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O DIOS O NADA/2

El último libro del Cardenal Robert Sarah

 

 

Defensor de los pobres

En Japón, después del terremoto del 2011

Es importante meditar sobre las reflexiones acerca de la pobreza hechas por el Cardenal Sarah, quien, como Presidente del Cor Unum, ha administrado por años la caridad de la Iglesia en nombre del Papa. “Me acuerdo de que me he revuelto al escuchar la fórmula publicitaria de un organismo caritativo católico, que no estaba lejos de insultar a los pobres: ‘Luchemos por una pobreza cero’. Ni un solo santo –y Dios solo conoce el número tan grande de santos de la caridad que la Iglesia ha generado en dos mil años– se ha atrevido a hablar así de la pobreza y de los pobres. Jesús mismo no ha tenido ninguna pretensión de este tipo”. Jesús ama a los pobres; otros quieren eliminarlos. El Cardenal amonesta que la pobreza es un valor evangélico y que la “erradicación de la pobreza” sería la expulsión de este mundo de Aquel que, de rico que era, se ha hecho pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2Co 8, 9). Sería la eliminación de san Francisco quien elige a “Madonna pobreza” y de todas las multitudes de consagrados que hacen voto de pobreza. El que quiere la erradicación de la pobreza “hace mentir al Hijo de Dios” quien ha dicho: “A los pobres los tendrán siempre con ustedes” (Jn 12, 8).

Para el Cardenal, es necesario distinguir la pobreza –que, como declara la Gaudium et spes, es “la gloria y el signo de la Iglesia de Cristo”– de la miseria, contra la cual es necesario actuar, en vez de lanzar eslóganes. Y de la lucha contra la miseria forma parte una dimensión fundamental, que consiste en devolver al hombre la vocación de hijo de Dios y el gozo de pertenecer a la familia de Dios. “Debemos ser exactos en la elección de las palabras. El lenguaje de la ONU y de sus agencias, que quieren suprimir la pobreza, que confunden con la miseria, no es el de la Iglesia de Cristo. ¡El Hijo de Dios no ha venido para hablar a los pobres con eslóganes ideológicos! La Iglesia tiene que eliminar de su lenguaje los eslóganes, porque han embrutecido y destruido a algunos pueblos cuya conciencia intentaba permanecer libre”.

Esta libertad de los pueblos el Cardenal la defiende también con respecto a un neocolonialismo ideológico, que querría imponer a África comportamientos y estilos de vida extraños a su historia y a su cultura, entre los cuales la ideología del “género”. Este neocolonialismo se manifiesta también dentro de la Iglesia: “La cuestión de los ‘creyentes divorciados o de los divorciados que se han vuelto a casar por lo civil’ no es un desafío urgente para las Iglesias de África o de Asia. Al contrario, se trata de una obsesión de ciertas Iglesias occidentales, que quieren imponer algunas soluciones llamadas ‘teológicamente responsables y pastoralmente apropiadas’, que contradicen radicalmente la enseñanza de Jesús y del Magisterio de la Iglesia… La idea que consiste en poner el Magisterio en un lindo cofre, despegándolo de la realidad pastoral, libre de evolucionar según las circunstancias, las modas y las pasiones, es una forma de herejía, una peligrosa patología esquizofrénica. Afirmo, por lo tanto, con solemnidad que la Iglesia de África se opondrá firmemente a cada rebelión contra la enseñanza de Jesús y del Magisterio”. Varias de las cuestiones suscitadas durante el reciente Sínodo le parecen al menos ociosas, en un tiempo de martirio de los cristianos: “Mientras que algunos cristianos mueren por su fe y su fidelidad a Jesús, en Occidente algunos hombres de Iglesia intentan reducir al mínimo las exigencias del Evangelio… centenares de millares de cristianos viven cada día en el miedo, y algunos quieren evitar que sufran los divorciados que se han vuelto a casar, quienes se sentirían discriminados por estar excluidos de la comunión sacramental”.

En la verdad de Cristo

El Magisterio tiene que quedar firme como una roca, dando testimonio de la verdad de las palabras de Cristo. Es el testimonio el que debe caracterizar a un servidor de Dios: de un sacerdote, se espera que sea un testigo. Por eso, el Cardenal tiene una posición inusual sobre un tema candente, como el de la escasez de los sacerdotes. “A costa de sorprender, pienso que el número de los sacerdotes no constituye un problema fundamental. Por otro lado, san Gregorio Magno no dice algo diferente”. Para san Gregorio Magno, en efecto, “el mundo está lleno de sacerdotes, pero raramente se encuentra a un obrero en la mies de Dios. Aceptamos, sí, la función sacerdotal, pero no hacemos el trabajo de esta función”. Para el Cardenal, quien recuerda que Cristo comenzó solo con doce apóstoles, y vuelve constantemente al ejemplo de los misioneros espirítanos, y a su experiencia de sacerdote en un país con un clero diezmado por la persecución, “lo que más vale es la cualidad del corazón, la fuerza de la fe y la densidad de la vida interior del sacerdote”. En el mundo son demasiados 400.000 sacerdotes: no es al número que se debe mirar.

Las páginas del libro que tratan de la liturgia hacen entrever la delicadeza de la función a la que el Papa Francisco lo ha llamado recientemente. Dotado de una profunda sensibilidad litúrgica, y testigo de las devastaciones producidas en su Diócesis por una preparación presurosa de la reforma, sobre todo entre las personas más humildes, el Cardenal sabe que la liturgia no es una simple creación humana, un objeto de experimentación o de aplicación de ideologías pastorales o, peor aún, de opciones políticas. Frente a las disputas que laceran a tantas comunidades cristianas y a tantas Diócesis, aprecia el intento de reconciliación realizado por Benedicto XVI y se pregunta: “¿El Dios a quien encuentro en la liturgia me permite asirme a un rito excluyendo a los demás?... Si alguien respeta los ritos antiguos de la Iglesia y no está en el amor, se pierde. Creo que es esta la situación en la cual se encuentran los representantes extremos de las diferentes escuelas litúrgicas. El ritualismo estrecho, casi integrista, o la deconstrucción del rito, de tipo modernista, pueden impedir una verdadera búsqueda del amor de Dios. Es incontestable que este amor nace y crece en el respeto de las formas, pero los endurecimientos conducen, tarde o temprano, a la nada”.

Radical la acción de Dios en su vida, radicales sus convicciones, que, expuestas en diversos capítulos del libro, abrazan casi la totalidad de los temas más actuales, y que sería vano intentar resumir. Sus consideraciones son movidas por la certeza de que “contrariamente a cuanto podemos pensar, la más grande dificultad de los hombres de hoy no es creer en lo que la Iglesia enseña acerca del plano moral. La cosa más dura que todas, para el mundo posmoderno, es creer en Dios y en su Hijo único”.

Se comprende, entonces, que, a través del relato conmovedor de su experiencia, el Cardenal Sarah ha querido dar testimonio de Dios, de su acción en él y de su bondad, para que siempre permanezca en el único lugar que le compete: en el centro de los pensamientos y de la vida.

Michele Chiappo

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

16/07/2015

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis