidamente este santísimo ministerio, sino para hacer sus intereses. Vemos, así, que todas sus preocupaciones están dirigidas no a buscar dónde se pueda esperar un mayor fruto para las almas, sino dónde, predicando, se pueda ganar más"[2].

Hallamos de nuevo, en estas palabras, el mismo acento presente en un famoso pasaje de una homilía de Benedicto XVI:

"En este contexto me vienen a la mente unas hermosas palabras de la primera carta de san Pedro, en el primer capítulo, versículo 22. En latín dice así: ‘Castificantes animas nostras in oboedientia veritatis'. La obediencia a la verdad debería hacer casta (‘castificare') nuestra alma, guiándonos así a la palabra correcta, a la acción correcta. Dicho de otra manera, hablar para lograr aplausos; hablar para decir lo que los hombres quieren escuchar; hablar para obedecer a la dictadura de las opiniones comunes, se considera como una especie de prostitución de la palabra y del alma. La "castidad" a la que alude el apóstol san Pedro significa no someterse a esas condiciones, no buscar los aplausos, sino la obediencia a la verdad"[3] .

Con estupenda autoironía, Juan Pablo II, de su parte, había notado la ambigüedad subtendida a los aplausos:

"Una última cosa. Había anunciado ya la última cosa, pero luego he caído en la penúltima. ... Entonces vuelvo a la última y esta vez espero que no me venga otra tentación. El cardenal Vicario se ha mostrado, podemos decir, muy comprensivo hacia mí. No ha tocado el timbre. Tal vez tenía que hacerlo. Pero había otro sistema de señalización, menos oficial: los aplausos. Sin embargo, tampoco aquel sistema ha funcionado. Así si he sido demasiado locuaz y demasiado largo, también el timbre y los aplausos tienen su parte de responsabilidad"[4].

De estas afirmaciones se entiende claramente que la responsabilidad es del sacerdote, no de un pueblo o de su presumida idiosincrasia. No se puede no compartir cuanto afirmaba un editorial de "La Civiltà Cattolica", en el cual se proponía un balance del estado de la liturgia, con ocasión de los cuarenta años de la publicación de la Sacrosanctum Concilium:

"Frecuentemente, quien ama aplaudir, porque lo ve hacer en los comicios o en los conciertos, inicia y desencadena aplausos teatrales también en la iglesia, con el consecuente grave peligro, a veces, ya de no alcanzar a distinguir entre iglesia y plaza. ... Aquí, el que falla es el presidente de la asamblea quien, en virtud de su función y de la sensibilidad litúrgica que debería haber adquirido, tiene la obligación de tomar las medidas necesarias, en los momentos oportunos, obrando con tacto, pero con determinación"[5].

La praxis de Ypacaraí

En la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí, si alguien, venido de fuera o menos acostumbrado a participar en las celebraciones, esboza un aplauso, recibe una mirada de conmiseración por parte de los vecinos. Una paciente educación ha hecho comprender a los fieles que la iglesia no es un teatro o unaParroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí plaza, y que los ritos sagrados no son espectáculos a los cuales se asiste. Lo que la liturgia requiere es la actuosa participatio, la participación activa, que exige recogimiento, apropiación del misterio, introyección, y no la mirada y la valoración, aunque entusiasta, de un espectador. En la liturgia nos ponemos en presencia de Dios y no frente a nosotros mismos.

Por la actitud que han madurado, los fieles de Ypacaraí se reconocerían en este juicio del entonces Cardenal Ratzinger:

"Cuando se aplaude por la obra humana dentro de la liturgia, nos encontramos ante un signo claro de que se ha perdido totalmente la esencia de la liturgia, y ha sido sustituida por una especie de entretenimiento de inspiración religiosa. Este tipo de atracción no dura mucho; en el mercado de las ofertas del tiempo libre, que siempre incorpora formas de lo religioso para incitar la curiosidad del público, es imposible hacer la competencia. Yo mismo he asistido a una celebración en la que el acto penitencial se sustituyó por una representación de danza que, como es obvio, concluyó con un gran aplauso. ¿Podríamos alejarnos más de lo que es realmente la penitencia? La liturgia podrá atraer a las personas solo si no se mira a sí misma, sino que contempla a Dios; si se Le permite estar presente en ella y actuar. Entonces acontece lo que es verdaderamente extraordinario, lo que no admite competencia, y las personas sienten que aquí ocurre algo más que un aprovechamiento del tiempo libre"[6].

Michele Chiappo



[1] http://www.cardinalsiri.it/portal/page/categoryItem?contentId=144287
[2] Benedicto XV, Carta Encíclica Humani generis redemptionem (15 de junio de 1917).
[3] Benedetto XVI, Homilía durante la Misa con los miembros de la Comisión Teológica Internacional (6 de octubre de 2006) en www.vatican.va. El Santo Padre ha querido citar también la ya mencionada actitud de Juan Crisóstomo, en un mensaje con ocasión del XVI centenario de la muerte del santo: "Estaba muy atento a evitar que los aplausos, recibidos a menudo por su predicación, lo indujeran a hacer que el Evangelio que predicaba perdiera su fuerza. Por eso, a veces se lamentaba de que con demasiada frecuencia la misma asamblea que aplaudía sus homilías no hacía caso de sus exhortaciones a vivir auténticamente la vida cristiana", Benedicto XVI, Carta con ocasión del XVI centenario de la muerte de San Juan Crisóstomo (10 de agosto de 2007), 2, en www.vatican.va.

[4] Juan Pablo II
, Encuentro con el clero de la diócesis de Roma (18 de febrero de 1988), en www.vatican.va.
[5]
C. Giraudo, La Costituzione "Sacrosanctum Concilium": il primo grande dono del Vaticano II, en "La Civiltà Cattolica" 154/4 (2003) 531-532.
[6]
J. Ratzinger, El Espíritu de la liturgia. Una introducción, Ediciones Cristianidad, Madrid 20022, 223-224.


28/11/09

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis