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O DIOS O NADA/1

El último libro del Cardenal Robert Sarah

 

 

 En un libro-entrevista publicado recientemente en Francia, el Cardenal Robert Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, ha contado con humildad y profundidad su vida extraordinaria, y ha presentado su opinión sobre muchos temas de actualidad. Las más de cuatrocientas páginas realizadas junto con Nicolas Diat, especialista del Vaticano, permiten descubrir a un hombre modelado por la fidelidad a la oración, por la costumbre del ayuno, por el estudio, por el amor a la palabra de Dios, a Cristo y a la Iglesia. El título perentorio del libro, “O Dios o nada”, sintetiza la radicalidad que caracteriza a la persona del Cardenal y la fuerza de sus afirmaciones.

Es su vida misma la que está marcada por el signo de la radicalidad de la acción de Dios, que ha hecho de un muchachito de un pueblo animista “un cristiano, un sacerdote, un Obispo, un Cardenal y uno de los estrechos colaboradores del Papa”. El Cardenal Sarah describe su infancia en un pequeño suburbio de la Guinea más apartada y aislada, Ourous, que ha permanecido por largo tiempo anclado a la religión tradicional porque ni los musulmanes, que representan la mayoría de los habitantes del país, habían llegado allí. En aquella auténtica periferia, según una imagen muy querida por el Papa Francisco, transcurre una niñez pobre pero digna y feliz en una familia “pía, tranquila y pacífica”, rodeado de gran afecto como hijo único de padres convertidos desde hace poco tiempo. Su entrada en la familia de Cristo, el Cardenal Sarah la atribuye enteramente a la dedicación de los misioneros espirítanos, cuyo ejemplo se ha quedado una referencia constante en su vida. “Mantendré por toda la vida una inmensa admiración por estos hombres que habían dejado Francia, a la familia y los afectos para llevar el amor de Cristo a los confines del mundo”. Muchos de ellos habían fallecido después de pocos meses o años, truncados por las enfermedades. “Recuerdo que estaba muy subyugado al ver a los espirítanos que caminaban todas las tardes leyendo el breviario. No me cansaba de mirarlos maravillado. Puede parecer ingenuo todo esto, medio siglo después, pero no reniego de lo que Dios me ha hecho conocer”.

La Catedral de Santa María de Conakry (Guinea)

Sus padres, “el signo más profundo de la presencia de Dios en mi vida”, le sonríen cuando, a los doce años, les pide el permiso para entrar en seminario: “Seguramente debe de haber entendido mal, porque un negro no puede hacerse sacerdote”. Pero, cuando caen en la cuenta de que no hay ninguna equivocación, dejan partir a su único hijo. Su padre mismo le fábrica una maleta, y con pocas cosas el pequeño Robert, que nunca había salido de su aldea, alcanza primero Conakry, la capital de Guinea, con medios de fortuna, recorriendo pistas ora polvorientas y ora fangosas, y luego, al final de una penosa travesía en la bodega de un barco, Costa de Marfil, donde se encuentra el seminario.

Los años de seminario son atormentados, primero por problemas de salud, luego por la situación política. Para Guinea, en efecto, el acceso a la independencia se acompaña de la elección del modelo marxista, con la ruptura de toda relación con Francia y con muchas complicaciones en las relaciones con los Estados cercanos. Ya no hay posibilidad de continuar los estudios en Costa de Marfil, por eso, se organiza un seminario en Guinea, pero con graves obstáculos, porque el Gobierno se opone a la acción de la Iglesia, nacionaliza la enseñanza y expulsa al Arzobispo de Conakry, Mons. Gérard de Milleville, reo de haber protestado contra la requisición de escuelas, hospitales y dispensarios católicos. El nuevo Arzobispo, Mons. Tchidimbo, quien tendrá que pasar muchos años en la cárcel en condiciones extremas, envía al joven Robert a Francia, después de la madurez, para continuar los estudios y el discernimiento de su vocación. Cuando será ordenado sacerdote, el 20 de julio de 1969 en Conakry, él será el único que ha permanecido de los seminaristas con los cuales había comenzado el camino. Y será el último sacerdote ordenado por Mons. Tchidimbo, antes de la detención.

Después de la ordenación, continúa los estudios en el Pontificio Instituto Bíblico, en Roma y en Jerusalén. Prepara una tesis de doctorado de carácter filológico, dirigida por Mitchell Dahood, uno de los más grandes expertos de la lengua hugarítica, pero, antes de terminar, lo vuelven a llamar a su patria por la escasez de sacerdotes. Primero, es párroco de una parroquia inmensa ubicada en la costa del océano, que recorre a pie y en piragua, luego, rector del seminario. En 1978, a los treinta y tres años, se entera de que ha sido elegido Arzobispo de Conakry, y que el Presidente, el mal afamado sanguinario Sékou Touré, se opone inflexiblemente a la elección. Mons. Sarah mismo titubea, y cede solo cuando le revelan que el nombramiento de un nuevo Arzobispo es la condición para la liberación de Mons. Tchidimbo. Las negociaciones entre la Santa Sede y Sékou Touré se prolongan por un año. Cuando el nombramiento se vuelve público, dos misioneros espirítanos escuchan la noticia por radio y corren a comunicarla a sus padres, cuya reacción no es de gozo, sino de angustia: “¿Saben dónde estaba su antecesor?”.

Mons. Sarah es, entonces, el más joven Obispo del mundo, en un país en que las tres Diócesis existentes están vacantes desde hace nueve años. Juan Pablo II, a quien encuentra un mes después de la consagración, le pregunta cuántos años tiene y estalla a reír: “¡Pero, entonces, usted es un Obispo niño!”.

Opositor de la dictadura

Sékou Touré mantendrá siempre una vigilancia férrea sobre Mons. Sarah, quedando estupefacto por su libertad de palabra: “Dentro de mí –confía el Cardenal– razonaba así: ‘Tengo treinta y cinco años. En África, se trata de mucho más que la mitad de una vida… ¿Qué puedo esperar mejor que una muerte por Dios y por la defensa de la verdad, por la dignidad de la persona humana y por la libertad de conciencia?’”.

Cinco años después, Sékou Touré decide detenerlo y asesinarlo. Pero, golpeado por un ictus, muere pocos días antes de realizar su plan. Sobre su escritorio se encontrará una lista de opositores que eliminar, en la cual el primer nombre es el de Mons. Sarah.

En los momentos más tensos, extenuado por el choque con el régimen que continúa también con el nuevo Presidente, el coronel Lansana Conté, y tentado por la idea de renunciar al cargo de Arzobispo de Conakry retirándose en una pequeña parroquia, Mons. Sarah planea para sí un programa regular de retiros espirituales: “Cada dos meses iba, solo, a un lugar completamente aislado. Me obligaba a un ayuno absoluto, sin agua y sin ningún alimento, por tres días. Quería estar con Dios, solo, para hablarle “cara a cara”. Partiendo de Conakry, no llevaba nada conmigo, solo una Biblia, una pequeña maleta-capilla y un libro de lectura espiritual. La Eucaristía era mi único alimento y mi único compañero. Esta vida de soledad y de oración me permitía renovarme y volver a tomar la lucha”.

En estas confesiones encontramos de nuevo las convicciones más profundas del Cardenal: “Los grandes momentos de una vida son las horas de oración y de adoración. Generan al ser, modelan nuestra verdadera identidad, arraigan una existencia en el misterio. El encuentro diario con el Señor, en la oración y en la adoración: es este el fundamento de mi vida. He comenzado a estar atento a estos instantes desde la infancia, en familia y en contacto con los espirítanos de Ourous”.

Juan Pablo II, en el 2001, lo llamará a Roma, como Secretario de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Después de nueve años pasados en Propaganda Fide, una llamada telefónica del Cardenal Bertone lo informa que Benedicto XVI ha pensado en él como Presidente del Pontificio Consejo Cor Unum, el dicasterio vaticano que coordina las actividades caritativas, de socorro y a favor del desarrollo. Encontrándolo, el Papa le confía: “Lo he nombrado Presidente del Cor Unum porque sé que, entre todos, usted tiene la experiencia del sufrimiento y del rostro de la pobreza. Será la persona más indicada para expresar a los más pobres, con delicadeza, la compasión y la cercanía de la Iglesia”.

De allí a poco es creado Cardenal. Una distinción, esta, que él no había buscado: “En mi vida, lo ha hecho todo Dios; yo, de mi parte, he querido solo rezar. Estoy seguro de que el rojo de mi cardenalato es verdaderamente el reflejo de la sangre del sufrimiento de los misioneros que han llegado hasta la extremidad de África para evangelizar a mi pueblo”. Por esta razón, el día de su elevación a la dignidad cardenalicia, una sola cosa le interesaba verdaderamente mucho: “Quería que los espirítanos de mi infancia estuvieran presentes en la Basílica de San Pedro. En mi vida, Dios ha hecho madurar algunos lindos frutos, pero han sido los espirítanos los testigos del primer soplo de Dios sobre mi corazón”.

En fin, el 23 de noviembre de 2014, el Papa Francisco lo ha nombrado Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Así, en sus funciones al servicio de la Santa Sede, se encuentra ejemplificada la experiencia de la triple misión de la Iglesia: el anuncio (kérygma), el servicio (diakonía), el culto (leitourgía). La íntima unión de estas tres dimensiones tendría que ser patrimonio común de cada servidor de la Iglesia. A este propósito, agradecido por las experiencias de su infancia, el Cardenal afirma: “Los primeros misioneros no separaban nunca el anuncio de la palabra de Dios, la celebración de los sacramentos y el servicio de la caridad. Estas tres tareas vuelven a llamarse la una a la otra y están íntimamente unidas. Hoy tenemos la tendencia a poner el acento sobre el empeño sociopolítico y sobre el desarrollo económico, olvidando la evangelización”.

Michele Chiappo

(Continúa)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)


05/07/2015


 

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