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Profundizaciones



N. MANDELA 46664/1

Luchábamos para preservar nuestra humanidad  

 

 Estaba ya allí desde 2004, la estatua de Mandela, en Sandton, un suburbio de Johannesburgo. Él, en estado de rigidez aún antes de morir, en un monumento de dimensiones y estilo norcoreanos, como se ha escrito, sonríe desde seis metros de altura, en uniforme de penado a cadena perpetua, en medio de una concentración de boutiques exclusivas, poco distante de la nueva Bolsa y de la eterna township de Alexandra (donde Mandela vivió un año, en 1941). No haya, tal vez, un lugar en todo Sudáfrica que, mejor que Sandton, esclarezca el pacto social propuesto por los veinte años de gobierno del African National Congress (ANC): se enriquezca quien pueda, a la sombra bendiciente de un Mandela reducido a un icono, a los pies del cual se concluyen negocios millardarios[1].

Sobre Nelson Mandela se ha escrito y se escribirá mucho todavía, tanto su figura resalta todavía en el panorama mundial y permanece su carga simbólica, y, a menudo, no se logra escapar de la retórica, buscando dejar intacto el icono de Madiba (el nombre de clan con que es llamado afectuosamente), que ha desafiado y vencido el sistema del apartheid, y atribuyendo a sus sucesores la culpa de “un Sudáfrica que ha traicionado el sueño de Mandela”. Y no es falso. La masacre de los 36 mineros de Marikana, que hacían huelga, muertos en agosto de 2012 por la policía, evoca oscuramente otras masacres, otros nombres, Sharpeville 1960, Soweto 1976.

Seguramente, el precio que pagar para poner término al apartheid y evitar el baño de sangre de una guerra civil fue muy pesado. En las negociaciones con De Klerk y después, durante su presidencia, Mandela tuvo que elegir, sufrir, aceptar una política económica ultraliberal (¡y no era exactamente lo  previsto en 1955 por la Carta de la Libertad del ANC!), y dar la garantía que las desproporcionadas riquezas de la minoría blanca no habrían sido tocadas[2]. “Si queríamos inversiones dirá luego Mandela teníamos que eliminar el temor del mundo económico, según el cual su patrimonio habría sido nacionalizado”[3].

Mandela ya ha llegado al fin de su “largo camino hacia la libertad”, el camino extremadamente atormentado y, al mismo tiempo, apasionado de un hombre que supo ir hasta el final en lo que creía. No es un icono ni un mesías. Y ni siquiera un santo: “Nunca lo he sido escribía Mandela, tampoco sobre la base de la definición terrena de santo como un pecador que nunca deja de intentar mejorarse”[4].

Y, sin embargo, el aura mítica de este hombre, que se ha vuelto al mismo tiempo un ideal y una leyenda, no ha hecho sino crecer desde el momento de su encarcelación. Hombre de carne y de debilidades, de errores y a veces de extravíos, de rectitud y de extraordinaria fidelidad, Mandela no se ha vuelto por casualidad el personaje clave de un Sudáfrica en el ojo del huracán[5].

Antes de que en la marcha de la historia, escribe Mario Vargas Llosa, es en la soledad de su conciencia en que ese hombre ha nacido, en el espacio cerrado de una minúscula celda, a través de un trabajo interminable, lento, como una lancinante gota de agua que rompe la roca, y que cava un surco en los rangos de sus compatriotas[6].

La verdadera libertad ya me había sido robada

Nacido el 18 de julio de 1918 en Mvezo, una pequeña aldea del Transkei, región situada a 1.300 km al este de Ciudad del Cabo, Mandela recibió del padre el nombre de Rolihlahla (que familiarmente significa “buscabroncas”), y de la maestra de la escuela, el nombre de Nelson.

Pertenecía a la familia real de la tribu de los Thembu. Por eso, después de la muerte del padre, Mandela fue tomado en casa por el tutor, el regente de la tribu. Por él fue enviado a estudiar.

Dividido entre dos mundos, Mandela aprendió a leer y escribir sentado en los bancos de una escuela misionera, y en las ceremonias de iniciación o en la corte del soberano de la tribu aprendió la epopeya de los Thembu. Asistía a las interminables sesiones del tribunal tribal presidido por el regente, pero, a los veinte años, se inscribió en la Universidad de Fort Hare, la única a la que podían acceder los negros en Sudáfrica, centro de atracción de muchos estudiosos africanos de todas las regiones orientales y centro-meridionales del continente.

Es en Fort Hare donde Mandela descubre el nacionalismo afrikaner, entra en contacto con el marxismo, que no lo convence, y con la no-violencia de Gandhi, del que comparte las ideas. Descubre, discutiendo con sus compañeros hostiles al gobierno blanco, la existencia del African National Congress. Se compromete y toma posición a nivel de la Universidad, y es expulsado de la misma.

 Fue en aquel momento en que el regente decidió, como era tradición, darle una esposa. La escogió él mismo, concertó el matrimonio y le anunció la decisión. Era el 1941. Mandela tenía 23 años. “Mientras no pensaba en la posibilidad de combatir el sistema político de los blancos escribía Mandela estaba muy pronto a rebelarme contra el sistema social de mi pueblo… no habría permitido a nadie, ni al regente, escogerme a la esposa”[7].

Decidió romper con el regente, con la familia, con esa sociedad tradicional, y huyó. “No he nacido con la sed de libertad. He nacido libre escribirá más tarde, libre en cada sentido que pudiera conocer… Hasta que obedecía a mis padres y respetaba las tradiciones de mi tribu, no estaba obstaculizado por leyes divinas ni humanas. Solo cuando he descubierto que la libertad de mi infancia era una ilusión, que la verdadera libertad ya me había sido robada, he comenzado a sentir la sed de ella”[8].

El compromiso político

Después de varias peripecias, llegó a Johannesburgo: “Yo había llegado al fin de lo que parecía un largo viaje dice, pero, en realidad, no era sino el comienzo de un viaje infinitamente más largo y peligroso, durante el cual habría encontrado pruebas que entonces ni siquiera imaginaba”[9].

Encuentra un trabajo como guardián nocturno en una mina, del cual poco después es despedido por presión del regente, y luego en un estudio de abogados. Más tarde, empieza sus estudios de derecho en la Universidad de Witwatersrand, donde encuentra a numerosos jóvenes quienes serán los futuros activistas del Movimiento antiapartheid.

 Mandela y SisuluEn 1944, con Walter Sisulu y Oliver Tambo funda la Liga Juvenil del ANC, y de allí comienza su recorrido político, que lo verá cada vez más protagonista en la lucha contra el régimen del apartheid. Después de la masacre de Sharpeville del 21 de marzo de 1960, en que la policía asesinó a 69 personas, el Gobierno declara el estado de emergencia. El año siguiente, Mandela está obligado a la clandestinidad, y funda el brazo armado del ANC, el Umkhonto we Sizwe, “La Lanza de la Nación” (MK).

Detenido en agosto de 62, Mandela es llevado al tribunal. Allí se dirige a la Corte diciendo: “¿Por qué en esta aula de tribunal frente a mí hay un juez blanco, un fiscal blanco, y a los costados guardias blancas? ¿Hay alguien que pueda afirmar, en plena honestidad y seriedad, que en una semejante atmósfera la balanza de la justicia no esté inclinada hacia una parte? ¿Cómo es que ningún africano, en la historia de este país, ha tenido el honor de ser juzgado por jueces de su gente, de su carne, de su sangre?”[10].

Mandela es condenado, en noviembre, a cinco años por incitación a la huelga y por dejar el país ilegalmente. En 1964 empieza el proceso llamado de “Rivonia” (del nombre de una granja donde el año precedente habían estado detenidos todos los líderes del MK), durante el cual Mandela pronuncia su discurso de autodefensa, que se vuelve un duro acto de acusación contra el sistema del apartheid.

 En un silencio impresionante y sin apartar los ojos del juez, Mandela pronunció de memoria la conclusión: "He dedicado la vida entera a la lucha del pueblo africano. He peleado contra la dominación de los blancos, así como he peleado contra la dominación negra. He buscado el ideal de una sociedad libre y democrática, en la que todos vivan en armonía y con igual oportunidad. Es un ideal por el cual espero seguir viviendo, hasta alcanzarlo. Por el cual, sin embargo, si fuera necesario, estoy dispuesto a morir”[11].

Mandela y los demás, entre los cuales Walter Sisulu, son condenados a la cadena perpetua que deben descontar en la tristemente famosa prisión de Robben Island, una pequeña isla delante de Ciudad del Cabo.

Giuseppe Di Salvatore

(Continúa)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

__________________

[1] Cf. P. Veronese, Il Sudafrica che sogna un Mandela eterno per continuare a vivere unito e in pace, en www.repubblica.it

[2] Cf. M. Matteuzzi, L’eredità di un uomo, non di un santo, en www.area7.ch

[3] N. Mandela, Io, Nelson Mandela. Prefazione di Barack Obama, Sperling & Kupfer, Milano 2010, 373.

[4] N. Mandela, Io, Nelson Mandela…, 401.

[5] Cf. F. Soudan, Mandela l’indomptable, Jeune Afrique Livres, Paris 1987, 11.

[6] Cf. M. Vargas Llosa, Elogio de Nelson Mandela, en http://elpais.com

[7] N. Mandela, Lungo cammino verso la libertà. Autobiografia, Feltrinelli, Milano 1996, 60.

[8] N. Mandela, Lungo cammino…, 578.

[9] N. Mandela, Lungo cammino…, 65.

[10] N. Mandela, Lungo cammino…, 312.

[11] N. Mandela, Lungo cammino…, 347.351.

 

15/12/2013

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis