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Profundizaciones
 


POBREZA Y DESARROLLO:
¿DOS PALABRAS INCONCILIABLES?


Para quien viva en países prevalentemente rurales, como el Paraguay, es interesante releer las novelas de Ignazio Silone. A pesar de los diferentes contextos históricos y del hecho de que cada persona es única e irrepetible, se descubre una real proximidad de ciertos fenómenos. Se pueden vislumbrar en los campesinos latinoamericanos los mismos rasgos de los cafoni
[1] de la Mársica, de quienes habla el autor en Fontamara y en otras obras.

"Fontamara -escribe Silone- se parece pues, por muchos aspectos, a cada aldea meridional que sea un poco a desmano, entre la llanura y la montaña, fuera de las calles del tráfico; por tanto, un poco más retrasada, pobre y abandonada que las demás. Sin embargo, Fontamara tiene también aspectos particulares. De la misma manera, los campesinos pobres, los hombres que hacen fructificar la tierra y sufren hambre, los fellahin, los coolies, los peones, los mugic, los cafoni, se parecen en todos los países del mundo; sobre la faz de la tierra son nación aparte, raza aparte, Iglesia aparte; sin embargo, no se ha visto todavía a dos pobres idénticos en todo"[2].

En la novela La semilla debajo de la nieve, Silone trae las palabras de un ermitaño a algunos campesinos que le piden dónde esté Jesús, ya que había sido visto en la aldea. "Él está en cada hombre que sufre. Él mismo nos lo ha explicado, Él está en cada pobre", contesta el ermitaño. "Yo soy pobre, sin embargo, Él no está en mí", insiste un cafone. "Tú eres pobre, pero ¿no querrías ser rico?", le pregunta el ermitaño. "¡Ah!, ciertamente, ¡ojalá pudiera!". "¿Ves? Eres un falso pobre", concluye el ermitaño. "Si vive entre nosotros, ¿por qué no lo vemos?", le pregunta otro. "Porque no sabemos reconocerlo. Nos han enseñado a distinguir un asno de un mulo, a un cabo de un sargento, a un cura de un obispo, pero, no a Jesús por la calle o entre los campos". "¡Oh!, explícame dónde podría encontrarlo", le pide otro y continúa: "Tú sabes en que mala condición me encuentro, y tendría tanta necesidad de una gracia". "Si tienes necesidad urgente de dinero, tienes que pedirlo al Diablo, no a Jesús", le explica el ermitaño. "Sería inútil, sería pérdida de tiempo, cree en mí, implorarlo a Él. Él es pobre, verdaderamente pobre, y no solo por decirlo así. Si da vueltas vestido como un mendigo, no tienes que creer en absoluto que lo haga por propaganda o demagogia o teatro. No, Él no tiene precisamente otro para vestirse; es pobre, todavía más pobre que yo y tú". "Si es verdad lo que dices, por lo tanto, rezar no sirve para nada. Si Él es más pobre y más triste que nosotros, ¿qué puede hacer para nosotros?". "Él puede ayudarnos a volvernos aún más pobres de lo que somos. Esto sí, Él puede hacerlo", le responde el ermitaño, y el hombre se aleja pasmado[3]. Viene espontánea la comparación con el joven rico del relato evangélico, que se va triste (cf. Mt 19, 16-22), porque, aunque en el diálogo traído se trata de un pobre, ambos están puestos por Cristo frente a una elección.

Jesús ha vivido y predicado en una lógica de progresiva pobreza, asumiendo la condición de los "condenados de la tierra", sin ningún medio de defensa además de su fidelidad y la proclamación de la verdad. Ha experimentado fracasos, incomprensiones y la oscura soledad de la cruz, en la cual es clavado sin ni siquiera la ropa, esto es, despojado de "su dignidad de hombre, antes incluso que la de Hijo de Dios. Muestran a Jesús desnudo a la vista de la gente de Jerusalén y de toda la humanidad", nos ha recordado este año el Cardenal Ruini, en las meditaciones del Vía Crucis del Viernes Santo en el Coliseo.

La pobreza de Jesús no es solo material, sino sobre todo espiritual. "Felices los que tienen el espíritu del pobre, porque de ellos es el Reino de los Cielos" (Mt 5, 1), dice la primera de las bienaventuranzas.

Jesús ama a los pobres y se hace pobre porque es libre interiormente. No busca poder, éxito, riqueza. Más bien, a través de su pobreza nos enriquece (cf. 2Co 8, 9). La literatura cristiana, desde los Padres de la Iglesia hasta los místicos de cada tiempo, hoy todavía demasiado olvidados, lo ha explicado bien.Segundo Galilea

El diálogo de Silone hace reflexionar, en una óptica cristiana, sobre tantos proyectos de promoción humana en el Sur del mundo. Siempre tenemos que preguntarnos, antes de emprender cada iniciativa, si esta responde a la lógica del cafone de Silone, que buscaba "una gracia", o a la lógica de Jesús.

Un teólogo chileno de la liberación, Segundo Galilea, especifica que no podemos seguir pensando que para superar la pobreza se deba solo enriquecer a la gente, a fin de que "tenga" más; este tipo de riqueza, como se entiende en el primer mundo, para la gran mayoría de los pobres del planeta, es, entre otras cosas, inalcanzable. Para un cristiano, el nivel de vida que buscar no es el que da placer y comodidad, sino el que hace crecer interiormente y servir mejor a los demás[4]. Redimensionar las necesidades libera dentro. Uno se libera para amar, ama para ser feliz: más grande es el amor, mayor es la felicidad. Solo cuando tendremos claro este discurso, podremos saber cómo comportarnos, si proyectar o no obras e iniciativas, si dar o no ayudas económicas. Si la vocación cristiana es la de seguir la pobreza de Cristo hasta en la cruz, nuestra pobreza no estará tanto en el tener o no tener, sino en el ser[5]. En efecto, la Iglesia no es reducible a "una especie de agencia humanitaria", como "la consideran quienes la ven desde fuera de la perspectiva de fe"[6].

La Iglesia sabe bien que, para promover un real desarrollo, es necesario que nuestra mirada sobre el hombre se mida con la de Cristo. En efecto, de ninguna manera es posible separar la respuesta a las necesidades materiales y sociales de los hombres de la satisfacción de las profundas necesidades de su corazón. Por esto, la primera contribución que la Iglesia ofrece para el desarrollo de los pueblos no consiste en medios materiales o en soluciones técnicas, sino en el anuncio de la verdad de Cristo, que educa las conciencias y enseña la auténtica dignidad de la persona y también del trabajo, promoviendo la formación de una cultura que responda verdaderamente a todas las preguntas del hombre[7].

He aquí por qué también a los pobres se debe proponer la elección que vale para todos, la así nombrada "opción por el pobre", llamándolos a la dignidad de dar de su pobreza. Todos tenemos necesidad de conversión. Pensar que los pobres son "buenos" y los demás "malos" es pura ideología. Como es ilusorio pensar que el pobre siempre sea capaz de mostrarse agradecido o siempre sepa remontarse, a través del don, a la fuente de él, pasando de un horizonte material a uno espiritual. Más a menudo acontece que uno se aproveche de la mano para agarrar también el brazo, y cuando no se consiga, la primera persona que sufre las consecuencias de esto es exactamente la que ha ofrecido la ayuda.

El cafone de Silone se parece, en el fondo, al joven rico del Evangelio, y esto demuestra que la discriminante no pasa entre ricos y pobres, sino entre quien esté libre interiormente y quien se encuentre esclavo. En efecto, la más radical miseria del hombre, lo que más lo deshumaniza y lo encarcela, es el pecado, en todas las clases sociales. El joven rico y el pobre cafone aspiran ambos al placer inmediato, y por esto mismo de corta duración e incapaz de llenar la vida, de la riqueza material. Jesús, en cambio, propone a todos la auténtica pobreza de espíritu, que conduce a la experiencia de la amistad con Dios; una amistad que llena la vida y, al mismo tiempo, llama a hacer fructificar la tierra con el compromiso diario. Una amistad que nos refuerza con el gozo y la esperanza de poder caminar humildemente, en esta tierra y en los cielos, junto con Quien nos ama.

Mariangela Mammi



[1] Cafone (étimo incierto): término con el cual en la Italia meridional son indicados los campesinos, también sin intención despectiva cf. Lessico Universale Italiano, III, Istituto dell'Enciclopedia Italiana, Roma 1969, 677.
[2] I. Silone, Fontamara, Arnoldo Mondadori Editore, Milano 1999, 3-4. Para profundizar en este tema, cf. E. Grasso, La primacía del hombre sobre cualquier ideología y organización. Releer a Silone entre los campesinos del Paraguay, en E. Grasso, Mundo de campesinos, campesinos del mundo. Pautas para una pastoral campesina, Centro de Estudios Redemptor hominis, San Lorenzo 2007, 29-42.
[3] Cf. I. Silone, Il seme sotto la neve, Arnoldo Mondadori Editore, Milano 1985, 391-392.
[4] Cf. S. Galilea, El reverso misterioso de la vida, Indo-American Press Service, Bogotá 1984, 51-57.
[5] Cf. S. Galilea, A los pobres se les anuncia el Evangelio, Departamento de Pastoral CELAM-Instituto Pastoral Latinoamericano, Bogotá-Quito 1972, 62.
[6] Cf. Benedicto XVI, Regina Coeli (31 de mayo de 2009), en www.vatican.va
[7] Cf. Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2006, en www.vatican.va


17/10/2010

 

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