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DESPUÉS DE HABER EXAMINADO ANTE DIOS 

REITERADAMENTE MI CONCIENCIA…”


El eco de la renuncia de Benedicto XVI,

en la Capilla Virgen de los Remedios en Ypacaraí


Después de haber examinado ante Dios Benedicto XVI

 

A secas y sin llover”. Así traen como título los periódicos para anunciar la decisión del Santo Padre, Benedicto XVI de renunciar a su cargo el 28 de febrero próximo. Una imagen fuerte que contrastaba con las breves y emocionadas palabras pronunciadas por él delante de los Cardenales reunidos en Consistorio.

“Conscientia mea iterum atque iterum coram Deo explorata…”, “Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”.

La hora del Señor

Resonaban todavía esas palabras en la calle delante de la Capilla Virgen de los Remedios, donde estaba congregada la comunidad de los fieles para celebrar la Eucaristía, con ocasión de la fiesta patronal de la Bienaventurada Virgen María de Lourdes.

“Hoy, la Iglesia vive un acontecimiento histórico ―decía Emilio empezando su homilía―. Todos hemos leído, escuchado o visto en la televisión que el Santo Padre, Benedicto XVI, esta mañana delante de todos los Cardenales, ha renunciado a su cargo. Es un acontecimiento que interroga a cada uno de nosotros”.

Después de haber examinado ante Dios Benedicto XVI-cana

El Evangelio contaba el episodio de la boda de Caná, donde a un momento dado falta el vino. En el Evangelio de Juan, el “vino” está cargado de significado, remitiendo al que escucha no solo al signo de las bendiciones prometidas para los tiempos mesiánicos, a la Sabiduría misma que de él ha hecho el propio símbolo, sino también al vino de la Nueva Alianza, a la sangre de Cristo derramada por la salvación de los hombres.

Y está todavía más preñada de significado la palabra “hora”, que Juan subraya en la respuesta de Jesús a María: “Aún no ha llegado mi hora”.

Esta indica la muerte del Señor, la hora en que el Hijo de Dios da libremente su vida. Es la hora del amor que va hasta el final. Y, en fin, es la hora de la gloria del Hijo que está elevado en la cruz a la gloria celestial. La muerte, el amor y la gloria del Señor están encerrados en esa “hora”.

La muerte del Señor, aceptada libremente, pensada como acto de obediencia a la voluntad del Padre, es el acto del amor donado totalmente.

El amor es siempre una cruz, es siempre un sacrificio. Cuando un padre de familia ama, se levanta temprano por la mañana para ir al trabajo, a fin de dar algo a sus hijos a los que no ha abandonado. Cuando una madre ama, se levanta de noche porque el hijo se siente mal y está llorando. Ellos se sacrifican, no rechazan la cruz. Y enseñan el sacrificio también a los hijos, para que sepan volverse hombres capaces de amar.

“De veras el sacrificio está inscrito en el amor ―dice Enzo Bianchi―, “porque, en las historias de amor, sucede siempre que, por el bien del otro, tengo que renunciar a algo que es una ventaja solo para mí, que responde a mi deseo o capricho. Entonces, aunque nuestro fatigoso trabajar el campo de la vida no tuviera que ser coronado de los frutos, nos quedará por lo menos la satisfacción de haber roturado el terreno, porque otros, a quienes estamos atados por la común humanidad, podrán encontrar en él nutrimento y gozo[1].

El amor es sacrificio hasta dar la propia vida en la cruz. Esta, por tanto, precisamente de la profundidad de sus tinieblas, engendra luz, y los hombres dirigirán la mirada hacia aquel que fue crucificado, atraídos por la luz del Crucificado, quien, como dice von Balthasar, perdiendo su belleza, muestra una belleza inusitada, que vence la belleza mundana. Por eso, en la Escritura se aplica a Cristo lo que dice el Salmo 44: “Tú eres el más hermoso entre los hombres”.

Un hombre que no sepa acoger la cruz, sacrificarse, no ama, no puede conocer qué es el amor, pierde también el sentido de la dignidad y de la belleza de su propia humanidad.

En el íntimo de la conciencia, delante de Dios

La cruz no debe ser rechazada cuando se presente; hay que abrazarla en la conciencia de que sin ella no existe amor auténtico, verdadero y duradero. Cuando llega la hora. Cuando es la hora en que el Señor llama, como hacía entender el Evangelio del día, subrayaba Emilio.

Ya en edad avanzada, Benedicto XVI ha aceptado sacrificarse por el bien de la Iglesia, con dulzura y con firmeza, con amor y con paciencia.

Siempre por el bien de la Iglesia, ha decidido, en su conciencia y arrodillado delante de Dios, renunciar al cargo recibido ocho años atrás[2].

Después de haber examinado ante Dios Benedicto XVI-arrodillado

Ha reconocido con gran humildad la falta de fuerza de una edad que ya está llegando a su fin y no lo hace apto para “ejercer adecuadamente el ministerio petrino… En el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe” ―dice el Santo Padre―, “para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”.

Tantos periódicos han querido subrayar el hecho de que, frente a la elección de Benedicto XVI, hubo la de Juan Pablo II de quedar en el cargo recibido hasta el último soplo de vida.

Han traído declaraciones también acreditadas respecto a esto, casi como si se pudiera controlar y medir cada conciencia, que se interroga auténticamente delante de Dios y pone la mira en el bien duradero de la Iglesia entera.

Viendo los cambios rápidos del mundo, las necesidades de la Iglesia y de la proclamación del Evangelio, Benedicto XVI ha reafirmado la certeza de que la Iglesia debe ser servida con la oración y también con el sufrimiento, pero al mismo tiempo ha subrayado que ella tiene que ser gobernada también con la palabra y con la acción, para las cuales es necesario el vigor tanto del cuerpo como del espíritu.

Arrodillado delante de Dios, ha tomado la decisión que, en su conciencia, ha considerado que responde a la voluntad de Dios y es la más oportuna para el bien de la Iglesia.

Aquí estoy para hacer, o Dios, tu voluntad

La ha tomado en un momento y no en otro, cuando ha comprendido que había llegado la “hora”. No un minuto antes, porque habría sido un acto de cobardía, pero tampoco un minuto después, porque habría significado presunción.

“Cuando el peligro es grande no se puede escapar”, había dicho el Santo Padre en otro momento. “He aquí por qué este seguramente no es el momento de dimitir. Es precisamente en momentos como este en que es necesario resistir y superar la situación difícil. Uno puede dimitir en un momento de serenidad, o cuando simplemente no da para más, y llega a la clara conciencia de que no está en condiciones física, psicológica y mentalmente para desarrollar el cargo confiado a él; entonces tiene el derecho, y en algunas circunstancias también el deber, de dimitir[3].

Llega para cada uno un momento en que el Señor llama. De manera diferente para cada uno. Llega con la enfermedad o con la muerte, con un acontecimiento no previsto o con un hecho que ocurre en la propia casa o con el agotarse del vigor del cuerpo y del espíritu.

Cuando llega la hora, el hombre creyente debe tener el coraje de decir: “Hágase en mí según tu voluntad”. Y Benedicto XVI lo ha tenido.

Cuando Dios llama, lo que cuenta es no permanecer apegados a nada y a nadie, es tener la gran humildad de reconocer que el mundo y la Iglesia continúan también sin nosotros.

Después de haber examinado ante Dios Benedicto XVI-saludo

Benedicto XVI ha servido a la Iglesia asumiendo el cargo de Pontífice, de Siervo de los Siervos de Dios. También él pasa. La Iglesia continúa hasta el último día su camino, su vida, su lucha. Vive en el mundo y no será abandonada, porque es la Esposa de Cristo.

Con su gesto, Benedicto XVI deja un ejemplo de profunda humildad, de amor auténtico a la Iglesia, de gran coraje, tan raro hoy, mostrándose capaz de permitir que algún otro continúe. Servirá y amará a la Iglesia de Dios en el futuro de otra manera, como él ha afirmado, “con una vida dedicada a la plegaria”.

Con este acto suyo, el Santo Padre ha recordado a todos que, en el fondo, la única pregunta que vale es si hemos hecho todo lo que había sido confiado a nosotros para el bien de la Iglesia.

Si en nuestra conciencia hay paz, en la medida en que puede haber en una conciencia humana, marcada por la fragilidad y a menudo por la oscuridad; si hemos puesto la vida en las manos del Señor, quien es más grande que nuestro corazón, entonces podemos hallarnos con esos criados del Evangelio que, después de haberlo hecho todo, pueden decir: “Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer”.

“Este es el sentido de la liturgia que hoy celebramos con ocasión de la fiesta patronal” ―ha concluido Emilio― “leída en el signo de este acto epocal de Benedicto XVI”.


(A cargo de Giuseppe Di Salvatore)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)



___________________

[1] E. Bianchi, Sacrifici, segnali d'amore, en www.monasterodibose.it/content/view/4304/26/1/3/lang,it/

[2]  Decía el Card. John Henry Newman (autor apreciado por papa Ratzinger, quien lo ha beatificado en 2010 en Birmingham) que la conciencia “es la mensajera del que, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de la gracia, a través de un velo nos habla, nos instruye y nos gobierna. La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo” (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1778).

[3] Cf. Benedetto XVI, Luce del mondo. Il Papa, la Chiesa e i segni dei tempi. Una conversazione con P. Seewald, Libreria Editrice Vaticana 2010, 53.


15/02/2013

 

 

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