Comprender el Derecho Canónico/9


 

LOS DERECHOS Y LOS DEBERES DE LOS FIELES

EN LA MISIÓN DE LA IGLESIA/2


Conciencia individual y su carácter social




 El anuncio de liberación integral no ocurre de forma impersonal, como si fuera algo que cae del cielo, sino por la mediación de un ser humano que se dirige a un semejante.

Por esta razón el nuevo Código, basándose en el Evangelio, indica dos aspectos que es necesario cultivar para ser capaces de ejercer los derechos y satisfacer los deberes de ser misionero. Tales aspectos son innatos en cada persona: la conciencia individual y su carácter social.

El primer elemento concierne la vía por la que cada cristiano, individualmente, tiene que encaminarse para alcanzar la meta planteada, en otras palabras, la maduración del hombre interior, la santidad de la vida[1], base imprescindible para "el testimonio de la vida y de la palabra"[2].

El segundo concierne la dimensión social que los bautizados tienen el derecho de desarrollar para perseguir sus propios objetivos, eligiendo, por ejemplo, reunirse en asociaciones en que pueda prevalecer la lógica del compartir y en que se exprese de manera auténtica el amor por el prójimo[3].

Tal derecho debe ser ejercitado en armonía con cuanto establecido por la jerarquía[4], en una relación "basada en parámetros de libertad y responsabilidad personal e inspirada por los principios fundamentales de la vocación universal a la santidad, de la corresponsabilidad en la realización de la misión confiada por Cristo a la Iglesia y de la animación cristiana de las realidades temporales, sancionados en el ordenamiento canónico vigente"[5].

El compromiso misionero es indudablemente un objetivo de gran actualidad al que nuestro Pontífice llama con insistencia, poniendo los ejemplos de grandes figuras de la historia de la Iglesia, que han conjugado la santidad personal con el amor al prójimo, porque "solamente a través de un compromiso común de solidaridad es posible responder al gran desafío de nuestro tiempo: construir un mundo de paz y de justicia, en el que todos los hombres puedan vivir con dignidad. Esto puede suceder si prevalece un modelo mundial de auténtica solidaridad, que permita garantizar a todos los habitantes del planeta el alimento, el agua, la asistencia médica necesaria, pero también el trabajo y los recursos energéticos, así como los bienes culturales, el saber científico y tecnológico"[6].

Sin embargo, el amor misionero no se reduce a compartir un bienestar económico, sino que refleja la íntima dinámica del amor trinitario que brota de la unidad interior de las Tres Personas, para hacer partícipe a quien se deje interpelar y esté listo para interaccionar.

Por otro lado, no se trata tampoco de una llamada abstracta que queda confinada al mundo del iperuranio, sino que interesa cada dimensión humana, porque "la actividad misional tiene también una conexión íntima con la misma naturaleza humana y sus aspiraciones. Porque manifestando a Cristo, la Iglesia descubre a los hombres la verdad genuina de su condición y de su vocación total, porque Cristo es el principio y el modelo de esta humanidad renovada, llena de amor fraterno, de sinceridad y de espíritu pacífico, a la que todos aspiran"[7].

El impulso misionero no puede detenerse, por lo tanto, en la dimensión horizontal de un mero compromiso caritativo o social que equipararía la Iglesia a un ONG o a un ente asistencial o hasta a un partido político.

El debe, en cambio, apuntar al corazón del hombre y a su búsqueda de sentido, conduciéndolo hacia el último porqué de la existencia, al que solo puede dar una respuesta definitiva el coloquio en la verdad y en el amor con el Otro.
 

Maria Cristina Forconi

                                                                                            

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[1] Cf. can. 210. Todos los fieles deben esforzarse según su propia condición, por llevar una vida santa, así como por incrementar la Iglesia y promover su continua santificación.
[2] Cf. can. 787 §1. Con el testimonio de su vida y de su palabra, entablen los misioneros un diálogo sincero con quienes no creen en Cristo, para que, de modo acomodado a la mentalidad y cultura de éstos, les abran los caminos por los que puedan ser llevados a conocer el mensaje evangélico.
[3] Cf. can. 215. Los fieles tienen derecho a fundar y dirigir libremente asociaciones para fines de caridad o piedad, o para fomentar la vocación cristiana en el mundo; y también a reunirse para procurar en común esos mismos fines.
[4] Cf. can. 216b. Todos los fieles (...) tienen derecho a promover y sostener la acción apostólica también con sus propias iniciativas (...); pero ninguna iniciativa se atribuya el nombre de católica sin contar con el consentimiento de la autoridad eclesiástica competente. El can. 782 § 1 establece en efecto que: Corresponde al Romano Pontífice y al Colegio de los Obispos la dirección suprema y la coordinación de las iniciativas y actividades que se refieren a la obra misional y a la cooperación misionera.
[5] C. Tammaro, La cooperazione dei fedeli laici all'opera missionaria: una breve nota al can. 784 CIC, en Periodica 94 (2005) 350-351.
[6] Benedicto XVI, Angelus (11 de noviembre de 2007).
[7] Ad Gentes, n.° 8.


11/12/07