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   EL PAPA, EL FILÓSOFO Y LA FE DE LOS APÓSTOLES

 
El 30 de junio de 1968, Pablo VI pronunció en San Pedro el "Credo del Pueblo de Dios". En su redacción contribuyó de manera decisiva la amistad de Montini con el filósofo Maritain

 

  


El 29 de junio de 1978, fiesta de los Santos Pedro y Pablo, al Papa Pablo VI le quedaban pocas semanas de vida. Esa habría sido la última celebración pública de su Pontificado. En la homilía, el Papa anciano y herido por la pérdida de su amigo Aldo Moro, quiso esbozar un tremendo resumen del tiempo difícil "durante el cual el Señor nos ha encomendado a su Iglesia". Y quiso recordar como un "acto importante" de su Pontificado la profesión de fe que diez años antes, el 30 de junio de 1969, pronunció solemnemente "en nombre y por el compromiso de toda la Iglesia como 'Credo del Pueblo de Dios'": la "sumaria profesión de fe" que quiso proponer como una vuelta "a las fuentes", en un momento en el que "fáciles experimentalismos doctrinales parecían sacudir la certeza de muchos sacerdotes y fieles".

El Credo del Pueblo de Dios es uno de los gestos más claramente proféticos de todos los sucesores de Pedro durante el siglo pasado. Sucede a menudo, sobre todo cuando los Papas se limitan a hacer el propio oficio. Precisamente con esa confesión de la verdad de la fe cristiana, Montini volvió a repetir que la salvación saboreada por los pecadores en la tierra es don de la gracia, y no de las certezas (incluso las certezas ético-religiosas) construidas por los hombres. Confesó con palabras simples que la Iglesia no es una organización religiosa de puros y perfectos, comprometida en construir, a partir de sí misma, la propia relevancia en la historia, puesto que ella misma "no posee más vida que la de la gracia".

Un "Año de la fe" maltratado por la "intellighentsia"

Entre 1967 y 1968, Pablo VI quiso dedicar un año de celebraciones a los apóstoles Pedro y Pablo, en el 19 centenario de su martirio. Ese fue "el Año de la Fe". El Papa Montini quiso concluirlo en la Plaza San Pedro, el 30 de junio de 1968, pronunciando una solemne profesión de fe, que fue presentada por él mismo como el Credo del Pueblo de Dios.

El Año de la Fe representó un parteaguas decisivo (aunque no haya sido advertido por muchos en su momento) para el Pontificado de Pablo VI, y también para el camino de la Iglesia.

Había concluido poco antes el Concilio Vaticano y la primavera eclesial anunciada comenzaba a llenarse con signos de malestar, producidos por el triunfalismo clerical de todos los que se enorgullecían de haber inaugurado un cristianismo "nuevo", "adecuado a los tiempos". "No se puede demoler a la Iglesia de ayer para construir a una nueva hoy", advirtió el mismo Montini durante una audiencia en 1966. Pero no renegó el camino conciliar, ni proclamó "batallas culturales" frente a hechos y fenómenos que provocaban inquietud. En ese momento, para Pablo VI, lo único que era adecuado para los tiempos era recordar y repetir a toda la iglesia cuáles son sus únicos tesoros: la fe de los apóstoles, custodiada por la tradición, y los pobres, que son los primeros que han sido llamados a gozar de los dones de la gracia. No es casual que en 1967 dedicara su encíclica Populorum progressio a los "pueblos del hambre" que clamaban a los "pueblos de la opulencia".

Después, en la Iglesia pocos fueron los que apreciaron la lucidez de la decisión "minimalista" de Pablo VI. Los iluminados y los progresistas dijeron que se trataba de un repliegue tardío, puesto que, según ellos, la catástrofe había comenzado precisamente con la renovación conciliar, timoneada por el Papa Montini.

Para los clericales de todo tipo, la simple proposición de los contenidos esenciales de la fe católica era una respuesta "demasiado simple" ante las provocaciones de la historia y la crisis de la Iglesia. Según ellos, había que elaborar una estrategia más compleja. Para adecuarse al mundo, decían unos. O para resistir al asedio de la modernidad y combatir, decían otros.

El ex jesuita Carlo Falconi, que era el "jefe" de los vaticanistas del periódico "L'Espresso", escribió que "el Año de la fe" y el Credo del Pueblo de Dios habían sido "devorados por el silencio". Sin embargo, precisamente las palabras y los gestos del magisterio montiniano de ese año (a partir del Creo del Pueblo de Dios) sugieren recorridos fecundos también para la Iglesia del presente, que sigue estando tentada de encomendar la propia misión a estrategias de mercadeo funcionalistas.

Durante todo el Año de la Fe, Pablo VI, repitió que "permanecer" en la fe de los apóstoles, sin inventarse nada, es el camino más sencillo para custodiar el tesoro de la gracia que el Señor da a la Iglesia. En esta simple fidelidad puede florecer, gratuitamente, el don de la vida cristiana. El 26 de junio de 1968, escandalizando a buena parte de los clericales intelectualoides, proclamó la autenticidad de las reliquias corporales de san Pedro, halladas y reconocidas con rigor científico por la arqueóloga Margherita Guarducci.

Según el Papa Montini no podían "ser descuidadas por nosotros los romanos, ni por los que en Roma caminan, estas referencias humanas y materiales a la memoria de los Apóstoles, por cuyo mérito comenzó nuestra vida religiosa". Después, el 30 de junio, el Año de la Fe fue coronado precisamente con la solemne profesión del Credo del Pueblo de Dios. Un texto que insistía en lo que se formuló en Nicea, que se recita en la Misa, pero con importantes desarrollos.

En el 2008, en una entrevista con la revista internacional "30Giorni", el ya fallecido cardenal dominico Georges Cottier (1922-2016) contó que quien escribió un borrador del Credo de 1968 fue nada más y nada menos que Jacques Maritain, el gran filósofo francés, teórico del encuentro entre el cristianismo y la modernidad, que en las décadas anteriores fue defendido públicamente por Montini, cuando algunos teólogos del Santo Oficio querían condenarle con la acusación de "naturalismo integral".

Después del Concilio, también el ya anciano Maritain, de más de 80 años, se convirtió en un crítico de las pseudoactualizaciones culturales, con las que veía engalanarse a laicos y eclesiásticos, bajo el pretexto de la apertura al mundo. Pero, en su opinión, no había que responder a la crisis con medidas disciplinarias. Convenía más bien repetir con toda sencillez los puntos esenciales de la fe de la Iglesia misma, proclamada por los Concilios ecuménicos más importantes.

En una carta a su amigo, el cardenal Charles Journet, Maritain escribió sus intuiciones: ante la condición de la fe en el mundo, se necesitaba "un acto dogmático, en el nivel de la fe misma": es decir "que el Soberano Pontífice redacte una profesión de fe completa y detallada, en la que se explicite todo lo que está realmente contenido en el Símbolo de Nicea".

En la entrevista citada, Cottier contó que mediante Journet, la intuición de Maritain fue comunicada a Pablo VI, quien envió la invitación a Journet para que le mandara un borrador del texto. Maritain escribió un texto, que después fue publicado en su versión definitiva, sin demasiadas correcciones. En el documento, se confiesan los artículos propios de la fe católica, como el pecado original, los misterios de la encarnación, muerte y Resurrección de Jesucristo, la naturaleza del sacrificio de la Misa, la presencia corporal de Cristo en la Eucaristía, la creación ex nihilo del mundo y de cada alma humana.

El Credo del Pueblo de Dios representa un gesto profético también por la manera concreta en la que fue promulgado. Una simple "Confessio", que el sucesor de Pedro hizo propia, encomendándose con confianza y sencillez al sensus fidei del viejo amigo filósofo, que había sido acusado de llegar a pactos con la modernidad secularizada.

Gianni Valente

© Vatican Insider - 28 de junio de 2018
    Fotos a cargo de la redacción de www.missionerh.it

 


01/07/2018
 

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