Italiano Español Nederlands Français
Home arrow Profundizaciones arrow “Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también” (Jn 20, 21)
Menu principal
Home
Quiénes-somos ▸
Donde obramos
Escríbenos
Secciones
África ▸
América Latina ▸
Apuntes de Espiritualidad ▸
Centro de Estudios ▸
Comprender el Derecho Canónico
Conocer la vida consagrada ▸
El Personaje
Entrevistas
Escritos de Emilio Grasso ▸
Galería de Imágenes
Islam y Cristianismo
Papa Francisco
Perfiles misioneros y espirituales
Profundizaciones
Temas de Doctrina Social de la Iglesia
Utilidades
Busca en el sitio
Mapa del sitio

Los artículos publicados
en este sitio
se pueden reproducir
parcialmente o integralmente,
 
citando la fuente
 
www.missionerh.it.

 

Los datos ingresados serán tratados bajo la normativa vigente en materia de privacidad.

Imprimir Enviar a un amigo

 

Profundizaciones

 

"COMO EL PADRE ME ENVIÓ A MÍ,

ASÍ LOS ENVÍO YO TAMBIÉN" (JN 20, 21)


Reflexiones sobre el Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI
para la Jornada Mundial Misionera 2011


El mensaje para la Jornada Mundial Misionera siempre se publica con una notable anticipación, para permitir la preparación de tal acontecimiento, y a fin de que este no sea un momento aislado en el curso del año, sino una valiosa ocasión para detenerse a reflexionar si respondemos a la vocación misionera y cómo lo hacemos; una respuesta esencial para la vida de la Iglesia[1].

Este año, el Santo Padre subraya particularmente que la misión no puede ser considerada como una entre las tantas actividades pastorales; la misión es, más bien, una dimensión transversal que las atraviesa todas, y debe tenerse siempre presente[2].

Es un aspecto importante, puesto de relieve para todas las Iglesias locales, en particular, para las de más antigua tradición cristiana, quienes, frente a las dificultades que encuentran actualmente en su seno, podrían ceder a la tentación de replegarse en las propias crisis y de destinar a la misión solo el espacio de un día, junto a numerosos temas puestos en evidencia en el curso del año, mientras que se trata de desarrollar una pastoral y una cultura misionera ad intra y ad extra, como estímulo de la nueva evangelización.

En tal sentido, el Papa, en su introducción, subraya que es la misión la que dará impulso también a la nueva evangelización de estas tierras. En el surco de su predecesor, insiste en el hecho de que "¡La fe se fortalece dándola! La nueva evangelización de los pueblos cristianos hallará inspiración y apoyo en el compromiso por la misión universal"[3].

El Santo Padre desarrolla sus reflexiones a partir de aquellos documentos que son el "abecé" de la teología de la misión: el Decreto Conciliar Ad gentes, que redescubre los fundamentos trinitarios, la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi de Pablo VI[4], que expresa la visión compleja y dinámica de la "evangelización global", y la Encíclica Redemptoris missio de Juan Pablo II, que vuelve a lanzar la urgencia de la misión. La inspiración espiritual, en fin, es sacada, en particular, de la Carta Apostólica Novo millennio ineunte, de Juan Pablo II.

Volver a encontrar el impulso de los orígenes y una mirada contemplativa

En el comienzo del segundo decenio del nuevo milenio, Benedicto XVI ratifica con fuerza la necesidad de renovar el compromiso de llevar a todos el anuncio del Evangelio, "con el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos"[5].

Un impulso y un ardor misionero que se alimenten de la fuente de su acción, y que no se dispersen en tentativas y actividades, que pierden el sabor de la misión del Señor.

El tema de la Jornada Misionera de este año, en efecto, subraya, de manera significativa, la radicación del mandato misionero de la Iglesia en el misterio trinitario, en la relación íntima entre el Padre y el Hijo: "Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también" (Jn, 20, 21).

Es una invitación a purificar las motivaciones de la misión; a dejar caer tantos aspectos secundarios; a descubrir de nuevo la dimensión de la gratuidad de la comunicación del amor, que nos ha llegado de la intimidad desbordante de la Trinidad[6]. Tal amor se ha manifestado, en su libertad, universalidad y gratuidad, en la historia. Y pide a la Iglesia ofrecer, compartir y no imponer, sino hablar a la conciencia del hombre, donde Dios está ya presente, de alguna manera.

La misión, en esta visión, es volver a llevar al hombre al diálogo trinitario: el Padre que habla con el Hijo en el corazón de cada hombre, en su conciencia despertada por el anuncio de la Iglesia.

Como es notorio, la Iglesia, desde el Concilio Vaticano II en adelante, ha profundizado en la conciencia de su naturaleza misionera y en la complejidad de la acción evangelizadora, con una riqueza de reflexión teológica y un florecimiento de experiencias; pero, ha conocido también la desorientación, la crisis misma de la misión. En efecto, la "reducción antropológica" de la misión ha llevado a una "secularización de la salvación"[7], y a una crisis sobre su sentido y su identidad específica. Esta parece disolverse solo en el cumplir obras de desarrollo y de promoción humana. La misión busca, con dificultad, el equilibrio entre diálogo interreligioso, testimonio y anuncio cristiano. Frecuentemente, en lugar de una correcta inculturación, de una inmersión, al mismo tiempo respetuosa y purificadora, del Evangelio en las culturas, se cae, en cambio, en el relativismo y en la defensa a ultranza de las tradiciones. La acción de los misioneros de los primeros tiempos, en estos campos, muchas veces ha sido juzgada sumariamente y sin tener en cuenta la cultura de su tiempo.

