Hablar a los jóvenes sobre la misión

 


 En el centro de las Pontificias Obras Misioneras de Asunción (Paraguay) del 18 al 22 de julio se ha tenido el curso para los animadores misioneros, organizado por la ESAM, la Escuela para los animadores misioneros. Estaban presentes unos cincuenta jóvenes procedentes de las diferentes diócesis de Paraguay, repartidos en dos niveles.

Para los jóvenes del segundo año, la dirección de la escuela ha invitado a Emilio, durante un encuentro tenido por la mañana del 20 de julio, para desarrollar una panorámica sobre los principales documentos misioneros del Magisterio de la Iglesia y sobre las problemáticas relacionadas con la misión.

El encuentro ha sido intenso y rico de contenidos. Los participantes, que se preparan a ser educadores, catequistas, animadores de grupos parroquiales y, por lo tanto, testigos de Cristo, han podido profundizar el sentido de la misión de la Iglesia que, nacida con el mandato de Jesús a sus Apóstoles, es hoy tarea de todos los cristianos. La Iglesia, de hecho, es misionera  por su naturaleza, como afirma un importante documento misionero del Concilio Vaticano II, el Ad Gentes (cf. AG 2). El Evangelio es para toda la gente y todas las naciones son llamadas para abrirse en él.

En tal sentido, hablar sobre la misión significa hablar de la vida misma de la Iglesia y la misión verdadera es nada más que permitir y favorecer las condiciones de la salida del hombre de si mismo, de su anonimato, de modo que pueda, en su libertad, encontrar a Cristo.

Los jóvenes, sobre todo, deben comprender que la misión no es turismo exótico, que se programa en el momento en que no se sabe que hacer o para vivir una experiencia con los pobres. Tampoco se trata de organizar actividades caritativas, recoger ayuda y realizar proyectos. La misión no es acción política, como ya afirmaba un importante Instrucción de la Congregación de Propaganda Fide en 1659 (Instrucción para los Vicarios Apostólicos de la Cochinchina, del Tonkin y de la China). La Iglesia no entra en política, porque no se identifica con ningún poder. Ella debe salvaguardar la naturaleza de su acción misionera y su libertad de anunciar el Evangelio a todos.

La esencialidad de la misión está en el encuentro, en la relación con los demás y con Jesús. De la plenitud del corazón nace la exigencia de anunciar, donde cada uno es enviado, la buena nueva que ha conocido. Ella exige el amor al pueblo y también la disponibilidad de morir por él, como Jesús, enviado por el Padre, ha muerto por todos nosotros.

En el Misterio de la Trinidad, de hecho, encontramos la fuente de la misión. Esta es otra novedad expresada en el documento Ad gentes.

En la Trinidad, Misterio fundamental de la fe cristiana, está incluido  el programa mismo de la misión, puesto que el significado profundo de la Trinidad indica el respecto de la diferencia, pero al mismo tiempo la construcción de la unidad.

Es una tarea ésta que exige fatiga y lucha, implica fracasos y decepciones, porque aquella comunión y comunicación que en el seno de la Trinidad están naturalmente presentes, nosotros debemos alcanzarlas y conquistarlas día tras día.

Para comprender bien qué es la misión, como pues los jóvenes del curso han pedido, es importantes leer Los Hechos de los Apóstoles, pero aún más el Cantar de los Cantares. La historia bíblica de dos jóvenes que se han enamorado ha sido asumida por la Iglesia como analogía del amor entre Dios y el hombre.

San Bernardo, en quien se expresa perfectamente la tradición monástica, al comentar el Cantar de los Cantares, se fija en el primer versículo: "¡Que me bese con los besos de su boca!" (Cant 1, 1). Para él, es Jesús el que debe dar estos besos. El beso es la transmisión del aire, es el aliento de vida del Padre que, comunicado por Dios al comienzo de la creación, llega ahora a su cumplimiento.

El beso, por lo tanto, soplo vital, no es nada más que el Espíritu, el amor que une el Hijo al Padre. Y puesto que Dios es Trinidad y cada persona de la Trinidad está asociada a las otras, el beso une a las tres personas.

Este beso, como la misma vida, es don de Dios, es el aliento de la vida sin el cual se muere.

Ésta es la esencia de la misión, cuyo origen está en el Padre.

Ella nace "arrodillada", en contemplación de la voluntad y de la misma misión del Señor. Toda la Iglesia, enamorada de su esposo y que vive del beso de su boca, contempla, recibe y ama todo el que está en su corazón. En él está abarcada toda la humanidad, todos los hombres de todos los tiempos hasta los confines extremos del mundo. La Iglesia, por lo tanto, asume esta humanidad y todo lo que se encuentra en el corazón de Jesús.

Es fundamental, en tal sentido, dejar crecer en la Iglesia, y particularmente entre los jóvenes, un espíritu misionero.

Es necesario, hoy, tener el coraje de decir a un joven que parta, puesto que el sentido de dejar su propia tierra, como hizo Abraham, e ir donde uno ha sido enviado, pertenece a la fe.

La misión, por lo tanto, es la manifestación de la fe que anuncia y transforma la vida, no con grandes planes, sino en la fidelidad a las pequeñas cosas de cada día. De todo esto pueden nacer cosas nuevas, como una nueva evangelización. Aquí la importancia de otro documento misionero, Evangelii nuntiandi del papa Pablo VI.

No hay una nueva humanidad ni cosas nuevas si no hay personas trasformadas: ésta es la verdad profunda de la misión (cf. EN 18). Es inútil realizar estructuras y programas diferentes si no hay hombres nuevos. La novedad está en el cambio de nuestra misma vida, en acordar la voz al corazón, la palabra que se anuncia y la vida que se conduce, en modo que la exterioridad corresponde a una renovación interior.

Como leemos en Redemptoris missio de Juan Pablo II, el documento misionero más reciente, "la misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones" (cf. RM 2).

Sobre todo para los jóvenes es importante abrirse con pasión, pero también estudiar y prepararse. Ellos viven solamente si saben dilatar sus horizontes, si son capaces de soñar y si su sueño es verdaderamente grande.
  


Emanuela Furlanetto



01/08/07