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EL Sostenimiento económico de la iglesia

El ejemplo de las Manzaneras

 

 

Como es ya tradición en la parroquia de Ypacaraí, también este año Emilio ha encontrado a las personas del grupo de las Manzaneras, hombres y mujeres que se encargan de diferentes manzanas, visitando a las familias que dan un sostenimiento económico libre a la Iglesia. 

Transparencia económica y buena gestión

Esta función tiene un fundamento teológico en la palabra de Dios, y es mucho más que recoger dinero. Si, por una parte, es innegable que las actividades eclesiales no se pueden desarrollar sin pagar la electricidad o sin un lugar limpio y decoroso, y que no se puede celebrar ni la Eucaristía sin disponer del pan y del vino, por otra, hay que recordar que lo que cuenta en la Iglesia no es el dinero, y también en la actividad de las Manzaneras esta no es la cosa principal.

En nuestra parroquia, desde hace tiempo, hemos empezado un cambio de la mentalidad, aboliendo todas aquellas frecuentes iniciativas de recaudación de fondos, que transformaban a la Iglesia en una actividad comercial. No es este el método para el sostenimiento eclesial: no se puede pedir dinero continuamente a los fieles, acabando por pensar solo en el dinero y, además, sin transparencia, o sea, sin hacer saber cómo este se utiliza. Los fieles saben hacer vivir a su Iglesia cuando comprenden su valor y su significado, y cuando pueden tener confianza. Y lo hacen con gozo también a través de las Manzaneras y en la ofrenda que, a través de la celebración eucarística, adquiere un valor divino y se une al don que el Señor nos hace de su mismo Cuerpo.

La transparencia económica es fundamental, porque detrás de cada ofrenda, también la más pequeña, está siempre el sacrificio de una persona: el dinero que se recibe, si no proviene de un robo, siempre es el fruto del trabajo de alguien que ha decidido donarlo libremente y según su generosidad. La transparencia no permite que este se pegue a las manos de nadie, porque las ofrendas tienen una destinación precisa que debe ser respetada, como, por ejemplo, las del domingo en que se han encontrado las Manzaneras que, como ha establecido la Conferencia Episcopal Paraguaya, han sido entregadas enteramente a los cristianos perseguidos de Siria e Irak.

Durante la Misa, proclamamos que las ofrendas son el fruto de la tierra y del trabajo del hombre, y no respetarlas, robarlas o permitir que otros las roben o las usen para fines diferentes sin transparencia, significaría despreciar a quien ha puesto este dinero a disposición de la Iglesia para el culto a Dios, el anuncio del Evangelio y la ayuda a los pobres.

La Iglesia tiene razón de existir porque es la Esposa de Cristo y transmite la palabra de Dios, no es una organización entre las tantas, y no puede seguir modelos que no le pertenecen.

Cristo y, por consiguiente, los pobres son sus referencias. Por eso, está entrando en nuestra parroquia la costumbre de ofrecer una canasta de alimentos no perecederos, durante las celebraciones eucarísticas con ocasión de acontecimientos importantes, como la culminación de la catequesis, las Primeras Comuniones, la clausura del año escolar de aquellos alumnos que quieren presentar al Señor lo que han conseguido, o los aniversarios de nacimiento o de matrimonio. Estos alimentos luego se distribuyen a personas necesitadas reconocidas como tales por el Grupo Cáritas de la parroquia. En efecto, cuando se festeja algo en la Iglesia, no debemos olvidarnos de su tesoro que son los más pobres, como los llamaba el mártir San Lorenzo (patrono de nuestra Diócesis) a quien le pedía que le trajera las riquezas de la Iglesia para incautárselas. San Lorenzo se presentó con los pobres, porque este es el tesoro más precioso de la Iglesia, el que más debe ser cuidado.

Es necesario, sin embargo, saber hacer la diferencia entre los pobres y los holgazanes: Jesús no se ha identificado con los aprovechadores, sino con los necesitados y los ha puesto al centro del juicio universal; los pobres son el corazón de la Iglesia, y por eso ella hace una distinción importante, como enseña san Pablo cuando dice: "Quien no quiera trabajar, que tampoco coma" (cf. 2 Tes 3, 6-12). Una cosa es ayudar a los pobres, otra es favorecer a quien no quiera hacer nada y se presente para aprovechar la situación y traicionar, de este modo, la confianza de quien se ha privado de algo aunque fuera solo "el óbolo de la viuda" para darlo a quien tenga verdaderamente necesidad de eso.

Por esta razón, todas las solicitudes de ayuda pasan por el Grupo Cáritas, que verifica la real necesidad a través de los coordinadores de las varias comunidades cristianas de los barrios, quienes, conociendo de cerca a las personas, saben quién de veras se encuentra en una situación de escasez. Defendemos, de este modo, a los pobres y a quienes donan con generosidad.

La Iglesia, madre e hija nuestra

Ser Manzanera o Manzanero es una misión, no significa recoger dinero. Ellos, en efecto, sensibilizan al pueblo de Dios que debe acordarse de que la Iglesia es nuestra madre y nuestra hija. Es madre porque nos dona, como María, al Hijo de Dios, porque sin la Iglesia no conocemos a Jesús y sin Jesús no llegamos al Padre, perdemos la esperanza y la vida no tiene sentido. Al mismo tiempo, sin embargo, la Iglesia es también nuestra hija, la más débil y frágil, la más pequeña, la última, como dice la Sagrada Escritura con respecto a Belén, entre todas la ciudades de Judá, de la cual, sin embargo, nace el Salvador (cf. Mi 5, 1). Como nuestra hija, la Iglesia vive si cada uno de nosotros le da su sangre, su vida, su corazón, sus manos y sus pies para hacerla existir entre los hombres; ella tendrá un rostro hermoso si nosotros somos hermosos; será rica en gracia si nosotros la hacemos tal, o bien, será impresentable si la ensuciamos con nuestros pecados. La Iglesia es obra de Dios, pero también de nuestras manos. La Iglesia tiene necesidad de nosotros. 

Del mismo modo que María, quien, como leemos en el Evangelio en el tiempo de Navidad (cf. Lc 1, 39-56), se fue de visita a Isabel, así las Manzaneras salen de sus casas, van al encuentro de la gente, y cada una con la propia capacidad halla la forma adecuada para que la palabra de Dios pueda llegar al corazón de los hombres. Y, al igual que María, quien no sale de casa sola, sino que lleva en su vientre al Hijo de Dios, el Salvador, estos agentes pastorales son apóstoles, tienen una misión, llevan a Cristo. En efecto, solo si tienen a Jesús en el corazón su trabajo produce fruto; por tanto, la primera cosa importante es siempre una conversión personal, el ser fiel, paciente, misericordioso como Jesús, y así ser un ejemplo para cada cristiano que siempre debe tener dentro de sí a Cristo. La Iglesia, antes de todo, debe llevar a Jesús.

Todos somos llamados a engendrar al Hijo de Dios, transmitiéndolo a los demás, entrando en las casas para hablar, pero también sabiendo escuchar. Así las Manzaneras a veces no recogen nada, sino que solo muestran su rostro, su paciencia, su bondad, su trabajo y su amor a la Iglesia. Son apóstoles de la Iglesia y del Señor.

Gracias a ellas, la Iglesia queda más libre, porque se funda en tantos aportes voluntarios y generalmente de módicas sumas. Por eso, en nuestra parroquia no se pide expresamente dinero dirigiéndose a las personas más adineradas, para no perder la libertad de la palabra con nadie, para no hacer distinción de personas. Cada uno es libre de dar lo que quiera, pero nadie puede comprar con el dinero o el poder el silencio de la Iglesia. Ella habla del mismo modo a los pobres y a los ricos, y anuncia la palabra de Dios sin bajar a componendas, porque no pertenece a una parte de la sociedad, sino que es la Iglesia de todo el pueblo. La misericordia de Dios es para todos.

Las personas que desarrollan el servicio de Manzaneras en Ypacaraí están comprometidas desde hace años, y Emilio ha manifestado el reconocimiento suyo y de toda la parroquia por este trabajo humilde, paciente y a veces difícil: "Cuando leo sus nombres en las rendiciones de cuentas los imagino mientras están visitando las casas, caminando entre la gente, pienso con conmoción en sus pies a veces de ancianos, en su trabajo desarrollado con amor que da una lección de humildad, del cual tenemos que agradecer al Señor".

(A cargo de Mariangela Mammi)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

05/01/2016

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis