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Principios de filosofía

o sea lo que no es el Fulanismo






Emilio GRASSO, Principios de filosofía o sea lo que no es el Fulanismo, Centro de Estudios Redemptor hominis, San Lorenzo (Paraguay) 2005, 64 págs.

“La escuela se coloca entre el pasado y el futuro y debe tener presentes los dos. Y el maestro tiene que ser, en cuanto pueda, profeta, sondear los ‘signos de los tiempos’, adivinar en los ojos de los muchachos las cosas lindas que ellos van a ver claras mañana, y nosotros vemos sólo entreveradas” (L. Milani, L’obbedienza non è più una virtù, Libreria Editrice Fiorentina, Firenze 1971, 36-37).

La escuela, por lo tanto, no tiene que llenar la cabeza de los muchachos con fechas y nombres que deban repetir de memoria.

Ella, por el contrario, debe enseñar a reflexionar, a indicar un camino que recorrer, para que los jóvenes lleguen a entrever la verdad.

Después, cada uno, frente a la verdad conocida, dará su respuesta. La verdad no se impone a nadie. Ella encuentra el misterio de la libertad de cada persona. Entonces, cuando verdad y libertad se encuentren, también el maestro tiene que desaparecer, para permitir que verdad y conciencia se hablen entre sí. Qué acontecerá después, es la aventura que empieza en el libro de la historia, ya abierto y que escribir todavía.

Frente a algunos jóvenes campesinos

Tengo ante mí a tantos jóvenes que viven entre el trabajo de los campos, una chacra, una pequeña carpintería, una escuela al salir de la cual muchos saben menos que cuando entraron. La frecuentan para recibir un título, esperando así conseguir un lugar de trabajo cualquiera que pueda hacerlos salir de la condición en la que han nacido y viven.

En la escuela que frecuentan te enseñan sólo a repetir. ¡Ay de ti si haces preguntas, si quieres saber el porqué de las cosas! Pedir el porqué significa poner en crisis al maestro, subvertir el orden constituido donde quien está detrás de una mesa hace preguntas y manda.

En este tipo de escuela los roles son claramente establecidos. El maestro es el único que posee el saber oficial y el joven debe sólo escuchar y repetir. Ipse dixit es la consigna de este tipo de escuela.

Si se pregunta el porqué de las cosas o se avanza un poco más allá de los apuntes dictados, se pasa por rebeldes y malos estudiantes que ponen en discusión las autoridades establecidas por Dios.

¡Hay que tener cuidado! Especialmente en lo interior profundo, donde las voces corren y con rapidez te ponen al margen entre los más marginados.

Entre los pobres, sobre todo entre los campesinos sin tierra, esta mentalidad fideísta y tradicionalista (es así porque es así... porque siempre ha sido así y siempre será así... porque así tiene que ser y porque así quiere Dios) es una mentalidad profundamente arraigada y difundida en todas partes. Lo que nos interroga a nosotros los cristianos es que esta mentalidad la encontramos tantas veces también en el clero.

La Iglesia no vive fuera del mundo. Ella se encuentra en un profundo intercambio cultural con el mundo. Recibe carne y sangre no sólo de Jesucristo, sino también del mundo en el que vive. Y si el mundo del cual provienen tantos seminaristas es aquel del campo, hay que comprender que, en muchos casos, su cultura de base se queda aquella recibida en los primeros años de vida. Hay el riesgo de que, una vez llegados a ser pa’i, se haya cambiado sólo el lugar en una escala social y simbólica, que sustancialmente queda invariada.

Fontamara y la marginación lingüística

Merece la pena, en este punto, detenernos sobre el pensamiento de un gran escritor italiano del siglo pasado, Ignazio Silone, que, como pocos, ha descrito e interpretado el mundo del campesinado pobre.

Su primera novela, Fontamara, escrita a comienzos de los años treinta y traducida enseguida en casi treinta idiomas, es todavía la obra más conocida del autor italiano, un alto testimonio de libertad y amor al hombre. Fontamara se levanta como símbolo del Sur del mundo. En esta aldea encontramos descrita una historia antigua y siempre nueva, que tiene que ser leída como una alegoría de lo que acontece hoy todavía, entre nosotros, delante de nuestros ojos.

“Fontamara – escribe Silone – se parece, pues, en muchos aspectos, a cada aldea del Sur. Los campesinos pobres, los hombres que hacen fructificar la tierra y sufren hambre, los fellahin, los coolies, los peones, los mugic, los cafoni (es el término con el cual en el Sur de Italia son señalados los campesinos más pobres), se parecen en todos los países del mundo; sobre la faz de la tierra son nación aparte, raza aparte, iglesia aparte; sin embargo, no se ha visto todavía a dos pobres idénticos en todo”.

En Fontamara no hay historia, sino circularidad de los ritmos que se repiten: el mismo cielo, la misma tierra, las mismas lluvias, el mismo viento, las mismas fiestas, los mismos alimentos, la misma angustia, las mismas aflicciones, la misma miseria: la miseria recibida de los padres, que la habían heredado de sus abuelos, y contra la cual el trabajo honesto nunca ha sido útil para nada.

“Por varias generaciones los cafoni, los jornaleros, los peones de mano, los artesanos pobres se someten a esfuerzos, privaciones, sacrificios inauditos para subir aquella grada ínfima de la escala social; pero raras veces alcanzan eso. La mayoría de ellos arrastra la vida como una pesada cadena de pequeñas deudas para saciarse y de fatigas agotadoras para pagarlas”.

Quien ha vivido en ambientes del tipo de Fontamara ha experimentado que existe un problema impropiamente llamado “bilingüismo” que, sin embargo, no es bilingüismo.

Agudamente observa Silone: “A nadie se le ocurra que los Fontamarenses hablen el italiano. El idioma italiano es, para nosotros, un idioma extranjero, un idioma muerto, un idioma cuyo vocabulario y gramática se han formado sin ningún contacto con nosotros, con nuestra manera de actuar, con nuestro modo de pensar, con nuestro modo de expresarnos”.

Se viene creando, por lo tanto, en el interior de la misma persona, un continuo diálogo intercultural. Se piensa en un idioma y se está obligado a expresarse en otro. La consecuencia que deriva de eso es una creciente marginación de los cafoni.

Lo que escribe Silone acerca de los cafoni de la Mársica tiene un valor de sentido universal y no se aplica sólo a la relación con el idioma italiano, sino con cualquier idioma.

La marginación lingüística lleva a una desconfianza en la posibilidad de incidir en la vida social y política del país. En efecto, declara uno de los personajes de Fontamara: “La ley es hecha por los ciudadanos, es aplicada por los jueces, que son todos ciudadanos, es interpretada por los abogados, que son todos ciudadanos. ¿Cómo puede un campesino tener razón?”.

Se crea, por lo tanto, una profunda fractura entre los varios tipos de libertad que substancian una democracia. Los cafoni renuncian de antemano y delegan aquellas que suelen llamarse libertades formales o burguesas, para pedir sólo aquellas que están bajo el nombre de libertades sustanciales.

Trágicamente son ellos mismos que se entregan democráticamente a cada vez nuevas formas de opresión y explotación, a través de personajes que hablan en su nombre y se ponen como intermediarios con las autoridades, especulando sobre la ignorancia del pueblo.

A la explotación y la injusticia se agrega la burla. El cafone entiende, pero no sabe expresarse y no encuentra los medios adecuados para salir del engranaje infernal en que vive.

Se recae, así, en un individualismo que ya no espera ni cree en la posibilidad de un cambio.

En Fontamara, después de algunos intentos de rebelión, enseguida reprimidos, paulatina, pero inexorablemente, los cafoni vuelven a una mentalidad fatalista y determinista, presa de un inexorable destino, de un trágico “todo está ya escrito”, contra el cual la voluntad del hombre no puede hacer nada.

Explica uno de los cafoni de Fontamara:

“En cima de todo está Dios, dueño del cielo.

Luego viene el príncipe, dueño de la tierra.

Luego vienen los guardias del príncipe.

Luego los perros de los guardias del príncipe.

Luego, la nada.

Luego, todavía la nada.

Luego, todavía la nada.

Luego vienen los cafoni.

Y se puede decir que ha terminado.

...................

Las autoridades se dividen entre el tercer y el cuarto lugar. Según el sueldo. El cuarto lugar (aquel de los perros) es inmenso. Esto cada uno lo sabe”.

Liberar la inteligencia, liberar la palabra

Vuelvo a aquellos jóvenes amigos campesinos. Los tengo presentes a todos, buscando adivinar en sus ojos las cosas hermosas que ellos mañana verán claras, y nosotros hoy vemos sólo confusamente.

Desde hace mucho tiempo me volvía a prometer escribirles.

Los veo moverse entre los trabajos de la chacra, de la carpintería, de los campos. Son muchachos y muchachas: algunos más despiertos, otros menos; algunos con un gran deseo de un mundo diferente, otros haraganes y resignados; algunos están marcados ya por trágicas experiencias, otros, por el momento, se han quedado preservados de ellas.

El tren de la historia corre veloz. Aquí, entre ellos, cada minuto que pasa puede significar una vida perdida. Es verdaderamente una carrera contra el tiempo.

La larga agonía de Juan Pablo II, su muerte y la apoteosis de su entierro me han conmovido profundamente.

El tiempo pasa para todos inexorable. Juan Pablo II ha vivido hasta el último respiro el don recibido. No ha sido dueño del tiempo, sino que supo vivir todo el tiempo que le ha sido donado, instante por instante, como un tiempo de decisión y elección, como último momento de la vida, como encuentro final con Dios.

¿Y yo?

Yo también he recibido algunos dones y un tiempo.

Yo también tengo que hacer mis elecciones.

Elegir quiere decir siempre hacer ciertas cosas y no otras; quedarse con algunos y no con otros; quedarse en un lugar y no en otros.

Elegir quiere decir que allí donde hay un sí hay también muchos noes.

A los tantos que proclaman un amor universal, pero al mismo tiempo huyen siempre y no se atan nunca a nada, el P. Milani recuerda el carácter concreto del verdadero amor: un compromiso total, hasta la muerte, es siempre un compromiso particular.

“Sé que a ustedes los estudiantes estas palabras les dan rabia – anota en una de sus muchas cartas – pero a lo mejor está exactamente aquí la respuesta a la pregunta que me haces. No se pueden amar a todos los hombres... De hecho se puede amar sólo a un número limitado de personas, tal vez algunas decenas, algunos centenares. Y, puesto que la experiencia nos dice que para el hombre es posible sólo esto, me parece evidente que Dios no nos pide algo más... Y, entonces, si uno quiere encontrar a Dios y los pobres, tiene que permanecer en un lugar y ocuparse sólo de ellos... Cuando hayas perdido la cabeza, como la he perdido yo, detrás de pocas decenas de criaturas, encontrarás a Dios como un premio. Tendrás que encontrarlo a la fuerza, porque no se pueden formar discípulos sin una fe segura. Es una promesa del Señor contenida en la parábola de las ovejitas, en la maravilla de los que se descubren a sí mismos, después de su muerte, amigos y bienhechores del Señor sin haberlo ni siquiera conocido” (Lettere di don Lorenzo Milani priore di Barbiana. A cura di M. Gesualdi, Mondadori, Milano 1970, 277-278).

Elegir quiere decir donar su propia libertad y, si la hemos donado verdaderamente, no tenerla más para hacer otras cosas. Una vez donada, esta libertad no nos pertenece más como posibilidad de hacer otras elecciones, sino sólo como posibilidad de amar cada vez más.

El amor no es otra cosa que una libertad donada, una libertad crucificada.

Mis amigos campesinos están esperando. Ellos son pacientes, pero no esperarán infinitamente.

El libro de la historia nos enseña que no existe nada más feroz que la impaciencia de los marginados que se desencadena. Es por eso por lo que todos los explotadores y opresores del mundo buscan siempre adormecer la conciencia de los pobres, impidiéndoles razonar, comprender, saber hablar sin tener que delegar siempre la gestión de sus problemas a algún caudillo, el salvador de la patria que, con una palmada en los hombros, un pedazo de asado, un vaso de caña y las acostumbradas dos palabras en el único idioma que hablas, te roba la cédula electoral y la conciencia.

Luego, terminado el juego, cada uno vuelva a su casa. ¡Y si te he visto, no me acuerdo!

Panem et circenses..., de esta manera se adulaba al pueblo en los tiempos de los emperadores romanos.

Asado y polka... y los campesinos vuelven tranquilos a hacerse encuadrar.

Pero, ¿hasta cuándo?...

He pensado sobre qué escribir a mis amigos campesinos. Me ha parecido útil continuar un discurso ya comenzado con ellos sobre la escuela, la capacidad de razonar, la búsqueda de la verdad.

Entre ellos, como un fantasma, merodea una de aquellas personas tan haraganas, a las que les cuesta incluso pronunciar su nombre. Y no lo pronuncian porque no quieren exponerse nunca, no quieren manifestar nunca lo que piensan, no quieren alinearse nunca en una u otra parte. Amigas de todos, porque amigas de nadie; aman a todos, porque no aman a nadie.

Ella repite siempre la última palabra escuchada, escondiéndose detrás de la última persona que ha hablado. Se pone siempre a la cola del último carro que pasa para subir, naturalmente sólo después de haber visto, sobre la piel de los demás, hacia dónde conducen los otros carros.

Ésta es la persona más peligrosa, porque solicita siempre la parte peor de nosotros mismos, aquella parte cobarde y haragana que nos hace perder lentamente inteligencia, voluntad, libertad, responsabilidad, para transformarnos en una cosa entre tantas cosas.

No nos liberamos de aquella persona echándola afuera o alejándola. Por el contrario, ella es el llamamiento continuo hacia nuestra libertad.

Es una gracia de Dios reconocerla y tenerla entre nosotros, porque nos dice lo que también nosotros seremos si no amamos al Logos, la Razón creadora que se ha manifestado como amor en el Dios crucificado.

Cómo se llama aquel fantasma nadie entre nosotros lo sabe. A mí se me ocurre llamarlo Fulana.

Fulano/a es una “voz con que se suple el nombre de una persona, cuando se ignora o de propósito no se quiere expresar: persona indeterminada o imaginaria”, y el Fulanismo es aquella manera de comportarse que se opone al Logos, al Espíritu creador del cual procede todo lo real, a la Razón creadora que se ha manifestado como amor en el Dios crucificado.

Fulana, como lo son los cafoni de Silone, es una persona real y al mismo tiempo simbólica. Vive junto con nosotros y en cada uno de nosotros. Es cada uno de nosotros cuando, por pereza o maldad, renunciamos a razonar y nos amparamos bajo la fácil actitud de repetir lo que hemos escuchado, escondiéndonos detrás del genérico lenguaje anónimo del “se dice... se piensa... lo dicen y hacen todos...”, renunciando al don que Dios nos ha hecho, aquel de la libertad personal, al saber hablar en primera persona, asumiéndose siempre las propias responsabilidades, sin descargarlas sobre los demás o sobre estructuras anónimas.

La palabra filo-sofía es un término de origen griego que quiere decir amor a la sabiduría.

Filosofía es, pues, esencialmente conocimiento y conducta adecuada a este conocimiento.

Conocer quiere decir “averiguar por el ejercicio de las facultades intelectuales la naturaleza, cualidades y relaciones de las cosas”.

No se trata, por lo tanto, de repetir sin razonar, sino de utilizar las facultades intelectuales que Dios nos ha donado.

Filosofía es, pues, lo contrario exacto del Fulanismo.

Por eso, ya que amo a mis amigos campesinos, les escribo, finalmente, una carta con un título que, por medio de los elementos proporcionados en esta introducción, podrán fácilmente comprender.

Emilio Grasso

 



 

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