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UNA INTRODUCCIÓN CATEQUÉTICA 

A LA FE CATÓLICA PARA LOS JÓVENES

Caminar, edificar, confesar

 

 

Una introducción catequética a la fe católica para los jóvenesEmilio GRASSO, Una introducción catequética a la fe católica para los jóvenes. Caminar, edificar, confesar, Centro de Estudios Redemptor hominis (Cuadernos de Pastoral 32), San Lorenzo (Paraguay) 2014, 104 págs.

No cabe duda de que uno de los núcleos fundamentales de la enseñanza y del testimonio del papa Francisco se encuentra en una expresión altamente significativa de Benedicto XVI. Lo afirma el mismo papa Francisco desde el comienzo de su exhortación apostólica Evangelii gaudium, cuando escribe:

No me cansaré de repetir aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio: ‘No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva’” (n.º 7).

Este tema del encuentro con una Persona, con un acontecimiento, constituye el fundamento de nuestra vida cristiana.

Se trata del acontecimiento de la llamada de Abraham, y de su empezar a caminar hacia una tierra que luego el Señor le habría mostrado.

A la voz que le dice: “Sal…”, Abraham no le responde pidiendo una explicación sobre el sentido de esta palabra, sino saliendo de sí mismo, de su tierra y empezando a caminar.

Es durante su camino, largo y lleno de pruebas, cuando el corazón de Abraham experimenta el temor y el temblor, porque la fe es una aventura que no nos deja tranquilos: el corazón se queda inquieto hasta cuando no descanse en Dios. “Nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”[1].

En este encuentro que da un nuevo horizonte a la vida, nace la Iglesia, se edifica la misma como

comunidad evangelizadora que experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1Jn 4, 10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. … El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo” (Evangelii gaudium, 24).

Finalmente, “la evangelización gozosa se vuelve belleza en la liturgia en medio de la exigencia diaria de extender el bien. La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativo” (Evangelii gaudium, 24).

Caminar es el primer acto que nace del encuentro que nos ha dado un horizonte nuevo, una orientación decisiva.

Pero el caminar no es suficiente. Al caminar le acompaña el edificar.

Ahora bien, la dimensión estructural es una necesidad de nuestro tiempo. Como cualquier estructura muere, si no está empapada de Espíritu de vida, así tampoco en nuestro tiempo podemos reducirlo todo a Espíritu. Esto lo repite continuamente el papa Francisco:

El cristiano no es un bautizado que recibe el Bautismo y luego va adelante por su camino. El primer fruto del Bautismo es hacerte pertenecer a la Iglesia, al Pueblo de Dios. No se entiende a un cristiano sin Iglesia. Y por esto el gran Pablo VI decía que es una dicotomía absurda amar a Cristo sin la Iglesia; escuchar a Cristo pero no a la Iglesia: estar con Cristo al margen de la Iglesia. No se puede. Es una dicotomía absurda. Nosotros recibimos el mensaje evangélico en la Iglesia y hacemos nuestra santidad en la Iglesia, nuestro camino en la Iglesia. Lo demás es una fantasía o, como él decía, una dicotomía absurda[2].

Este equilibrio ya lo encontramos en la primera homilía pronunciada por el papa Francisco al comienzo de su pontificado:

Edificar la Iglesia. Se habla de piedras: las piedras son consistentes; pero piedras vivas, piedras ungidas por el Espíritu Santo. Edificar la Iglesia, la Esposa de Cristo, sobre la piedra angular que es el mismo Señor. He aquí otro movimiento de nuestra vida: edificar[3].

Este continuo edificar necesita una profunda capacidad de discernimiento. En efecto,

hay estructuras eclesiales que pueden llegar a condicionar un dinamismo evangelizador; igualmente las buenas estructuras sirven cuando hay una vida que las anima, las sostiene y las juzga. Sin vida nueva y auténtico espíritu evangélico, sin fidelidad de la Iglesia a la propia vocación, cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo” (Evangelii gaudium, 26).

A este movimiento del caminar y del edificar, le debe siempre acompañar, como condición irrenunciable de nuestra fe, el tercer movimiento que es el del confesar.

Podemos caminar cuanto queramos –afirma el papa Francisco–, podemos edificar muchas cosas, pero si no confesamos a Jesucristo, algo no funciona. Acabaremos siendo una ONG asistencial, pero no la Iglesia, Esposa del Señor. Cuando no se camina, se está parado[4].

Caminar, edificar, confesar. Todo esto ¿constituye la esencialidad de nuestra vida de fe? Sí, responde el papa Francisco, pero a condición de que todo esto se haga siempre en presencia de la cruz del Señor.

Cuando caminamos sin la cruz –afirma el papa Francisco–, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor. Quisiera que todos, después de estos días de gracia, tengamos el valor, precisamente el valor, de caminar en presencia del Señor, con la cruz del Señor; de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor, derramada en la cruz; y de confesar la única gloria: Cristo crucificado. Y así la Iglesia avanzará[5].

Tenemos aquí un comentario programático al primer capítulo de la Primera Carta de san Pablo a los Corintios:

Mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan el saber, nosotros proclamamos a un Mesías crucificado: para los judíos ¡qué escándalo! Y para los griegos ¡qué locura! Pero para los que Dios ha llamado, judíos o griegos, este Mesías es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues las locuras de Dios tienen más sabiduría que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres” (1Co 1, 22-25).

Siguiendo estas líneas programáticas del pontificado del papa Francisco, he intentado, recogiendo la experiencia de los encuentros con los jóvenes de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay), bosquejar, para los catequistas de la parroquia, Una introducción catequética a la fe católica para los jóvenes.

Ningún texto escrito podrá sustituir al encuentro con un acontecimiento, con una Persona.

Hace quince años que, sintetizando en tres puntos el pensamiento teológico de Mons. Paul Schruers, Obispo de Hasselt (Bélgica), escribía lo que sigue:

  1. “Es en el encuentro directo, de persona a persona, donde el Evangelio se comunica como por contagio. De aquí la importancia y la no intercambiabilidad de la persona que anuncia: solo quien está fascinado por el amor de Dios es, por esto, fascinante.

Santo Tomás ha expresado este aspecto personalista de la fe en un texto de notable importancia: ‘Dado que el que cree asiente a las palabras de otro, parece que lo principal y como fin de cualquier acto de creer es aquel en cuya aserción se cree; son, en cambio, secundarias las verdades a las que se asiente creyendo en él’.

Escribe el teólogo jesuita P. Domenico Grasso: ‘El razonamiento puede convencer, pero no provocar la fe. Esta es debida a un paso de amor entre Dios y el hombre, paso que la razón no puede producir. ... El amor pasa de Dios al hombre por un fenómeno de contagio. ... Pero, para que este se realice, el hombre no tiene que poner obstáculos, debe dejarse conquistar’.

‘La fe –escribe Heinrich Fries– es originaria y propiamente no una relación entablada por el hombre con las cosas, con algunas aserciones o algunas fórmulas, sino una relación entre personas. ... La fe abre un paso de acceso a la persona’.


  1. El amor consiste en el hecho de que no hemos amado nosotros primero, sino que Dios nos ha amado primero. Nosotros podemos amar solo porque somos ya amados y agraciados.

Esto nos pone en guardia contra dos peligros antiguos, y al acecho en nuestro tiempo:

a.    La gnosis, por la que se reduce la salvación a conocimiento, y se olvida que es el exceso del amor el que da el verdadero conocimiento.

b.  Cierto pelagianismo, por el cual queremos salvarnos con nuestras fuerzas, y con ellas queremos construir nuestro futuro.

Frente a esta tendencia, se exige de nosotros liberarnos del afán de querer hacerlo todo solos. El Espíritu no puede venir cuando encuentre el lugar ocupado por quien quiera escrupulosamente tenerlo todo en sus propias manos.

  1. La imposibilidad de amar, con un amor teologal y que no somete los demás a nosotros, si nuestro corazón ya no es un corazón concretamente ‘herido’ por un amor preveniente, que nos ha penetrado en una experiencia concreta.

Solo un amor humilde y herido, más que un amor idealizado, emociona e interpela”[6].

Dicho esto, debemos liberar el campo de dos posibilidades de equívoco:

  1. Hablando de “una introducción catequética”, desde el título hemos aclarado que, en estas pocas páginas, no hemos querido compilar otro Catecismo, del que no se advierte la necesidad.

Ya tenemos, puesta a nuestra disposición por la Iglesia, la riqueza del Catecismo de la Iglesia Católica y también el Compendio del mismo.

Por eso, en consecuencia, no se trata de una exposición completa de todas las verdades de nuestra fe.

Esperamos, pues, que no venga alguien a decir: “Falta esto o falta lo otro”.

Además, hay otra óptica que debemos tener presente. Es un principio ya afirmado por el Concilio Vaticano II, y magistralmente retomado por el papa Francisco, quien escribe:

Todas las verdades reveladas proceden de la misma fuente divina y son creídas con la misma fe, pero algunas de ellas son más importantes por expresar más directamente el corazón del Evangelio. En este núcleo fundamental lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado. En este sentido, el Concilio Vaticano II explicó que hay un orden o jerarquía en las verdades en la doctrina católica, por ser diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana. Esto vale tanto para los dogmas de fe como para el conjunto de las enseñanzas de la Iglesia, e incluso para la enseñanza moral” (Evangelii gaudium, 36).

  1. El segundo equívoco es que cierto tipo de catequesis cae demasiado en el sentimentalismo y queda sin ningún contenido. La tentación fideista –donde la fe se separa de la razón y la palabra se reduce a sonido detrás del cual existe solo la nada– está al acecho.

También por eso hemos indicado para los catequistas, al final de cada lección, una serie de preguntas, en cuyas respuestas están siempre presentes las mismas preguntas, para facilitar la comprensión.

******

Concluyo repitiendo algo ya dicho. Sin la inteligencia, la pasión, el amor, la preparación, la entrega y la oración del catequista, ningún texto sirve.

El gran desafío no es un libro más, y tampoco una charla o un cursillo o una reunión más.

El gran desafío es tener catequistas que sean verdaderos misioneros; el número no cuenta, porque no vivimos en la Iglesia bajo la dictadura del número, que pertenece al proselitismo y no a la misión.

El verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera. Si uno no lo descubre a Él presente en el corazón mismo de la entrega misionera, pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie” (Evangelii gaudium, 266).

No somos nosotros, sino que “es el Resucitado quien nos dice, con una potencia que nos llena de inmensa confianza y de firmísima esperanza: ‘Yo hago nuevas todas las cosas’ (Ap 21, 5). Con María, avanzamos confiados hacia esta promesa, y le decimos:

Estrella de la nueva evangelización,
ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión,
del servicio, de la fe ardiente y generosa,
de la justicia y el amor a los pobres,
para que la alegría del Evangelio
llegue hasta los confines de la tierra
y ninguna periferia se prive de su luz
’” (Evangelii gaudium, 288).

Emilio Grasso

 

_____________________

[1] Agustín, Las Confesiones, I, 1, 1.

[2] Papa Francisco, Homilía en la capilla de la Domus Sanctae Marthae (30 de enero de 2014).

[3] Papa Francisco, Santa Misa con los Cardenales (14 de marzo de 2013).

[4] Papa Francisco, Santa Misa con los Cardenales (14 de marzo de 2013).

[5] Papa Francisco, Santa Misa con los Cardenales (14 de marzo de 2013).

[6] Cf. E. Grasso, Come una nave. Ieri oggi e domani nella memoria di Dio, EMI, Bologna 2001, 63-64. En el artículo están las indicaciones bibliográficas.

 

 

  ÍNDICE 

Introducción

3

I. La obediencia de la fe

12

 

1. Significado de la fe

12

 

2. Abraham, "padre de todos los creyentes"

13

 

Para memorizar

14

 

Oración

15

II. El Bautismo: éxodo de todo mal

16

 

1. Los verbos de la fe

16

 

2. El sacramento del Bautismo

17

 

Para memorizar

19

 

Oración

20

III. La purificación del corazón

21

 

1.  Finalidad del trabajo ascético

21

 

2.  El don de Dios y el trabajo del hombre

22

 

Para memorizar

23

 

Oración

25

IV. Relación entre fe y misión

26

 

1. Fe y misión

26

 

2. Discípulos misioneros

27

 

Para memorizar

29

 

Oración

30

V. La Encarnación del Hijo de Dios

31

 

1. El misterio de la Encarnación

31

 

2. Pasión de Jesús voluntariamente aceptada

33

 

Para memorizar

35

 

Oración

36

VI. La ley del verdadero amor

37

 

1. El mandamiento nuevo

37

 

2. La civilización del amor

39

 

Para memorizar

41

 

Oración

42

VII. La libertad del hombre

43

 

1. La libertad de elección

43

 

2. El encuentro con la Palabra

45

 

3. La libertad de los hijos de Dios

46

 

Para memorizar

47

 

Oración

49

VIII. El camino de la belleza

50

 

1. No amamos sino lo que es bello

50

 

2. La revelación cósmica

52

 

Para memorizar

54

 

Oración

55

IX. La palabra

56

 

1. El don de la palabra

56

 

2. Los distintos aspectos de la palabra

58

 

Para memorizar

59

 

Oración

60

X. El misterio de la Santísima Trinidad

61

 

1. Tres personas iguales y distintas

61

 

2. Las huellas de la Trinidad en el hombre

63

 

Para memorizar

65

 

Oración

67

XI. La señal de la cruz

68

 

1. El valor y el significado de la cruz

68

 

2. El verdadero amor es acompañado por la cruz

69

 

Para memorizar

71

 

Oración

73

XII. La liturgia eucarística

74

 

1. La liturgia

74

 

2. Las ofrendas

76

 

3. Hijos en el Hijo

77

 

4. La Plegaria eucarística 

78

 

Para memorizar

78

 

Oración

80

XIII. El Pueblo de Dios

81

 

1. El pueblo nacido de Abraham

81

 

2. Contemplativos de la Palabra y contemplativos del pueblo

83

 

Para memorizar

84

 

Oración

85

XIV. La oración

86

 

1. La oración como diálogo

86

 

2. Palabra de Dios y oración 

87

 

3. En medio del pueblo

88

 

4. María, modelo de oración

90

 

5. El Reino de Dios

91

 

Para memorizar

93

 

Oración

95




 

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