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Profundizaciones

 

EN LA PENUMBRA DE UNA IGLESIA


En uno de estos domingos, he tomado un poco de tiempo para visitar algunas iglesias de la ciudad, en el horario de la Misa. Acerca de la situación de la Iglesia en Bélgica, conocía solamente lo suficiente para no extrañarme de los pocos fieles que estaban presentes: la mayoría ancianos, algunos niños y dos o tres jóvenes.

No hay nada que ver, he pensado, con las suntuosas liturgias de las parroquias camerunesas, llenas de color y espumeantes de vida, a las cuales los fieles participan, ciertamente con su voz, pero también con sus manos, sus pies, todo su cuerpo, con los cantos, la danza, las procesiones.

Iglesias atestadas, donde las personas se arriman una a otra para dejar sitio a todos. Y muchos permanecen fuera, bajo un sol ardiente, siguiendo la celebración y buscando ver... Todos, fuera y dentro, quieren ver la danza de la coral que acompaña los cantos y la música, con la gran cantidad de gestos, que quieren expresar la participación de toda la persona.

La oración y la súplica al Señor son acompañadas por las manos, que se tienden y se abren para acoger su misericordia. El gozo y el canto de gloria estallan en los gritos de júbilo y en los bibui - algunos mechones de fibra de rafia - que revolotean en el aire y dibujan una fiesta de movimientos sincronizados, escandidos, ondeantes en el mismo ritmo.

No hay nada que ver, decía dentro de mí, con las liturgias en las iglesias que visitaba este domingo en la ciudad.

¿No hay nada que ver? No totalmente, cuando me vuelve a la mente el recuerdo de la Iglesia en Bélgica de algunas decenas de años atrás.

La Iglesia belga, sociológicamente muy viva, ocupaba, con su peso espiritual, material y moral, todo el espacio público. Sus liturgias - ciertamente diferentes como su genio cultural - eran suntuosas al menos como las africanas. Por otra parte, para imaginarlas basta con observar ciertas tradiciones que han permanecido vivas hasta hoy.

Después, a causa de la secularización y la emergencia de estructuras y servicios estatales modernos, que han decretado el fin de la función de suplencia de la Iglesia, nos hemos hallado de nuevo con iglesias desiertas y seminarios vacíos.

"¿Y si, el día de mañana, las iglesias de África se volviesen como las de Bélgica?". Es una pregunta que podríamos hacernos más que legítimamente.

No es necesario hacer un gran esfuerzo para imaginar esto, no solo cuando se reflexiona sobre la historia de la Iglesia en los países de antigua cristiandad, sino también cuando se echa una mirada sobre la de la Iglesia en Camerún.

Son un lejano recuerdo los "tiempos heroicos", cuando los fieles recorrían, a menudo, centenares de kilómetros a pie, para participar en la Misa de las grandes fiestas en Mvolyé, la iglesia-madre de Yaoundé.

Hoy, vivir a dos o tres kilómetros de la iglesia es ya un motivo suficiente para no participar en la Misa el domingo, porque la iglesia está demasiado lejos. Y son los hijos de los primeros cristianos. O aquel otro fulano, que justifica su ausencia por el hecho de que ya no ve muy bien... Sin embargo, ¿no estaba presente, precisamente él, en el entierro del día anterior, en aquel pueblo a unos veinte kilómetros de distancia, sin duda, recorridos a pie?

Ya no son los tiempos en los que Mons. Vogt, entonces Obispo de Yaoundé, podía anotar en su diario que en la Navidad de aquel año (1933), en Mvolyé, se habían hecho, en la Misa de medianoche y en la del día, casi diez mil comuniones.

La historia de la evangelización de la población de nuestras parroquias en Camerún es común a toda la provincia del Centro, y está caracterizada por el "milagro camerunés" de la conversión fulminante de los Bëti, que se ha llevado a cabo en el espacio de treinta años (1901-1931). Desde la decena de alumnos bëti bautizados en 1901, se pasa, en el espacio de treinta años, a 136.000 bautizados y 72.000 catecúmenos, para llegar, en 1943 a 400.000 bautizados, es decir, la totalidad de la población bëti.

La función de la escuela fue el factor decisivo del éxito de la misión católica en el Camerún central. De la escuela salieron fuertes personalidades educadas en la fe católica, que tuvieron una función preponderante en la evolución de la sociedad tradicional y en la expansión del cristianismo. Ellas se volvieron aquellas élites y aquellos cuadros, que prepararon y fueron protagonistas del "tiempo de las independencias".

Pero, en el curso de una generación, según el Prof. Laburthe-Tolra, el mayor estudioso de la sociedad bëti, las élites y los cuadros se han vuelto solo una clase de especuladores, agnóstica y atea[1].

Actualmente, las estadísticas siguen mostrándonos todavía a una Iglesia en crecimiento, llena de vitalidad, con seminarios y casas religiosas desbordantes.

Precisa, sin embargo, tener mucho cuidado con las ilusiones y los fáciles triunfalismos, cuando nos deleitamos en evaluar los números, con una visión puramente sociológica del cristianismo, que es destinada, un día u otro, a derrumbarse.

La muchedumbre que llena las iglesias - que, cuando no hay celebraciones, permanecen desconsoladamente vacías - o las masas de cristianos que desfilan en las procesiones podrían engañarnos, sobre la existencia de espacios cristianos adquiridos definitivamente, una vez por todas.

La desilusión podría sorprendernos sin piedad, cuando nos demos cuenta de cómo, en los momentos cruciales de crisis y elección, las relaciones de naturaleza, de sangre, de clan no tardan en retomar la delantera sobre las de la gracia, sobre el coraje y la libertad evangélicas, sobre la fidelidad a la Iglesia, porque, en el fondo, como aceite sobre el agua, el cristianismo no ha penetrado la cultura y las mentalidades.

Mirando, entonces, a los pocos fieles que participaban de la Eucaristía en estas iglesias belgas, he recordado a mí mismo, como escribía Emilio, que no son ni las muchedumbres de fieles que llenan las iglesias en África, ni las que invaden, de vez en cuando, las plazas o los estadios en Europa, las que tienen que atraer nuestra mirada. Son, más bien, la simplicidad y la pobreza de los que se encuentren de nuevo, tal vez solos, en la penumbra de una iglesia, ante el Señor, que dirige a cada uno de nosotros las preguntas más cruciales sobre el sentido de nuestra vida[2].

Giuseppe Di Salvatore



[1] Cf. Ph. Laburthe-Tolra, Vers la Lumière? ou le Désir de Ariel. A propos des Beti du Cameroun. Sociologie de la conversion, Editions Karthala, Paris 1999, 484.
[2] Cf. E. Grasso, La crisi della nostra fede, en "Missione Rh" n. 89 (2009) 1.

12/04/2010


 
 

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