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Vida de la parroquia de Ypacaraí


 

LA CELEBRACIÓN DE LAS PRIMERAS COMUNIONES

EN YPACARAÍ/2


 

Todos iguales delante del Señor

El día de la Primera Comunión no puede absolutamente ser la ocasión en que se acentúen y aparezcan evidentes diferencias sociales entre ricos y pobres. Todos los niños son iguales frente al Señor, y es por esto por lo que, precisamente en ese día, no puede ocurrir que alguien exhiba su elegante y costoso vestido nuevo, porque tiene una familia rica que se lo puede permitir, y alguien, en cambio, tenga que avergonzarse o deba incluso renunciar al sacramento, porque ni siquiera tiene una camisa blanca o un par de zapatos decentes para poderse presentar en la iglesia.

Además, la iglesia no es un escenario y una celebración no es un espectáculo o un desfile de moda.

Por eso, en nuestra parroquia, condición fundamental para acercarse a la Primera Comunión es que todos los niños se presenten simplemente con su uniforme escolar. La simplicidad discreta de este uniforme es mayormente apropiada para el templo de Dios y nuestro contexto social y pastoral.

A esto se le añade la atención hacia otra realidad social difundida en el Paraguay: la de los niños abandonados por uno de los padres. Casi siempre es el padre el que abandona, y es la madre soltera la que se hace cargo, sola, del niño. Esta condición se tiene presente, en la celebración de las Primeras Comuniones, con un detalle significativo que valoriza el coraje y la responsabilidad de quien se ha hecho cargo del hijo y no lo ha abandonado. Quien, realmente, en la vida del niño desarrolla las funciones de padre y madre, en el momento de la celebración en que los padres se colocan uno a la derecha y el otro a la izquierda del hijo para recibir el signo de la paz, recibirá un doble abrazo, colocándose primero a un lado y desplazándose, luego, al otro lado del propio niño. Lo mismo ocurre cuando, al final de la celebración, los padres están llamados a entregar al propio hijo el rosario y el librito que los guiará en el rezar juntos.

Condiciones litúrgicas para recibir a Jesús

Toda la preparación para la Primera Comunión tiene que llevar al encuentro con Jesús, y todo tiene que concurrir a que este encuentro, para cada niño, sea verdaderamente la primera efectiva participación en la celebración de la Eucaristía.

No se puede celebrar una liturgia en la confusión, en el desorden, sin atención y participación, con gente que entra y sale, con celulares que suenan o niños pequeños que lloran (aunque tengan también todo el derecho de jugar, de moverse en un lugar apto para ellos, pero no en la iglesia); menos aún se puede celebrar una liturgia con la administración de más de cincuenta Primeras Comuniones, como ha ocurrido este año en la iglesia central de Ypacaraí, sin las debidas condiciones.

Para permitir el encuentro con el Señor, por eso, hay aspectos importantes que cuidar a fin de que la liturgia sea hermosa, intensa, participada, sin elementos de distracción.

También el decoro y la limpieza del lugar donde se desarrolla la liturgia son condiciones exteriores importantes para cualquier celebración. Lo son más aún en el día de las Primeras Comuniones. Lo mismo vale para el silencio, la devoción, el orden, el respeto y la participación activa en la liturgia con todos sus signos, gestos y actitudes del cuerpo.

La iglesia o la capilla, limpia y adornada de manera simple y armoniosa, debe acoger a las personas con una disposición que permita a cada una la propia colocación, ante todo, a niños y padres, predisponiendo el espacio para poder realizar esos pequeños gestos y movimientos que valorizan la participación de los protagonistas.

Los niños, así, gozan de un espacio reservado que les permite sentarse, levantarse, arrodillarse y formar una fila delante del altar en los momentos requeridos. Esto permite al sacerdote acercarse para dar a cada uno el signo de la paz y de la bendición poniendo las manos sobre su cabeza, y permite, luego, a cada niño transmitir la paz del Señor a los respectivos padres quienes, mientras tanto, se han colocado al lado de ellos.

Los niños, en el curso de la catequesis, ya han aprendido a estar en la iglesia, conocen la diferencia entre la casa de Dios, lugar de silencio y de oración, y un patio donde se juega o una escuela donde se estudia o un campo de fútbol donde se desarrolla un partido de fútbol. Nada tiene que trastornar la tensión hacia la escucha de la Palabra que el Señor dirige a ellos o la devoción con que manifiestan la gran emoción de recibir la Eucaristía.

En las celebraciones de las Primeras Comuniones del pasado noviembre, en la parroquia, era hermoso ver el recogimiento, el silencio, la participación de todos, cada uno en el propio lugar. Era hermoso ver a esos niños atentos, partícipes, simples y felices en su uniforme.

Esta belleza, decía Emilio que celebró aquella liturgia, no nace de la nada, sino que es el fruto y el resultado de todo un trabajo cotidiano, constante y paciente, que cada uno a su nivel ha hecho durante el año. Está el sacrificio de los padres que han acompañado a sus hijos todos los sábados; está el gran trabajo del catequista que ha guiado y educado con paciencia y amor a niños y padres; está el esfuerzo de los niños y también su entusiasmo por aprender y crecer.

A cada uno le está dirigida la palabra de Dios que orienta, guía, considera sin tener miedo de decir la verdad, con caridad, con paciencia y con amor, para que esos niños sean bellos no solo el día de su Primera Comunión y durante toda la vida sigan creciendo en el amor a Dios y a su familia.

La predicación del sacerdote es una de las condiciones fundamentales para una hermosa liturgia y también esta, pues, debe estar bien cuidada en el aspecto técnico, a fin de que la palabra llegue a todos, pero también en sus contenidos, exactamente para tener presente a quien se proclama y se explica la palabra de Dios, para que pueda llegar no solo al oído, sino al corazón de cada uno de los presentes.

Recordaba Emilio, en la homilía de aquella celebración, que no hay belleza, no hay alegría y satisfacción sin sacrificio, esfuerzo y fatiga. Esto enseña la cruz del Señor, y esto comporta recibir la Eucaristía: amar, donarse, día tras día, hasta el fin, como nos enseña Cristo que se hace pan partido para cada uno todos los días.

Es en la cotidianidad donde esta elección de vida debe estar presente, para no limitarse a ser solo los cristianos de las ocasiones especiales, para seguir encontrándose con Jesús en la Eucaristía y recordar que debemos vivir continuamente en la presencia de Dios, conscientes de que, en la vida humana, como en la cristiana, o se crece y se madura en la fidelidad o se retrocede, se desaparece y se muere.

Emanuela Furlanetto

(Continúa)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)


"Nutrirse de la Eucaristía significa dejarse mudar en lo que recibimos. Nos ayuda san Agustín a comprenderlo, cuando habla de la luz recibida al escuchar decir de Cristo: 'Manjar soy de grandes: crece y me comerás. Y tú no me transformarás en ti como al manjar de tu carne, sino tú te transformarás en mí'. Cada vez que nosotros hacemos la Comunión, nos parecemos más a Jesús, nos transformamos más en Jesús. Como el pan y el vino se convierten en Cuerpo y Sangre del Señor, así cuantos los reciben con fe son transformados en Eucaristía viviente. Al sacerdote que, distribuyendo la Eucaristía, te dice: 'El Cuerpo de Cristo', tú respondes: 'Amén', o sea, reconoces la gracia y el compromiso que conlleva convertirse en Cuerpo de Cristo. Porque cuando tú recibes la Eucaristía te conviertes en cuerpo de Cristo. Es bonito, esto; es muy bonito. Mientras nos une a Cristo, arrancándonos de nuestros egoísmos, la Comunión nos abre y une a todos aquellos que son una sola cosa en Él. Este es el prodigio de la Comunión: ¡nos convertimos en lo que recibimos!".

(Papa Francisco, Audiencia general, 21 de marzo de 2018)



 

25/02/2019

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis