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Profundizaciones



ENTIERROS A MEDIDA

Sociedad posmoderna y exequias cristianas

 

Suena el teléfono de la secretaría parroquial. Son los encargados de las honras fúnebres que comunican  el fallecimiento de una persona, y toman acuerdos con el párroco sobre el día de la vela de oración y del entierro. Luego, el párroco llamará por teléfono a la familia, para fijar un encuentro y planificar la preparación de la liturgia, llenando algunos formularios apropiados.

"Escoger tres de los siguientes textos": y la familia marca la casilla de un breve texto que habla del amor del difunto o de la amistad o del gozo, del coraje, del trabajo, de la disponibilidad y generosidad, y así por el estilo.

"¿La familia quiere proponer algunas canciones?". Se escribe, entonces, los títulos de las canciones que al difunto le gustaban más o que crean aquella atmósfera que se conjuga mejor con la emoción del momento. Los sitios web de las honras fúnebres crean playlist con los top 10 del momento, para las liturgias de las exequias.

Luego, se decide sobre la ceremonia de la distribución de las estampitas con la foto del difunto, con la lista de las personas de la familia que anuncian la muerte de su querido marido, papá, abuelo, tío… Frecuentemente, en la estampita se encuentra impresa la huella de la pata del perro que "anuncia", también este, la muerte de su fiel dueño.

Si la familia quiere decir unas palabras de despedida, puede hacerlo después de la Comunión. Hay un tiempo previsto para esta finalidad. "Ciertamente, señor párroco. Pero… ¿cuándo es el momento de la Comunión?", pide bastante tímidamente el hijo del difunto.

La situación de la Iglesia en Bélgica

 Ciertamente, durante la celebración de las exequias, las iglesias están requetellenas, como no lo son ni siquiera en Pascua y en Navidad. Todos rigurosamente adultos, y la mayoría ancianos. Muy pocos son los jóvenes presentes, y no hay ningún niño.

La impresión que se experimenta durante el desarrollo de la celebración, sin embargo, es que la enorme mayoría de aquellas personas ya no sabe en qué está participando, y no solo porque ya no hay casi nadie que sea capaz de responder a las invitaciones del sacerdote o del diácono, sino sobre todo porque su cara parece un continuo signo de interrogación. Casi gente despistada, caída en un lugar nuevo o extraño.

Según un estudio del CRISP[1]del año pasado, que se refería a la situación de la Iglesia Católica belga en el contexto de la crisis actual, la frecuencia a la Misa dominical de los fieles entre los cinco y los sesenta y nueve años ha bajado del 29,4% de 1977 al 13,1% de 1996, esto es, una disminución del 55% en el espacio de dos decenios. Ha llegado al 5,0% en 2009, asaber, una disminución del 62% con respecto al
1996, es decir, en quince años.

El estudio revela, además, que el porcentaje de los matrimonios religiosos en Bélgica en 2007 ha bajado desde el 77,7% de 1977 hasta el 25,6%, y los bautismos desde el 85,2% hasta el 54,6%. El porcentaje de los entierros es el que permanece el más alto, con 58,4% de los fallecimientos celebrados en la iglesia; pero es también el que ha bajado más: era del 83,7% en 1977 y, mientras hasta 1996 había disminuido del 7%, en los últimos once años ha bajado del 25%.

A pesar de la tendencia a la disminución, la celebración de los bautismos y de los entierros permanece todavía relativamente alta. Ciertamente, hay cada vez más entierros que se celebran en las aulas de las honras fúnebres, previstas para esta finalidad, pero parecen todavía faltar válidas alternativas, fuera del cuadro religioso, que sean portadoras de sentido para estos momentos del comienzo y del fin de la vida.

El fin de las "grandes narraciones"

 La sociedad moderna, con el espacio cada vez más hipotecado por la urbanización, había simplificado, hecho desaparecer o cuanto menos privatizado los ritos fúnebres tradicionales. Los "lugares" de la muerte han cambiado, pasando de la casa donde se moría y se velaba al difunto, al hospital y a la sala de las funerarias.

Hoy, la muerte está confiada a las manos expertas de técnicos y profesionales, de especialistas en la muerte y en la sepultura o la cremación. También la soledad en la muerte se soluciona con la intervención tal vez de la Municipalidad, como se lee en un diario de hace pocos días, que hace un llamamiento a voluntarios para asistir en el entierro de una mujer que no tenía ningún pariente[2].

La muerte se encontraba "deconstruida", asumida como acontecimiento "técnico-biológico", como un accidente, una "cosa" que, al igual que todas las demás, es manipulable por el hombre mismo con los instrumentos y las técnicas adecuadas. También el cuerpo del difunto tenía que ser lo más disimulado posible, con los cuidados aptos para hacerlo aparecer casi durmiente y no muerto. Todos estos son signos que obedecían, conscientemente o no, al mismo principio que era el de evacuar la muerte, de negar la realidad de la misma, de no mirarla y no hacerla ver, sobre todo a los niños.


Con la caída de las ideologías que exhibían aquellas "grandes narraciones" que son capaces de dar un sentido al "drama" (en el sentido etimológico de la palabra griega drama "acción" y del verbo griego drao "actuar"; en el sentido de cumplir, llevar a término una elección-acción cumplida por el hombre) de la vida del hombre y de la historia, se asiste en la sociedad posmoderna a la vuelta de lo "trágico", como dice el sociólogo Maffesoli, a una especie de resignación al destino, que se expresa bajo formas de inconvenientes y de puro presente.

A la ideología del progreso y del futuro radioso se le sustituye un universo de pequeños ritos y placeres, de imaginarios compartidos en una multitud de grupos "tribales"; un nuevo encantamiento del mundo y una aquiescencia a la plenitud del instante y del efímero, en una síntesis nueva entre arcaísmo y desarrollo hipertecnológico.

Frente a la "solidez" de las certezas del pasado reciente, la actual sociedad se presenta en forma "líquida": en ella cada individuo es creador de su propia identidad y de su personalísima verdad.

También la muerte es un hecho inherente a la esfera privada, donde la autoridad en materia de decisiones pertenece al individuo. Pero, de ella no se sabe y no se quiere hablar, sobre todo al enfermo, como si la muerte ideal fuera la que acontece sin que uno se dé cuenta; precisamente aquella muerte súbita, como nota Ariès, de la que se tenía mucho temor en la Edad Media y para conjurar la cual se rezaba, en el pasado[3].

La multiplicidad de pequeños mitos y ritos personalizados

La gran cantidad de pequeños mitos y ritos personalizados que nace con la vuelta de lo "trágico" permite, por eso, pensar en cierto modo también en la muerte.

Sin mitos, en efecto, se vuelve imposible dar un sentido al escándalo de la muerte, aunque estos mitos posmodernos, a diferencia de aquellos que son propios de las ideologías o de las grandes religiones, no tienen ninguna pretensión de verdad absoluta y totalizadora.

Estos permiten, sin embargo, componer en alguna manera la intensidad de las emociones ligadas al evento de la muerte, y producen una gran cantidad de pequeños ritos que quisieran conformarse a la fatalidad de los acontecimientos, y romper con la pretensión de las religiones tradicionales de "dramatizar" el destino del difunto, y de darle un comienzo en el tiempo y un fin en la eternidad.

Si la angustia frente a la muerte estaba en cierto modo superada por la sociedad moderna, a través de la ocultación de los restos mortales en la inhumación, en la espera de una vida nueva que prometía la resurrección del cuerpo o el nacimiento del hombre nuevo, en la perspectiva marxista, los ritos de la sociedad posmoderna son, en cambio, miméticos, dice Berzano, y simulan el mantener con vida a la persona desaparecida.

 La conciencia del individuo posmoderno, formada por el zapping, tiene la sensación de que el difunto se ha sustraído, inesperadamente, a las reglas del juego de aparición y de desaparición en el cual estamos sumergidos, e intentará volver a comprenderlo en tal mecanismo. A través de ritos personalizados, se buscará reproducir al difunto en imágenes en los medios de comunicación de masas, en el proyectar los videos grabados, en el escuchar su voz y sus palabras guardadas en file audio, es decir, mantenerlo presente en una vida virtual[4].

Se escoge textos y palabras, gestos e imágenes, canciones y símbolos, que sean capaces de suscitar la emoción y la implicación psicológica y sentimental de quien participe. Lo importante es que todo sea lo que el difunto ha amado, y en el cual se puedan reencontrar su gusto y sus razones de vida.

Entierros a medida

La liturgia de las exequias se transforma casi en un contenedor, dentro del cual se desarrollan estos pequeños y personales ritos, elegidos por los familiares del difunto, que tienen la función de dar cuerpo a la emoción de los participantes, y de personalizar un rito que ya no resulta comprendido por la mayor parte de quienes entren en una iglesia solo por aquella ocasión.

Frente a la situación de estas asambleas, se intenta "adaptar" la liturgia, como se hace ya de manera general para las celebraciones dominicales. ¿Las lecturas son "difíciles"? Se hace una versión de ellas libremente inspirada o se sustituyen con trozos sacados de textos de escritores. ¿Las oraciones no son elocuentes? Se inventa o se busca en Internet otras oraciones. ¿La plegaria eucarística es complicada? Se encuentra en internet otras más "aptas". Se crea, con el sistema de copia y pega, liturgias diferentes, que poco o nada tienen que ver con la Liturgia de la Iglesia.

 Para la liturgia de las exequias, el discurso siempre es el mismo: "La gente no entiende". Y entonces se inserta elementos que ella puede entender, que ella elige y que son portadores de significado para su sensibilidad y emotividad; se hace celebraciones y entierros a elección y a medida.

No se puede no notar, a este propósito, que los celebrantes, "autorizando toda forma de rito improvisado, declaran una recíproca no pertenencia: la no pertenencia de la liturgia a los participantes, quienes en ella no encuentran elementos en que poderse reconocer y por los cuales sentirse interpretados; al mismo tiempo, la no pertenencia a la liturgia de los participantes que soportan la misma como extraños o, al máximo, de la cual quedan espectadores"[5].

La liturgia cristiana, como todo rito fúnebre, está también llamada a administrar las emociones, pero la misión primaria de la Iglesia no es, por supuesto, la de ofrecer una celebración que sea solo un sostén a la necesidad psicológica de elaboración del duelo.

Ciertamente las preguntas y las necesidades puestas por los hombres constituyen el punto de partida de toda acción pastoral. Estas, sin embargo, deben ser evangelizadas y no constituyen el criterio último de una pastoral, que, en cambio, se encuentra en el anuncio del misterio pascual, que invita a hombres y culturas a la conversión.

Celebración del misterio pascual de Cristo Señor

En efecto, en la introducción al Ritual de las Exequias, se afirma claramente que "la liturgia cristiana de los entierros es una celebración del misterio pascual de Cristo Señor", y que "en las exequias, la Iglesia ruega para que sus hijos, incorporados por el Bautismo a Cristo muerto y resucitado, pasen con Él de la muerte a la vida y, debidamente purificados en el alma, sean acogidos con los elegidos en el cielo, mientras el cuerpo espera la feliz esperanza de la venida de Cristo y la resurrección de los muertos".

Hoy se da cada vez más espacio a la memoria del difunto, la Iglesia, en cambio, nos recuerda que en la celebración de las exequias cristianas es central la memoria del misterio pascual de Cristo Señor, y que no a los difuntos sino a los vivientes se proclama la Palabra que da sentido a la vida y a la muerte, que "dona la esperanza de encontrarnos todavía en el Reino de Dios, reaviva la piedad hacia los difuntos y exhorta al testimonio de una vida verdaderamente cristiana", dice todavía la Introducción al Rito de las Exequias.

 A una sociedad que intenta "recuperar" también a la muerte y poderla insertar en su presente, dándole un sentido según el propio individual y emotivo punto de vista, la Iglesia no le puede hacer faltar el testimonio crítico y profético que el sentido, frente al misterio de la muerte, no es dado sino en el "escándalo" de un Dios que ha padecido en el sufrimiento de Cristo, que ha muerto en la cruz de Cristo, para que nosotros viviéramos en el acontecer de su resurrección.

La respuesta a la absurdidad de la muerte, sobre todo cuando acontece de manera trágica, para el cristianismo, no es dada fuera de otra absurdidad y locura que manifiesta a un Dios, quien, en la extrema debilidad, despliega su omnipotencia; un Dios que se hace Siervo sufriente y que, en su anonadamiento, vence a las potencias de la muerte.

Allá donde algunos hombres sufren porque aman, Dios sufre en ellos. Allá donde Dios ha padecido la muerte de Jesús y ha demostrado en ella la fuerza de su amor, también los hombres encuentran la fuerza para aguantar lo que aniquila y mantener lo que está muerto. La historia dolorosa del mundo está integrada en la historia de Dios, gracias a la historia dolorosa de Cristo.

Es este el proprium del mensaje frente al misterio de la muerte, que la Iglesia debe tener el coraje de proponer, en la fidelidad a Quien continúa repitiendo también al hombre de nuestra sociedad posmoderna: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. El que vive, el que cree en mí, no morirá para siempre".

Giuseppe Di Salvatore

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 



[1] Cf. E. Arcq - C. Sägesser, Le fonctionnement de l’Église catholique dans un contexte de crise, en Courrier hebdomadaire, n. 2112-2113 (2011), 66-67. El CRISP es el “Centre de recherche et d'information socio-politiques” de Bruselas .

[2] Cfr. Vrijwilligers maken begrafenis minder eenzaam, en www.standaard.be/artikel/detail.aspx?artikelid=DMF20120903_00281496

[3] Cf. Ph. Ariès, Storia della morte in Occidente dal Medioevo ai nostri giorni. Traducción de S. Vigezzi, Rizzoli Editore, Milano 1978, 190-201.

[4] Cf. L. Berzano, Forme di lutto nella società postmoderna, en La buona morte. A cargo de L. Novati, Morcelliana, Brescia 2009, 111-113.

[5] G. Boselli, Umanità della liturgia umanizzazione della morte. Riflessioni in margine alla nuova edizione del Rito delle esequie, en http://www.sangiuseppelavoratore-or.it


26/11/2012

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis