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NIHILISMO, YIHAD, GENDER

Un análisis original

 



No sale espontáneo establecer un vínculo entre el nihilismo ‒fenómeno moderno asociado instintivamente a la "muerte de Dios"‒, y el arcaísmo de la ideología en que se inspiran los autores de los atentados de matriz islámica. El haber encontrado este vínculo es mérito del último libro de François Guéry, decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Lyon, titulado: Archéologie du nihilisme*.

La referencia a la arqueología se justifica desde el punto de vista etimológico ‒la arqueología es la "ciencia del principio, arché", y, en efecto, Guéry va a la búsqueda del principio del concepto de nihilismo, con el objetivo de hacerlo salir de la ambigüedad que frecuentemente lo envuelve‒, y desde el punto de vista metodológico: como un arqueólogo que desentierra fragmentos, individúa los estratos sobrepuestos, limpia y cataloga, Guéry distingue minuciosamente las manifestaciones sucesivas del nihilismo desde los orígenes hasta hoy, analizando la literatura, la filosofía y la historia. 

Rencor y rechazo de la herencia

Para comprender el nihilismo, por tanto, es necesario, ante todo, volver a su más antigua manifestación. El primer nihilista no es un revolucionario de carne y hueso, y tampoco un filósofo, sino un personaje salido de la pluma de Turguéniev: es el Basárov de Padres e Hijos. El hecho es conocido, pero, afirma Guéry, los ponderosos tratados que, desde Nietzsche en adelante, han analizado o teorizado el nihilismo, le han dedicado solo pocas líneas apresuradas, como si las circunstancias del nacimiento fueran un puro accidente. Y, en cambio, ya el título de la novela precisa las coordinadas fundamentales del nihilismo: una ruptura entre padres e hijos, el rechazo del mundo así como siempre ha sido, una voluntad de decir "no". A quien se lo pide, Basárov le responde que no sabe qué quiere: para él, es suficiente destruir, a otra generación le pertenecerá construir. 

El cuadro de la trama de Padres e Hijos es la Rusia zarista en el momento en que quiere occidentalizarse, modernizarse y democratizarse, en particular, aboliendo la servidumbre de la gleba. Es de este trastorno del orden milenario de donde nacen los nihilistas. Ellos no aprueban a la sociedad antigua, pero tampoco a la que está naciendo, donde, según su parecer, todo cambia para que nada cambie, como se lee en otra gran novela que describe acontecimientos ciertamente de otra tierra, pero de la misma época, El Gatopardo. Su posición es: ni esto ni aquello. Los consume el rencor, la rabia por no participar en las nuevas oportunidades de un mundo brillante.

¿"Tal vez ‒se pregunta Guéry‒ la modernización, en el siglo XIX como en el XXI, genera ‒secreta como un antídoto‒ la violencia cargada de odio y criminal, que no quiere hacer un paso atrás, sino un salto hacia adelante en un porvenir desconocido, donde todo el presente está trastornado como en un sismo?".

El salto hacia adelante lo quieren también los terroristas islámicos: "El 11 de septiembre: una negación en acto, un pulgar hacia abajo frente al mundo así como es, un veredicto: ¡la nada!". Con los nihilistas que hacen estallar la carroza del zar Alejandro II, el 13 de marzo de 1881, "las analogías son numerosas: la minuciosidad y la duración de los preparativos y el hecho de que el homicidio sea simultáneamente el suicidio de los homicidas. Para el asesinato del zar, compilar una estadística de sus desplazamientos, una topografía de los itinerarios seguidos; para el 11 de septiembre, aprender a pilotar, sintonizarse con la frecuencia de las torres que golpear, dominar todos los complejos aspectos de la navegación aérea comercial. Se necesita no solo tiempo y paciencia, sino también obstinación, constancia en el culto del secreto, tanto en lo exterior como en lo interior: eliminación de los sentimientos personales, excepto un odio frío, cultivado, vivido como determinación". 

La novela de Turguéniev precede de una veintena de años al asesinato del zar reformador, junto con el cual queda eliminado también, antes de tomar forma, la puesta al día de una sociedad empantanada en el pasado. Como el Werther de Goethe había llevado a generaciones de jóvenes románticos al suicidio por mimetismo, así el Basárov de Turguéniev tiene una descendencia real. La ficción novelesca ha anticipado la realidad.

Por otra parte, poco más de un mes antes del asesinato del zar, muere Dostoevskij, quien en sus obras ha analizado la psicología del nihilista, en un vaivén con la crónica del tiempo: la trama de Los Demonios, en particular, no se aparta de cuanto traía la prensa acerca de los crímenes de un grupo de terroristas. Y el protagonista de Memorias del subsuelo, Ordinov, afirma: "Sabes lo que quiero: que todo sea anonadado, todo, todo". O sea, "si me concedieran escoger entre la humanidad y una taza de té, escogería el té".

En cuanto a Raskolnikov de Crimen y castigo, el asesinato de una vieja usurera es, para él, el medio para una revancha contra una sociedad que lo ignora y que ha hecho de él una comparsa irrelevante: una revancha vergonzosa, ciertamente, a menos que no se cubra del aura de un acto de justicia. Odio y desprecio de los demás, astucias, mentiras, manipulación y, al final, crimen: aunque falte todavía el adhesivo que hará de él un movimiento revolucionario vencedor, estos ingredientes entran en la receta original del nihilismo identificada por Dostoevskij. En la receta actualizada, los mismos ingredientes reaparecen en el yihadismo.

El nihilismo cotidiano del Occidente

Cuando es asesinado el zar, Nietzsche está escribiendo La gaya ciencia. El asesinato sacrílego del césar (czar) recibe en esta obra un estatuto grandioso. Es la muerte de Dios, formulada precisamente, por primera vez, en el aforismo 125. El mundo está volcado: es la "inversión de los valores", que tiene como premisa la destrucción de los "valores antiguos".

Volver la espalda al pasado, a sus autoridades y prescripciones morales: el nihilismo se transforma en el ethos del Occidente, como rechazo de la herencia. También la herencia de un pasado caracterizado por la afirmación gradual de los derechos humanos es intolerable, y de allí nacen los totalitarismos del siglo XX.

Pero hoy, según Guéry, el bastión del nihilismo no es la muerte de Dios, que, por otra parte, "ha hecho fluir más tinta que lágrimas", sino el dominio de una técnica que expulsa al hombre. El mundo desvanece en lo calculable, en lo domable. 

Si se buscara un indicio de la vitalidad del nihilismo, "se debería buscarlo en los alrededores de los crímenes ecológicos", en el saqueo del planeta de parte de un hombrecito que ha tomado el lugar de Dios.

Inclusive la moda muestra "la inversión de los valores" mencionada por Nietzsche. Puesto que los reclusos americanos ya no llevan cinturón y cordones de los zapatos, la moda propone pantalones, más o menos desgarrados, que dejan ver las bragas y pingan sobre zapatos desatados, mientras tatuajes, piercing y otras mutilaciones evocan a piratas y trogloditas. Hay que evitar ser respetables y "civiles".

Y si la moda es algo demasiado "bajo", se puede desplazar la mirada "hacia lo alto", hacia el arte, si tiene todavía un sentido asirse al paradigma alto-bajo. El arte contemporáneo se caracteriza precisamente por el trastorno de los valores, como está ejemplificado en la Fontaine, una de las obras más representativas de Duchamp: un mingitorio, o sea, una fuente al revés, elegido como obra para galería de arte. Un mingitorio y la Capilla Sixtina están puestos al mismo nivel, así como la figura humana está reducida a un garabato. 

Único valor, refugio sobrevivido al nihilismo, es la salud (y ya Basárov era un médico). La medicina moderna, sin embargo, no es aquella de la relación entre médico y paciente, del Camus de La peste, sino aquella preventiva y planificadora, que consiste en políticas de salud pública que comienzan antes del nacimiento. Es voluntad de potencia que asocia cada vez más eugenesia y medicina.

Es un rechazo no solo de la herencia, sino también de la heredabilidad. La diferencia sexual misma se vuelve objeto de esta obstinación destructiva, porque el nacer varón o mujer se percibe como una limitación intolerable: "Una teoría se ha encargado de eliminar con palabras y escritos lo que la cirugía no puede corregir en masa, la diferencia sexual". Sobre la base de los escritos de Simone de Beauvoir, se ha desarrollado un constructivismo para el cual todo está construido, también el sexo. La sociedad se transforma, así, en un demiurgo que recupera el legado del nihilismo histórico. 

En el reciente Sínodo sobre la familia, el Card. Robert Sarah ha afirmado: "Para utilizar un eslogan, nos encontramos entre la ideología 'gender' y el ISIS". A la luz del libro de Guéry, que reduce tanto el terrorismo islámico como el constructivismo sexual al nihilismo, la síntesis del Cardenal es aguda, y a la analogía implícita en sus palabras no le falta coherencia.

Michele Chiappo

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 



* F. Guéry, Archéologie du nihilisme. De Dostoïevski aux djihadistes, Grasset, Paris 2015, 256 pp.


 

03/03/2016
 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis