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la dimensión objetiva del trabajo

en el magisterio social de JUAN paBlo II


 

Si, en el pasado, la Doctrina Social de la Iglesia se ha ocupado mayormente del fin objetivo del trabajo y de todo el orden socio-económico, con el Magisterio social del Papa Wojtyla, siguiendo las líneas conciliares de la Gaudium et spes, se introduce un importante desarrollo que acentúa la interacción y el equilibrio entre los dos aspectos de la actividad humana: el subjetivo y el objetivo.

En el documento conciliar, en efecto, ya se había enfocado las dos dimensiones del trabajo, individuando en él, por una parte, el ingente esfuerzo con el cual los hombres buscan mejorar las propias condiciones de vida (cf. Gaudium et spes, 34) y, con la ayuda de la ciencia y de la técnica, amplían el dominio sobre la naturaleza (cf. Gaudium et spes, 33) y, por otra, contemporáneamente, reconociendo al hombre como autor, centro y fin de toda la vida económico-social (cf. Gaudium et spes, 63).

El trabajo presenta siempre sus dos aspectos complementarios haciendo referencia, respecto a su origen, al sujeto personal y dirigiéndose, respecto a su destinación, a un objeto externo.

La primacía del hombre en el trabajo y, por consiguiente, el aspecto subjetivo de la actividad humana, que encontramos en el Magisterio social de Juan Pablo II, no niega y no excluye su dimensión y finalidad objetiva. Entendido como ejercicio y realización del dominio del hombre sobre la tierra, el aspecto objetivo del trabajo –se afirma en la Laborem exercens–, da sentido al esfuerzo humano y contribuye al mismo desarrollo subjetivo de la personalidad del trabajador (cf. Laborem exercens, 5).

En tal sentido, la autorrealización personal, por una parte, y el dominio y la transformación del mundo, por otra, son dos momentos necesarios y conectados entre sí en un único proceso. Es a través del dominio de la tierra, en el trabajo y por medio de él, como el hombre puede realizarse en su humanidad, puesto que el estar en el mundo, histórica y concretamente, forma parte constitutiva de la definición misma del ser hombre y, por eso, es condición indispensable de su autocomprensión y de su realización subjetiva.

Partiendo de la legitimación bíblico-teológica del dominio del hombre sobre el mundo, que se cumple en la transitividad de la acción laboral (cf. Laborem exercens, 4), se realiza aquel gigantesco proceso del trabajo, que abraza a todos los hombres y a cada hombre en particular, evidenciando la dimensión objetiva de la actividad humana, que “halla su expresión en las varias épocas de la cultura y de la civilización” (Laborem exercens, 5).

Asimilando totalmente los valores de la cultura industrial, Juan Pablo II, en esta visión suya, valoriza la función de dominio que el hombre debe ejercer en el mundo. Considera cómo, en la sociedad industrial y posindustrial contemporánea, este dominio se ha ensanchado enormemente con el desarrollo de la técnica y de la ciencia, las cuales, fruto de la inteligencia y de la creatividad humana, son una confirmación histórica del poder del hombre sobre el mundo (cf. Laborem exercens, 5).

La técnica: expresión de la creatividad humana

Las diversas formas de trabajo, sus realizaciones objetivas, la organización misma del trabajo, en esta perspectiva, son importantes no solo porque producen bienes y satisfacen necesidades, sino porque revelan siempre nuevos aspectos de la creatividad del hombre, nuevos problemas éticos y nuevos recursos humanos que se deben valorizar y desarrollar. Trabajando y produciendo, el hombre se comprende cada vez mejor a sí mismo, y construye su historia personal y comunitaria.

Esta es una adquisición constantemente presente en la enseñanza social de Juan Pablo II, que él repite en muchos de sus discursos a los trabajadores, donde percibe y aclara los aspectos más vitales y positivos de la sociedad contemporánea, respecto a las transformaciones del mundo del trabajo y de la economía, y respecto a las innovaciones y a los desarrollos científico-tecnológicos.

No cada estructura del proceso productivo, sin embargo, promueve y favorece el desarrollo personal del hombre.

Sin descuidar y, al contrario, evidenciando los aspectos de ambigüedad, los interrogantes, los problemas ínsitos en el desarrollo de la técnica –como elemento determinante y penetrante, hoy, no solo del trabajo, sino de la misma calidad y modelos de vida de los hombres–, se reconoce en ella un desafío que interroga al mundo contemporáneo, es decir, en el sentido de una correcta afirmación de la técnica que no comprometa la más global realización humana.

En la sociedad industrial y posindustrial, se vuelve un nudo crítico fundamental la búsqueda de una interacción entre los dos aspectos del trabajo, en el paso de la concepción mecanicista del trabajo a la personalista, y en el objetivo de un crecimiento humano y personal auténtico.

La enseñanza social de la Iglesia, sobre todo en el posconcilio, en el ámbito del renovado planteamiento teológico sobre las realidades terrenas, ha desarrollado indudablemente una valoración positiva del proceso de industrialización, y de la función innovadora desarrollada por la técnica en el proceso productivo y cultural, considerando, sin embargo, contemporáneamente y con atención crítica, los aspectos de ambigüedad presentes en él[1].

Juan Pablo II, en su primera encíclica, evidencia los riesgos y las amenazas contra el hombre que proceden de los desarrollos tecnológicos, de los mismos resultados de su trabajo: “El hombre actual parece estar siempre amenazado por lo que produce, es decir, por el resultado del trabajo de sus manos y más aún por el trabajo de su entendimiento, de las tendencias de su voluntad” (Redemptor hominis, 15). Esto, sin embargo, en los desarrollos de su enseñanza, no se trasforma en pretexto para rechazar el progreso técnico-científico y el consiguiente cambio social que produce, sino, más bien, en ocasión para hacer y proponer la pregunta ética sobre el uso, sobre el significado y sobre las finalidades de esta inmensa posibilidad de la racionalidad técnico-científica, con respecto a la esencialidad del hombre y a su primacía sobre las cosas[2].

Emanuela Furlanetto

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

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[1] Pablo VI, en particular, comenzó a denunciar, en sus encíclicas sociales, la ambigüedad de la técnica y de la ideología del progreso ilimitado a ella conectada. Cf. Populorum progressio, 14; 34; cf. Octogesima adveniens, 41.

[2] Este es un punto central de la problemática del trabajo, que el Papa expone doctrinalmente en la Laborem exercens, y que desarrolla también en numerosos otros discursos a los trabajadores sumergidos directamente en la realidad de los países industrializados.


10/09/2015


 

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