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LA PIEDRA RODADA Y EL SEPULCRO VACÍO

La parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí

celebra la Pascua

 

 

Entre el hombre viejo y el hombre nuevo, entre lo que está muerto y lo que está vivo, entre una vida vieja que ya no tiene sentido y una vida nueva a la que somos llamados todos, está una piedra.

“Todo el sentido de la Pascua ―decía Emilio en su homilía― está en el hecho de comprender que, si queremos pasar de la muerte a la vida y ser hombres auténticamente nuevos, renovados en nuestro corazón, debemos volver a encontrarnos delante de una piedra removida. Es una piedra que no nos permite la Pascua, es decir, el ‘paso’ de lo que es muerte a lo que es vida”.

“¿Quién nos hará rodar la piedra de la entrada del sepulcro?”, se preguntaban las mujeres yendo al sepulcro para ungir el cuerpo del Señor.

Una piedra que remover

Ciertamente las mujeres no habían comprendido las palabras de Jesús, quien había dicho que después de tres días resucitaría. Pero lo amaban, lo habían visto y escuchado, habían cambiado su vida. Luego lo han visto crucificado. Y van al sepulcro pensando que detrás de aquella piedra está el cuerpo de un hombre muerto. Se preguntan: “¿Quién nos hará rodar la piedra?”. Pero cuando llegan, ven que aquella piedra ―muy grande, dice el Evangelio― ya había sido removida.

“En el corazón y en la vida de cada uno ―continuaba Emilio― está una piedra que impide la liberación, vivir la plenitud de la vida de los hijos de Dios, entrar en la novedad de una vida bella, que tiene sentido, que es una renovación auténtica”.

Pero, Dios ha removido la piedra y no ha permitido que esta constituyera un obstáculo para el encuentro con Él, resucitado.

La riqueza de la palabra del Señor en la liturgia pascual ofrece un mensaje de esperanza, pero también de decisión que tomar.

“Existe una piedra ―decía Emilio dirigiéndose sobre todo a los jóvenes―, un obstáculo que superar. Abramos los ojos de la inteligencia y del corazón. Escuchemos esta Escritura y obedezcamos a la palabra del Señor. La piedra que está en nuestro corazón será removida. Entonces, podrá entrar la novedad de la vida, que no es repetición de lo que han hecho otros, algo ya escrito, que ya se conoce. Ustedes deben escribir una página nueva que nadie ha escrito, realizando el don que Dios ha puesto en el corazón de cada uno. No tengan miedo a la libertad, no sean esclavos de nada y de nadie. ¡Que su libertad quede librada!”.

El hombre, si no remueve la piedra de su sepulcro, permanecerá separado de Cristo, del único que no ha traicionado, de quien ha preferido morir antes que traicionar, a fin de que todos los hombres, hasta los extremos confines de la tierra, pudieran conocer la libertad auténtica.

“Tomen un tiempo para quedar solos con su conciencia ―decía todavía Emilio―, examínense bien en el silencio, y descubran cuál es la piedra que deben remover”.

Las mujeres han ido muy de mañana y han visto una piedra removida, un sepulcro vacío. Esta es la fe cristiana, y es gracias a este testimonio por lo que la Iglesia puede celebrar la Pascua.

Llegó primero al sepulcro

Era de noche todavía, cuando María de Magdala fue al sepulcro y vio la piedra rodada.

Corrió, entonces ―dice el Evangelio― y fue adonde Simón Pedro y el otro discípulo, el que Jesús amaba, y les dijo: “¡Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto!”.

Ciertamente no es esta la realidad que María ha visto. No se dice tampoco que ella entró en el sepulcro, sino que “vio” simplemente la piedra del sepulcro removida.

A menudo, el Evangelio repite que los discípulos no habían comprendido lo que Jesús había dicho. Una piedra rodada hace partir, también en ellos, interpretaciones, ilaciones y conjeturas complicadas: “Se han llevado al Señor…”.

“Era de noche todavía” ―dice el Evangelio, casi para explicarnos el motivo―, y no solo alrededor de María y de los demás discípulos, sino dentro de su corazón, con tinieblas que no dejaban filtrar ninguna luz de aquel trastorno de la Resurrección que se había producido.

Al comienzo de la Vigilia Pascual, bendiciendo y encendiendo el cirio, la Iglesia reza: “Que la luz de Cristo gloriosamente resucitado disipe las tinieblas de la inteligencia y del corazón”.

El Cristo resucitado da luz no solo al coraje del amor que se ha puesto en camino en la noche, sino que ilumina también el espíritu, aquella inteligencia que hace comprender las palabras que Él mismo había dicho.

“Se han llevado al Señor…”. Y Pedro y Juan corren para ir al sepulcro. Corrían los dos juntos ―dice el Evangelio―, pero el otro discípulo corrió más veloz que Pedro y llegó primero al sepulcro. No entró y se limitó a inclinarse y a mirar hacia dentro. Esperó a Pedro. Es a él a quien Jesús ha confiado la misión de confirmar a los hermanos en la fe.

Pedro llegó, entró primero en el sepulcro y “vio” lo que estaba: los lienzos que habían envuelto el cuerpo y el sudario que había cubierto la cabeza del Señor. Por supuesto, quien “se lleva” un cadáver ―habrá pensado―, no se toma la molestia de desnudarlo.

Detrás de él, entró también Juan. Y “vio y creyó”, comprendió en aquel momento ―porque, dice el Evangelio, no habían comprendido todavía la Escritura― no solo que el cuerpo no había sido robado, sino que Jesús había salido vivo, en su cuerpo resucitado, de los lienzos que lo envolvían, que había resucitado de los muertos como había dicho.

Adultos, discípulos de los jóvenes

Juan es joven y llega al sepulcro antes de Pedro. Su mirada va más allá de la simple constatación que no se trata de un robo de cadáver; desde esos signos empieza a entrar en la fe pascual.

“Los jóvenes, a menudo, llegan cerca de la verdad antes de los adultos ―comentaba Emilio―, y deben también tener la paciencia de saber esperar. Pero, nosotros los adultos debemos tener el coraje de entrar, de abrir las puertas y no de cerrarlas. Los jóvenes tienen ya delante de sus ojos la visión de un mundo diferente, y nosotros debemos ponernos a la escucha de lo que ellos tienen en su corazón, como sueño auténtico de la construcción de un mundo nuevo. Nosotros los adultos debemos volvernos discípulos de los jóvenes”.

Hablando a jóvenes y adultos, el Papa Francisco decía: “A los jóvenes les repito: no perdáis la esperanza de seguir siempre adelante. A los ancianos: llevad hacia delante la sabiduría de la vida. Jóvenes y ancianos juntos: los jóvenes tienen la fuerza, los ancianos la memoria y la sabiduría”[1].

La fuerza arrastra y el maestro se deja conducir, llegando a aprender de su discípulo. Luego, abre el libro de su experiencia, el libro de la memoria y de la sabiduría, no para manipular por sus mezquinos intereses, sino para construir, junto con los jóvenes, una ciudad, un país, una vida diferente, donde reinan la verdad, la justicia y la paz.

El maestro auténtico deja que el joven pueda tomar la iniciativa, no se encierra en el cinismo de quien ha perdido el sentido de su testimonio y desprecia a los jóvenes no comunicando una sabiduría de vida, no recordando a ellos que una vida sin amor es una vida árida, que la angustia del futuro puede ser vencida, que hay más alegría en dar que en recibir[2].

Estaba muerto, pero hora está vivo

Luego, entró también el discípulo más joven. Todos deben entrar y todos somos llamados a ver que aquel sepulcro está vacío. Este es el evento. Lo discípulos no han visto la Resurrección, sino el sepulcro vacío, y han comprendido porque habían escuchado al Señor.

“Esta es la liturgia de hoy ―continuaba Emilio―, la liturgia de la Pascua. Un sepulcro vacío y algunas pobres personas, como las mujeres que se habían equivocado, que amaban, pero no tenían los ojos de la inteligencia abiertos, y que ahora comprenden que el Crucificado es al mismo tiempo el Resucitado. La muerte no tiene la palabra victoriosa sobre la vida y sobre el amor”.

Un sepulcro vacío. “En la historia humana falta un cuerpo para cerrar en par la cuenta de los asesinados. Un sepulcro está vacío. Falta un cuerpo a la contabilidad de la muerte, sus cuentas están en pérdida, la vencedora está vencida”[3].

“La muerte y la vida se enfrentaron en un duelo admirable ―dice la liturgia de Pascua―, el Rey de la vida estuvo muerto, y ahora vive” (Secuencia pascual).

“Por eso, no tengan miedo a nada y a nadie. La muerte no tiene la última palabra. Por supuesto, se muere. Si uno dice la verdad puede ser también asesinado, pero, si te proponen un camino fácil, sepas que es un engaño. Pienso, en este momento, en lo que dijo Churchill a sus compatriotas: ‘No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor. Tenemos ante nosotros muchos, muchos meses de combate y sufrimiento. Pero, por largo y duro que pueda ser el camino, venceremos’. No podemos vencer sin lucha y sufrimiento. Por tanto, no tengan miedo al sufrimiento, a la lucha, a las dificultades, no busquen el camino fácil. Somos llamados a una lucha, ante todo interior, con nosotros mismos, en nuestro corazón, porque allí está la maldita piedra que debemos remover, para que el corazón y la inteligencia puedan abrirse a la verdad”.

La Resurrección toca y cambia la historia del hombre. Por eso, no se puede separar el acto litúrgico de la vida cotidiana, allá donde el hombre vive y muere, en la vida de la ciudad, en la familia, en la escuela, en el mercado, en el trabajo.

Uno no puede afirmar que cree en la Resurrección y vivir como un muerto que vaga por las calles de una ciudad fantasma. La Resurrección está en el coraje de amar, en la decisión de negarse a vivir una vida solo a la espera de la muerte, una vida en que Dios y los demás están ausentes.

La piedra rodada, el sepulcro vacío son solo pobres signos e indicios de la Resurrección. Pero, la prueba es la vida misma de aquellos que se han atrevido a atestiguar que “Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello”. (He 3, 15): han afirmado que no podían dejar de hablar de lo que habían visto y oído (cf. He 4, 19), con tal fuerza y coraje hasta estar dispuestos a dejarse asesinar antes que traicionar la verdad y la belleza de aquel evento, de aquella vida.

No mueren por algunas ideas, por una ideología, por una verdad o un principio. Mueren por y con Alguien que ha muerto antecedentemente por ellos y que ha resucitado, por testimoniar este hecho y este evento, mueren por una historia que es viva porque es carne y sangre. Y se puede creer solo en las “historias cuyos testigos se hacen degollar”[4], dice Pascal.

(A cargo de Giuseppe Di Salvatore)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

________________________

[1] Papa Francisco, Visita pastoral a Pompeya y Nápoles. Encuentro con los jóvenes en el paseo marítimo Caracciolo (21 de marzo de 2015).

[2] Cf. Papa Francisco, Audiencia general (11 de marzo de 2015).

[3] E. Ronchi, Tutti i passi della storia varcano il sepolcro vuoto, en “Avvenire” (16 aprile 2006) 2.

[4] Pensieri, § 593, en B. Pascal, Pensieri. E altri scritti di e su Pascal, Paoline, Cinisello Balsamo (MI) 1986, 330.


16/05/2015


 

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