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Vida de la parroquia de Ypacaraí


 


ESTA ES LA VICTORIA QUE HA VENCIDO AL MUNDO:

NUESTRA FE

De la homilía de Emilio en el II domingo de Pascua

 

 

 

El Evangelio del II domingo de Pascua empieza con estas Palabras: “Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban reunidos por la tarde con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: ‘¡La paz est é con ustedes!’ Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor”.

Después de poner toda su esperanza en Jesús por todo lo que hizo y enseñó durante tres años, los discípulos hacen la experiencia de Jesús resucitado, quien los va a encontrar donde se habían refugiado.

La primera enseñanza que nos es data, como eco de lo que nos ha sido ofrecido en el Triduo Pascual, es que no hay posibilidad de Resurrección sin la Cruz.

Esto vale sea para Jesús, quien la ha abrazada con todo su corazón, sea para nosotros: todo lo bueno que los hombres pueden realizar en su vida, se obtiene solo gracias al sacrificio cotidiano, a la perseverancia, a la lucha continua.

Quien quiera alcanzar una determinada meta sin pasar por la obediencia a la fatiga y al esfuerzo de cada día no la alcanzará nunca. Es pura ilusión creer obtener algo sin pasar por la puerta estrecha, sin recorrer el camino duro y fatigoso de la cruz.

Quien había sido crucificado ha resucitado

Los apóstoles habían puesto su confianza en el Señor, lo habían seguido, creían en Él. Luego, con la muerte de Jesús, parece que todo se ha acabado. Lo en que habían creído se ha revelado un gran fracaso. Llenos de temor, están reunidos con la puerta cuidadosamente cerrada, nos dice el Evangelio. Parece que se han olvidado de que la piedra desechada por los arquitectos se ha vuelto la piedra angular. Esta piedra es la cruz de Cristo. Tienen miedo, no saben qué hacer. Sin embargo, están allá, en el mismo lugar donde estaban acostumbrados a encontrarse y están siempre juntos.

Jesús los alcanza, sabe dónde encontrarlos. Y así los discípulos hacen la experiencia de la Resurrección del Señor: Quien había sido crucificado ha resucitado.

En la segunda lectura de la liturgia de este domingo, hemos escuchado un pasaje de la Primera Carta de San Juan. “Todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo, y la victoria en que el mundo ha sido vencido es nuestra fe. ¿Quién ha vencido al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?”.

Es la fe la que vence al mundo. Es la fidelidad la que hace obtener la victoria.

Aunque perdidos y temerosos, los discípulos han permanecido en la fidelidad. También nosotros debemos imitarlos. No tenemos que ser los que en el Domingo de Ramos lo aclaman e inmediatamente después piden su crucifixión, los hombres de un momento, sino los que lo acompañan hasta la cruz del Viernes Santo, en la que todo parece acabarse, de donde, en cambio, todo comienza.

El don de la “paz”

“Llegó Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: ‘¡La paz esté con ustedes!’ Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor”.

La primera cosa que Jesús hace es desear la paz a sus discípulos.

La paz es un don de Dios, no una realización humana.

Observando todo lo que ocurre en la tierra, vemos a un mundo lleno de conflictos, de guerras. También en lo pequeño de nuestros países, de nuestras casas, vislumbramos divisiones, violencias, separaciones, matanzas.

La paz es un don de Dios, no es un acuerdo entre los hombres. Los hombres pueden vivir en paz solo si acogen el don de Dios.

Puede existir, en efecto, la paz de un día, de un momento, pero no es la verdadera paz de la que habla el Evangelio.

En el tiempo de Jesús, la paz reinaba en el gran impero romano. Era la paz romana, una paz violenta impuesta por los ocupantes romanos a caro precio. Se debía obedecer en cada cosa y nada más. No era una paz auténtica producida por la justicia, el amor, sino la paz de los poderosos, impuesta por la fuerza. Más que de paz se podía hablar de tregua.

La paz cristiana, en cambio, es la aceptación del don de Dios que exige amar al prójimo y sacrificarse por él. Por eso, inmediatamente después de augurar la paz a los discípulos, Jesús les muestra sus manos que estuvieron clavadas en la cruz y el costado traspasado.

El verdadero saludo de Jesús, entonces, es “shalom” que significa mucho más que el simple “Paz a ustedes”. En la Biblia, shalom significa el florecer universal, la plenitud, la delicia, el bienestar total de la persona, la armonía de todas las cosas. Los profetas, en la Biblia, llamaban “paz”, o sea, shalom, al hilo que une a Dios, a los hombres y toda la creación, con la justicia, con la realización de sí en el proyecto de Dios, con el gozo profundo de cada ser.

El discípulo de Cristo es un misionero, empujado por el Espíritu del Señor

Después de augurar la paz, Jesús continúa diciendo: “Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también”.

Este es un mensaje central de la liturgia de este domingo: es el envío a la misión que Jesús hace a sus discípulos, porque el discípulo de Jesús es, ante todo, como Él, un misionero.

El documento de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, reunida en el santuario de Aparecida (Brasil), el 13 de mayo de 2007, recuerda que el discípulo de Cristo es esencialmente un misionero (en particular, en el n.° 3). Uno no puede ser discípulo de Cristo si no es, al mismo tiempo, misionero.

Los discípulos, recibiendo la paz del Señor, tienen que transmitirla a los demás, no pueden guardarla para ellos.

El Evangelio es la invitación a la misión, porque todo lo que se ha experimentado no puede permanecer cerrado en el corazón. “Lo que hemos visto y oído se lo anunciamos también a ustedes” (1Jn 1, 3).

En el Evangelio del II domingo de Pascua, Jesús sopla sobre los discípulos y les dice: “Reciban al Espíritu Santo”. Y agrega: “A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados”.

El Espíritu Santo libera al hombre de cada miedo. El pecado mismo no nos puede detener, porque el Señor es bueno y nos perdona. Debemos tener miedo, en cambio, a la mentira y al no saber perdonar a los demás.

La Pascua es renovación radical. Si vivimos en la mentira, si no somos capaces de perdonar, negamos la Pascua y nos zambullimos de nuevo en el tiempo antiguo.

La Vigilia Pascual nos ha enseñado que Cristo que resucita renueva cada cosa.

No podemos detener el tiempo en un pasado lejano. El pasado ha muerto. El tiempo del cristiano es el “hoy”.

En la liturgia proclamamos: “Hoy Cristo ha resucitado”. Quien quiera permanecer en el pasado está condenado a no resucitar nunca. Quien quiera vivir en el pasado, está libre de vivir en él, pero debe dejar en paz a quien tenga el deseo de vivir plenamente en el presente. El perdón es un elemento que nos hace vivir el presente como don de la paz de Cristo. Si Dios nos ha perdonado, hoy somos creaturas nuevas; cada vez que perdonamos somos creaturas nuevas; si seguimos acusando pertenecemos al pasado y nos quedamos tragados en la oscuridad del sepulcro.

Tomás no estaba con ellos

En resumen, la tarde de Pascua Jesús se va adonde sus discípulos, les desea la “paz”, les muestra las manos traspasadas, los envía a la misión, sopla sobre ellos para que reciban al Espíritu Santo y les confiere la facultad de perdonar los pecados.

Uno de ellos, Tomás, llamado Dídimo, no estaba con ellos.

Ocho días después, Jesús va de vuelta adonde los discípulos y con ellos está también Tomás. Jesús, a él que quería tocarlo para creer, le dice que ponga su dedo en el si gno de los clavos y la mano en su costado y lo invita a ser creyente. Tomás ya no hace más nada, sino que exclama: “Mi Señor y mi Dios”.

Tomás, como los demás, está invitado a llevar el anuncio de Cristo resucitado.

Su testimonio, por la experiencia que ha vivido, parte de aquel cuerpo que, para la Divina Misericordia, se ha mostrado también a él después de mostrarse a los demás, los testigos de la Resurrección.

Con este episodio, el evangelista ha querido decirnos una verdad muy importante: yendo a predicar en el mundo, los discípulos de Cristo no tendrán que anunciar tan solo que Él ha resucitado, sino que Quien había sido crucificado en la cruz ha resucitado de los muertos.

Pidamos al Señor la gracia de saber vivir el momento del sufrimiento y de la oscuridad para llegar a la luz de la Resurrección.

Y recordémonos que el proyecto de Dios para el hombre, aunque pase inevitablemente por la cruz y la muerte, es un camino que conduce a la vida. Una vida llena de alegría, como era el corazón de los discípulos que habían vuelto a ver al Señor.

(A cargo de Sandro Puliani)


(Traducido del italiano por Luigi Moretti)



 

26/04/2018

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis