Profundizaciones
 


La fuente de la misión
 


Continuamos nuestro viaje hacia al redescubrimiento de las motivaciones más profundas de la misión del cristiano.

El hombre (creyente o no) quiere conocer la verdad sobre sí mismo y vivir superando la muerte; quiere en fin ver y tocar a Dios. Dios, sin embargo, no es visible a los ojos humanos y el mismo Cristo ha vivido sobre la tierra sólo algunos años.

Hoy, es la Iglesia la que los hombres ven, es ella que nos conduce a Dios. Hace falta explicar su misión colocándola en un proyecto más grande que ella misma, para coger un misterio fascinador que nos abre perspectivas a menudo olvidadas, o bien desconocidas, aún para los cristianos.

El deseo del hombre de ver a Dios es una evidencia innegable.

Sin embargo, nuestra fe nos habla también del deseo que tiene Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica (CCC), inicia su prólogo con estos versículos neotestamentarios:

"‘Padre, esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo' (Jn 17, 3). ‘Dios, nuestro Salvador... quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad' (1Tim 2, 3-4). ‘No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos' (Hch 4, 12), sino el nombre de Jesús".

Aunque el CCC no sea un texto misionológico, toma desde el principio algunos pasajes bíblicos indicados como fundamentales para la teología de la misión.

Podemos dar un orden y simplificar en cuatro puntos los conceptos presentes en estos versículos:

     1. Dios "quiere" (tiene el deseo) que todos los hombres sean "salvados", es decir que superen la muerte, que tengan "vida para siempre, para la eternidad".

     2. La "vida eterna" consiste en el "conocimiento de Dios" (hemos dicho "ver a Dios").

     3. "Conocer a Dios" equivale a conocer la "verdad".
     4. La "verdad" es comunicada en Jesucristo, es Jesús Cristo.

El vocablo "conocimiento" tiene aquí el valor de "posesión", tal como la palabra "comunicada" tiene un sentido mucho más fuerte del solo "transmitir una información": significa "tomar parte", estar insertados en él, ser transformados en él.

El CCC en los nn. 1-3 explica que la perspectiva en que está colocada la misión de la Iglesia es el proyecto o diseño debido a la "pura bondad" de Dios (porque no t iene segundos fines), que crea el hombre para hacerlo participar en su misma "vida". Lo llama a amarlo y quiere comunicarle nada menos que su misma vida divina. Este deseo de Dios es lo que los misionólogos indican como la "voluntad salvífica universal de Dios" ("Dios quiere que todos los hombres sean salvados"). Para esto Dios nos ha llamado desde los orígenes y para esto sigue convocándonos. El método que él usa para invitar a los hombres es justamente la misión: una llamada que resuena, un anuncio que se transmite de generación en generación: el Padre manda al Hijo entre los hombres, el Hijo manda a los Apóstoles que anuncian a su vez y así de la misma manera todos los creyentes están llamados a transmitir dondequiera en el mundo el tesoro recibido.

El horizonte de la misión se coloca por lo tanto en el deseo de Dios de hacernos entrar en su misma vida. ¿Podremos comprender la profundidad y la amplitud de tal expresión?

A través de las diferentes etapas de la larga historia de la creación y de la salvación, el hombre ha experimentado no solo que Dios lo ama de un amor gratuito y eterno, sino también  que el ser mismo de Dios es amor, comunidad de amor: "Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo; él mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en Él" (CCC 221)
[1]. Insiste el Catecismo: "Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen... Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación, y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión" (CCC 2331).

"Las obras de Dios revelan quién es en sí mismo", es decir, a través de lo que vemos de Dios (como la acción de Jesucristo su Hijo), lo que él actúa para nosotros, comprendemos quién es él. Inversamente, "el misterio de su Ser íntimo ilumina la inteligencia de todas sus obras" (CCC 236), o sea lo que él dice aclara a nuestra inteligencia lo que él cumple. Debemos añadir que la intimidad del ser divino como Trinidad constituye un misterio inaccesible a la sola razón y es a través de la encarnación del Hijo de Dios y el envío del Espíritu Santo que podemos percibirlo (cf. CCC 237).

Para poder hallar el fundamento de la misión de la Iglesia y de su misma existencia, por lo tanto, hace falta no detenerse en  la misión divina ad extra, es decir lo que Dios ha actuado en la historia de la creación y de la salvación, sino ir a ver quién es él. Hace falta, por eso, insistir sobre el hecho de que la misión de la Iglesia procede intrínsecamente y esencialmente de la vida misma de la familia trinitaria, y sobre esta está estructurada
[2].

El punto sobre el que hemos fijado nuestra reflexión es pues éste: Dios es comunión de amor y, en la superabundancia de su amor, decide crear al hombre y hacerlo participar en su beatitud. Las relaciones intratrinitarias, el diálogo de amor del Padre con el Hijo en el Espíritu, también se llaman en teología "misiones". Es este diálogo que se dilata, esta misión que se expande, que está al origen de nuestra vida y nuestra vocación. La misión ad intra, dentro de la Trinidad, origina la misión ad extra, fuera de ella.

La fuente de la misión de cada cristiano es pues el extenderse de la intimidad de la Trinidad en su missio ad extra, su exceder de amor. Es en este sentido profundo que la vida divina intratrinitaria es fuente de la misión de la Iglesia. Si en el amor entre dos personas siempre hay una dimensión egoística (cada uno se complace del dono del otro), en la Trinidad, en cuyo amor debería basarse cada relación y cada misión cristiana, los amantes no retienen la felicidad para sí, sino que la donan a un tercero. Es la plenitud del amor y de la felicidad, la que va más allá del Yo y del Tú para alcanzar la inmensidad del Nosotros
[3].

En la próxima profundización reflexionaremos sobre quién tiene la iniciativa de la misión, el origen originado, el Padre. La misión de la Iglesia no es otra cosa que la prolongación de esta iniciativa.


Mariangela Mammi


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[1] En toda la exposición del CCC sobre la doctrina católica y las principales características de la vida cristiana, vuelve, como un leitmotiv aglutinante, la concepción de Dios como vida que se comunica, y es revelada y realizada en las acciones y en las relaciones del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, cf. B.E. Daley, A mistery to share in: The trinitarian perspective of the new Catechism, en Communio [Washington] 21(1994) 430.


[2] Cf. L. Scheffczyk, Trinidad y misión en la teología católica, en Semana de Estudios Trinitarios, Ediciones Secretariado Trinitario (Trinidad y Misión 15), Salamanca 1981, 259; 262-263. Aquí como lo esplica el CCC: "Dios es eterna beatitud, vida inmortal, luz sin ocaso. Dios es amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios quiere comunicar libremente la gloria de su vida bienaventurada. Tal es el designio benevolente que concibió antes de la creación del mundo en su Hijo amado, predestinándonos a la adopción filial en él, es decir, a reproducir la imagen de su Hijo gracias al Espíritu de adopción filial. Este designio es una gracia dada antes de todos los siglos, nacido inmediatamente del amor trinitario. Se despliega en la obra de la creación, en toda la historia de la salvación después de la caída, en las misiones del Hijo y del Espíritu, cuya prolongación es la misión de la Iglesia" (CCC 257). Con "caída" se entiende el pecado de los orígenes.

[3] Cf. L. Scheffczyk, Trinidad y misión..., 263. Viene aquí retomada una reflexión de Ricardo de San Victor. 

 

12/10/07