Comprender el Derecho Canónico/7



LOS LAICOS



 El can. 226 §1 del actual Código de derecho canónico subraya que el sacramento del matrimonio constituye, según la Iglesia latina, la posibilidad, para los fieles laicos, de contribuir a construir la Iglesia[1]. Esto no significa que el laico esté obligado a contraer matrimonio para participar en la vida eclesial, ya que para cada fiel se mantiene el derecho de base de elegir libremente el propio estado de vida[2].

Esto indica en cambio que el matrimonio posee la particularidad de efectuar su llamado en toda la Iglesia a la centralidad de la persona y de las relaciones que establece en la comunión, y subraya cuales son algunas de las características que definen la figura del laico, su vocación y su misión. De hecho, aún en el caso del laico se habla de una vocación propia y de una misión peculiar, como para el sacerdote o el consagrado.

Todos los cristianos, sean ellos ministros sagrados, consagrados o miembros del laicado, están unidos en la misma dignidad de bautizados, si bien con la debida diferencia en base a sus especificas vocaciones
[3]. Cada persona debe vivir en forma coherente con el estado que ha elegido, sin confusión o cambios de roles, porque es en el orden y en la armonía que se construye la comunión eclesial: el sacerdote no debe tomar el puesto del laico, pero tampoco el laico realiza su vocación tomando el puesto del ministro sagrado[4].

La vocación, que es una llamada a desarrollarse siguiendo a Cristo en la historia, es para los laicos la de vivir en el mundo, "de impregnar y perfeccionar el orden temporal con el espíritu evangélico, y dar así testimonio de Cristo, especialmente en la realización de esas mismas cosas temporales y en el ejercicio de las tareas seculares" como el can. 225 al §2 puntualiza. Los mismos deben ser el fermento evangélico en la comunidad humana para transformarla desde adentro, viviendo en la sociedad y contribuyendo a su humanización. Humanización que desde el punto de vista eclesiástico significa proceder por el camino de la santificación: más el hombre, inspirado por el Evangelio se perfecciona, crece, lucha y sufre para realizarse individualmente y comunitariamente, más acerca si mismo y los demás a la dimensión de Cristo.

Por esto es importante que el laico desarrolle su tarea de apostolado entre las personas con las cuales se encuentra en contacto, a las cuales la Iglesia llega solamente porque él está presente con su palabra  y su testimonio de vida
[5].

Para cumplir esta misión el laico, como cada fiel, tiene necesidad de desarrollar  la espiritualidad propia de su estado y tiene derecho a una educación cristiana, como subraya el can. 217, y a profundizar el contenido de su fe, como especifica el can. 229 §1.

La formación se convierte entonces en un deber y un derecho imprescindible, que interesa toda la estructura social a diferentes niveles: la Iglesia, la familia, la sociedad. Esto es válido para los adultos, que necesitan instrumentos adecuados para cumplir con las tareas inherentes al estado de vida que han elegido, y más aún para los jóvenes que tienen el delicado objetivo de prepararse para efectuar una elección. Aquí concurren diferentes responsabilidades para llegar a su actuación. La libertad se encuentra en la base de cada elección de vida que determina el presente de la persona e hipoteca el futuro, pero que interesa también las esperanzas y las expectativas de la comunidad eclesial y social. La Iglesia debe, entonces, contribuir a formar las conciencias sobre la importancia de los pasos que conducen a esta meta de la elección de vida, pero también la sociedad civil tiene la responsabilidad de que estos pasos puedan avanzar en una libertad concreta, para que cada joven posea los medios culturales y materiales aptos para alcanzar su propio objetivo.

Vuelve a proponerse también el problema de la justicia social
[6], que los fieles tienen el deber de promover, de acuerdo a cuanto nos recuerda el can. 222 §2, y que respecto a la juventud tiene una especial importancia, porque toca el derecho de todos a acceder a su propia formación, sin distinción de proveniencia social, racial y de sexo. La misma determina toda la vida futura del joven y la construcción de la sociedad sobre bases sólidas. Construir una sociedad de este tipo compete en particular al laicado interesado directamente en las realidades terrenas, y que debe establecer hoy las estructuras para las generaciones futuras, para que sean educadas para ser espíritus libres y críticos frente a los falsos valores propuestos, como Benedicto XVI ha señalado en Loreto: «Id contra corriente: no escuchéis las voces interesadas y persuasivas que hoy, desde muchas partes, proponen modelos de vida marcados por la arrogancia y la  violencia, por la prepotencia y el éxito a toda costa, por el aparecer y el tener, en detrimento del ser. (...) Estad vigilantes. Sed críticos. (...) No tengáis miedo, queridos amigos, de preferir los caminos "alternativos" indicados por el amor verdadero: un estilo de vida sobrio y solidario; relaciones afectivas sinceras y puras; un empeño honrado en el estudio y en el trabajo; un interés profundo por el bien común. (...) Vuestros coetáneos (...) tienen profunda necesidad de ver a alguien que se atreva a vivir de acuerdo con la plenitud de humanidad manifestada por Jesucristo»[7]. Un programa de vida, éste, que cada joven laico debería llevar estrecho en su mochila de experiencias y sueños, y cada laico adulto debería poseer para proyectar una sociedad más verdadera.
 


                                                                                          Maria Cristina Forconi



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[1] Cf. can. 226 §1. Quienes, según su propia vocación, viven en el estado matrimonial, tienen el peculiar deber de trabajar en la edificación del pueblo de Dios a través del matrimonio y de la familia.
[2] Cf. can. 219. En la elección del estado de vida, todos los fieles tienen el derecho a ser inmunes de cualquier coacción.
[3] Cf. can. 208. Por su regeneración en Cristo, se da entre todos los fieles una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción, en virtud de la cual todos, según su propia condición y oficio, cooperan a la edificación del Cuerpo de Cristo.
[4] Cf. E. Grasso, La Misión de los laicos en la Iglesia. Pautas para un compromiso en la política, Centro de Estudios Redemptor hominis (Cuadernos de Pastoral 6), Capitán Bado 2004 (2a ed.), 27-30.
[5] Cf. can. 225 §1. Puesto que (...) los laicos, como todos los demás fieles, están destinados por Dios al apostolado, tienen la obligación general, y gozan del derecho (...) de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres en todo el mundo; obligación que les apremia todavía más en aquellas circunstancias en las que sólo a través de ellos pueden los hombres oír el Evangelio y conocer a Jesucristo.
[6] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1928: "La sociedad asegura la justicia social cuando realiza las condiciones que permiten a las asociaciones y a cada uno conseguir lo que les es debido según su naturaleza y su vocación. La justicia social está ligada al bien común y al ejercicio de la autoridad".
[7] Benedicto XVI, Homilía a la Concelebración Eucarística en la explanada de Montorso de Loreto (2 de septiembre de 2007), en www.vatican.va

29/09/07