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Porqué anunciar a Jesucristo

 


Estamos acercándonos al misterio de la Navidad. Es un acontecimiento central también desde el punto de vista misionero, pero no tanto porque en este tiempo estamos invitados a gestos de solidaridad hacia realidades más pobres. Estos gestos tienen que ser como la señal concreta de una conciencia misionera más amplia y profunda, capaz de interpelar nuestra vida en su complejo y no solo en ciertos momentos del año.

El gran misterio en cuestión, que estamos llamados a anunciar con la palabra y con la vida, es que el Verbo de Dios "se hizo hombre para que nosotros llegáramos a ser Dios; se hizo visible corporalmente para que nosotros tuviéramos una idea del Padre invisible"[1], como San Atanasio nos recuerda.

Hablar de la Navidad es hablar, por lo tanto, de la "divinización" del hombre. Es este el concepto sobre el cual queremos reflexionar, articulando en diferentes partes su explicación, visto la importancia y el atractivo del tema.

Hemos subrayado, en los artículos anteriores de esta sección, que el mandato misionero del cristiano tiene su fuente última en el amor eterno de la Trinidad donde el Padre es el Principio sin principio. Dios quiere que todos sean salvados (cf. 1Tim 2, 4), pero, teniendo ante sí un hombre que él mismo ha creado libre, ha tenido que inventar un plan salvador que partiera de muy lejos y de un pequeño grupo, para llegar a la universalidad de su proyecto, a todos. La historia de la salvación, antes bien que de la elección de un pueblo, nos habla de la de algunas personas, como es el caso de Noé, que sin embargo representan a todos los hombres.

Interesante a este propósito es el significado que tiene en la Escritura y en la vida de la Iglesia la alianza sellada entre Dios y Noé (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 56-58), que evidencia el carácter universal y social de ésta y es símbolo de un pacto eterno con todos los pueblos. Concierne "el tiempo de las naciones", cada una con su lengua y su grupo humano, y valoriza positivamente la historia de la humanidad no integrada aún hoy en la Iglesia. En el Catecismo de la Iglesia Católica, vuelve la figura de Noé también con respecto a la oración: él representa, como prototipo del hombre que marcha rectamente con Dios, la muchedumbre de los justos en todas las religiones (cf. n.° 2569). En efecto, confirma el Catecismo, "Dios llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso con Él" (n.° 2591).

Con el advenimiento de Cristo surge la "Iglesia de las naciones" y llega a cumplimiento la categoría universal de la salvación, a la que, en todo caso, estaba finalizada también la elección del pueblo de Israel[2]. La nueva alianza será, sin embargo, íntima y personal, y realizará para cada alma la unión con Dios. Cualquier hombre tiene la posibilidad de reconocer y contestar al anuncio de Cristo, él que es el Alfa y el Omega, el principio y el fin (cf. Ap 22, 13).

Cuándo Dios crea al hombre, lo hace, dice la Escritura, "a nuestra imagen y semejanza", o sea de las tres personas divinas (Gn 1, 26). Él es obra de la  Trinidad: del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Antes de la Encarnación del Verbo en el mundo, ya existe la acción del Verbo de Dios que se encuentra en la Trinidad y que se comunica por el Espíritu del Verbo. Por eso, en el corazón del hombre ya está presente el deseo de Dios, aún antes de su Encarnación entre los hombres. He aquí porque la Iglesia habla de la presencia de las semillas del Verbo en las religiones de los pueblos. Una semilla que espera su completa maduración por medio de la misión de la Iglesia que, entonces, tiene que recobrar vigor, para que todos los pueblos puedan ver brillar en su cielo la estrella que les llevará a Cristo y puedan seguirla como los Reyes Magos. Es Jesucristo, en efecto, la Palabra definitiva en quien Dios se ha dado a conocer plenamente, diciendo a la humanidad quién es[3], para autocomunicarse. El plan divino es justamente el de "hacer que todo tenga a Cristo por cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1, 10), para que "Dios sea todo en todos" (1Co 15, 28). La singularidad única de Cristo le confiere un significado absoluto y universal come centro y fin de la historia[4], lo que celebramos en la Solemnidad de Cristo Rey del universo. Es entonces por medio de él que se realiza la divinización del hombre, como una unión íntima y personal.

Por eso, la misión es auténtica solo cuando es la proclamación del evento Jesucristo. 



_____________

[1] S. Atanasio, Sobre la encarnación del Verbo, 54, 3.
[2] "No vale la pena que seas mi servidor únicamente para restablecer a las tribus de Jacob, o traer sus sobrevivientes a su patria. Tú serás, además, una luz para las naciones, para que mi salvación llegue hasta el último extremo de la tierra" (Is 49, 6). "Que el extranjero, que se ha puesto al lado de Yavé, no diga: ‘Con toda certeza Yavé me dejará afuera de su pueblo'" (Is 56, 3).
[3] Cf. Redemptoris missio, 5.
[4] Cf. Redemptoris missio, 6.

 
03/12/2007


 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis