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Vida de la parroquia de Ypacaraí 

 

ESPERANDO AL PAPA FRANCISCO

 


Acontecimientos eclesiales alegres, cuales el viaje del Papa al Paraguay y el reciente nombramiento de Mons. Joaquín Robledo como Obispo de San Lorenzo, han dado una ocasión propicia a Emilio para profundizar en la catequesis sobre la Iglesia, sea para los jóvenes de la Confirmación, sea para todos los fieles, durante la homilía dominical, el pasado 5 de julio. De tal modo, estos acontecimientos eclesiales pueden ser vividos más intensamente por los fieles, y sobre todo los jóvenes pueden conocer mejor el origen divino de la Iglesia, para que no solo adhieran a ella en la libertad de la fe, sino que la amen profundamente.

 

Mons. Robledo, Obispo de San Lorenzo

Mons. Joaquín Robledo

El nombramiento de Mons. Joaquín Robledo como Obispo de San Lorenzo (Paraguay) ha llenado de gozo a los fieles, quienes ya conocen y aprecian sus cualidades humanas y espirituales, porque en el pasado él había sido Vicario General de la misma Diócesis. También Emilio ha expresado su alegría por un nombramiento, que puede ser considerado un signo del amor de Dios para el pueblo de San Lorenzo, porque la fe, el espíritu de oración, la pasión por el pueblo, la simplicidad, la bondad y la humildad de Mons. Robledo serán de gran ayuda en la difícil situación eclesial actual.

Emilio ha querido destacar, sin embargo, que la alegría y la satisfacción de tal nombramiento no tiene que hacer pensar que la obediencia filial de los fieles esté ligada a una coincidencia de criterios culturales y psicológicos, de simpatía, de afinidades diferentes.

La Iglesia es un misterio de fe, y un nuevo Obispo nombrado por el Papa debe ser acogido siempre con un espíritu religioso, cualquiera que sea él. Este espíritu de fe vale para el nombramiento del Obispo, como para la elección del Papa; detrás de tales rostros, en efecto, tenemos que saber ver a Jesús que actúa, su mano que indica el camino.

El Papa Francisco en el Paraguay

El acontecimiento mayor de estos días, hacia el cual convergen todos los corazones, es el viaje del Papa al Paraguay. En su programa está también la visita al santuario mariano de Caacupé, que se encuentra a pocos kilómetros de Ypacaraí. La Ruta 2 que conduce a Caacupé pasa por delante del Templo parroquial, y ya la población se está movilizando para ver al Santo Padre, aunque por pocos instantes, y para manifestarle la propia alegría en el momento de su rápido paso.

El Intendente de Ypacaraí, Raúl Fernando Negrete Caballero, con pasión y espíritu de dedicación y colaboración, como máxima autoridad institucional de la ciudad, ha organizado diferentes encuentros a varios niveles, para dar la bienvenida al Papa que pasa por la ciudad de Ypacaraí.

El P. Emilio Grasso con el Intendente de Ypacaraí, Raúl Fernando Negrete Caballero

Estos acontecimientos han dado la ocasión a Emilio de explicar a los jóvenes, de modo profundizado, qué es y cómo nace la Iglesia, qué representan el Obispo y el Papa para los fieles.

Con referencia al Papa Francisco, Emilio ha destacado que, al amarlo, estamos llamados a ver en él al “dulce Cristo en la tierra” –según la expresión de santa Catalina de Siena–, y no tan solo a un gran líder religioso y a un hombre atento a la realidad de nuestro continente latinoamericano.

Como el Papa Francisco ha querido destacar, ya desde las primeras palabras pronunciadas enseguida después de su elección al solio pontificio, él es, ante todo, el Obispo de Roma, llamado a confirmar la fe de sus hermanos; no debe ser considerado, pues, tanto como un jefe, sino como el que rinde un servicio de caridad y de unidad entre todos los cristianos. El nombre mismo de Pontífice asume con Francisco, en su humildad, su pleno significado de constructor de vínculos, de puentes, de unidad[1].

La Iglesia existe allá donde está el Obispo, quien, junto con los demás Obispos, forma parte de un único colegio, en comunión con el Papa[2]; sin estas condiciones, no existe la Iglesia católica, la Santa Madre Iglesia jerárquica[3].

Es importante que los jóvenes comprendan bien que no se puede reducir la fe a principios humanos, para los cuales podríamos tener preferencias diferentes. Emilio ha hecho a los jóvenes un ejemplo chistoso, pero muy claro: “Si el Papa fuera hincha del equipo de fútbol de San Lorenzo de Almagro, el equipo argentino del cual es hincha, en un partido contra mi equipo del corazón, esto no afectaría mi fe en él y yo no faltaría de amor y reverencia a él, si siguiera siendo hincha de mi Juventus”.

La Iglesia nace de la convocación de la Palabra

Hay que partir siempre del significado actual y etimológico de cada palabra, para hacer una reflexión correcta –ha recordado Emilio–, y, de este punto de vista, “Iglesia” quiere decir convocación, asamblea.

Es siempre importante, en efecto, no olvidar que la palabra es una convención entre las personas, quienes la utilizan refiriéndose a la misma realidad. Allá donde falte esta referencia objetiva del lenguaje, se caerá en la Babel del subjetivismo y, en último término, también en la locura, de todos modos, en la imposibilidad de la correcta comunicación.

Emilio, por tanto, ha hecho un importante excursus, para los jóvenes, sobre el valor de la palabra, que tiene un contenido, revela lo que está en el corazón y en la mente de quien la pronuncia, y se dirige a alguien que, en la respuesta dada o no dada, revela quién es.

Santa Catalina de Siena

Quedar ligados al significado convencional de la palabra, asumido en la cultura y en la historia, acordando el corazón y la palabra pronunciada, es una exigencia primordial para todos los hombres, pero más aún para nosotros los cristianos, porque la palabra humana es participación de la Palabra divina, que es la segunda Persona de la Santísima Trinidad.

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios” (Jn 1, 1). “Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros” (Jn 1, 14). El inicio del Evangelio según san Juan nos hace comprender que la historia de la Iglesia empieza de la Palabra hecha carne, y que Jesucristo, en su vida y en su muerte, nos ha enseñado a ser fieles a la palabra dicha y donada como revelación de Dios mismo. Es su ser Palabra preexistente y eterna en la Trinidad, Palabra que se ha hecho carne, lo que da un significado único y salvador a todo lo que Él ha dicho y hecho, hasta el don total de sí.

Se debe poner mucha atención, pues, en no jugar con la palabra que se pronuncia, ha amonestado Emilio: esto sería burlarse de Dios mismo. La prostitución de la palabra es, en este sentido, el pecado más grande contra Dios mismo.

La Iglesia, para nosotros los creyentes, no es una simple asociación, un club de amigos, una institución cualquiera.

Como se estrenaba el Papa en sus catequesis sobre la Iglesia: “Hablar de la Iglesia es hablar de nuestra madre, de nuestra familia. La Iglesia no es una institución finalizada a sí misma o una asociación privada, una ONG, ni mucho menos se debe restringir la mirada al clero o al Vaticano... Y la Iglesia es una realidad mucho más amplia, que se abre a toda la humanidad y que no nace en un laboratorio... Ha sido fundada por Jesús, pero es un pueblo con una historia larga a sus espaldas y una preparación que tiene su inicio mucho antes de Cristo mismo”[4].

Es muy importante, por lo tanto, destacar que la Iglesia nace de una convocación de un pueblo, el cual libremente escucha y obedece, en la fe, a la palabra de Dios.

La Iglesia viene desde lejos

Dios se dirige al hombre a través de la Palabra; en ella se revela e interpela al hombre para que dé una respuesta, a través de toda la Historia de la Salvación, hasta la Palabra hecha carne.

Puesto que la Iglesia nace de la convocación y de la adhesión libre, en la fe, a la llamada de la Trinidad –ha destacado Emilio a los jóvenes–, nadie puede obligar a alguien a formar parte de ella o a participar en sus sacramentos. Estos son signos de la fe y no se deben, pues, vender, y menos aún regalar. Los sacramentos, regalo de Dios, son también el fruto de una elección y de un compromiso libre y personal del creyente. Los confirmandos han sido invitados, pues, a prepararse y a recibir el sacramento como compromiso libre y personal de cada uno.

La adhesión a la Iglesia es un acto libre y los cristianos están llamados, por lo tanto, a la misión, que no es proselitismo.

Una bendición para todos los pueblos

La Iglesia nace, por tanto, de la iniciativa de amor de Dios, que se dirige al hombre y forma un pueblo llamado a llevar su bendición al mundo entero. La fe, la confianza en este plan preveniente de amor, es la certeza de la Iglesia en camino hacia la Patria celestial.

Como dice todavía el Papa Francisco: “Dios toma la iniciativa y dirige su palabra al hombre, creando un vínculo y una relación nueva con él... Así Dios forma un pueblo con todos aquellos que escuchan su Palabra y que se ponen en camino, fiándose de Él. Esta es la única condición: fiarse de Dios. Si tú te fías de Dios, lo escuchas y te pones en camino, eso es hacer Iglesia. El amor de Dios precede a todo”[5].

Acoger al Papa Francisco significa, por tanto, insertarse en esta larga historia de amor que Dios ha escrito para la humanidad, que ha llegado a nosotros a través de una larga cadena que llega hasta hoy.

“Formar parte de la Iglesia apostólica quiere decir ser conscientes de que nuestra fe está anclada en el anuncio y en el testimonio de los Apóstoles de Jesús –está anclada allí, es una larga cadena que viene de allí–; y, por ello, sentirse siempre enviados, sentirse mandados, en comunión con los sucesores de los Apóstoles, a anunciar con el corazón lleno de alegría a Cristo y su amor por toda la humanidad”[6].

Emilio, todavía antes de escuchar la enseñanza que el Papa Francisco dará en el Paraguay, ha destacado el gran testimonio de humildad que le ha dado el Papa durante el encuentro que tuvo con él. Mientras se estaba arrodillando, como primer saludo al Papa, este con mano fuerte lo ha hecho levantar, pidiéndole, al final del encuentro, que rece por él.

“La Iglesia –ha terminado Emilio– con el Papa Francisco está ciertamente en óptimas manos. Amemos a la Iglesia, queridos amigos, amémosla siempre”.

(A cargo de Antonietta Cipollini)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)


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[1] Uno de los títulos del Obispo de Roma es ‘Pontífice’, es decir, el que construye puentes, con Dios y entre los hombres. Quisiera precisamente que el diálogo entre nosotros ayude a construir puentes entre todos los hombres, de modo que cada uno pueda encontrar en el otro no un enemigo, no un contendiente, sino un hermano para acogerlo y abrazarlo”, Papa Francisco, Audiencia al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (22 de marzo de 2013).

[2] También los obispos constituyen un único colegio, reunido en torno al Papa, quien es custodio y garante de esta profunda comunión, que tanto le interesaba a Jesús y a sus Apóstoles mismos. ¡Cuán hermoso es, entonces, cuando los obispos, con el Papa, expresan esta colegialidad y tratan de ser cada vez más y mejor servidores de los fieles, más servidores en la Iglesia!”, Papa Francisco, Audiencia General (5 de noviembre de 2014).

[3] “En la presencia y en el ministerio de los obispos, presbíteros y diáconos podemos reconocer el auténtico rostro de la Iglesia: es la Santa Madre Iglesia jerárquica. Y, verdaderamente, a través de estos hermanos elegidos por el Señor y consagrados con el sacramento del Orden, la Iglesia ejerce su maternidad”, Papa Francisco, Audiencia General (5 de noviembre de 2014).

[4] Papa Francisco, Audiencia General (18 de junio de 2014).

[5] Papa Francisco, Audiencia General (18 de junio de 2014).

[6] Papa Francisco, Audiencia General (17 de septiembre de 2014).


09/07/2015


 

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