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Vida de la parroquia de Ypacaraí


 


SOLO PASANDO POR LA CRUZ SE PUEDE LLEGAR

A LA RESURRECCIÓN/2

 

 

 

Las primeras luces del alba

Rechazando el amor que lo abre a los demás, el hombre se cierra en sí mismo, como en un sepulcro. No es, sin embargo, el sepulcro del Sábado Santo, porque la soledad de este día no es el aislamiento narcisista que mata, sino una soledad que se abre a la vida.

Ya la primera lectura de la Vigilia Pascual nos proclama que en el principio Dios creó al hombre, y lo creó varón y mujer, subrayando esta diversidad que es la condición esencial del encuentro de amor. Esta distinción se queda olvidada, porque se tiene miedo de la relación, del encuentro con el otro, diferente. Por eso, existe el fenómeno típico de nuestro tiempo que es el de la "teoría del gender" para el cual ser hombre o mujer es una elección subjetiva. Se ha llegado hasta el punto que, en Europa, una persona ha celebrado el matrimonio consigo mismo. Se llega a estos puntos cuando se vive como Narciso, enamorados perdidamente de sí mismos.

El encuentro con el otro, diferente de nosotros, es la única posibilidad que tiene el hombre de salir de sí mismo y de amar.

El Sábado Santo no es el cierre en las costumbres, sino el trampolín de lanzamiento hacia el encuentro con Quien nos ha amado hasta donar su vida por nosotros.

El silencio de este día nos está ofrecido para poder escuchar el anuncio de la Resurrección de Jesús, anuncio hecho por pobres mujeres a pobres hombres que no tienen nada de heroico.

Citando a Bertolt Brecht, el cual decía: "Desgraciada es la tierra que necesita héroes", Emilio ha reevaluado ciertas actitudes que los hombres reivindican como heroicas que, sin embargo, pertenecen a la normalidad y, por eso, al alcance de todos.

A través de pobres personas, el anuncio de la Resurrección ha llegado también a nosotros, y nosotros lo podemos aceptar o rechazar. El anuncio de la Resurrección es la única alternativa teológica seria al único problema filosófico serio puesto por Camus.

"Ahora todo lo hago nuevo" (Ap 21, 5)

Con el anuncio de Pascua todo se renueva. El fuego, el agua, todos los elementos evocados por la liturgia de esta Santa Noche deben ser nuevos. La resurrección del hombre no concierne solo a los tiempos finales, escatológicos, sino que interesa también a la vida presente. Y la resurrección consiste en amar a los hermanos, en salir de sí mismos.

En nuestra sociedad, lo que es virtual se está imponiendo prepotentemente sobre lo que es real. También en las relaciones. Se prefiere comunicar a través de instrumentos electrónicos antes que hablar directamente, mirándose a los ojos, entre personas vivientes. De este modo, uno está libre de cada contacto físico con los demás. Se evita, así, el riesgo de la relación verdadera, de la confrontación, se evita la mirada que juzga e interpela. Con un simple "desliz", se puede borrar al instante a quien ya no nos interesa más. Y quien desaparece, permanece sustituido sin ningún problema. Para complacer a los demás, se llega a ser aun "otra cosa", intocable, inmune a cualquier injerencia que juzga y exige eventuales cambios de comportamiento.

De esta manera, el hombre pierde el sentido profundo de su vida, porque se da cuenta de que no sirve absolutamente para nada y para nadie. Recupera el sentido de la vida si vive para los demás, cuando tiene en cuenta la vida de los demás, sobre todo de los más pobres y para ellos dona su tiempo, sus energías. El hombre vive cuando hace existir a los demás: vive cuando ama y, amando, resucita.

Muchas veces, durante las homilías, Emilio ha comunicado a la asamblea que había hablado de todas estas cosas con los muchachos que, en esos días, en la parroquia, estaban participando en la cita anual de la Pascua Joven, y que se había congratulado con ellos por la atención y la recepción de los mensajes dirigidos a ellos.

Si me miro solo a mí mismo, ha continuado Emilio, no encuentro ningún motivo válido para vivir, y doy la razón a Camus. Si, en cambio, miro a los demás encuentro más de mil razones, y la vida, aunque entre infinitas dificultades, llega a ser hermosa.

"Cristo ha resucitado", resuena en esta Santa Noche que nos hace saborear ya las primeras luces de un alba nueva.

De la Cruz a la Resurrección

Si, para los hebreos, la Pascua era el paso de la tierra de Egipto a la Tierra Prometida, para el cristiano, indica un paso interior vivido a la luz de la Resurrección de Cristo quien ha "pasado" de la muerte a la vida.

Ya el profeta Ezequiel predicaba la conversión del corazón, anunciando que un día Dios habría cambiado el corazón de piedra de sus hijos en un corazón de carne agradable a Él (cf. Ez, 11, 19; 36, 26). Y en la misma línea se expresaban los demás profetas.

La verdadera Pascua consiste en el cambio del corazón, de la mentalidad.

En el lenguaje bíblico, con la palabra "corazón" (leb) se indica el centro de la inteligencia del hombre, de su voluntad, de su vida afectiva, es decir, el centro de todas las actuaciones de su vida.

Si el corazón no cambia y se queda un corazón de piedra, se puede pasar también de una condición a otra, pero se permanece igualmente cerrados en sí mismos y en el propio modo de ver el mundo. De esta manera, no se vive la Pascua y esta palabra, aunque se celebre con solemnidad, se queda falta de significado y, por tanto, sin sentido.

El corazón de piedra, por el misterio pascual, transformado en corazón de carne, en cambio, permite al hombre ver las cosas de modo diferente, conmoverse (moverse con) y agacharse hacia los sufrimientos de muchas personas. Este cambio pasa necesariamente por la cruz.

No se llega a la verdadera libertad y a la verdadera liberación sin pasar por el desierto, como el pueblo de Israel cuando salió de la tierra de Egipto.

El desierto es la condición ideal y necesaria para pasar de la situación de dependencia a la de la responsabilidad personal.

También Jesús, antes de llegar al "desierto" del Getsemaní, ha pasado por el de las tentaciones.

Resucitar con Cristo

Para que la Pascua sea una verdadera Pascua, cada cristiano tiene que resucitar con Cristo, de otra manera, la Resurrección es un hecho que atañe solo a Él y no tiene algún sentido para el hombre.

Para resucitar con Cristo es necesario entrar en un combate espiritual, puesto que cada uno está inclinado al mal.

Así recita el canto de la Secuencia de Pascua: "La muerte y la vida se enfrentaron en un duelo admirable: el Rey de la vida estuvo muerto, y ahora vive".

Cristo ha salido vencedor y ha pasado de la muerte a la vida. ¿Y nosotros?

A esta pregunta cada uno puede responder, interrogando profundamente la propia conciencia.

Llamados a la victoria final de la resurrección, podemos conseguirla tan solo si, como Jesús, sabemos abrazar nuestra cruz, sabiendo bien que, con su muerte, Cristo nos ha abierto las puertas de la eternidad.

Y nosotros, después de haber caminado a la luz de las homilías de Emilio en el Triduo Pascual de este año y habernos detenido a su sombra, con nuestras palabras, parafraseando el relato sacerdotal de la creación, podemos exclamar: "Dios dijo: 'Solo pasando por la Cruz se puede llegar a la Resurrección!'. Dios vio que era la cosa más buena que todas. Y fue tarde y fue mañana sin ocaso: octavo día".

(A cargo de Sandro Puliani)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)



 

21/04/2018

 

Sitio de la Comunidad misionera Redemptor hominis