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CONTRA LA DICTADURA DEL RUIDO/3

El llamamiento del Cardenal Robert Sarah

 

   

   

Custodiar el misterio

La Iglesia tiene que salvaguardar el silencio, sobre todo, en la liturgia. Delante de la majestad de Dios, las palabras tendrían que apagarse, para que el silencio sagrado abra la puerta al silencio místico. Sin la dimensión mística no se comprende la liturgia, porque los misterios no pueden ser presentados sino con un lenguaje silencioso: "Para preservar el misterio, es necesario protegerlo de la banalidad profana. El silencio desarrolla admirablemente esta función. Un tesoro debe ser colocado fuera del alcance; lo que es precioso permanece siempre velado. Nuestro mismo cuerpo está cubierto por un vestido, no porque vergonzoso o impuro, sino porque sagrado y misterioso. En la liturgia el cáliz está velado, el copón y el tabernáculo están cubiertos por un velo, cuando contienen la Presencia real. El silencio es un velo sonoro que protege el misterio. ¿No bajamos espontáneamente la voz para pronunciar las palabras más importantes, las frases de amor? Un tiempo, en la liturgia latina, las palabras tan misteriosas del Canon y de la consagración, pronunciadas submissa voz (en voz baja), se envolvían en un velo de silencio".

El lugar que debe tener el silencio en la liturgia latina es una preocupación central del libro, dado que la realidad es bastante desoladora: "Hoy la liturgia muestra una forma de secularización que apunta a proscribir el signo litúrgico por excelencia: el silencio. Algunos tratan de eliminar, a través de todos los medios posibles, los gestos de postración y de genuflexión delante la Majestad divina: sin embargo, son gestos cristianos de adoración, de santo temor de Dios, de veneración y de amor respetuoso".

La consecuencia es que "en nuestros días, tengo frecuentemente la impresión de que el culto católico ha pasado de la adoración a Dios a la exhibición del sacerdote, de los ministros y de los fieles. La piedad ha sido abolida, incluido el término mismo. Ha sido liquidada por algunos liturgistas que la han calificado como beatería, mientras infligían al pueblo sus experimentaciones litúrgicas, negando las diversas formas espontáneas de devoción y de adoración. Han logrado imponer los aplausos, hasta en los entierros, en lugar del luto, que normalmente se expresa a través de las lágrimas: ¿Cristo no ha llorado, tal vez, cuando murió Lázaro? Cuando los aplausos hacen irrupción en la liturgia, es un signo inequívoco que se ha perdido la esencia de lo sagrado".

La de lo "sagrado" es precisamente otra noción maltratada: "Algunos teólogos afirman que Cristo habría puesto fin, por la Encarnación, a la distinción entre lo sagrado y lo profano. Para otros, Dios se hace tan cerca de nosotros que la categoría de lo sagrado se habría vuelto superada. De esta manera, algunos, en la Iglesia, no logran todavía apartarse de una pastoral totalmente horizontal, centrada en lo social y lo político. En estas afirmaciones o en estos comportamientos, hay mucha ingenuidad y, tal vez, una auténtica soberbia".

Un renovado temor de Dios

El Cardenal se queja de que hoy ciertos sacerdotes tratan la Misa con excesiva desenvoltura, como un banquete locuaz al cual, ya desde la procesión de entrada, se acercan avanzando hacia el altar "charlando, discutiendo o saludando a las personas presentes, antes que hundirse en un silencio sagrado llenado de reverencia". Una vez llegados a la plegaria eucarística, se consideran obligados a improvisar o inventar algunas fórmulas que eluden las frases divinas. "Las palabras de Cristo se pregunta el Cardenal¿son, tal vez, insuficientes, por lo que se debe multiplicar las palabras puramente humanas?".

Estos, por el pretexto de hacer familiar y abordable el acceso a Dios, han querido que en la liturgia todo fuera inmediatamente inteligible: "Esta intención igualitaria puede parecer digna de alabanza. Pero, reduciendo así el misterio cristiano a algunos buenos sentimientos, prohibimos a los fieles acercarse al verdadero Dios".

El Cardenal ratifica que lo sagrado y el culto son las únicas puertas de entrada a la vida espiritual. Se precisa, por lo tanto, aprender de nuevo el temor de Dios, porque una gran regla de la vida espiritual es que la excesiva familiaridad no favorece la intimidad. Al contrario, una justa distancia es la condición para una comunión profunda.

El silencio debe ser redescubierto, sacando provecho de la riqueza de todas las tradiciones, latinas y orientales, superando contraposiciones polémicas y estériles, y disputas ideológicas que quieren humillar a la parte contraria: "En calidad de Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, quiero recordar, una vez más, que la celebración ad orientem está autorizada por las rúbricas del Misal, porque es de tradición apostólica". En efecto, celebrando orientado hacia el altar (ad orientem), el sacerdote "está menos tentado de volverse un profesor que da clase durante toda la Misa, reduciendo el altar a una tribuna cuyo eje no es más la Cruz, sino el micrófono. Al contrario, orientado hacia el Oriente y la Cruz, el celebrante toma conciencia de que es, como recuerda a menudo el Papa Francisco, un pastor que camina delante de las ovejas. El sacerdote se acuerda de que es un instrumento en las manos de Cristo sacerdote, y que tiene que callarse para dejar penetrar la Palabra. Sus palabras son irrisorias frente al único Verbo eterno".

La lectura de este libro será muy provechosa no solo para quien busque a Dios, sino también para aquellos sacerdotes que quieran acompañar a una comunidad parroquial a descubrir de nuevo la fecundidad del silencio. Como, en el plano personal, la conquista del silencio es una lucha y una ascesis, así, en el plano pastoral, se precisa audacia para liberarse de prácticas que, cediendo a la banalidad de arbitrarios lugares comunes, han desterrado el silencio de las iglesias y de la liturgia.

Michele Chiappo

  (Traducido del italiano por Luigi Moretti)



 

"El silencio es difícil, pero hace al hombre capaz de dejarse conducir por Dios. Del silencio nace el silencio. A través de Dios, el silencioso, podemos tener acceso al silencio. Y el hombre no cesa de sorprenderse de la luz que mana de él. El silencio es más importante que cualquier obra humana. Porque expresa a Dios. La verdadera revolución deriva del silencio, nos lleva a Dios y a los demás, para ponernos humilde y generosamente a su servicio".


29/05/2017
 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis