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Interdependencia social y cultura de lA solidariDAD
en el magisterio social de JUAN paBlo II


       

 

La dimensión mundial de la cuestión social ya forma parte integrante de la perspectiva de la enseñanza social de la Iglesia. Sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, ha venido creciendo cada vez más la conciencia de la necesidad de una perspectiva internacional con la cual mirar los problemas de la vida económico-social, pero también cultural y religiosa, para captar sus reales dimensiones e individuar en ellos soluciones adecuadas.

Elementos en este sentido se encuentran en las encíclicas Mater et magistra y Pacem in terris, pero es sobre todo en la Populorum progressio (n.° 3) donde, volviendo a tomar la constitución conciliar Gaudium et spes, Pablo VI afirma que "la cuestión social ha tomado una dimensión mundial" definiéndola "el hecho más importante del que todos deben tomar conciencia".

Esta conciencia está particularmente presente en el Magisterio de Juan Pablo II, concretizada también a través de sus numerosos viajes.

En la Laborem exercens (n.° 2) esta dimensión mundial se manifiesta como ámbito propio en que se ha desarrollado la cuestión obrera, ya no como problema de "clase", sino cada vez más como problema del "mundo". En la Sollicitudo rei socialis, y en numerosos discursos del Pontífice, esta se encuentra expresada sobre todo como conciencia de una inevitable interdependencia recíproca entre los hombres, los pueblos y las problemáticas sociales. En este documento sobre el desarrollo, el término "interdependencia" es el elemento que determina la realidad social contemporánea. Aparece como un dato de hecho, por eso, cada cuestión, también local y nacional, en realidad asume relevancia e implicancias internacionales y súper nacionales. En la Centesimus annus, la dimensión mundial y la interdependencia ya constituyen el escenario de fondo de los problemas, que la enseñanza social enfrenta como nuevos desafíos del tiempo y fronteras de la nueva evangelización.

Interdependencia: clave de la realidad social

La realidad social de los años 80-90 manifestaba, indudablemente, la necesidad de asumir una visión holística e interdependiente, en que aparecieran superados los ámbitos estrechos de un grupo, de una "clase", de una particular nación o de una ideología.

Ya no existían historias aisladas, ni pueblos autosuficientes y autárquicos con respecto a su supervivencia y a su destino, sino que se desarrollaba una interdependencia humana cada vez más total.

Este concepto se ha vuelto clave de lectura peculiar de la mundialización de los problemas y de la complejidad social, asumiendo, en tal sentido, diversas dimensiones.

La interdependencia que se ha constituido a radio planetario por medio de una tupida red de acontecimientos, cuales el aumentado número de los Estados, el abrirse del foso del subdesarrollo ligado al amplificarse de los desequilibrios estructurales, el desarrollo de la organización internacional, el aumentado poder de negociar de los países en vías de desarrollo, caracterizaba no solo las relaciones entre los Estados-naciones, sino también los subsistemas internos que los constituían, del económico al político-social y cultural.

En el plano económico, la interdependencia internacional y global se manifestaba como un proceso caracterizado por las mutuas ventajas y los costos recíprocos, los unos y los otros no siempre igualmente repartidos, y ligados a la división internacional del trabajo[1].

Esto significaba que situaciones y factores tecnológicos, económicos, políticos, que tenían una potencialidad operacional capaz de superar las fronteras de un particular país, influían cada vez más directamente, sin filtros y mediaciones, en los sistemas económicos y sociales de otras naciones, condicionando el nivel de ocupación y de los salarios, la organización de la producción y los mismos derechos de los trabajadores.

La aportación del trabajo, de sus productos en la superación de las barreras nacionales y de los regímenes de organización, tendientes a constituir una red de vínculos internacionales coherente en sí misma, era, de todos modos, una de las características más marcadas de la sociedad.

En la dinámica internacional, el trabajo, si, por una parte, por su misma naturaleza, era un vínculo que hacía conscientes de la recíproca interdependencia entre las personas y entre los pueblos permitiendo poner en relación la propia existencia y experiencia laboral con la de los demás en un destino compartido, por otra, precisamente sobre el trabajo, frecuentemente recaían problemas relativos a una desigual e injusta repartición de las funciones entre las varias naciones, y los efectos no siempre positivos de la interdependencia económica mundial.

La interdependencia se ensanchaba del ámbito económico al social. Esto comportaba también una interrelación e intersección de los factores y de los intereses que unían a la comunidad mundial, como sistema de partes interdependientes, cada una de las cuales estaba sujeta, pues, a las perturbaciones del normal equilibrio que, desde una u otra parte del mundo, implicaba el resto del planeta[2].

La interdependencia volvía a evocar no solo el plano del crecimiento económico, sino también el de los aspectos relativos a los equilibrios ambientales el desarrollo demográfico, la coexistencia de grupos étnico-culturales, a las grandes transformaciones planetarias en general y a los problemas emergentes en el plano mundial, que constituían las tendencias determinantes para el futuro de la humanidad.

Si la interdependencia, por una parte, evidenciaba la acrecentada conciencia de formar parte de una única humanidad atada a un mismo destino (cf. Sollicitudo rei socialis, 26), por otra, manifestaba su ambigüedad. Interpretaba, en efecto, también una situación internacional caracterizada por la divergencia entre los países industrializados y los países en desarrollo, por las numerosas consecuencias negativas que amenazaban el futuro de la sociedad, con aquel "foso" cada vez más acentuado entre norte y sur del mundo, donde todos los problemas estaban atados a las macroscópicas injusticias, explicadas por los índices del subdesarrollo.

Además, la interdependencia describía todos aquellos fenómenos de fragmentación del sistema mundial, que multiplicaban y hacían compleja una red de vínculos constitutivos de su realidad.

La interdependencia y la mundialización de los problemas aparecían cada vez más diagnosticadas y enfrentadas, por las varias instituciones súper nacionales y por los diversos organismos internacionales, que han asumido una función cada vez más decisiva, no solo en describir las realidades mundiales, sino también en proponer hipótesis de solución de las varias cuestiones.

Los informes casi anuales de los varios organismos, como la ONU, la UNESCO, la OMS, la FAO, el UNICEF, el Banco Mundial, Amnesty International, etc., que refieren los índices económicos-sociales-culturales-demográficos, etc., del mundo, eran ya el resultado de esta perspectiva planetaria e interdependiente.

Interdependencia y mundialización interpretaban la tupida red de relaciones entre la cual se colocaba cada persona o realidad social, red producida y favorecida, en grande medida, por la revolución tecnológica del sistema de la información, que había ido doblando cada vez más las dimensiones del espacio y del tiempo, hacia la transformación del mundo en una "aldea global".

Esta expresión usada inicialmente por Marshall McLuhan a finales de los años 60, más allá de una fácil retórica, en realidad captaba una verdad fundamental, porque, a pesar de los empujes centrípetos ciertamente presentes basta pensar en los varios nacionalismos emergentes, en los revivals étnicos, en las formaciones sectarias que provocaban fuertes tensiones en cada parte del mundo, se había ido consolidando cada vez más también el fenómeno de una uniformación de las culturas mundiales, por medio del sistema de información[3].

Si, por un lado, es mérito de esta revolución el haber favorecido la difusión de la conciencia de la pertenencia a una única humanidad, por otro, los contactos provocados por sus mecanismos, a menudo, corrían peligro de debilitar los vínculos con las propias raíces y la propia tradición histórica y cultural, permaneciendo en un plano superficial e intermitente, controlado por los medios de comunicación de masas.

La variedad y la cantidad de las informaciones y de los contactos, no siempre significa crecimiento de la calidad de vida y del "ser más" de la persona.

La virtud de la solidaridad

Junto a estas dimensiones propias de la interdependencia, cuya intensidad dependía del grado de desarrollo científico, técnico y cultural, la enseñanza social ha evidenciado, y sigue destacando, sobre todo una dimensión suya moral y cultural.

La interdependencia percibida como sistema de relaciones en el mundo contemporáneo en sus varios componentes y captada como categoría ética, se traduce en la "virtud de la solidaridad" (Sollicitudo rei socialis, 38), entendida como compromiso responsable de colaboración mundial entre los hombres por el bien del prójimo, y guía en la acción y en las relaciones intersubjetivas.

La interdependencia constituye, pues, un proceso dinámico orientado hacia una cultura de la solidaridad, que, superando la óptica ideológica ya obsoleta, apunta a una unidad del género humano, no como homologación, sino en el respeto de las recíprocas identidades culturales y nacionales. En esta dinámica, así, se ponen en evidencia la universal dignidad y libertad del hombre, como valores últimos puestos por encima de las condiciones y de los condicionamientos sociales e institucionales.

En esta perspectiva, la interdependencia y la solidaridad encuentran su fundamento no en una utilidad económica o voluntad política, sino en una visión teológica. La solidaridad se puede comprender solo a la luz de la fe, del proyecto de Dios para la humanidad y de la experiencia de comunión, que, como se afirma en la Lumen gentium (cf. n.° 40), funda un nuevo modelo de unidad del género humano, como reflejo de la comunión trinitaria.

De esta concepción teológica deriva el principio de la destinación común, dada por Dios a los bienes de la creación, los cuales, pues, deben ser igualmente compartidos por todos en la justicia y en la caridad. "Y lo que la industria humana produce con la elaboración de las materias primas y con la aportación del trabajo, debe servir igualmente al bien de todos" (Sollicitudo rei socialis, 39).

Interdependencia y solidaridad, así comprendidos, indican los andenes sobre los cuales orientar un desarrollo auténtico de la humanidad, donde el hombre con su creatividad y su libertad permanece el protagonista indiscutible.

Emanuela Furlanetto

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)




[1] Un primer intento de reflexión sobre los problemas económicos globales, que derivan de la aumentada independencia, está realizado por el texto de R. N. Cooper, The economics of interdependence, McGraw-Hill, New York 1968. Han seguido, luego, números estudios que han ensanchado y profundizado este concepto en los diferentes ámbitos. Cf. J. Sassoon, Dependencia e interdependencia en el sistema internacional, en "Quaderni di Sociologia" 29 (1980-81) 367-392; K. Waltz, The Myth of National Interdependence, en The International Corporation. A cargo de C.P. Kindleberger, MIT Press, Cambridge 1970, 205-223.

[2] Este concepto sociológico se ha desarrollado sobre todo en los años 70, a consecuencia de los estudios del Massachusetts Institute of Technology y del Club de Roma, que han formulado la tesis de la interdependencia para la sobrevivencia, sostenida por numerosos estudios. Cf. D.L. Meadows (y coll.), I limiti dello sviluppo, Mondadori, Milano 1972; M. Mesarovic-E. Pestel, L'umanità ad una svolta: Strategie per sopravvivere, Mondadori, Milano 1974.

[3] Cf. M. McLuhan, The Gutemberg Galaxy, University of Toronto Press, Toronto 1968; M. McLuhan, Gli strumenti del comunicare, Il Saggiatore, Milano 1967; M. McLuhan - B.R. Powers, The global village: Trasformations in world life and media in the 21st century, Oxford University Press, New York 1989.

 





22/01/2017
 

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