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“ANDA Y HAZ TÚ LO MISMO”


LA XXI Jornada Mundial del Enfermo

 

El 13 de mayo de 1992, el papa Juan Pablo II decidió instituir la Jornada Mundial del Enfermo, que se debe celebrar el 11 de febrero de cada año, con ocasión de la memoria litúrgica de la bienaventurada Virgen María de Lourdes.

El 11 de febrero de 1984 había publicado la carta apostólica Salvifici doloris sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano, y el 11 de febrero del año siguiente había creado la Pontificia Comisión para la Pastoral de los Operadores Sanitarios, que, tres años después, se transformó en el Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios (para la Pastoral de la Salud).

Por tanto, es la XXI Jornada Mundial del Enfermo la que se celebra este año, para la cual Benedicto XVI ha elegido como tema: “Vete y haz tú lo mismo”.

Es con estas palabras, dirigidas al doctor de la Ley quien le había hecho la pregunta: “¿Quién es mi prójimo?”, que Jesús concluye la parábola del Buen Samaritano. Estas palabras, dice Benedicto XVI, en su Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo de 2013, son dirigidas a todos, no solo a los operadores de la pastoral o a los sanitarios, sino también a los enfermos mismos.

Y el Papa hace suyas las palabras de los Padres del Concilio Vaticano II en el mensaje a los pobres, a los enfermos y a todos quienes sufren: “No estáis… ni abandonados ni inútiles; sois los llamados por Cristo, su viva y transparente imagen”.

El Buen Samaritano

El tema del Buen Samaritano es muy familiar a cuantos están comprometidos en los movimientos caritativos parroquiales en África, como la Cáritas, y muchas veces es elegido como su símbolo y como figura de referencia de la caridad cristiana, tanto a nivel personal como a escala más amplia.

En efecto, es este el tema que Mons. Jean Zoa, el Arzobispo de Yaoundé fallecido en 1998, había elegido para hablar, con ocasión del primer Sínodo para África de 1994, de la situación del continente africano, comparada con el hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de los bandidos, quienes lo despojaron de todo, lo pegaron duro y se fueron, dejándolo medio muerto (cf. Ecclesia en Africa, 41).

El Sínodo, decía Mons. Zoa, tenía que dar "la oportunidad al ‘sacerdote’ y al ‘levita’ africanos, amenazados por el cierre cultual y cultural, de llegar cerca del hombre, de verlo, de no pasar a distancia, de sentir compasión, de acercarse, de vendar las llagas derramando en ellas aceite y vino, de tomarlo y montarlo en su cabalgadura de la Esperanza, de conducirlo a una posada y de tomar cuidado de él”[1].

“Vete y haz tú lo mismo”: con esta respuesta al doctor de la Ley, “el Señor nos señala cuál es la actitud que todo discípulo suyo ha de tener hacia los demás, especialmente hacia los que están necesitados de atención”.

Se trata pues, sigue Benedicto XVI, “de extraer del amor infinito de Dios, a través de una intensa relación con él en la oración, la fuerza para vivir cada día como el Buen Samaritano, con una atención concreta hacia quien está herido en el cuerpo y el espíritu, hacia quien pide ayuda, aunque sea un desconocido y no tenga recursos”.

Vivir una atención concreta es, como decía en otro lugar el Papa, una invitación “a fijar la mirada en el otro, ante todo en Jesús, y a estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la suerte de los hermanos. Sin embargo, con frecuencia prevalece la actitud contraria: la indiferencia o el desinterés, que nacen del egoísmo, encubierto bajo la apariencia del respeto por la ‘esfera privada’” (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2012).

Hacerse prójimo

Esta atención concreta significa plantearse la cuestión del otro, ser conscientes de que el centro del problema no somos nosotros sino que es el otro, tener, al fin y al cabo, “un corazón que ve” dónde se necesita amor y actúa en consecuencia. (Deus caritas est, 31).

Martin Luther King

La vigilia de su muerte, Martin Luther King, el pastor afro-americano asesinado en Memphis el 4 de abril de 1968, comentaba ―en el que habría sido su último discurso, He estado en la cima de la montaña― la parábola del Buen Samaritano. Decía: “Tienen que saber que es posible que el sacerdote y el levita hayan echado la mirada hacia el hombre en la calle, y se hayan preguntado si los bandidos se encontraran todavía en los alrededores. O bien, es posible que hayan pensado que el hombre extendido en tierra estuviera solo fingiendo. Que estuviera comportándose como uno que hubiera sido robado y herido, para atraerlos, entramparlos y robarlos sin demasiados problemas. Y, por tanto, la primera pregunta que el levita se hizo fue: ‘¿Qué me sucederá si me detengo a ayudar a este hombre?’. Pero se acercó el Buen Samaritano. Y él invirtió la pregunta: ‘¿Qué sucederá a este hombre, si no me detengo a ayudarlo?’. Es esta la pregunta que se hace”.

La cuestión auténtica que se pone, en efecto, es la que Jesús presenta al doctor de la Ley, al final de la parábola: “Según tu parecer, ¿cuál de estos tres se hizo el prójimo del hombre que cayó en manos de los salteadores?” El maestro de la Ley contestó: “El que se mostró compasivo con él”. Y Jesús le dijo: “Vete y haz tú lo mismo”.

La pregunta ya no es “¿Quién es mi prójimo?”, sino “¿De quién puedo hacerme próximo, aquí y ahora?”. A la pregunta hecha por el doctor de la Ley, Jesús responde con otra pregunta que invierte el punto de vista. 

Santa Teresa del Niño Jesús

El prójimo no es el hombre herido en la calle, sino que es el Samaritano que se “acerca” a él, que cuida de él y no pasa de largo.

Tomando del tesoro de la Iglesia que son los santos, el Papa ofrece algunos ejemplos concretos de hombres y mujeres, quienes, de diversas maneras, se han hecho “prójimo” de los hombres atormentados por el sufrimiento, como santa Teresa del Niño Jesús, el Venerable Luigi Veronese, Raoul Follereau, la bienaventurada Teresa de Calcuta y, sobre todo, Santa Ana Schäffer, quien supo transformar su “sufrimiento en servicio misionero”.

Con ocasión de la beatificación de Ana Schäffer, Juan Pablo II ya había subrayado que ella siempre había entendido cada vez mejor que precisamente la debilidad y el sufrimiento son las páginas en las cuales Dios escribe su Evangelio, y que su cama de enferma se había vuelto la cuna de un apostolado extendido al mundo entero.

Tu fe te ha salvado

En el Buen Samaritano, dice el Papa, varios Padres de la Iglesia, entre los cuales Orígenes, Ambrosio, Agustín, han visto a Jesús mismo, quien “se inclina, lleno de misericordia, sobre el abismo del sufrimiento humano, para derramar el aceite del consuelo y el vino de la esperanza”.

Hoy, a través de una parcelación cada vez más acelerada, la medicina moderna ha llegada a considerar, lo más a menudo, al hombre enfermo no como una persona sufriente, sino como una “maquina” defectuosa, que los conocimientos y la habilidad del “mecánico” pueden reparar-sanar de una manera cada vez más precisa y eficaz, cambiando a veces algunas “piezas”, cada vez que se tenga un seguro sanitario.

La parábola no nos dice si el hombre herido ha logrado superar su situación o no ha sobrevivido a sus heridas. Sin embargo, en la actitud y en los gestos del Buen Samaritano, nos muestra qué quiere decir “tomar cuidado” del hombre atormentado en sus carnes y en su alma: ve al herido y tiene compasión de él, se detiene y cura sus llagas, lo monta sobre su jumento, lo lleva a una posada y recomienda al posadero, como dice el Evangelio, que siga tomando cuidado del herido.

Jesús, Buen Samaritano, como hizo con el paralítico que fue bajado de una apertura en el tejado delante de sus pies, se acerca al sufrimiento de la humanidad, toma en sus manos al hombre enfermo, le ofrece el perdón de Dios, y lentamente hace nacer y crecer todo un proceso que revela el sentido de la enfermedad, del sufrimiento, de la reconciliación y de la curación. A través del perdón de los pecados, Jesús moviliza a toda la persona, restableciéndola en el conjunto de las relaciones del hombre consigo mismo, con los demás, con el mundo y con Dios.

Jesús se hace cargo del hombre que yace en la calle. A veces, hace esto también sanando, pero él no es un curandero. Ofrece la salvación que se manifiesta en estos cuidados, pero no borra el dolor de la vida del hombre; asume el sufrimiento, la enfermedad y la muerte, y los transforma en acontecimientos salvíficos y, con su resurrección, hace del hombre enfermo y sufriente una nueva creación.

Salvación y curación no siempre coinciden. Viendo a los diez leprosos, Jesús les dijo que debían ir a presentarse a los sacerdotes. Mientras ellos iban, quedaron purificados. Sin embargo, uno solo ―era un Samaritano―, viéndose curado, volvió atrás y se postró a los pies de Jesús, para agradecerle. Él le dijo: “Levántate y vete; tu fe te ha salvado”. Diez habían sido curados, pero uno solo abrió su corazón para acoger la salvación.

Miles de manos tocaban la capa de Jesús, pero fue curada una sola mujer, enferma y pobre, a quien Jesús le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz”.

En este Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo, recordando el Año de la Fe que estamos celebrando, Benedicto XVI invita, pues, a los enfermos a vivir su condición de sufrimiento en una perspectiva de fe, porque “lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito”.


Giuseppe Di Salvatore

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

__________________________

[1] Cf. J. Zoa, Le Synode doit "ausculter" l'Afrique, en M. Cheza (éd), Le Synode africain. Histoire et textes, Karthala, Paris 1996, 55.



08/02/2013

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis