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Vida de la parroquia de Ypacaraí


 


  EL TIEMPO DEL CRISTIANO ES EL "HOY"/2

Semana Santa y Pascua Joven 2017, en Ypacaraí



Disipar las tinieblas del corazón y de la inteligencia

El escuchar a los adolescentes, cuando consiguen abrir su corazón, da la percepción de que son ellos quienes, en el Paraguay, sufren mayormente las situaciones de abandono familiar, un fenómeno muy difundido en el país. Con respecto a esta realidad, Emilio recordaba a los jóvenes presentes que cada uno de nosotros, nadie excluido, no viene del vacío, de la nada, sino que procede de las manos de Dios. En el relato de la creación, tomado del libro del Génesis, que la liturgia de la Noche de Pascua nos ofrece, Dios dice: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza". Cada hombre, por tanto, es hijo de Dios y nadie puede decir: "Soy huérfano, no tengo padre", porque Dios es Padre y nunca abandona.

En la vida de muchos jóvenes, puede ser chocante y librante llegar a entender profundamente que todos, sin diferencia de raza, de religión, de cultura, de partido, de situación económica..., todos, nadie excluido, venimos de las manos y del corazón de Dios, somos sus hijos. Es importante, para ellos, comprender que, también en el pecado, nadie puede decir: "Dios me ha abandonado", sino que somos nosotros, más bien, quienes rechazamos al Señor, y frecuentemente, alejándonos de Él, pretendemos que Él haga nuestra voluntad. La Noche de Pascua invita a cada uno a volver al Señor, y a abandonar las tinieblas del pecado que ofuscan el corazón y la inteligencia.

En esta Noche, en efecto, en el canto del Pregón Pascual se escucha estas palabras: "¡Pecado de Adán ciertamente necesario, que fue borrado con la sangre de Cristo! ¡Oh feliz culpa, que nos mereció tan noble y tan grande Redentor!". Son las palabras de san Agustín, entradas en la liturgia, y según las cuales aun el pecado, que también permanece tal, tiene algo positivo, porque nos ha permitido encontrar a Cristo, el Hijo de Dios encarnado, muerto y resucitado por nosotros.

Después de entrar en la oscuridad con la sola luz de Cristo, representado por el cirio pascual, estamos luego envueltos por la luz que ilumina a toda la Iglesia. Del mismo modo, se tiene que iluminar también el corazón y la inteligencia de cada uno, para acoger las palabras del Evangelio: "No tienen por qué temer". Son esta las palabras de Dios, pronunciadas por el ángel, que resuenan en el corazón de las mujeres que habían llegado al sepulcro, y que deben repercutir también en nuestro corazón.

La liturgia de la Iglesia ofrece la pista para cambiar la interioridad, renovar nuestro corazón, buscar la verdad y saber actuar en la realidad. Solo un corazón y una inteligencia iluminados y sin miedo pueden buscar la verdad, no la subjetiva y personal, sino la que nos ofrece la luz de Cristo mismo y que puede cambiar la realidad, también la de un país que vive un momento oscuro. Sin esta verdad, indicaba Emilio con referencia también a la situación social del Paraguay, cada acción sería inútil. Cualquier cambio histórico, estructural, económico, cultural, y también constitucional, no serviría para nada. Se pasaría solo de una forma de sometimiento a otra, pero no se llegaría a la libertad, porque es la verdad que nos hace libres, y la verdad es Cristo.

La Iglesia estandarte de unidad

En este ámbito, explicaba Emilio, se colocan la acción y la misión fundamental de la Iglesia: invitar a todos, sin distinción, a la purificación de la razón y del corazón, sin alinearse con una parte o la otra, sin tomar en las propias manos la batalla política o ponerse en lugar de las instituciones competentes, para realizar una sociedad más justa. La Iglesia se detiene, después de anunciar la Palabra en la liturgia. Este es un discurso fundamental, en el Paraguay de hoy, tentado por aquel clericalismo, contra el cual lucha mucho el Papa Francisco.

La Iglesia, ha aclarado Emilio, tiene que ser un "estandarte alzado sobre las naciones", como afirma el Magisterio eclesial volviendo a tomar una expresión del profeta Isaías, porque ella va más allá de todos los Estados, las agrupaciones y las separaciones. Vive en el Paraguay, pero no es paraguaya, no es italiana, ni francesa, ni... La Iglesia pertenece a todos los hombres, es la Esposa de Cristo, y en ella hay un lugar para todos. No es solo de las mujeres o solo de los varones; no es la Iglesia de los jóvenes y menos aún de los ancianos; no es de un partido o de otro, de quien ha estudiado o de quien es analfabeto; no es la Iglesia de quien sostiene la enmienda de la Constitución o de quien está en contra de la misma.

La Iglesia acoge y abraza a todos, es la Casa donde todos pueden entrar para escuchar la palabra del Señor y alabarlo. A quien entra en la iglesia no se le pide que deje afuera las propias ideas, ni de qué partido es, ni, menos aún, cómo vive. Lo que se le pide es solo que esté en silencio, a la escucha de la palabra de Dios.

Siguiendo el ejemplo de Jesús, la Iglesia debe solo servir al hombre, a fin de que él, purificado e iluminado en su corazón y en su inteligencia, sepa liberar todas las energías vitales, para construir en esta tierra una pequeña imagen del reino de Dios: reino de verdad, de paz, de justicia, de libertad, de fiesta y de amor a todos, nadie excluido.

Por eso, Emilio, al final de la Pascua Joven de este año, ha vuelto a decir a los jóvenes que se empeñen mucho, que estudien, que construyan, a partir de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús, un lugar de encuentro y de fraternidad, donde las diferencias de tipo económico, político, cultural, nacional o de cualquier otro género no constituyan un elemento de desprecio hacia el hermano. Nadie debe sentirse despreciado, sino que todos tienen que madurar el orgullo de ser la Iglesia de la comunión, de la paz, de la fraternidad y de la unidad en la diferencia.

(A cargo de Emanuela Furlanetto)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)



 

19/05/2017

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis