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Una nueva cultura del trabajo y de lasolidaridad,
en el magisterio social de JUAN paolo II

 


En la perspectiva del magisterio social de la Iglesia, el desarrollo-subdesarrollo es un problema ético-cultural, en el sentido de una experiencia de vida que contrapone la pobreza, no solo económica, de una amplia parte de población, a la opulencia de otra parte. Se impone, pues, en alternativa a esas redes de sentido creadas por las "estructuras de pecado", la exigencia de categorías de interpretación de los desafíos del momento, que estén en condiciones de dar criterios de juicio fundados en la dignidad del hombre, en su experiencia de ser sujeto y en el derecho de ser tratado según la verdad de la que es portador.

En este plano, se pone el análisis y la contribución de la enseñanza social, proponiendo la superación de la cultura del individualismo para una cultura de la solidaridad.

No se trata de desarrollar solo una solidaridad inmediata, entendida como el dar gratuitamente bienes económicos, materiales frente a situaciones de emergencia. Esto en tantas situaciones de miseria puede ser de gran ventaja, pero, puede crear también graves daños, porque puede generar la tentación para enteros pueblos de volverse mendigos, de esperar la limosna con un consecuente menosprecio de sí y de las propias capacidades creativas.

El trabajo, elemento dinámico para una cultura de la solidaridad

Una auténtica cultura de la solidaridad requiere la valorización del trabajo en su pleno y auténtico significado, considerado como expresión de las habilidades y capacidades creativas de la persona, y como factor productivo de bienes no solo materiales, sino también espirituales (cf. Centesimus annus, 31).

Si la solidaridad hunde sus raíces en un trabajo compartido, en que todos se sienten partícipes y protagonistas, contemporáneamente el trabajo se transforma en el dinamismo propio de la cultura de la solidaridad y de un desarrollo a medida de hombre.

La enseñanza social pone en evidencia, pues, no solo los alcances sociales del trabajo, sino también el patrimonio de inteligencia y de conocimiento que él implica.

La función del trabajo humano, cuando es disciplinado y creativo, desarrollado en solidaria colaboración hasta permitir la formación de comunidades de trabajo, es elemento indispensable para un desarrollo económico (cf. Centesimus annus, 32).

Esto vale para los países en vías de desarrollo como para los industrializados. Juan Pablo II, valorando ambos contextos, nota la necesidad de orientarse hacia un modelo de desarrollo integral y solidario, cada vez más atento a la cualidad del trabajo y de la vida.

Si, por una parte, la crisis de los sistemas sociales de las economías más avanzadas pone la exigencia de un modelo de desarrollo, que puede realizarse solo con una cultura personalista y solidaria, por otra, esta misma cultura tiene que impregnar a los países más pobres, a los cuales se requiere un espíritu de iniciativa y una responsabilidad que no lo esperen todo de lo exterior, de los países ricos, sino que los haga capaces, en la valorización del trabajo y de las propias capacidades creativas (cf. Sollicitudo rei socialis, 44), de asumir la construcción de su futuro.

El desafío del desarrollo significa, entonces, crear y aumentar las oportunidades de trabajo con adecuadas retribuciones, y una seguridad social de base para la autoafirmación de cada ciudadano, su crecimiento humano y, por lo tanto, cultural y espiritual (cf. Sollicitudo rei socialis, 44).

Esto comporta tender, a través del trabajo, no tanto a un crecimiento máximo de la producción, no solo a la autosuficiencia o a la industrialización, sino a la satisfacción de las necesidades fundamentales del hombre, en la dignidad y en la independencia. "No se trata solamente de elevar a todos los pueblos al nivel del que gozan hoy los países más ricos, sino de fundar sobre el trabajo solidario una vida más digna, hacer crecer efectivamente la dignidad y la creatividad de toda persona, su capacidad de responder a la propia vocación y, por tanto, a la llamada de Dios" (Centesimus annus, 29).

La solidaridad en los ámbitos nacionales e internacionales asume, en tal sentido, la función de virtud social generatriz de nuevos horizontes de sentido y de nuevos comportamientos. Esta, destacándose tanto de formas de avidez egoísta cuanto de formas de pasividad temerosa y resignada a la situación, se manifiesta como elección por los pobres, por los pueblos, por la libertad. En síntesis, es una elección de la auténtica unión con el hombre concreto para su liberación y para la realización de la "civilización del amor".

Una nueva ética del trabajo y de la solidaridad

En una época de divisiones y conflictos, de escepticismo de la razón, de tendencias autodestructivas, de pragmatismo frecuentemente miope, pero, marcada también por una fuerte exigencia cultural de universalidad que la humanidad está viviendo, que nunca ha ocurrido antes de ahora en la historia, la autoconciencia eclesial sostiene una teología de la historia, que evidencia sea la unidad del género humano sea la libertad de cada sujeto de actuar responsablemente.

La respuesta y la propuesta de la Iglesia, como siempre, no son nunca técnicas, ideológicas, indiferentes a los valores, sino que son éticas, culturales, religiosas. Es así que la cultura del trabajo no puede ser sino cultura de la solidaridad, en el sentido de apertura, de diálogo con el otro, de acción recíproca, de donación a fin de que el otro pueda donar.

Para la Iglesia y para cada cristiano, esa exigencia cultural de universalidad que se manifiesta, significa hacer de manera que la fe se vuelva cultura, experiencia de vida que pueda ser compartida por los hombres y los pueblos.

El hecho de que cada pueblo y cada individuo, en la asunción de la propia identidad cultural, puedan contribuir a construir la unidad de la humanidad y, con el propio trabajo y la propia cultura, enriquecer a la familia de las naciones (cf. Centesimus annus, 52), representa un desafío de la "nueva evangelización", que el magisterio social ha lanzado en cada continente.

Si la humanidad vive un déficit cultural, el desafío histórico y cultural para nuestra época es vivir en un mundo unido e interdependiente, en que puedan ser colmados los desequilibrios existentes, las profundas desigualdades y las graves injusticias.

Se trata de generar una nueva ética, capaz de afrontar la realidad de una humanidad que es cada vez más unida por un mismo destino, donde la solidaridad es la única posibilidad de supervivencia.

Si el problema del trabajo es problema de interdependencia de los pueblos, de justicia, de desarrollo y de subdesarrollo, de pobreza extrema y de opulencia exagerada o de derroche, este se vuelve, sobre todo, cuestión de transformación de modos de vida y de pensamiento, de formación de una nueva mentalidad, de orientación ético cultural, para cada pueblo del planeta.

Sin quitar nada a las diferentes responsabilidades, así como considerando las diferentes condiciones socio-culturales, los países ricos no pueden rechazar la solidaridad con los más pobres, atrincherándose en el propio individualismo; los países pobres tampoco pueden quedar cerrados en su mentalidad antigua de la cueillette (cosecha), esperando de los demás lo necesario para vivir. Los talentos recibidos hay que hacerlos fructificar en un proceso continuo de expoliación y de participación.

En el propio actuar y en el proceso de solidaridad, cada uno está llamado a la confrontación, a asumir las propias responsabilidades, a cambiar la propia actitud y la propia mentalidad, para realizar la máxima unidad, aunque en el máximo de la diferencia.

Emanuela Furlanetto

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)




29/09/2017
 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis