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Han creído en un mundo nuevo


Rostros de esperanza en la América Latina de ayer y de hoy



 

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Emilio GRASSO, Han creído en un mundo nuevo. Rostros de esperanza en la América Latina de ayer y de hoy, Centro de Estudios Redemptor hominis, San Lorenzo (Paraguay) 2006, 60 págs. 

Una aproximación utópica ha alimentado siempre el viaje de tantos hombres hacia el continente latinoamericano.

En la segunda mitad del siglo pasado – en la medida en que venían derrumbándose las ideologías que habían empujado a masas enteras de hombres hacia la aventura de construir un “mundo nuevo” donde reinen la justicia, la paz y la libertad y se rompan todas las cadenas de la esclavitud –, se intensificaba el viaje utópico hacia América Latina, en espera de que allí naciese lo que en Occidente se iba haciendo trizas.

La utopía (del griego ou = no y tópos = lugar; pues: lugar que no existe) es un término acuñado por Tomás Moro, como título de una obra de 1516, que describe su modelo de sociedad ideal, centrado en la abolición de la propiedad privada y en la afirmación de la tolerancia religiosa. Modelo de sociedad semejante al descrito por Platón en La República, como también posteriormente por Francisco Bacón en la Nueva Atlántida o por Tomás Campanella en La ciudad del sol; modelos que esbozan una estructura social sin privilegios, desigualdades ni injusticias.

Una aproximación utópica a la misión es uno de los mayores peligros del que hay que apartarse con cautela e inteligencia. Esta aproximación, en efecto, tiene como punto de partida la huida de un lugar real para perseguir el sueño de un no-lugar, en la ilusión de que exista, como en la cultura de los guaraníes o de otros pueblos del continente latinoamericano, una Tierra Sin Mal (Mba’e Vera Guasu o Yvy Marâe’ỹ) hacia la cual marchar, para encontrar aquel lugar que exime de la confrontación crucificadora con la Palabra y con el pecado que, saliendo de nuestro corazón, crea y desarrolla estructuras de pecado.

Tantas jeremíadas acerca de las Iglesias en Europa y acerca de las mismas culturas occidentales, unidas a exaltaciones tanto acríticas como infantiles de todo lo que encontramos en otros lugares, a menudo encuentran su fundamento en nuestra incapacidad de vivir la fe en su pobreza crucificadora; diría en la dimensión mística del nudus nudum Christum sequi (seguir, desnudos, a Cristo desnudo) unida a la racionalidad (que no es lo mismo que racionalismo) entendida como manera de comportarse fundamentada en el Logos, el Espíritu creador del cual procede todo lo que es real: Razón creadora que se ha manifestado como amor en Dios crucificado.

A mí me ha parecido oportuno presentar, a través del testimonio de tres personas-símbolo de la misión de la Iglesia en América Latina, tres pilares sin los cuales nuestro viajar hacia otro lugar ya no es misión de la Iglesia, amor y pasión por el rostro de Dios y el rostro de los hombres, con opción preferencial por aquellos rostros oprimidos y crucificados, con los que el Hijo de Dios se ha identificado.

En Antonio de Montesinos descubrimos la fuerza de la Palabra como fundamento de la misión liberadora a la que estamos llamados.

Mons. Óscar Arnulfo Romero nos llama a una conversión permanente, que no permite la reducción de la fuerza creadora y reveladora de la Palabra a un conjunto de verdades objetivas sin relación con rostros concretos de hombres, carne y sangre de Dios en la historia, reflejo por los caminos del mundo de la Eucaristía del Señor, verdadera carne y verdadera sangre derramada sacrificialmente por la salvación de los hombres.

En Nino Miraldi, sacerdote romano fidei donum (don de la fe) en Brasil, encontramos la capacidad crítica que nos libera de mitos propagandísticos baratos; la libertad frente a eslóganes tanto más falsos cuanto más repetidos; la desilusión frente a un Eldorado que no existe; aquel sentido común que constituye una característica típica de un verdadero espíritu romano, que no es un “volemose bene” (amémonos) sin sufrimientos y sin conflictos, como querrían tantas personas afectadas por espíritu antirromano, sino aquella fe pobre y desencantada que sabe devolver al hombre lo que es del hombre, para dejar a Dios – en la obediencia profunda y en la paz – lo que es de Dios.

Emilio Grasso


ÍNDICE

Prefacio

 7

Antonio de Montesinos y la fuerza de la Palabra

 9

Rostro de Dios, rostro del hombre

 

El supremo testimonio de amor de Mons. Óscar Arnulfo Romero

 29

Pobreza, fe, coraje para afrontar la realidad

 

El testimonio del p. Nino Miraldi, misionero romano en Brasil

 43

 

 

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