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CONTRA LA DICTADURA DEL RUIDO/2

El llamamiento del Cardenal Robert Sarah

 

   

   

Dios, el silencioso

Esto el Cardenal lo ha verificado muchas veces, en sus viajes en regiones devastadas por la guerra o las catástrofes naturales, llevados a cabo en su precedente calidad de Presidente del Pontificio Consejo Cor Unum, descubriendo que la oración silenciosa es el último tesoro de quien lo ha perdido todo, el extremo santuario inviolable: "El silencio era la última trinchera donde nadie podía entrar, la única habitación donde permanecer en paz".

No se puede entrar por efracción en el silencio y en la conciencia de un hombre. "La guerra, la barbarie y su cortejo de horrores comenta nunca vencerán al Dios que está en nosotros".

Se comprende, entonces, que la gran cuestión del "silencio de Dios" no ha constituido, en la vida del Cardenal, un puro ejercicio académico. "En África he sido testigo de las atrocidades más indescriptibles. En mi arzobispado he dado refugio a misioneros y religiosos que huían de Sierra León y de Liberia, países devastados por conflictos de una violencia sin precedentes. Ellos estaban llenos de horror por haber visto manos cortadas, cuerpos despedazados por minas, rostros lacerados por verdugos que ya no tenían más ninguna humanidad. Durante varios meses, he acogido en mi residencia el Arzobispo de Freetown, a Mons. Joseph Ganda, y al Nuncio Apostólico, Mons. Antonio Lucibello, con su Secretario. Son recuerdos que no se borran nunca. Ellos habían debido huir de Freetown, capital de Sierra Leona, después de haber debido abandonar Monrovia. Pero, nadie ha pensado nunca por un solo instante en atribuir esos crímenes a Dios, absolviendo a los criminales y acusando el silencio de Dios".

Sin embargo, el Cardenal sabe cuán lancinante puede ser esta cuestión. Recordando las palabras de un niño sirio quien se preguntaba, delante de él, por qué Dios no había salvado a su padre, Mons. Sarah no titubea en afirmar que Dios se revela en la lágrima de ese niño, y no en el orden del mundo o en el intento de justificar y racionalizar ese crimen. El sufrimiento no vuelve a poner en tela de juicio la omnipotencia de Dios, sino que la revela, como en la Cruz.

La sociedad contra el silencio

En contraposición a esta experiencia de la fuerza del silencio, está la constatación de su devaluación, si no de su desaparición: "La posmodernidad es una ofensa y una agresión permanente al silencio divino ... el ruido quiere impedir a Dios de hablar. El ruido es un ansiolítico engañoso, mentiroso y que produce adicción. Esta época aborrece lo al que el silencio lleva: el encuentro, la maravilla y el arrodillarse delante de Dios".

Son muchas las situaciones que llevan al autor a esta afirmación, desde el celular que suena continuamente a los oídos de quien tiene los dedos y la mente perennemente ocupados en enviar mensajes, hasta la desaparición del silencio aun de las escuelas. Hoy el silencio aparece como una debilidad, una incapacidad de defenderse, una ignorancia. "El mundo moderno es la convicción del Cardenal transforma al que escucha en un ser inferior. Con una funesta arrogancia, la modernidad exalta al hombre ebrio de imágenes y de eslóganes ruidosos".

La gravedad de las consecuencias está expresada por estas palabras fulminantes: "Al matar el silencio, el hombre asesina a Dios".

Rechazar el silencio, es negar a Dios la libertad de comunicarnos su amor.

Pero, para el Cardenal, los sumos sacerdotes de la modernidad quienes han declarado guerra al silencio han perdido ya su batalla, porque siempre tenemos la capacidad de permanecer en silencio: "La muerte del silencio es aparente. Dios siempre nos ayudará a volver a descubrirlo".

La certeza de Mons. Sarah es que la superficialidad de los valores de los medios de comunicación de masas, la dispersión de una existencia sin silencio y el narcisismo que se esconde detrás de la cháchara están destinados a disolverse como humo.

La única realidad que merece nuestra atención es Dios. Y Dios es silencioso, en espera de nuestro silencio para revelarse.

La prioridad es, entonces, encontrar de nuevo el silencio, que es la voz que lleva a Dios, su lenguaje.

La mundanidad en la Iglesia

La amarga constatación del Cardenal es que el abandono del silencio se ha difundido hasta dentro de la Iglesia, donde muchos, cediendo a la sed de poder y a la llamada de los medios de comunicación de masas, se pierden en activismos vanidosos, luchas de influencia, conflictos personales.

Es el caso de aquellos sacerdotes que "para hacerse conocer o para imponer su visión personal, hablan y hablan, repitiendo las mismas banalidades. Sería incapaz de afirmar que ellos están habitados por Dios. ... A los medios de comunicación de masas les gusta escucharlos y hacerse eco de sus naderías, en particular, si se declaran favorables a las nuevas ideologías poshumanistas, en el ámbito de la sexualidad, del matrimonio y de la familia".

Es el caso también de la "costumbre, ya muy difundida, de testimoniar en público algunas gracias obtenidas en las profundidades más secretas", a tiempo oportuno e inoportuno. Esta es una tendencia que "expone a la superficialidad, a la autoviolación de la amistad interior con Dios y a la vanidad".

Por consiguiente, "también la Iglesia tiene que apartarse de los lenguajes mundanos y de los discursos convenidos, para encontrar a Dios en el silencio. ... Si la Iglesia habla demasiado, cae en una forma de verborrea ideológica".

Pero, estas observaciones no ofuscan en el Cardenal la mirada de fe sobre la solidez de la Iglesia: "Sin embargo, desde dos mil años, ¡qué paradoja sorprendente ver a tantos teólogos charlatanes, a tantos papas ruidosos, a tantos sucesores de los apóstoles presuntuosos y chiflados de sus razonamientos! Pero, la Iglesia no puede ser derrumbada".

Michele Chiappo

(Continúa)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)




26/05/2017
 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis