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Vida de la parroquia de Ypacaraí

 


"YO NO ENCUENTRO EN ÉL NINGUNA CULPA” 

El Viernes Santo en la parroquia Sagrado Corazón de Jesús

de Ypacaraí


 

En el relato de la Pasión que se lee el Viernes Santo, encontramos a Pilato –prefecto de Judea, representante del emperador romano–, quien debe juzgar a Jesús. Él está convencido de la inocencia del Señor. Tres veces el Evangelio de Juan trae las palabras de esta convicción suya. Pilato podía librar a Jesús, podía negarse a entregarlo a los jefes de los sacerdotes. Tenía que ser un hombre justo, porque era juez.

Pero “Pilato … se lavó las manos diciendo: ‘Soy inocente’. Entonces ¿por qué lo entregas a la muerte? –pregunta Juan Crisóstomo–. ¿Por qué no lo libraste como hizo el tribuno aquel con Pablo? … No procedió así el procurador, sino que se portó débil y cobardemente”[1].

Pilato es un hombre que tiene miedo y, al final, concede la condena por el chantaje político: “Si liberas a ese, no eres amigo del César”. Pilato deja que Jesús muera, que sea crucificado y renuncia a ser un hombre de justicia, a perseguir, aunque a un alto precio, la búsqueda de la verdad.

Pilato ha dejado de lado la pregunta sobre la verdad como irresoluble y, como político, impracticable. “‘¿Vendrá el reino de la verdad?’ –pregunta el procurador romano al prisionero, en la novela de Bulgakov–. ‘Vendrá, hegemónico’, respondió Jehoshua, con convicción. ‘¡No llegará nunca!’, gritó de repente Pilato, con voz tan espantosa que Jehoshua retrocedió”[2].

Si la verdad no existe, si la verdad no cuenta para nada, “¿qué juicio, entonces, será posible? ¿No deben, tal vez, existir criterios comunes que garanticen verdaderamente la justicia para todos, criterios sustraídos a la arbitrariedad de las opiniones variables y a las concentraciones del poder?”[3].

El momento de la decisión

“Por medio de Pilato, el Evangelio hoy nos interroga –decía Emilio en su homilía– y hace a cada uno la pregunta: '¿Quieres ser un hombre de verdad, de justicia, de paz? O bien, para salvar tu vida, para no crearte enemistades, para mantener tu encargo, ¿quieres renunciar a ser hombre honesto, justo, de verdad?’”.

En la vida, llega un momento en que cada uno está llamado a tomar una decisión que puede costar, que tiene un precio que pagar, que crea enemistades, que ya no permite mantenerse en el poder o enriquecerse a través de amistades y relaciones fundadas en la mentira, en la injusticia, en la negación del derecho.

“Hoy o mañana –continuaba Emilio– llegará el momento en que deberemos tomar la decisión: ser hombres que aman la verdad, la justicia y la paz u hombres que niegan todo esto solo para defender la propia mezquina vida, que, al final, se reduce solo a satisfacer nuestras necesidades más elementales. Esta es la elección que debemos hacer. Una vida así o una vida por la justicia, la paz y la verdad, que es el fundamento del amor. Quienes no respetan la verdad no se aman a sí mismos y menos aún pueden tener misericordia”.

El relato de la Pasión del Señor pone a cada uno frente a la necesidad de una decisión sobre la propia vida. Ciertamente, cada uno tiene una vida diferente de la del otro, pero nadie puede sustraerse al momento de la elección, a una opción que será siempre a favor o en contra de la verdad, de la justicia y de la paz.

Cada decisión y cada elección comporta siempre un precio que pagar. Es este también el mensaje de Mons. Oscar Romero –quien será proclamado beato dentro de breve tiempo–, asesinado en el altar porque no quiso renunciar a ser hombre de justicia, de paz y de verdad. “Vivimos una hora de lucha entre la verdad y la mentira –decía–; entre la sinceridad, que ya casi nadie la cree, y la hipocresía y la intriga. No nos asustemos, hermanos, tratemos de ser sinceros, de amar la verdad, tratemos de construirnos en Cristo Jesús”[4]. “Si morimos con la conciencia tranquila, con el corazón limpio de haber producido solo obras de bondad ¿qué me puede hacer la muerte?”[5].

El camino de la cruz

Cuando alguien dice solo palabras de alegría y de fiesta, palabras fáciles que no requieren el precio de la cruz, del esfuerzo, de la fatiga, de la lucha, cuando reduce la vida a una fiesta, entonces está engañando, manipulando, sobre todo, a los jóvenes.

Uno puede rechazar la cruz, pero rechazándola es el amor el que está rechazado, es la verdad la que no está aceptada. Y, entonces, el hombre se reduce a un ser sin ningún valor, a un cobarde que no puede sentir sino vergüenza al mirarse al espejo y al ver delante de sí a un muerto.

“Queridos amigos –continuaba Emilio dirigiéndose a los jóvenes–, la vida es dura. La historia del hombre siempre es atravesada por el camino de la cruz. No tengan miedo. Prepárense a las grandes decisiones de su vida. Cada uno tendrá que tomar la suya, y nadie puede imponer su decisión al otro. En cualquier caso, que nadie venda su conciencia: no se dejen explotar, no sean esclavos de nada y de nadie, no sean personas incapaces de hacer elecciones y de pagar su precio”.

Nadie es obligado a imitar los ejemplos que vienen de la vida de los demás, especialmente de los adultos, quienes a menudo son ejemplos de cobardía, de venta de la conciencia por privilegios, por cargas, por dinero.

“Debemos tener el coraje de nuestras ideas –decía todavía Emilio–, de nuestra vida, de nuestro amor, respetando a todos, pero exigiendo ser respetados. Esta es la vida del hombre. Y si alguien no es hombre, menos aún puede ser cristiano”.

Pilato se presenta, en el día del Viernes Santo, delante de la conciencia de cada uno. Hace la pregunta: “¿Qué quieres hacer de tu vida?”. ¿Ser alguien que dice que no encuentra en el otro ningún motivo de condena y luego lo entrega a la muerte, o ser una persona que prefiere aun derramar la propia sangre, morir, sacrificarse, perder algo en esta tierra, a perder la propia dignidad, la conciencia, la vocación y la posibilidad de llegar al último día sin tener que arrepentirse de la propia vida?

Entre los vicios del hombre, el más grave es la cobardía

“Hoy, las ofrendas recogidas en la iglesia –añadía Emilio– serán enviadas, a través de la Diócesis de San Lorenzo y de la Nunciatura Apostólica, a los cristianos que están sufriendo un verdadero martirio. Ellos son asesinados cada día, como en Kenia, donde 150 jóvenes han sido asesinados por los fundamentalistas islámicos, solo porque cristianos. El martirio no es un hecho solo de los primeros siglos de la Iglesia, cuando hubo las grandes persecuciones. Hoy siguen siendo muertas muchas personas por su fe, personas que creen y prefieren morir, a renegar la vida cristiana”.

El Papa Francisco pide que se ayude a estos cristianos perseguidos y que se rece por ellos. Pero, la oración será verdadera si una persona llega a ser un hombre diferente, nuevo, que ama la justicia, la paz, la verdad, que no es un fanático, que no adora ídolos de piedra, que no quita la vida y la esperanza de otras personas.

“Me dirijo a ustedes jóvenes –continuaba Emilio–. Sé qué gran responsabilidad tengo frente a Dios, quien un día me preguntará qué he hecho con la vida de estos jóvenes. ¿Has hablado o bien te has callado? ¿Has tenido el coraje de decir todo lo que tenías que decir? ¿O estabas buscando solo un aplauso? ¿O una amistad, que, si no tiene el fundamento en la verdad, no sirve para nada? Por eso, con todo mi corazón les digo: construyan su vida, háganla bella, nueva, realicen el sueño que vive en su corazón, en el corazón de los más pequeños, de los más pobres. Y maldito sea quien quiera robar y matar esta esperanza”.

Jesús. La esperanza. Condenándolo, Pilato se ha condenado y maldecido a sí mismo y ha hecho igualmente con su poder fundado en la “cobardía” de los hombres.

“’Ahora te ruego que me cuentes de la ‘ejecución’ –decía el procurador Pilato, en la novela de Bulgakov–. ‘¿Has constatado personalmente que la muerte haya sobrevenido?’. 'El procurador puede estar cierto de esto’. 'Y, dime... ¿No ha intentado, por casualidad, predicar algo en presencia de los soldados?’. 'No, hegemónico, esta vez no ha sido pródigo en palabras. La única cosa que ha dicho ha sido que, entre los vicios del hombre, uno de los más graves, según él, es la cobardía’. '¿A propósito de qué lo ha dicho?', el huésped oyó una voz repentinamente rajada”[6].

Pasar de muerte a vida

El Crucificado muere, pero la muerte no tuvo, no tiene y nunca tendrá poder sobre el amor, porque Él es, al mismo tiempo, el Resucitado. Donde esté presente el coraje del amor, estará presente la plenitud de la vida, la resurrección.

Donde, en cambio, la cobardía, el miedo, la injusticia, la mentira dominen el corazón, donde el hombre no tenga el coraje de la decisión y de la elección a favor del inocente, donde Pilato continúe, por cobardía, repitiendo “tómenlo y crucifíquenlo” y se lave las manos de la suerte del justo, no podrá existir nunca la resurrección, la plenitud de vida, la paz verdadera y profunda, sino solo el insomnio de la muerte por la presencia de la sangre inocente.

“A los pies del hombre sentado estaban esparcidos los fragmentos de una jarra hecha trizas, y se ensanchaba un charco de color rojo oscuro que no se desecaba nunca –así recapitula Bulgakov la suerte del procurador romano– ‘Desde hace casi dos mil años está sentado en esta explanada… sufre de insomnio… Dice siempre la misma cosa… ve siempre la misma cosa, un sendero iluminado por la luna, y quiere ir a lo largo de aquel sendero y charlar con el detenido Ha-Nozri, porque –cuenta– no le dijo todo, entonces, mucho tiempo atrás, el catorce del mes primaveral de Nisán. Pero, desgraciadamente, no le es posible encaminarse a lo largo de aquel sendero”[7].

Celebrar el Viernes Santo quiere decir hacer morir al Pilato que vive en el corazón de cada uno, y hacer brotar el coraje de decir la palabra de verdad, de defensa de los más pobres. En el día en que se celebra la Pasión de Jesús, el cristiano está llamado a reconocer el rostro y la carne del Señor en el rostro y en la carne de su pueblo oprimido y crucificado.

Con el Viernes Santo, se acerca, y ya se levanta, el día en que podremos ver que el sepulcro está vacío, porque el amor no muere nunca.

“Nosotros –terminaba Emilio– pasamos de muerte a vida si amamos, si servimos sobre todo a los más pequeños, a los más pobres. Que cada uno tenga este coraje que te hace hombre verdadero y cristiano. Escuchen la voz de su conciencia, no tengan miedo. Tienen derecho a la felicidad, que nace solo del coraje de saber abrazar, cuando sea el momento, la cruz. No nos arrepentiremos de esto, y encontraremos en Cristo crucificado también nuestra resurrección”.

(A cargo de Giuseppe Di Salvatore)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

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[1] Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 86, 2.

[2] M. A. Bulgakov, Il maestro e Margherita. Prefazione di M. Martini, Newton Compton editori, Roma 1997, 29.

[3] J. Ratzinger-Benedetto XVI, Gesù di Nazaret. Seconda parte. Dall’ingresso in Gerusalemme fino alla risurrezione, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 2011, 215.

[4] O. A. Romero, Homilía (30 de julio de 1978), en http://servicioskoinonia.org

[5] O. A. Romero, Homilía (2 septiembre 1979), en http://servicioskoinonia.org

[6] M. A. Bulgakov, Il maestro e Margherita…, 272.

[7] M. A. Bulgakov, Il maestro e Margherita…, 337.


11/05/2015


 

 

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