Profundizaciones

 

¿Llegar a ser como Dios?
 


El Cardenal de Bolonia Carlo Caffarra,  poco tiempo atrás afirmaba que "se ha acabado el tiempo en que se podía ser cristiano sin que se hubiera decidido jamás llegar a serlo".

Son palabras que nos hacen reflexionar, porque la falta de esta "decisión" hace que el cristianismo sea sal sin sabor y la misión esté completamente ausente del horizonte de quien no posee la convicción necesaria para emprenderla.

Nadie, en efecto, puede dar lo que no tiene. El cristiano ¿qué riqueza y qué dono tiene que llevar?

En la intervención anterior hemos señalado el origen no originado de todo, el Padre. Introduzcámonos aún más en el misterio en donde brota la misión de la Iglesia, porque ésto nos hace más concientes de quienes somos.

El decreto del Concilio Vaticano II sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes en el n.° 2 afirma: "La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre. pero este designio dimana del ‘amor fontal' o de la caridad de Dios Padre, que, siendo Principio sin principio, engendra al Hijo, y a través del Hijo procede el Espíritu Santo, por su excesiva y misericordiosa benignidad, creándonos libremente y llamándonos además sin interés alguno a participar con El en la vida y en la gloria, difundió con liberalidad la bondad divina y no cesa de difundirla, de forma que el que es Creador del universo, se haga por fin ‘todo en todas las cosas', procurando a un tiempo su gloria y nuestra felicidad".

Muchas veces los cristianos actuamos y vivimos sin pensar que somos nosotros los protagonistas de esta historia que habla de "felicidad".

"El amor fondal", "Principio sin principio" es el Padre. Cuando se habla de un padre se habla implícitamente de uno o más hijos. No se podría decir a una persona que es padre si no existiera en algún sitio un hijo. Lo mismo vale para los hijos. Si son llamados tales es porque en algún lugar hay un padre.

En la Trinidad, las relaciones (o misiones) son del amor más perfecto. San Agustín nos explica que en la Escritura se dice que el Hijo procede del Padre "no porque uno sea mayor e inferior el otro, sino porque uno es Padre y el otro es Hijo; aquél el engendrador, éste el engendrado; aquél el que envía, éste el enviado"[1]. He aquí la distinción, que no es, sin embargo, "diferencia" de naturaleza, de dignidad.

Si nuestra vida y nuestra misión cristianas tienen que ser modeladas sobre el ejemplo de aquellas trinitarias, quiere decir que entre nosotros no existe un ser inferior y uno superior solo porque uno ocupa una posición y otro una diferente, uno es sacerdote y otro es laico, uno envía y el otro es enviado, etc. Grande es la dignidad de las personas en el interior de la Iglesia, pero cada uno es él mismo: el Padre es completamente diferente del Hijo; el Padre engendra al Hijo y el Hijo es engendrado; el Padre no es el Hijo y el Hijo no es el Padre, son diferentes. El Padre no debe tomar la parte del Hijo y el Hijo no debe tomar la parte del Padre. Cada uno tiene su identidad. El Hijo reconoce que es el Padre que da la vida, el principio sin principio. La grandeza del Hijo está en su capacidad de recibir esta vida.

Para que exista unión de amor, cada uno tiene que conservar su identidad. Si no hay identidad personal no se puede vivir el amor. En una fusión en que no haya ninguna distinción no existe la posibilidad del amor recíproco.

En virtud de la relación entre las Personas de la Trinidad, que se indica con el término técnico de "circuminsesión", todo lo que está en el Padre se encuentra en el Hijo por la unión de amor, la unión del Espíritu Santo, pero sin pérdida de identidad.

La unidad de Dios es tan perfecta que las tres Personas se compenetran y viven la una en la otra. La Iglesia describe esta circuminsesión, esta inmanencia del uno en el otro de la forma siguiente: "Por razón de esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo"[2]. Esta verdad se encuentra en la Sagrada Escritura. Afirma Jesús: "¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?" (Jn 14, 10). Y san Pablo explica que el Espíritu Santo está en Dios, como el espíritu del hombre está en el hombre (cf. 1Cor 2, 10-11).

 De este principio nosotros tenemos que sacar conclusiones prácticas. Por ejemplo, en una comunidad de vida consagrada, como en el caso de quien escribe, las relaciones entre las personas tienen que aspirar a este modelo. Esto significa que cada uno de nosotros en la comunidad tiene su propia identidad, pero trata de crear la unidad en la que el bien de una persona es el bien de todos, el tiempo de uno es el tiempo de todos, la esperanza y la alegría de uno son las de todos, el dolor de uno pertenece a todos, porque uno solo es el amor que nos une. Todo se comparte y en todo se participa. No tienen que existir ricos y pobres, ni los que solamente dan ni los que solo reciben.

Y una comunidad de vida consagrada tiene que mostrar au maximum d'urgence lo que se tiene que crear en todas las familias y en todas las relaciones humanas, llamadas a vivir ya como una antelación del cielo, aunque fijando muy bien los pies en la tierra y sabiendo que estamos siempre aún caminando en el tiempo del ya y todavía no.

He aquí porque el decreto Ad gentes, siempre en el n.° 2, continúa diciendo que Dios no ha querido salvarnos individualmente, sino llamándonos a formar una comunidad: "Plugo a Dios llamar a los hombres a la participación de su vida no sólo en particular, excluido cualquier género de conexión mutua, sino constituirlos en pueblo, en el que sus hijos que estaban dispersos se congreguen en unidad".

Una comunidad de consagrados es el lugar en donde esta unión es vivida y testimoniada para que cada vez más personas puedan percibir la belleza de Dios, fuente de felicidad como hemos dicho, y se cumpla así su proyecto de llamar a todos los hombres para ser Él "todo en todos".

En las iglesias italianas a menudo repica entre los fieles un canto, a veces un poco cansadamente, que recuerda que "Dios se ha hecho como nosotros para hacernos como Él". Si verdaderamente experimentáramos lo que esto significa, podríamos ser como aquel hombre, del que habla san Agustín, que es capaz de cantar a Dios un canto renovado porque su corazón renacido es nuevo[3] como la Belleza, tan antigua y siempre nueva[4], que ha descubierto.



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[1] Agustín, La Trinidad, IV, 20, 27.
[2] Concilio de Florencia, en H. Denzinger, Enchiridion (1995), n. 1331.
[3] Cf. Agustín, Sermón 34, 1.
[4] Cf. Agustín, Las Confesiones, X, 27, 38.

 

14/11/07