Frente al desaliento y a la desorientación consecuentes, es oportuno el subrayado del Santo Padre de una visión más contemplativa de la misión, que nazca de la vida de comunión trinitaria, tienda a la misma, y mire a Jesús como el misionero por excelencia, el misionero por antonomasia. Jesús, en efecto, no ha recorrido grandes distancias geográficas para construir algunas obras, sino que ha atravesado la infinita distancia ontológica entre Dios y el hombre, a quien ha alcanzado en su realidad, en sus grandezas y en sus miserias; Él ha asumido la tradición de su pueblo, pronunciando, sin embargo, una palabra de libertad y de novedad. Se ha hecho hermano y amigo, para acompañar al hombre hacia el conocimiento del Padre y el descubrimiento de una liberación y redención integrales.

Entonces, es exactamente a partir de la contemplación de Jesús misionero del Padre como se podrán vivir y desarrollar, correctamente, los signos de la presencia del Reino entre los pueblos.

Volver a las fuentes de nuestra acción misionera, al corazón de la Trinidad, encontrar de nuevo la contemporaneidad entre contemplación y acción, será la prioridad para el futuro del nuevo milenio.

 La riqueza de experiencia, de presencia del Espíritu del Señor en la misión del siglo pasado, pero también sus dificultades y sus fracasos, nos requieren este regreso al corazón de nuestra vida misionera, purificada de tantas motivaciones accesorias.

Es la contemplación del rostro del Señor, en su diálogo ininterrumpido con el Padre y en su recorrer todas las ciudades y las aldeas enseñando, anunciando y sanando[8], la que dará nuevo impulso para comunicar a todos la pasión por el Evangelio, uniendo una predicación libre y profética a la compadecida misericordia y piedad para con el pueblo.

El contemplar a la Trinidad que abre los brazos al mundo en un amor hecho Carne, que acepta extenderlos en la Cruz, y la necesidad de levantarse para ir por las calles del mundo, son dos dimensiones ligadas ambas en el envío en misión traído por san Juan: "Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también" (Jn 20, 21). La fuente trinitaria y la orden del Señor de ir a la misión son los puntos de referencia fundamentales, para el desarrollo del compromiso misionero de la Iglesia.

¡Vayan al encuentro de la humanidad!

El mandato misionero: "Vayan" es reactualizado hoy por la liturgia, nos recuerda el Santo Padre: "La liturgia es siempre una llamada ‘desde el mundo' y un nuevo envío ‘al mundo' para dar testimonio de lo que se ha experimentado: el poder salvífico de la Palabra de Dios, el poder salvífico del Misterio pascual de Cristo"[9].

Esto invita a integrar la dimensión misionera a la pastoral del domingo, de modo permanente y creativo.

La misión, a pesar de todo, se halla todavía en los comienzos[10], y Benedicto XVI insiste mucho en el hecho de que la Iglesia está llamada a arraigarse, pero, también a no cerrarse y a ir de nuevo hacia quienes nunca han recibido el Evangelio.

 Además, una preocupación toda particular el Papa la expresa por los que, aunque habiendo recibido el anuncio del Evangelio, lo han olvidado y abandonado y se han alejado de la Iglesia.

Él, en particular, llama la atención sobre los cambios culturales en acto, alimentados por la globalización, por varios movimientos de pensamiento y por el dominante relativismo, que llevan a mentalidades y estilos de vida que prescinden completamente del mensaje evangélico.

Es un desafío que Benedicto XVI vuelve a lanzar a todos los cristianos, que viven este tiempo difícil, y al mismo tiempo fascinante, para una nueva evangelización de la cultura.

En un hilo conductor coherente con la enseñanza de los precedentes mensajes, que deberían ser tomados y profundizados, el Papa, ya desde el comienzo de su pontificado, nos ha invitado a descubrir de nuevo que la misión es cuestión de amor[11], es corresponsabilidad[12], es abrir a la humanidad las puertas del futuro y de la esperanza[13], es irradiación de luz, de verdad y testimonio[14].

El año pasado, el Santo Padre ha recordado que la comunión es la clave de la misión[15]; este año, nos recuerda que la misión es estar vigilantes para vislumbrar en la historia, con mirada contemplativa, el rostro del Señor y reavivar el deseo y el gozo de ir al encuentro de la humanidad, para llevar al Cristo Salvador a todos.

Antonietta Cipollini

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)


 



[1] Cf. Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Jornada Mundial Misionera 2011, en www. vatican.va (de ahora en adelante abreviamos el título de los Mensajes de Benedicto XVI, todos disponibles en el sitio de la Santa Sede, en JMM y el año correspondiente).
[2] Cf. JMM 2011.
[3] Juan Pablo II, Redemptoris missio, 2.
[4] Cf. JMM 2011; Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 17.
[5] Cf. Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 58.
[6] Cf. Decreto Ad gentes, 1-4.
[7] Cf. Juan Pablo II, Redemptoris missio, 11.
[8] Cf. Mt 9,35.
[9] JMM 2011.
[10] Cf. Juan Pablo II, Redemptoris missio, 1.
[11] Cf. JMM 2006.
[12] Cf. JMM 2007.
[13] Cf. JMM 2008.
[14] Cf. JMM 2009.
[15] Cf. JMM 2010.

07/05/2011

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis