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Vida de la parroquia de Ypacaraí



 

LA CELEBRACIÓN DE LAS PRIMERAS COMUNIONES

EN YPACARAÍ/4

Los testimonios

 

   


Fátima, una madre

Como madre de Miguel, uno de los cincuenta niños que han recibido la Primera Comunión, debo decir que la catequista Marta ha cuidado, con mucha paciencia y dedicación, la preparación de nuestros hijos y también el acompañamiento de nosotros los padres.

A través de nuestros hijos, hemos vuelto a llevar a la familia las palabras y los signos de la vida cristiana; hemos vuelto a pararnos delante del Santísimo para la adoración eucarística, a rezar, a comprender y respetar las varias partes de la Misa. En todo esto, lo que subrayo, en particular, es haber comprendido y experimentado cómo nuestros niños deben estar acompañados por nosotros los padres en el camino de preparación, para poder llegar juntos al día de su encuentro con Jesús.

Nosotros los padres hemos sido envueltos en diversas iniciativas junto con nuestros hijos, como la de pensar en nuestros hermanos más pobres y compartir con ellos nuestra fiesta y nuestra alegría. Nuestros hijos, desde el comienzo del año, se han comprometido a poner en una propia hucha el fruto de pequeños sacrificios y renuncias que, luego, han ofrecido para los pobres de la parroquia, durante la celebración de la Primera Comunión. Además, ha sido particularmente apreciada la iniciativa de la catequista de organizar encuentros semanales con las cincuenta familias, divididas en pequeños grupos por turno, para rezar el rosario juntos, padres e hijos.

También en todo esto tengo que subrayar su capacidad, su gran y hermoso compromiso, pero también la importancia del acompañamiento de los sacerdotes y de los miembros de la Comunidad Redemptor hominis de nuestra parroquia.

Dos aspectos de la liturgia de las Primeras Comuniones de nuestros hijos han dejado en mí una huella particular.

Uno ha sido el momento en que Miguel, mi hijo, ha experimentado por primera vez el encuentro con el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía. Aquel momento me ha llenado de emoción y de alegría hasta las lágrimas.

El otro ha sido la homilía del padre Emilio quien, dirigiéndose a nosotros los padres, nos volvía a llamar a la responsabilidad en la educación de nuestros hijos. Me he visto reflejada en sus palabras, como madre, esposa y mujer. Me he dado cuenta de que, tomando como referencia el amor y la cruz de Jesús y reflejando mi vida en esta, me queda todavía mucho camino por recorrer para enseñar y testimoniar a mis hijos el amor de Dios, y para cumplir bien todos los aspectos de mi vida de madre, esposa y mujer.

La homilía del padre Emilio, con sus expresiones sinceras, concretas y directas, ha dado en el blanco de la realidad de nuestras familias, y nos ha vuelto a llamar a ser nosotros los padres los primeros testigos del amor de Dios hacia nuestros hijos, con paciencia y firmeza, con el sacrificio y el amor que nos enseña la cruz de Cristo.

Miguel, un niño

Para mí, la Misa de la Primera Comunión ha sido un momento esperado y muy lindo:  estaba emocionado cuando he recibido el Cuerpo de Cristo, y también mis padres estaban felices y emocionados.

El año de catequesis ha sido interesante; estábamos atentos cuando la catequista nos explicaba las cosas, y me gustaba responder a las preguntas que nos hacía sobre la vida de Jesús. Me ha gustado mucho también la idea de recoger nuestros ahorros para los pobres y ha sido hermoso rezar el rosario en mi casa, con un grupo de niños y padres que dieron muestras de estar contentos.

Hemos hecho también un examen final y para prepararme me ha ayudado mi madre, así he respondido bien a todas las preguntas. Estoy contento de haberme vuelto más responsable, y también porque el padre Emilio nos ha dicho que tenemos que crecer respetuosos, no debemos ser niños caprichosos y que los padres no nos deben dar siempre todo lo que queremos, sino que tienen que educarnos bien. Gracias a los esfuerzos míos y de mis padres, que siempre me han acompañado, he podido finalmente recibir a Jesús.

Lucas Daniel, un niño

Hacer la Primera Comunión ha sido, para mí, recibir el Cuerpo de Cristo, el primer encuentro personal con Jesús y esto ha sido el momento que más me ha hecho feliz aquel día. 

La catequista Marta, con su alegría, amabilidad y humildad, nos ha preparado bien durante todo el año y nos ha dicho, ya desde el primer momento, que era importante observar todas las reglas para poder recibir la Primera Comunión. Teníamos que estar atentos, escuchar, compuestos y respetuosos, y nos ha enseñado muchas cosas sobre la Misa, sobre el rosario y todos sus misterios. Para hacernos comprender qué es la Misa, nos ha invitado a participar en la celebración eucarística, junto con los padres, el cuarto sábado de cada mes, en la iglesia parroquial.

Ha sido lindo también pensar en los pobres, en personas que no tienen nada, así, cada vez que iba a ayudar a mi papá en el trabajo y él me daba dinero, lo ponía en la hucha. En la Misa de la Primera Comunión he ofrecido, luego, mi hucha llena y ¡he sido muy contento de haberlo hecho!

(A cargo de Emanuela Furlanetto)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

"También en nuestro tiempo un lugar privilegiado para hablar de Dios es la familia, la primera escuela para comunicar la fe a las nuevas generaciones. El Concilio Vaticano II habla de los padres como los primeros mensajeros de Dios, llamados a redescubrir esta misión suya, asumiendo la responsabilidad de educar, de abrir las conciencias de los pequeños al amor de Dios como un servicio fundamental a sus vidas, de ser los primeros catequistas y maestros de la fe para sus hijos. Y en esta tarea es importante ante todo la vigilancia, que significa saber aprovechar las ocasiones favorables para introducir en familia el tema de la fe y para hacer madurar una reflexión crítica respecto a los numerosos condicionamientos a los que están sometidos los hijos. Esta atención de los padres es también sensibilidad para recibir los posibles interrogantes religiosos presentes en el ánimo de los hijos, a veces evidentes, otras ocultos. Además, la alegría: la comunicación de la fe debe tener siempre una tonalidad de alegría. Es la alegría pascual que no calla o esconde la realidad del dolor, del sufrimiento, de la fatiga, de la dificultad, de la incomprensión y de la muerte misma, sino que sabe ofrecer los criterios para interpretarlo todo en la perspectiva de la esperanza cristiana. La vida buena del Evangelio es precisamente esta mirada nueva, esta capacidad de ver cada situación con los ojos mismos de Dios. Es importante ayudar a todos los miembros de la familia a comprender que la fe no es un peso, sino una fuente de alegría profunda; es percibir la acción de Dios, reconocer la presencia del bien que no hace ruido; y ofrece orientaciones preciosas para vivir bien la propia existencia".
(Benedicto XVI, Audiencia general, 28 de noviembre de 2012)



 

02/03/2019

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis